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La cuarta generación: Una nueva amenaza — capítulo 41
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Lizzy Collins. Bellissima, *da quanto tempo non ci vediamo. (*n/a: Lizzy Collins. Guapísima, cuanto tiempo sin verte)
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Anni, Giorgio.(n/a: Años, Giorgio) - La mujer sonrió levemente antes de saludarlo con un beso en la mejilla. - Come stai?(n/a: ¿Cómo estás?)
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Molto bene e tu?(n/a: Muy bien, ¿y tú?)
- Bene, grazie. (n/a: Bien, gracias) - Suspiró. - *Possiamo parlare in inglese?**Il mio italiano... (*n/a: ¿Podemos hablar en inglés? Mi italiano...)
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Es tan perfecto como siempre, pero como quieras. - La interrumpió Giorgio con una sonrisa. Señaló la mesa de la que se acababa de levantar y ambos se sentaron. - Mi inglés está un poco oxidado también, llevo fuera de Reino Unido ya diecci anni.
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Marcharte fue la mejor decisión que tomaste. - Lizzy suspiró. - Yo ya no suelo venir a Italia, desde que me asignaron los países nórdicos y América del Norte apenas voy a otros lugares.
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Con lo que te han gustado siempre las lingue romanze… - Negó con la cabeza.
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Es una pena la verdad, ¿pero qué se le va a hacer? - Ella sonrió ampliamente. - He podido mejorar mucho mi danés.
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¿Cuántos idiomas hablas ya? - Preguntó él con curiosidad.
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He perdido la cuenta, pero más de 15 probablemente.
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Sei incredibile, lo sai?(n/a: Eres increíble, ¿lo sabes?)
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Non esagerare.(n/a: No exageres)
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Está bien. - Hizo un gesto a un camarero que se acercó a ellos rápidamente. - Un caffè.
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*Altro, grazie. (*n/a: Otro, gracias)
El hombre se fue y ambos guardaron silencio durante unos instantes. Giorgio suspiró y decidió romperlo, sabía que si estaban allí era por algo.
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Dudo que me hayas llamado para ponernos al día, Lizzy. ¿Qué ocurre?
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Necesito tu ayuda, bueno, necesitamos la ayuda del Ministerio Italiano de Magia. - Confesó ella tras dudar unos instantes. Lo mejor sería hablar claro.
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No me encargo de esas cosas, pero por lo que he escuchado el ministro ya os ha dicho que no. Y no ha sido el único.
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Sí, las cosas no van bien por Reino Unido y llevamos un tiempo intentando conseguir apoyos, pero no ha habido suerte. Nadie quiere ayudarnos, todos los gobiernos tienen miedo.
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Cosa normal debido a vuestra situación.
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Ya… - Suspiró. - Mira, Giorgio, había pensado que quizás tú podrías echarme una mano, ¿por qué no hablas con el ministro? A ti te escuchará al menos.
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No le haría gracia. - Él negó con la cabeza. Lo que le pedía era una locura. - No serviría de nada y me pondría a mal con él, no puedo hacerlo.
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Por favor, lo necesitamos. Hazlo por los viejos tiempos.
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¿Los viejos tiempos? - Sonrió de medio lado. - ¿Cuándo íbamos a casarnos, Lizzy?
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Esos papeles nunca llegaron a firmarse. - Murmuró ella. - Por la amistad que ha unido siempre a tu familia y la mía.
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No voy a arriesgar mi puesto de trabajo persiguiendo un imposible, lo siento.
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Por favor, Giorgio.
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Debes estar completamente desesperada para venir a pedirme esto.
Lizzy iba a responder pero la llegada del camarero la interrumpió. Les dio los dos cafés y se marchó rápidamente. Ella decidió entonces guardar silencio. Lo mejor sería que él no supiera hasta qué punto necesitaba su ayuda. No podía decirle que estaba completamente desesperada si quería conseguir algo.
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No voy a arriesgarlo todo sin conseguir algo a cambio, como tú comprenderás. - Siguió diciendo el hombre entonces. - El ministro cree que sería un buen experimento, ¿por qué no dejar que los magos de allí revelen el secreto y ver si funciona o no? Hay muchos aquí también que quieren dejar de esconderse.
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Sabes tan bien como yo que si solo fuera revelar el secreto no pasaría nada, pero que esa gente quiere esclavizar a los muggles.
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Como te he dicho, no voy a arriesgarlo todo a cambio de nada. - La miró de arriba abajo. - ¿Sigues felizmente casada?
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Sí. - Lo cortó ella, rápidamente, un poco temerosa de lo que fuera a pedirle. Estaba tan desesperada que accedería prácticamente a cualquier cosa.
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Una auténtica lástima. - Giorgio sonrió de medio lado. - ¿Cuántos años tiene tu hija ya, Lizzy?
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17, ¿por qué? - Frunció el ceño y agarró con fuerza la taza de café. Aquello le daba mala espina.
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Mi hijo mayor tiene 20 y le estoy buscando una esposa. - Explicó. - Enlazarse con los Potter nunca está de más, son una familia muy importante y, bueno, ya que lo nuestro no funcionó había pensado que, quizás, a nuestros hijos podría irles bien juntos.
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Estás de broma. - Lizzy negó con la cabeza, incapaz de creerse aquello. - ¿Quieres que obligue a mi hija a casarse con tu hijo? ¿Por qué crees que la obligaría a hacer algo que yo no hice?
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Es una buena oferta. Yo te consigo el apoyo de Italia y tú me das una esposa para mi hijo. Ambos nos beneficiamos.
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No voy a hacerle eso a Leah. - Se puso de pie y lo señaló con un dedo. - No sé cómo se te ha podido ocurrir, pero mi respuesta es no.
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¿No quieres pensártelo si quiera?
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No me hace falta.
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¿De verdad vas a dejar pasar esta oportunidad? Es el único apoyo que podríais conseguir, ambos lo sabemos. ¿Vas a perderlo por no querer sacrificar un peón? ¿Qué clase de política eres, Lizzy?
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Escúchame bien. - Tuvo que contenerse para no sacar su varita y derribarlo en ese mismo momento. Se acercó un poco a él y le dedicó una mirada de amenaza. - Dejaría el mundo mágico arder antes que destrozar la vida de mi hija.
Salió rápidamente de la cafetería, dejándolo con la palabra en la boca. Apretó los puños con fuerza, sintiendo la sangre hervirle en sus venas, mientras buscaba un callejón desde el que poder volver a casa. No tardó en encontrar uno. Cerró los ojos y en apenas unos segundos apareció en el salón de su casa, donde James la esperaba.
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¿Cómo ha ido? - Le preguntó, angustiado, poniéndose de pie. Aquella idea le había parecido pésima desde el principio, pero no había podido hacer nada para evitar que Lizzy se reuniera con Giorgio. Llevaba nervioso desde que se había ido, no se fiaba de ese italiano.
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¿Eso de ahí es whisky de fuego? - Preguntó ella, señalando el vaso que acababa de dejar en la mesa. Asintió levemente y ella lo cogió y se lo bebió de un trago.
-¿Qué ha intentado hacerte ese desgraciado?
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A mí nada. - Contestó, dejándose caer en el sofá y fijando la mirada en el suelo. - Bueno, me ha preguntado si seguía felizmente casada, pero nada.
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¿Entonces qué ha pasado?
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Me dijo que quería algo a cambio de su ayuda. - Levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de James. - Quería que comprometiéramos a Leah con su hijo.
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¡¿Qué?!
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Esa fue mi reacción. - Se echó el pelo hacia atrás. - Me he ido corriendo, le he dicho que no pensaba hacer eso, que antes dejaría el mundo arder.
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¿Le has dicho literalmente eso? - El hombre se sentó junto a su mujer y le dio un beso en el hombro, tratando de tranquilizarla y, al mismo tiempo, tranquilizarse a sí mismo.
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¿Crees que soy una egoísta, James? - Le preguntó, a media voz. - Sé lo importante que es conseguir apoyos, pero no puedo permitir que Leah pase por eso, no puedo hacerlo. - Sollozó un poco sin poder evitarlo.
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Era mi última bala, James, la última, y no he podido aprovecharla. No he conseguido nada.
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No eres una egoísta, Lizz. - Apoyó una mano en su mejilla y ella lo miró unos instantes antes de abrazarlo. - Cualquiera habría hecho lo mismo.
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No, claro que no, otros habrían entregado a sus hijos sin dudar. Un buen político lo habría hecho.
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Una buena madre no. - Acarició su pelo lentamente. - ¿Que nadie quiere ayudarnos? Pues muy bien, nos las apañaremos solos, no necesitamos la ayuda de nadie.
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¿Tú crees?
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Estaremos bien, Lizz. - James apretó los labios. Sabía que aquello era una mentira y que ella probablemente lo sabía, pero en ese momento ninguno de ellos quería enfrentarse a la realidad.
El día 11 de enero, Leah se levantó más temprano de lo habitual. Era el cumpleaños de Lyra y tenía muchísimas cosas que hacer todavía para su fiesta. Lo tenía todo prácticamente organizado, pero no quería que la rubia viera nada así que tenía que esconder algunas cosas en la Sala Común antes de que se despertara. Le encantaba organizar cosas ya fueran cumpleaños, fiestas, cenas o reuniones familiares. Adoraba estar al mando y que todo el mundo le hiciera caso. Su hermano decía que tenía un problema con el control, pero ella era feliz así. Cuando estuvo segura de que todo estaba bien escondido, volvió al dormitorio y llamó a Adèle, Diana y Lauren.
- Vamos. - Susurró. - Antes de que se despierte.
Las tres chicas se levantaron y la siguieron hasta la cama de la rubia. Leah contó hasta tres antes de descorrer las cortinas.
- ¡Felicidades, Lyra! - Gritaron las cuatro entonces.
La rubia se incorporó de un salto, sobresaltada, y miró a sus amigas con los ojos a medio abrir y la frente arrugada.
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¿Qué hora es? - Preguntó antes de bostezar.
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Un "gracias" estaría bien. - La pelirroja puso los ojos en blanco.
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Gracias, chicas. - Lanzó una carcajada, se puso de rodillas y estiró los brazos. Las demás no tardaron en lanzarse sobre ella y pronto las cinco estaban riendo a carcajadas. - Sois las mejores.
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Lo sabemos. - Leah le dio un beso en la mejilla. - Ya verás esta noche, va a ser increíble. Te he preparado una súper fiesta.
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Y te tienes que poner nuestro regalo. - Adèle sacó un par de paquetes de su baúl y se los dio con una sonrisa. - Esperamos que te guste.
La mayor de los Malfoy los abrió rápidamente y abrió la boca, sorprendida. Un vestido blanco, palabra de honor con falda de tul y adornado con una cinta negra y flores del mismo color por toda la parte izquierda y unos tacones altísimos oscuros también.
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Son preciosos chicas, muchísimas gracias.
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Pero eso no es todo, vamos a arreglarte. - Añadió Lauren. - Te maquillaremos y peinaremos, serás la más guapa de la fiesta.
El resto del día fue de locos para Lyra Malfoy. Leah la llevaba de un lado a otro sin dejarla descansar y no le permitía hacer preguntas sobre nada, sus hermanos empezaron a cantarle "Cumpleaños feliz" en el Gran Comedor, lo que hizo que se pusiera completamente roja, y sus padres le enviaron un vociferador demasiado ñoño que hizo que sus amigas estallaran en carcajadas. Incluso sus profesores acabaron felicitándola por culpa de la insistencia de los demás. Parecía que todo el mundo se había enterado de que era su 18 cumpleaños.
- Bueno, Lyra, creo que debo ser el único en todo el castillo que todavía no te ha felicitado.
Chad se sentó junto a ella en el sofá de la Sala Común en el que estaba en ese momento (descansando un poco aprovechando que Leah le había dado un respiro) y le dio una suave palmada en la rodilla. La rubia sonrió de forma nerviosa y se encogió de hombros.
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Probablemente, Chad. Debería darte vergüenza.
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Desde luego. - El chico sonrió y le rodeó los hombros con el brazo, haciendo que su corazón empezara a latir rápido. ¿Por qué tenía que ser tan mono? - Muchas felicidades, Lyra.
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Gracias. - Respondió. Él le dio un beso en la mejilla y ella volvió a estremecerse. - Supongo que vendrás a mi fiesta esta noche, ¿no?
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No puedo perdérmela, Leah me matará si no voy. - Puso los ojos en blanco y empezó a reír. La chica se unió a sus carcajadas, aunque no pudo evitar sentir una pequeña punzada en el estómago. Ya le gustaría que fuera por ella y no por su amiga a la fiesta.
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Sí, está como loca con todo esto. - Consiguió decir después de guardar silencio unos instantes. - Le encanta mandar y estar siempre encima.
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Dímelo a mí. - Volvió a reír y la rubia no pudo evitar sonrojarse. Vale, quizás su comentario no había sido el más apropiado del mundo teniendo en cuenta con quién estaba hablando. - Creo que lo mejor será hacer como que no he dicho eso.
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Sí, probablemente.
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No, ahora en serio, no voy solo por Leah. - Chad le sonrió de esa forma tan suya que era capaz de derretir a todas las chicas. - También voy por ti. Somos amigos, ¿no? Seguro que nos lo pasamos genial.
"Amigos". No sabía si emocionarse o llorar. Por una parte, Chad la consideraba una amiga, lo cual era bueno porque le permitiría tener más confianza con él, pero por otra solo la veía como eso, una amiga más y aquello le rompía un poco el corazón.
Chad la miraba y ella quiso contestar algo ingenioso, cualquier cosa que no la hiciera quedar como una completa idiota, pero no tuvo tiempo. La voz de su mejor amiga la interrumpió y ambos se volvieron hacia las escaleras.
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¡Lyra, sube! - Exclamó con una sonrisa. - Adèle está lista para empezar a arreglarte.
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Creo que tengo que irme, Chad. - La rubia se levantó con resignación. - Luego nos vemos.
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Hasta luego, Lyra.
Se dirigió hacia las escaleras mientras Leah terminaba de bajarlas. Frunció un poco el ceño. ¿No se suponía que iban a prepararla entre todas? La interrogó con la mirada y la morena se encogió de hombros.
- Voy en una media hora. - Desvió su vista hacia Chad un momento y le guiñó un ojo. - Tengo algo que hacer.
El chico se puso de pie y le dedicó una sonrisa y ella no tardó en ir hacia él, despidiéndose de su amiga con la mano. Lyra suspiró mientras subía las escaleras. Sabía que Leah no lo hacía a malas, que si supiera la verdad no actuaría así, pero no podía evitar sentir una pequeña punzada de celos en su estómago. Pero no pensaba dejar que eso le afectara lo más mínimo. Sonrió levemente y dejó que la emoción se extendiera por su cuerpo. Acababa de cumplir 18 años y aquella noche iba a ser su noche.
Hola a todos ^^
Pobre Lizzy :( Está desesperada por conseguir ayuda, pero el precio a pagar no merecía la pena. He añadido la traducción de las frases en italiano, por si alguien no las entendía así que espero que todo haya quedado claro, pero si queda alguna duda decídmelo ^^
¡Y ha llegado el cumple de Lyra! Veremos a ver qué tal le va la noche ;)
Como siempre os digo, muchas gracias por vuestro apoyo y, ya sabéis, dejad vuestras opiniones y comentarios ^^
Muchos besos,
María :)