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Historia 185958 — capítulo 3

Las letras en negritas pertenecen a Rick-malote-Riordan, ese hombre que creó Percy Jackson y que ahora da motivo al fic que están leyendo :'3

Lo demás, es mío, claro.


I (segunda parte)

Hazel - Así que ustedes son los locos suicidas...

Annabeth deseaba desaparecer. Que se la tragara la tierra. Que un maldito rayo cayera en su cabeza. Lo que sea,  con tal de que dejaran de mirarla.

Sabía que tenía las mejillas completamente rojas. Sabía que de un momento a otro moriría de vergüenza. Sabía que esta vez, no tenía un plan.

Hasta hace un momento se encontraba en la cabaña de Percy, con él, por supuesto. SOLOS. Todo bien.

Era , y ella estaba teniendo pesadillas. Aquello era normal. Después de la reciente conclusión de la guerra contra Gaia, tenía muchas pesadillas. Soñaba con el Tártaro, principalmente. Y solo había una persona que podía ayudar. Percy.

Iba a su cabaña todas las noches, y ya era tan rutinario que Percy la esperaba al lado de la puerta con los brazos abiertos. A los que sin pensarlo, se lanzaba, como si fuera un salvavidas.

Pasaba la noche con él y a la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, iba a su cabaña. Sus hermanos lo sabían, por supuesto, pero no les molestaba. Incluso la apoyaban, pues sabían lo difícil que era superar lo del tártaro y que la única persona que podía ayudar era el hijo de Poseidón.

Así, que ahí estaban, una noche de martes solos en la cabaña de Percy. Pero esa vez no era como las otras. Esa vez había tenido una pesadilla especialmente horrible. Y no es que en sus pesadillas todo fuera color de rosa.

Ella estaba tan asustada y en shock que fue corriendo directamente a la cabaña de su novio sin cuidados, lanzándose hacia él (casi tacleándolo) apenas se abrió la puerta.

Percy la sostuvo, sorprendido por la fuerza de su abrazo, pero lo dejó estar cuando vio que los hombros de su novia temblaban a causa de sollozos. Con suavidad cerró la puerta detrás de ellos y quitó el cabello rubio de el rostro de Annebth.

     -¿Qué pasa listilla? -preguntó delicadamente. Annabeth se aferró con fuerza a su camisa- ¿te encuentras bien?

Era obvio que no. Pocas veces Annbeth lloraba. Mucho menos era tan descuidada al echar a correr por medio campamento, exponiéndose a que las arpías de la limpieza atacaran, solo para ir a su cabaña.

Recibiendo algo entre un asentimiento y una negación con la cabeza de parte de su novia, la apretó contra sí. Ella dejó de temblar al cabo de un rato, y empezó a murmurar una disculpa. Percy acarició su espalda suavemente.

     -No tienes nada de lo que disculparte -le dijo tiernamente, levantando su barbilla- puedo secarme si lo deseo. Y no me molesta abrazarte, puedo jurártelo.

Annabeth apenas si sonrió, pero Percy esbozó un gesto con los labios, satisfecho.

     -Listilla -dijo en un tono un poco más serio- sabes que puedes contarme lo que sea, ¿cierto?. Y que te apoyaré no importa lo que pase. Puedes contarme por qué llorabas. Juro por el río estigio que no me reiré como aquella vez que soñaste que un conejo rosa gigante te perseguía por el Central Park -Percy sonrió al ver el sonrojo apenas visible de la rubia. El débil retumbar de un trueno sonó a lo lejos

     -Es que fue aterrador -masculló Annabeth, recordando aquel maléfico conejo rosa, amando a Percy por aligerar un poco la urgencia y el miedo con el que había despertado.

Percy sonrió un poco más y la abrazó con fuerza, como si quisiera fundirse con ella. Annabeth recargó la cabeza en su pecho y se sintió segura, oyendo los tranquilizadores latidos de su novio.

Se debatía si contarle su pesadilla a Percy o no. Temía que si lo decía en voz alta terminaría haciéndose real, pero se dejó vencer por las suaves manos de Percy que acariciaban su espalda haciendo círculos y los ligeros besos en su coronilla.

     -Es que yo... -se le formó un nudo en la garganta, pero tragó, decidida a contárselo- soñé que tú... Que tú... Que habías...

Fue más difícil de lo que esperaba. El dolor casi la partió en dos, y se aferró a Percy temiendo que desapareciera, que se escurriera de sus dedos, que aquello sólo fuera una ilusión. Que siguiera soñando y al despertar sólo encontrara el vacío a su lado.

     -Muerto.

La palabra salió dificultosamente de entre sus labios en un suspiro tembloroso. Cerró los ojos con fuerza y apretó a Percy todavía más contra sí.

Había sido horrible haber soñado eso. Por un segundo, el segundo más torturoso y terrible que había vivido, lo creyó. Creyó que Percy no estaba vivo, que no estaría a su lado, que no le regalaría sonrisas cómplices por las mañanas y no le abriría sus brazos por las noches. Por un segundo, sintió el vacío, la pérdida, el sentimiento que algo faltaba dentro de sí, y de que no lo recuperaría. De que Percy realmente se había marchado. De que no lo volvería a ver, a besarlo. A bromear con él. A dormir a su lado en la litera de su cabaña, sintiendo el reconfortante calor de su cuerpo y rezando a todos los dioses por qué aquello no terminara nunca.

Por el segundo más horrible de su vida, quiso morir sólo para estar de nuevo con él.

Entonces echó a correr a su cabaña. Poco le importó tropezar con las rocas que se cruzaban en su camino y haber caído un par de veces. Poco le importó haber sido descuidada mientras azotaba la puerta de su propia cabaña con demasiada urgencia y por supuesto, le importó todavía menos que Percy la viera con los ojos anegados en lágrimas.

Porque él estaba ahí. Porque estaba a su lado. Porque no había desaparecido.

Percy suspiró, intentando digerir la información. Él. Muerto.

Vaya, lo triste era que no parecía una idea imposible. Después de todo, era un semidiós (y no sólo un semidiós. Era un semidiós hijo de uno de los tres grandes, lo que significaba que prácticamente llevaba un cartel en la cara que decía ¡soy delicioso!) y los semidioses no es que tuvieran una larga y apacible vida, que digamos.

En realidad, la muerte no lo asustaba. Se había enfrentado a ella en muchas ocasiones, e incluso llegó a verla (un tipo guay que estaba encadenado). Pero si ello afectaba a Annabeth, iba a hacer lo posible por no morir. Una idea estúpida, porque era mortal y los mortales morían, pero, intentaría vivir lo más posible, de ser posible, al lado de Annabeth.

La abrazó fuerte durante unos segundos, y luego se separó lo suficiente para levantar su barbilla y ver los ojos de su novia, enrojecidos por las lágrimas.

     -Yo siempre estaré contigo, Annabeth -aseguró, totalmente convencido- nunca nos separaremos, ¿lo recuerdas?

Besó la comisura de sus labios y murmuró:

     -Nunca me iría de tu lado, listilla. Te amo demasiado como para hacerlo.

Annabeth casi nunca actuaba por impulso. De hecho, pensaba las cosas bastante antes de hacer algo. Pero seguía teniendo THDA. Y seguía amando a su novio, a su estúpido y tierno novio tanto que dolía.

Así que saltó hacia él, rodeó su cuello con los brazos y lo besó. No era uno de esos besos tiernos y cariñosos que se daban siempre. No. Ahora realmente estaban *besándose.*Se besaban con tanta necesidad, con tanta pasión que de un momento a otro olvidó su nombre y dónde se hallaba. Todo se enborronó alrededor de ella menos Percy.

Percy, que en ese momento gruñó sobre sus labios cuando ella jaló su cabello, y con una pierna rodeó sus caderas. Él no perdió el tiempo y sujetó su trasero para alzarla y que rodeara con las dos piernas su cintura, cargando con ella.

Annabeth soltó un pequeño suspiro cuando su novio dejó su boca y comenzó a besar su cuello, sus orejas y su clavícula. Definitivamente el mundo desapareció por completo cuando la recargó contra la pared de la cabaña y una mano traviesa se infiltró por su delgada camiseta que usaba como pijama. Ella jadeó cuando sintió las manos y los labios de Percy sobre su cuerpo y creyó que estaba en el maldito cielo.

Entonces la luz blanca apareció.

Al principio era tenue, como para advertirles, pero los dos la ignoraron y siguieron besándose con desesperación. Entonces se intensificó, ella sintió un tirón en el estómago, y casi se cae hacia atrás al ya no sentir la pared de la cabaña contra su espalda. Suerte que su novio tenía rápidos reflejos y la cogió antes de que cayera, cargándola como si ella fuera un koala.

Al principio no se dio cuenta de dónde se hallaba. La sensación de vértigo por la casi caída y por la luz blanca no remitía, pero se obligó a mirar a su alrededor.

Casi se le cae la boca.

Se encontraba en el salón del trono en el Olimpo (¡¡di inmortalis, EL OLIMPO!!) con los doce dioses, Hestia y Hades mirándolos fijamente. Pero eso no era todo. Había un grupo de semidioses que rápidamente reconoció como sus amigos sentados en sillones o algo así, con cara de pasmados y la boca abierta.

No se detuvo a mirarlos bien y escondió la cabeza en el hueco entre el hombro y la cabeza de Percy, completamente roja. Notaba que Percy también estaba rojo, por el calor de su cuello y su mejilla, pero él no tenía dónde ocultarse. Percy la bajó lentamente de su brazos, y ella casi gimoteó. No lo hizo porque era poco digno y porque los doce dioses del Olimpo y sus amigos estaban mirando, pero no quería bajar de sus brazos, que eran tan cálidos y reconfortantes. Y sobre todo, la protegían de aquella situación embarazosa.

No tenía un plan. Deseaba que todos dejaran de mirarla. Deseó desaparecer. Pero no lo hizo.

¿Qué demonios habían ahí? ¿Cómo es que...?

     -Bueno, ahora sabemos que hacen por las noches -dijo una voz burlona, procedente del grupo de mestizos- aunque sinceramente ya lo sabíamos, no era necesaria la demostración.

Tanto ella como Percy giraron sus rostros al mismo tiempo hacia la voz, ahora completamente desprovistos de color. No se habían fijado mucho en el grupo, pues ya sabían quiénes eran y tenían pena de que alguno de ellos (Hazel y Frank) los miraran con el gesto escandilado y probablemente traumados. O los rostros de Piper y Jason, con sonrisas sugestivas en los labios. Por eso no vieron al chico de pelo negro rizado y sonrisa taimada, el cinturón amarillo porta herramientas colgado de su cadera. Por eso no vieron a su amigo desaparecido. Pero ahora sí.

Miraron fijamente a Leo Valdez.

A Leo Valdez, que supuestamente había muerto hacía un mes, durante la guerra contra Gaia. A Leo Valdez, que se había sacrificado por los mestizos. A Leo Valdez, que había desaparecido.

Durante un segundo de estupefacción solo lo miraron fijamente, tanto, que Leo se sintió un poco incómodo.

     -Vale, sé que lo que dije fue un poco fuera de to...

Ni siguiera pudo terminar. Los dos semidioses se abalanzaron sobre el, gritando cosas como: "¡¿dónde demonios estabas?!" "¡¿Qué mierda estabas pensando?!" "¡¿Cómo sobreviviste?!" "¡Cuando los demás te vean seguro te matan, si antes no te matamos nosotros!"

Leo se asustó por la amenaza de el hijo de Poseidón, pero se tranquilizó un poco al ver que no sacaba su espada y lo cortaba en rodajas.

Annabeth lo abrazaba por el cuello casi asfixiándolo, y Percy le daba palmaditas en el hombro, en actitud protectora. Los semidioses los miraron shockeados. ¿Por qué actuarían así, si hacía apenas una hora que no se veían, o así? ¿A qué se referían con lo de que Leo sobrevivía? ¿Es que acaso su vida estaba en peligro...?

     -Vale, chicos. Vale. Ya sé que me aman pero... Calma. Hay suficiente Leo para todos.

Leo apartó un poco a Annabeth con el rostro rojo de vergüenza, preguntándose a qué demonios se referían con los rollos de sobrevivir y desaparecer. Ella se apartó con una sonrisa en la cara y fue al lado de Percy. Iba a pregunta algo cuando Zeus interrumpió.

     -Suficiente -tronó- fue demasiado drama por hoy. Inclínense y preséntense, mestizos.

Percy y Annabeth fruncieron los labios.

     -Disculpa -dijo Percy- ¿seis malditos años y no sabes nuestros nombres? Oh, y ahora quieres que nos inclinemos. Lo siento, señor todopoderoso, pero he salvado tu inmortal trasero dos veces en dos guerras. No voy a inclinarme ante ti.

Annabeth jaló el brazo de su novio con una mirada de advertencia (aunque en el fondo pensaba lo mismo) pero Percy no se retractó.

Zeus, de un brillante color rojo, pegando a morado, se levantó de su trono con el rayo maestro alzado. Percy lo miró desafiante, retándolo a hacerle algo.

Los mestizos contuvieron el aliento.

      -¡¿CÓMO OSAS...?!

     -Hermano, tranquilo, seguro el mestizo tiene motivos para... Hum... Ser tan directo -dijo Poseidón, temiendo por la vida del mestizo.

Percy lo miró con los ojos entrecerrados.

     -¿No me reconoces? -le preguntó a su padre, obviamente confundido. Poseidón lo observó detenidamente, intentando ubicar su rostro.

     -¿Debería?

Percy abrió la boca para decir que si, si debería porque era su hijo, pero Annabeth fue más rápida.

     -¿Por qué nos mandaron llamar? ¿Ocurrió algo malo? ¿Era necesario hacerlo en plena madrugada?

     -Estamos leyendo un libro -le respondió Piper- en el pasado, por eso no los reconocen.

     -¿Un libro? -se mofó ella- ¿por qué estarían...?

     -Se llama la casa de Hades -Hades se irguió en su trono, pero los dos mestizos palidecieron tanto que Apolo estuvo tentado a checarlos- y trata sobre nosotros -terminó con voz lúgubre Hazel.

     -Ah -los dos semidioses seguían con el rostro pálido, pero parecieron entender.

     -Soy... Percy Jackson. -dijo él asintiendo. Las diosas se lo quedaron viendo lascivamente. El mestizo era muy guapo, tanto que casi parecía un dios. Afrodita entendió por qué el revuelo entre las semidiosas, e incluso tuvo que contenerse a sí misma para no ir y ofrecerse ante él. Aunque claro, ganas no le faltaban, no lo haría porque notaba que Percy y la chica rubia parecían tener un fuerte vínculo amoroso (no le sorprendía mucho después de ver cómo habían llegado abrazados), y la rubia fulminaba discretamente a las diosas que miraban a su pareja más del tiempo necesario. Incluso Artemisa parecía interesada en el joven, y un leve rastro de carmín se encontraba en sus mejillas. Afrodita estaba totalmente complacida, pensando que el chico dejaría una fila de corazones rotos detrás de sí.

Parecía que el chico iba a sentarse junto a los demás semidioses, pero su novia lo detuvo.

     -Héroe del Olimpo -agregó Annabeth- el mayor héroe del Olimpo.

Percy, con las mejillas algo coloradas, rodó los ojos, pero asintió.

     -Líder del Campamento Mestizo -dijo Piper, medio en broma, medio en serio.

     -Pretor de Nueva Roma -dijeron Hazel y Frank, siguiendo el juego.

     -Asesino de muchos, muchos, muchísimos monstruos -dijo Leo, con una sonrisa, entendiendo.

     -Vencedor de Cronos, titán del tiempo. -sonrió también Annabeth.

     -Vencedor de Hiperión, titán del oeste -dijo Hazel.

     -Vencedor de Polibotes, gigante. -dijo Jason, con una sonrisa taimada en los labios.

     -Vencedor de Ares, dios de la guerra -siguió Piper, sonriendo.

     -Liberador de Tánatos, dios de la muerte -dejó caer Frank.

     -Caminante del laberinto de Dédalo. -dijo Leo.

     -Sobreviviente de la batalla del laberinto -aseguró Annabeth.

     -Soportador de la maldición del titán Atlas -le siguió Frank.

     -Amigo de las cazadoras de Artemisa -Leo hizo una señal a los dioses masculinos, articulando con los labios "¿pueden creerlo?"

     -Navegante del mar de los monstruos. -añadió tímidamente Hazel.

     -Recuperador del vellocino de oro -dijo también, Annabeh.

     -Recuperador del Rayo maestro. -sonrió esta vez Jason, terminando el juego.

     -Y mi novio -dijo Annabeth, besando a un muy coloradísimo Percy.

     -¿No olvidaron nada? -masculló él, acongojado, sintiendo todas las miradas incrédulas de los dioses.

     -Podríamos mencionar a todos los monstruos que has matado -dijo Annabeth como si nada.

     -No, no -dijo él, temiendo que enserio fueran a decirlos a todos- creo que así está bien. Ya entendieron.

Zeus, olvidando el arranque de furia que había tenido hacía unos momentos, sonrió arrogante, regodeándose de todos los títulos del que creía era su hijo. (Pobre tonto)

Los demás dioses también pensaron que era probable que fuera un hijo de Zeus, pero dudaban. Si fuera un hijo de Zeus seguramente él mismo habría nombrado todos sus títulos y a todos los monstruos que había matado (una vez había ocurrido con Heracles. No fue agradable) y ese chico incluso lucía avergonzado. Y le había replicado a Zeus. No creían que fuera su hijo.

     -Bueno, yo soy Anabeth Chase -dijo ella, alzando la barbilla con seguridad.

     -Heroína del Olimpo. -dijo Percy, en un vano intento de vengarse- dos veces. Y mi novia.

     -Lo siento Sesos de Algas, nadie tiene tantos títulos como tú -sonrió ella, besando de nuevo a su novio.

Afrodita estaba que explotaba de emoción.

     -¡Te lo dije Arty! -chilló al fin- ¡son novios!

     -No me llames Arty -gruñó la aludida, pero no replicó.

     -Así que ustedes son los locos suicidas... -murmuró Hermes- que se aventaron al Tártaro.

Los dos semidioses se pusieron blancos como un hueso, e incluso temblaron un poco, pero asintieron.

     -Bueno, en realidad sólo Percy es el loco suicida -murmuró Annabeth- pudo haberme dejado caer pero... Tenía que ir y aventarse conmigo.

Percy la cortó con un beso.

      -De ninguna manera te hubiera dejado caer. No te separarás de mi. Nunca más, ¿lo recuerdas?

Annabeth sonrió y besó de nuevo a su novio. Afrodita chillaba de emoción. Los semidioses sonrieron, unos tiernamente y otros con cara de pervertidos (cofcofLeocofcof)

     -Bueno, tórtolos, hay que seguir leyendo -dijo Leo- así que dejen de morrearse y siéntense ya.

Percy y Annbeth se separaron muy sonrojados, pero sonriendo. Se sentaron al lado de Piper y Jason, no sin antes darle un par de cachetes a Leo.

Apolo les pasó por la mente lo que habían leído hasta el momento.

Hefesto bajó la vista hacia el libro que tenía en el regazo y continuó leyendo.

Desde que sus amigos Percy y Annabeth habían caídoen el Tártaro, Leo había estadotrabajando prácticamente sin parar.

Los semidioses miraron con preocupación a Leo. Percy y Annabeth frunciendo el ceño.

     -Leo, deberías descansar -sentenció Annabeth- no es bueno que trabajes sin descanso. Créeme. Lo digo por experiencia.

Leo y los demás entrecerraron los ojos, pero dándole la razón a Annabeth.

     -Dime, ¿de cuándo acá te preocupas así por mí?. Quiero decir, soy maravilloso, pero... No creo que sea para tanto...

Piper, Jason y Hazel lo miraron con el ceño fruncido.

     -Claro que es importante -dijo Piper- no debes desvivirte por hacer modificaciones al barco o así. Tú también eres del equipo. Y debemos preocuparnos por ti.

Leo los miró, alzando las cejas. A él no le importaba no dormir suficiente, si con ello hacía algo para mejorar la situación. Si bien debería dormir o descansar un poco más, no creía que fuera motivo serio de preocupación.

Los rostros serios y preocupados de sus amigos hicieron que cambiara de opinión.

     -De ahora en adelante debes dormir de menos siete u ocho horas diarias -sentenció Hazel.

Leo asintió, apenas conteniendo un sonrisa. Sentirse parte del equipo, de una familia que se preocupaba por él era agradable.

Y había estado todavía más furioso y más motivado que de costumbre.

-Yo nunca he visto a Leo furioso furioso-dijo pensativamente Frank.

Los semidioses miraron con curiosidad a Leo. Él se encogió de hombros, pensando que la única vez que había estado furioso, *furioso,*fue cuando su mamá murió.

Ese pensamiento hizo que se entristeciera, pero hizo un gesto a su padre para que siguiera leyendo.

A Hazel le preocupaba, pero una parte de ella se alegraba del cambio.

Leo fingió sentirse herido, aunque en el fondo, las palabras lo confundieron.

     -¿A caso no te gusta cómo soy, señorita detector de metales?

Los presentes en la sala la observaron. Ella se puso nerviosa, en especial al recibir la mirada de Frank. Un pequeño rubí salió del suelo, y ella se apresuró a esconderlo.

     -No... Bueno, si, pero... Quiero decir que... Argh, sigan leyendo.

Cada vez que Leo sonreía y bromeaba se parecía demasiado a Sammy, su bisabuelo: el primer novio de Hazel en 1942.

Uf, ¿Porque su vida tenía que ser tan complicada?

-Ohhhh ¡un triángulo amoroso! -chilló Afrodita.

     -¡No! -gritaron Leo, Hazel y Frank- ¡no es un triángulo amoroso!

     -Le explicaré -dijo Hazel- Frank y yo somos novios. Hemos pasado muchísimo cosas juntos y... Yo lo amo -se sonrojó- pero el bisabuelo de Leo, Sammy, fue... Especial para mi. Y Leo me recuerda mucho a él. Eso es todo.

     -A mí me parece un triángulo amoroso.

Hazel iba a replicar, pero Percy tomó su hombro. Ella se sonrojó al recordar que ella había pensado que Percy estaba bueno. Y ahora que lo tenía enfrente podía decirse que estaba todavía más bueno.

     -Escucha Hazel -dijo Percy en un susurro- lo mejor es no llevarle la contraria a Afrodita. Sólo hallará una forma de liarlo más.

Percy recordó su tercera misión para rescatar a Annabeth y a Artemisa, y su reunión con la diosa del amor. No había entendido casi nada, pero estaba seguro de que todos los líos amorosos por los que había pasado (los sentimientos hacia Rachel, los celos repentinos hacia Luke, no saber que estaba enamorado de Annabeth) eran en su mayoría, obra de Afrodita. Sabía que era mejor seguirle la corriente.

Hazel asintió y siguieron escuchando la lectura.

-Otra solución -murmuró Leo- ¿Ves alguna?

En su monitor brillaba un mapa de Italia. Los montes Apeninos recorrían el centro de ese país con forma de bota. Un punto verde que representaba el Argo II parpadeaba en el lado oeste de la cordillera, a varios cientos de kilómetros del mar del Norte de Roma.

-¿Estuvieron en Roma? -preguntó Atenea con la nariz algo arrugada. Genial. Su ciudad menos favorita. Lo bueno es que estaban a varios cientos de kilómetros, así no tendría que escuchar mucho de ella.

Los romanos fruncieron el ceño.

     -Si, Roma. Roma Italia. ¿Conoce otra?  -Jason consideró que tal vez se había pasado un poco apenas pronunciar las palabras, pero no hizo nada para retractarse. Tal vez tanta rebeldía de Leo y Percy le estaba afectando. Pero no iba a permitir que esa diosa hablara con ese desdén sobre su cultura.

Atenea entrecerró los ojos, pero se convenció a si misma de que lo mejor era dejar pasar los comentarios del insolente romano si no quería que las Parcas se pusieran pesadas con ella. Además, la venganza se sirve fría.

Sonrió maliciosamente, mientras Hefesto seguía leyendo.

El viaje debería haber sido sencillo.

-¿Cuándo ha sido sencillo? -bufó Leo.

     -Ahí dice que  debería -aclaró Piper- mas no que lo haya sido.

     -*Touché -*dijo Leo, rascándose la barbilla.

Los demás rodaron los ojos, divertidos.

Tenían que llegar a un lugar llamado Epiro, en Grecia, y encontrar un antiguo templo llamado en la Casa de Hades  (o Plutón, como lo llamaban los romanos; o, como Hazel le gustaba pensar en él, el padre ausente más lamentable del mundo)

-¡¡Eres hija de Hades!! -exclamó un iracundo Zeus- ¡¡Has roto él juramento!! -se volvió hacia el dios del Inframundo, echando chispas por los ojos.

Hades intentó mantener la compostura, pero una mirada de irritación cruzó su rostro

     -Hermano, primero quiero aclarar unas cosas. -respiró hondo para calmarse y continuó- primero: no hemos hecho el estúpido juramento, así que no me vengas con esas. Segundo: el libro acaba de mencionar que ella... Murió. Este año. Así que no puedes hacerle nada. Tercero: es romana y no dijimos nada de romanos. Cuarto: ¿cuál es tu maldito problema?

Zeus abrió la boca para rebatir, pero no salió nada de ella. Cerró su enorme bocota y se sentó en su trono con los ojos entrecerrados y un puchero. Hera, a su lado, suspiró. Su marido era a veces tan... Insoportable. (Mira quién lo dice)

Hades volvió a sentarse en su trono con algo parecido a una sonrisa satisfecha.

      -Eso pensé.

Los demás dioses se contuvieron para no comenzar a aplaudir. Hacía mucho que nadie le cerraba la boca al señor de los cielos.

Incluso los semidioses, que se habían tensado y apiñado un poco para proteger a Hazel, sonrieron un poco. Leo asentía, con los pulgares en alto.

     -De acuerdo... Creo que ahora puedo presentarme bien -dijo tímidamente la chica de ojos dorados- soy Hazel Levesque, hija de Plutón.

Hazel miró con curiosidad a su padre. Él acababa de defenderla. No recordaba que Hades (o Plutón, lo que sea) fuera muy cariñoso con ella en el pasado. De hecho Hades no era conocido por ser un dios cariñoso. Aún así dio las gracias mentalmente a su padre por haberla defendido. Supo que su padre había recibido el mensaje cuando le sonrío (o algo así).

En el rostro de Hazel apareció algo parecido con una sonrisa tímida. Tomó la mano de Frank y siguió escuchando la lectura.

Para llegar a Epiro sólo tenían que ir todo recto hacia el este, cruzar los Apeninos y atravesar el mar ártico. Pero no había salido de esa forma.

-Claro que no -suspiró Percy- Vaya, las pasaron canutas con esos dioses de las montañas. Creo que nunca he visto uno...

Leo se levantó de su su asiento con cara de asombro total. Incluso los semidioses levantaron las cejas, sorprendidos. ¿Percy no había visto a un dios de las montañas nunca ?

     -¡¡OH POR TODOS LOS DIOSES!! -gritó, con las manos en la cabeza- ¡Percy no ha visto un monstruo! ¡El mundo se va a acabar! ¡Waaaaaaa!

Comenzó a correr de arriba a abajo por la sala, gritando que el mundo se iba a acabar. Los demás lo miraron consternados, y un tanto divertidos.

Annabeth golpeó a Percy en el brazo.

     -Claro que has visto uno, Sesos de algas. ¿No lo recuerdas?

Percy la miró con el ceño fruncido, intentando recordar. Entonces recordó.

     -Oh... Tienes razón. Si, ya he visto uno.

Leo detuvo... Lo que sea que estuviera haciendo y miró a Percy con alivio. Luego volvió a su sillón con aire de tranquilidad.

     -Uf, me habías asustado. El mundo ya no se acabará.

Cada vez que intentaban cruzar la columna vertebral de Italia, los dioses de las montañas los atacaban.

-Es obvio. Somos (en especial yo) demasiado deliciosos como para que nos dejen ir y venir tranquilamente. Claro, tienen que tirarnos rocas y decir cosas raras para demostrar su amor hacia nosotros. Son completamente del equipo Leo -dijo él, desbordando sarcasmo por todos lados.

     -Si tú lo dices...

Durante los últimos dos días habían viajado hacia el norte con la esperanza de encontrar un paso seguro, pero no habían tenido suerte.

-Nunca tenemos suerte -se lamentó Leo- pobres de nosotros.

Los semidioses arrugaron el ceño. En eso Leo tenía razón. La suerte parecía esquivarlos. Luego tendrían que ajustar cuentas con la diosa de la suerte, Fortuna. Si... Ya ajustarían cuentas.

Los numina montanum eran hijos de Gaia, la diosa a la que Hazel tenía menos aprecio.

-Nadie le tiene aprecio a Cara de Tierra -gruñó Leo.

Los semidioses pusieron mala cara, y parecían pensar lo mismo. Los dioses se escandalizaron. Nadie hablaba así de Gaia a menos que fuera suicida, lo que probablemente... Eran esos chicos. Los dioses supusieron que ellos tenían una buena razón. Aún así... Hablar de esa manera sobre Gaia no podía ser bueno.

Eso los convertía en enemigos acérrimos. El Argo II no podía volar a suficiente altura para evitar sus ataques; Y a pesar de que todas las defensas con las que contaba, el barco no podía atravesar la cordillera sin acabar hecho pedazos.

Leo bufó.

     -Estúpidos dioses de las montañas. Algún día iré y les enseñaré cómo comportarse al estilo Leo.

     -Eso si no te comen primero -razonó Piper

-Es nuestra culpa -dijo Hazel- de Nico y de mí. Los numina nos perciben.

-Pero los dioses de las montañas sólo perciben a los hijos de Hades. A menos que ese chico, Nico, sea hijo de Hades, no tendría sentido que... -mascullaba Atenea hasta que comprendió- oh...

Echó un mirada fugaz a su tío, que la miró impasible. Zeus pajareaba, feliz en su ignorancia, sin comprender.

Miro a su hermanastro.

-Espera... -dijo Zeus, poniendo su cerebro a funcionar- ¡¡El chico también es tu hijo!!

Hades lo fulminó con la mirada.

     -¿Algún problema con eso?

Zeus apretó los labios, pero no dijo nada. Discretamente, Hades y Poseidón chocaron los puños.

Desde que lo habían rescatado de las garras de los gigantes,

Hades abrió mucho los ojos, alarmado, al igual que Hestia.

      -¿Acabas... Acabas de decir... Los gigantes? ¿Lo tuvieron preso? -balbuceó Hades, susurrando, así que nadie lo escuchó.

Mientras, Hestia parecía poder derribar a quién se pusiera en su camino. Había adoptado la forma de la de una mujer de veinte y pocos, y no se veía contenta.

¿Habían secuestrado a un semidiós? ¿Y ella no había hecho absolutamente nada? Eso no estaba bien. Eso no era propio de ella. A menos que el chico se encontrara en algún lugar verdaderamente remoto, (el Tártaro, por ejemplo. Pero dudaba que el destino fuera así de retorcido. Ya dos habían caído a ese horrible lugar. Que tres lo hubieran hecho habría sido verdaderamente cruel) ella se preguntaba qué estaba tan mal en el futuro como para que ella no pudiera intervenir.

había empezado a recobrar las fuerzas, pero todavía estaba tan delgado quedaba pena verlo.

Jason, Hades, Hazel, Percy y Hestia fruncieron lo labios. Los mestizos recordaron que al principio Nico casi no comía nada, y parecía enfermizo, casi a punto de palmarla. Percy se alegraba de que empezara a reunir fuerzas, pero pensó que apenas lo viera de nuevo, lo obligaría a comer hasta verlo ganar algunos kilos.

Su camiseta y sus vaqueros negros colgaban de su cuerpo esquelético. El largo cabello negro enmarcaba sus ojos hundidos. Su tez color aceituna había adquirido un pálido tono blanco verdoso, como el color de la savia de los árboles.

Apolo frunció el entrecejo. Ese tono de piel no era normal. Tenía ganas de meterse al libro y hacerle un chequeo médico completo al crío. Apenas llegara, se aseguraría de hacerlo.

En años humanos apenas tenía 14, sólo uno más que Hazel, pero la historia no acabada ahí.

-Claro que no termina ahí -dijo Leo- ¿qué clase de vida semidiós es tan fácil? ¡Ninguna! Obviamente hay complicaciones y algún dinosaurio de por medio.

     -Leo, nunca hay dinosaurios.

     -Díselo a los de la antigua Grecia. Ellos seguramente vivían con dinosaurios. Y no tenían internet ni tostadoras. Pobres chicos de la antigua Grecia.

Al igual que Hazel, Nico di Angelo era un semidiós de otra época. Irradiaba una especie de antigua energía: una melancolía provocada por la conciencia de que su sitio no estaba en el mundo moderno.

Hades y Hazel suspiraron. Hades, pensando amargamente que ninguno de sus hijos hasta la fecha había tenido una vida plena y feliz. Hazel, pensando en lo triste que se veía a veces su hermano.

     -Espera, espera -dijo Atenea, dirigiéndose a Hazel- ahí dice que ese di Angelo es de otra época, como tú. ¿Eso quiere decir que los dos han salido del Inframundo? Es irónico, ¿no? Dos niños hijos de Hades, señor del Inframundo que no deberían estar vivos...

     -Pues no le veo la gracia -le murmuró Hermes a Apolo.

     -Sí, mi hermano y yo somos de otra época -contestó Hazel. Atenea frunció el ceño.

     -Pero él te sacó del Inframundo -razonó ella, recordando lo leído, recopilando información- así que no podría haberte sacado a menos de que él ya hubiera estado fuera -Atenea comenzó a hablar sobre su aliento, así que nadie le entendió casi nada.

     -Atenea creo que se descubrirá en la lectura, así que será mejor seguir escuchando -le dijo amablemente Artemisa, al ver que la diosa comenzaba a divagar. Ella asintió y siguieron escuchando.

Hazel no lo conocía desde hacía mucho, pero entendía y comprendía su tristeza. Los hijos de Hades (o Plutón, o como se llamase) casi nunca gozaban de vidas felices.

Hades suspiró de nuevo. Esperaba que Nico y Hazel fueran la exepción, aunque viendo cómo iban las cosas, no era la cosa más probable que podría pasar.

Y a juzgar por lo que Nico le había contado la noche anterior, su mayor desafío les esperaba cuando llegaron a la Casa de Hades: un desafío que le había suplicado que ocultara a los demás.

Los semidioses que habían estedo presentes en ese momento, fruncieron el ceño. ¿Por qué Hazel debía mantenerlo en secreto? Lo más importante, ¿por qué no les había dicho nada? ¿Acaso no confiaba en ellos?

Hazel bajó la mirada, algo apenada. Se repetía a sí misma que aunque les hubiese dicho algo a sus amigos, ellos no hubieran podido hacer nada. Sólo preocuparse.

Ella no quería que los otros se preocuparan. Ya tenían suficientes problemas como para que se ocuparan también de los de ella. 

Hades palideció un poco. Si ese desafío era en el que estaba pensando... 

Frank se acercó más a Hazel y le pasó un brazo por los hombros.

      -Si no quieres decirnos en este momento no hay problema. Si no nos dijiste habrá sido por un buen motivo -besó a Hazel en la sien- de todas formas, supongo que nos enteraremos tarde o temprano.

Hazel sonrió y recargó la cabeza en el hombro de Frank.

Nico agarró la empuñadura de su espada de hierro estigio.

-A los espíritus de la tierra no les gustan los hijos del Inframundo. Es cierto. Les irritamos.

-Y que lo digas -Hazel rodó los ojos.

Pero creo que los numina han percibido el barco de todas formas.

-¿Por qué habrían de detectar el barco? -preguntó Atenea, confundida frunciendo el ceño.

Poseidón resopló. 

     -¿Tal vez por el hecho de que son seis poderosos semidioses en medio de las tierras antiguas? ¿En una misión peligrosa? No sé, a lo mejor podría ser por eso, ¿te parece?

Atenea enrojeció y fulminó con la mirada a Poseidón, que sonrió satisfecho, ignorando el estremecimiento que surgió por los nervios de las dagas asesinas con las que la diosa de la sabiduría lo mirada. Aún así, ella no comentó nada.

Transportamos la Atenea Partenos.

Atenea abrió desmesuradamente los ojos y palideció tres tonos. Inspeccionó detenidamente a los semidioses, como si pudiera sacarles la respuesta con fuerza mental.

     -¿Cómo es que tienen mi estatua? -preguntó con voz calmada, pero por dentro, estaba rozando peligrosamente la histeria.

¿Alguno de esos chicos sería su hijo? ¿Habría muerto? ¿Estaría bien? ¿Dónde estaba la estatua? ¿Qué pruebas le habían esperado? ¿Acaso la guerra contra Gaia la había afectado y le había dado la maldita moneda a alguno de sus hijos? ¿Cómo la habría recuperado?

     -Yo la recuperé -dijo Annabeth, intentando parecer tranquila, aunque bullía de enojo- yo soy Annabeth Chase, hija de Atenea. Y recuperé la Atenea Partenos.

Atenea no cabía en sí de asombro. ¿Ella era su hija más fuerte? ¿La más inteligente de todos? Pero... ¡Si la había visto tontear con aquel muchacho Jackson! Su hija debía ser seria, pensar siempre con la cabeza fría y... Desde luego, no caer en las redes de cualquier chico guapo que se le cruzara.

Annabeth intentó controlarse. Su madre no sabía por todo lo que había pasado. No sabía lo que habíanpasado Percy y ella. Pero no iba a permitir que mirara con ese desdén a su novio, o con incredulidad a ella. Estaba a punto de abrir la boca y protestar cuando Percy tomó su rostro entre sus manos y la besó. Ella se resistió por 2.1 segundos antes de caer rendida y besarlo de vuelta. Se apartó de él para acusarlo con la mirada, pero se encontró con que él tenía un mensaje impreso en el rostro. No los hagas enojar.

Annabeth entendió en el acto. Probablemente si empezaba a gritar todo lo que quería gritarle a su madre, no se detendría. Y diría todo acerca del futuro, y probablemente a las Parcas no les gustaría. Y lo más importante: su madre se enfadaría con ella, y al final todos estarían gritando. 

Según las Parcas, esto del libro era para unificarlos (o algo así) y no iba a conseguirlo gritando. Así que suspiró, se cruzó de brazos, y miró acusatoriamente a Percy, dándole a entender que el beso robado había sido algo innecesario. Percy rodó los ojos sonriendo y abrazó a Annabeth por los hombros.

      -No te enfades, listilla. -le susurró- de todas formas, a tí te gustó.

Ella lo golpeó en el hombro mascullando "*sesos de algas",*pero sonrió. 

Ésa cosa es como un faro mágico.

Atenea frunció el ceño.

     -Me gustaría que no se refirieran a mi estatua como esa cosa.

Los semidioses se encogieron de hombros, sin darle mucha importancia.

Percy recordó que esa estatua parecía seguirlo con la mirada. Daba miedo. Él no tenía problemas con llamarla "esa cosa". Prefería llamarla así a: la-estatua-de-mi-suegra-que-parece-que-va-a-fulminarme-cada-cinco-segundos. Annabeth, adivinando los pensamientos de su novio, lo miró con los ojos entrecerrados.

Percy le sonrió dulcemente, como si no hubiera roto un plato en su vida. Annabeth, aún no convencida, giró un poco la cabeza. Él la tomó en sus brazos y la sentó en su regazo.

     -¿Estás enojada conmigo, listilla? -dijo, haciéndole ojitos.

     -Tal vez -suspiró ella, derritiéndose por dentro por la mirada de su novio.

     -Déjame remediar eso.

Tomó su rostro delicadamente entre sus manos y la besó. Afrodita apenas si contuvo un un grito. Piper se encontraba igual. Y Atenea... Bueno, Atenea tenía mala cara. No le terminaba de caer bien aquel muchacho, menos aún por la manera en la que habían llegado, pero ya vería. Su hija se veía... Feliz. Supuso que eso era lo que importaba, pero... Aquel muchacho... Le daba mala espina.

     -¿Sigues enojada conmigo? -jadeó Percy, intentando recuperar el aliento.

     -Déjame probar de nuevo -sonrió traviesamente, mientras acercaban de nuevo sus rostros, pero Leo intervino.

     -Chicos, sé que se aman y todo eso, pero voy a vomitar arcoiris si no se calman ya. Además alguien debe hacer de entrenador Hedge para que no se pongan tan cariñosos, así que... ¡¡NADA DE MANITAS EN MI PRESENCIA!! -Leo había sacado un megáfono parecido al del entrenador Hedge, que incluso sonaba como él. 

Percy y Annabeth se sobresaltaron y se separaron un poco respingando, para después fulminar a Leo con la mirada. Él sonrió inocentemente. Percy hizo amagos de levantarse, y Leo se encogió un poco, pero Annabeth tomó a su novio del brazo. Sonrió maliciosamente, y Percy pareció comprender. Después de todo, la venganza se servía fría.

Hazel se estremeció al pensar en la enorme estatua que ocupaba casi toda la bodega.

-¿Qué tiene de malo la estatua? -preguntó con los ojos entrecerrados, Atenea.

      -N... Nada -balbuceó Hazel, haciendo gestos desesperados a Hefesto para que siguiera leyendo.

Habían sacrificado mucho para salvarla de la cueva situada debajo de Roma, pero no tenían ni idea de qué hacer con ella. De momento, lo único para lo que parecía servir era para avisar a los monstruos de su presencia.

Atenea frunció el ceño, indignada, pero no comentó nada.

Leo recorrió el mapa de Italia con el dedo.

-Entonces, cruzar las montañas queda descartado. El problema es que se extienden muy lejos en las dos direcciones.

-Podríamos ir por mar -propuso Hazel- podríamos rodear el extremo sur de Italia.

-Es un estrecho muy largo -dijo Nico- además, no tenemos… -se le quebró la voz- ya saben… A nuestro experto marino, Percy.

Los dioses entrecerraron los ojos, mirando a Percy (que estaba acurrucado abrazando a Annaebeth -Afrodita tuvo que contener un chillido- en apariencia cómodo y un poco sonrojado por las intensas miradas sobre él) sospechosamente.

¿Experto marino? Eso sonaba a hijo de Poseidón...

El nombre quedó flotando en el aire como una tormenta inminente.

-Vale, ¿podrían dejar de hablar de mí como si estuviera muerto? -se estremeció Percy- es... Deprimente...

Percy Jackson

-Mi hijo- declaró Zeus, como si fuera total y completamente cierto, sin dudas.

Percy pareció atragantarse con su propia saliva. Tosiendo y con los ojos desorbitados, preguntó.

      -¿QU... QU... QUÉ?

Los semidioses casi se tronchaban de risa. Hefesto leyó lo que seguía y casi se troncha de risa con los semidioses. La que Zeus se iba a llevar...

hijo de Poseidón,

Zeus se puso blanco, para después pasar al rojo de vergüenza, y terminar siendo casi morado.

¡¿Aquel chico súper poderoso y admirado era... Era... HIJO DE SU HERMANO?!

Zeus se levantó de su trono, sin saber muy bien a quién golpear primero. Si a sí mismo por ponerse en vergüenza o a Poseidón, por... Por tener esa estúpida sonrisa complacida en el rostro.

Poseidón, sonriendo, miró a Percy. Este le sonrió de vuelta, saludándolo con la mano, mientras con la otra mano agarraba a la hija de Atenea. Poseidón estaba francamente sorprendido. ¿Su hijo, con una cerebrito de cara de búho? Debía de ser una broma. Ni siquiera cuando se llevaba "bien" (antes del incidente con medusa) con Atenea se habría imaginado que algún hijo suyo estaría enamorado de alguna hija de Atenea. Pero al ver la sonrisa de enamorado de su hijo al ver a la chica, supuso que no estaba tan mal. Si era feliz...

     -Pero... Pero... -Poseidón miró divertido a su hermano menor, que balbuceaba, incapaz de pasar el mal trago, aún de pie- él... ¡Es tu hijo! Es... ¡Tú hijo! No puede... Él no...

     -Zeus, siéntate ya -bufó Hera, molesta- estás haciendo el ridículo.

Zeus, fulminando con la mirada a Hera, pero aún algo ofuscado, volvió a sentarse. Entonces Atenea se levantó.

     -¡Es inadmisible! -exclamó- ¡Poseidón, tu cría está corrompiendo a mi hija! ¡La está seduciendo para que nuble su juicio! 

Poseidón, cabreado, apretó los puños. Pero antes de que pudiera refutar, Annabeth se levantó.

     -Madre -dijo ella con voz aparentemente calmada- Percy no me está corrompiendo y mucho menos me... -ella se sonrojó un poco, apenas visiblemente, pero continuó- *sedujo,*como tú dices. No está nublando mi juicio y no afecta mi vida de ninguna manera. Tú no puedes juzgarlo sólo por ser hijo de Poseidón. No puedes decir que me manipula de ninguna manera, ni que es malo, o se aprovecha de mí. Él me ha ayudado mucho más que tú. Ha estado conmigo cuando nadie podía ayudarme. Tú no tienes derecho a poner tus prejuicios entre nosotros, y voy a estar con él, te parezca o no. Si alguna vez llegara a lastimarme... Cosa que nunca ocurrirá, será responsabilidad mía. Pero no hablarás de Percy así. Al menos no en mi presencia. Porque ni siquiera lo conoces, y no sabes todas las cualidades que posee, y tampoco por lo que hemos pasado. Así que por favor, no critiques a mi novio ni hagas como si yo fuera cualquier chica que se deja llevar sólo por qué le gusta un chico. Sé tomar mis desiciones. Amo a Percy. Y nada de lo que hagas o digas va a cambiarlo.

Annabeth se sentó de nuevo y respiró hondo. Se había sentido bien dejar las cosas claras.

Se creó un silencio incómodo en la sala, mientras Atenea se sentaba con lentitud, mirando fijamente a su hija.

Hefesto carraspeó y siguió leyendo.

probablemente el semidiós al que Hazel admiraba más.

Percy se sonrojó profundamente, al igual que Hazel, para diversión de los demás. 

Percy le había salvado la vida muchas veces en el transcurso de su viaje a Alaska, pero cuando había necesitado la ayuda de Hazel en Roma, ella le había fallado.

-No me fallaste, Hazel. -Percy puso una mano en su hombro, sonriéndole- No creo que hubieras podido hacer nada de todos modos. Es decir... ¿Cómo luchas contra un abismo? No te preocupes. No fue culpa de ninguno de ustedes.

Pero les sonrió a todos los mestizos. Ellos correspondieron, y Leo sintió como si le quitaran un pequeño peso de encima. Después de todo, él se seguía sintiendo un poco culpable por la caída de Percy y Annabeth al Tártaro.

Hazel había observado impotente como él y Annabeth se desplomaban en el foso.

Los semidioses bajaron la mirada, mortificados. Aunque ninguno de los dos les guardara rencor, ellos seguían sintiendo que podrían haber hecho algo. Algo para ayudar, algo para evitarlo. Si hubieran volteado un segundo, si se hubieran apurado a amarrar la estatua, si hubieran corrido más rápido... Todos miraron a la pareja de semidioses, que les sonrió y de improvisto, fue un abrazo de grupo. 

Entonces se dieron cuenta de que en realidad, lo mejor que pudieron hacer fue tener esperanza. No rendirse, no dejar de confiar.

Y se sentían contentos de decir que todos confiaban en que ganarían. Le patearían el trasero a cara de tierra y volverían a sus campamentos, a reunir a toda su familia. Después de todo, tanían cuentas pendientes con cara de váter, y era la oportunidad perfecta.

Hazel respiró hondo. Percy y Annabeth seguían vivos. Lo sabía en lo más profundo de su ser. Todavía podía ayudarlos si conseguía llegar a la Casa de Hades, si conseguía sobrevivir al desafío sobre el que Nico le había advertido…

-¿Cuál es el desafío, por fin? -preguntó Hermes- la curiosidad me está matando...

     -Eres inmortal -le recordó Démeter.

Hermes se sonrojó.

     -¡Ese no es el punto!

Los semidioses pensaron que dejando de lado la tensión sexual, Hermes y Démeter eran iguales que Travis y Kate.

-¿Y si seguimos hacia el norte? -preguntó- tiene que haber una abertura en las montañas o algo por el estilo.

-Adivino -dijo Apolo- no la hay.

Leo toqueteo la esfera de bronce de Arquímides

-¿Tienes una esfera de Arquímides? -preguntó Hefesto a Leo, asombrado- ¡no es posible! Sólo un hijo mío podría manejarla, y... -miró con asombro a Leo, como si fuera una nuevo invento bien hecho- ¡eres hijo mío!

Leo sonrió tímidamente (una sonrisa nada común en él), se levantó e hizo una reverencia.

     -Pues si. Soy Leo Valdez, el candente, el magnífico, el supermegaguay ¡hijo de Hefesto!

De sus bolsillos del cinturón sacó un par de fuegos artificiales pequeños que encendió con las manos, y lanzó al aire. Luego encendió sus manos en llamas y lanzó pequeñas bolas de fuego al aire.

     -Además usuario del fuego -dijo guiñando un ojo.

Se inclinó de nuevo, ahora sonriendo traviesamente y volvió a sentarse.

     -Gracias, gracias -dijo, como si acabara de actuar en una obra de teatro. Los semidioses rodaron los ojos, divertidos, y Jason le revolvió el cabello.

Hefesto, bajando la vista al libro, sonrió, pensando que su hijo era muy especial.

que había instalado en la consola: su más reciente y peligroso juguete. Cada vez que Hazel miraba esa cosa, se le secaba la boca.

-¿Qué tiene mi esfera? -preguntó Leo, con los ojos entrecerrados. 

     -Nada, es solo que... -Hazel torció la boca, sin saber muy bien cómo decirlo- siento que va a explotar de un momento a otro.

Temía que Leo se equivocara de combinación al girar la esfera y los tirara a todos por la borda, o que volara el barco, o que convirtiere Argo II en una tostadora gigante.

-Ve el lado bueno -dijo Leo- si el Argo II se convirtiera en una tostadora gigante, ¡¡tendríamos pan tostado gigante!! Eso sería genial, ¿no crees?

Hazel frunció los labios. Percy, que parecía absorto con la idea de un pan tostado gigante (de preferencia azul), junto con Leo, Hermes y Apolo hablaban sobre los beneficios de construir una tostadora gigante y dónde pondrían el pan y la tostadora.

Hazel se dijo a sí misma que sería inútil explicar que se refería a tostadora en planel-barco-se-convierte-en-un-horno-gigante-y-nos-quema-a-todos-hasta-morir. Y también el hecho de que no podían ir al centro comercial y pedir una barra de pan gigante así como así. 

Las miradas resignadas pero algo divertidas de Piper y Annabeth la convencieron de no insistir.

Afortunadamente, tuvieron suerte. El objetivo de una cámara salió del esfera y proyecta una imagen tridimensional de los montes Apeninos encima de la consola.

-No lo sé -Leo examinó el holograma- no veo ningún paso decente por el norte. Pero prefiero esa idea a dar marcha atrás hacia el sur. No quiero saber nada de Roma.

Nadie discutió ese punto. En Roma no habían tenido buenas experiencias.

Jason se estremeció al pensar en el ninfeo de Roma, donde casi muere junto con Piper y Percy. Y luego el Coliseo, donde sirvió de espectáculo a Dionisio. Desde Lugo, buenas experiencias no eran.

-Hagamos lo que hagamos, tenemos que darnos prisa -les dijo Nico- cada día que Annabeth y Percy pasan en el Tártaro…

-¿Qué estaban pasando en ese momento? -preguntó con curiosidad Hermes a los dos mestizos, que palidecieron.

Annabeth recordó la caída interminable, y la oscuridad rodeándolos. Cerró por un momento los ojos y se acercó más a Percy, que temblaba un poco al poner un brazo alrededor suyo.

     -Supongo que nada bueno -dijo Afrodita, mirando a los mestizos con preocupación. Pero también pensando que hacían una pareja ADORABLE. Y muy poco común. Ya los entrevistaría luego. Quería saber TODO acerca de ellos.

No hizo falta que terminara la frase. Tenían que confiar en que Percy y Annabeth sobrevivieran lo suficiente para encontrar el lado de las Puertas de la Muerte que daba al Tártaro.

Pero luego, suponiendo que el Argo II pudiera llegar a la Casa de Hades, podrían abrir las puertas por el lado mortal, salvar a sus amigos y sellar la entrada para impedir que las fuerzas de Gaia se reencarnaran en el mundo de los mortales una y otra vez.

Sí, nada podía fallar en el plan.

-¿Así son todos los planes de semidioses? -preguntó Démeter- si algo saliera mal, por mínimo que fuera... ¡Puf!.

Ella hizo un gesto con las manos, dando a entender una explosión.

     -Pues si... -Suspiró Leo- pero bueno, es parte de la alocada vida semidiós, ¿o no? Misiones imposibles, monstruos, fines del mundo, rescates contrarreloj... Lo normal.

Los semidioses asintieron, rodando los ojos. Cosas de semidiós.

Nico contemplaba la campiña italiana debajo de ellos frunciendo la frente.

-Tal vez deberíamos despertar a los demás. Esta decisión nos afecta a todos.

-Exacto -saltó Frank- ¿por qué no nos despertaron?

Hazel le sonrió tiernamente a su novio, y luego puso una mano en su brazo.

     -Necesitaban descansar. Además, seguro nos hubiéramos puesto a discutir.

Frank abrió la boca para rebatir, pero debía reconocer que su novia tenía la razón.

-No -repuso Hazel- nosotros podemos encontrar una solución.

Artemisa miró a la chica. Era bastante independiente, y decidida. Tal vez podría hacerle un lugar en la caza... Si no estuviera tan encariñada con ese chico, Zhang.

No estaba segura por qué creía tan firmemente en ello, pero desde que habían partido de Roma, la tripulación había empezado a perder la cohesión.

Los semidioses se sonrojaron, pero le dieron la razón a Hazel. Después de que sus amigos cayeran al Tártaro, las cosas no habían funcionado muy bien.

Habían aprendido a trabajar como un equipo. Y de repente, zas, sus dos miembros más importantes habían caído el Tártaro.

Percy y Annabeth se pusieron rojos, rojos, rojos.

     -No somos los miembros más importantes -masculló Percy, avergonzado.

Percy había sido el pilar del grupo.

Les había infundido confianza cuando habían surcado el Océano Atlántico y habían entrado en el Mar Mediterráneo.

-Es normal -dijo con un gesto, Apolo- si vas a los mares más peligrosos del mundo y así, probablemente no tienes mucha esperanza de sobrevivir si eres un mestizo corriente. Pero si tienes un hijo de Poseidón (o a Poseidón, en todo caso) es menos probable que mueras. Ya saben, las aguas suelen ser más calmadas cuando hay algún hijo de Poseidón cerca. Y el día más radiante cuando hay un hijo de Apolo cerca. Son los efectos de la gente hermosa.

Una flecha pasó sumbando cerca de su cabeza.

     -La gente hermosa es más hermosa si está callada -dijo Apolo con voz aguda- lo entiendo Arty, lo entiendo. Hefesto, sigue leyendo, por favor.

En cuanto a Annabeth, ella había sido la líder de facto de la misión. Había rescatado la Atenea Partenos sin ayuda de nadie.

Atenea, que se había quedado en silencio desde que su hija le había respondido, pensó que, aunque su hija 

Era la más lista de los siete, la que tenía respuestas a todo.

-No tengo las respuestas a todo -dijo Annabeth, con las mejillas coloradas- por ejemplo, no sé por qué Percy a veces es tan impulsivo -dijo mirando a su novio desde sus brazos. Este le sonrió de lado, lo que hizo que su corazón tartamudeara, para después correr a toda velocidad. No sé cómo es que amo tanto a Percypensó, sonriendo a penas o por qué sus sonrisas son tan hermosas.

*-*No sé por qué la comida azul es tan adictiva -dijo en voz alta, encogiéndose de hombros- no sé cómo es que Piper se peina tan bien cuando yo apenas si tengo tiempo de cepillar mi cabello -Piper sonrió a su amiga, sonrojándose- no sé cómo se siente... -la voz de Annabeth se apagó, pero luego agregó en voz baja- tener una vida normal.

Los semidioses se deprimieron. Ninguno de ellos llevaba una vida normal. Y eso apestaba.

     -Bueno -dijo Leo, intentando subir el ánimo del equipo- no sé cómo es que los gigantes son tan tontos a veces. Es decir, ¿apilar montañas para subir al Olimpo? Y tampoco sé por qué los tíos malos sueltan sus monólogos y hablan y hablan sobre sus planes.

Si Hazel despertaba el resto de la tripulación cada vez que tenían un problema, empezarían a discutir de nuevo, y su desesperación aumentaría más y más.

Tenía que hacer que Percy y Annabeth se sintieran orgullosos de ella.

Percy y Annabeth sonrieron cálidamente a Hazel, mientras ella se sonrojaba.

     -Estamos orgullosos de tí, Hazel -le sonrieron- todos lo estamos.

Los semidioses hicieron de nuevo una piña sonriendo, y abrazando a Hazel. Ella sonrió, pensando que su familia, sus amigos, eran increíbles.

Hestia miró la escena con ternura, sintiendo el fuego del hogar crecer. Al parecer, el libro y la presencia de los semidioses en el Olimpo era para bien.

Tenía que tomar la iniciativa. Le costaba creer que su único papel en la misión fuera el que Nico le había anunciado: despejar el obstáculo que les esperaba en la Casa de Hades.

Frank frunció el ceño. No sabía cuál era el endemoniado obstáculo, pero sin duda no era el único papel de su novia en esa misión. Ella era valiosa, ella era importante. Y no iba a dejar que se menospreciara o pensara que no podía.

Empezó a formular un plan en su mente

Apartó ese pensamiento de su cabeza.

-Necesitamos ideas creativas -dijo- otra forma de cruzar las montañas o una forma de escondernos de los numina .

Nico suspiró.

-Si estuvieras solo, podría viajar por las sombras, pero no dará resultado con un barco entero. Y, sinceramente, ya no estoy seguro de tener fuerzas para transportarme.

Los semidioses fruncieron el ceño. Si era así, ¿por qué demonios se había ofrecido para llevar la Atenea Partenos a Nueva York? 

-Yo podría fabricar algún tipo de camuflaje -dijo Leo- Como una cortina de humo para escondernos en las nubes.

-Sería muy complicado -dijo Hesfesto, interrumpiéndose- una cortina de humo lleva algo de tiempo. ¿Y para cubrir todo el barco? Necesitarían usar magia forzosamente para que se mantenga ahí el humo, y para que no se detecten los olores del semidiós. Y ninguno de ustedes es hijo de Héctate, ¿o sí?

Hefesto miró a los chicos, que negaron. Leo iba a mencionar que Hazel podía usar tan bien la niebla como una hija de Héctate, pero Hazel negó con la cabeza. Seguramente se descubriría en el libro.

No parecía muy entusiasmado.

-No estaba muy estusiasmado, créeme.

Hazel se quedó mirando las onduladas tierras de labranza pensando en lo que había debajo de ellas: el reino de su padre, el señor del inframundo.

La mirada de Hades se iluminó un poco. ¿Acaso su hija iría a pedirle ayuda?

Había visto a Plutón en una ocasión pero entonces se había percatado de quién era. Desde luego nunca había esperado recibir ayuda de él, ni cuando estaba viva por primera vez, ni durante su estancia en el inframundo como espíritu, ni desde que finalmente Nico la había llevado de vuelta al mundo de los vivos.

Hades se sintió herido, y tal vez algo de culpa abriéndose paso por su pecho. La verdad siempre se preocupó por sus hijos, pero nunca

Tánatos, sirviente de su padre y dios de la muerte, había insinuado que Plutón podía estar haciéndole un favor a Hazel al no prestarle atención.

Hades asintió, dándole la razón a Tánatos. Lo mejor sería no comunicarse mucho con su hija.

Después de todo, se suponía que ella no debía estar viva. Si Plutón reparaba en ella, podría ser que tuviera que volver a la tierra de los muertos.

Eso significaba que no era nada recomendable pedir ayuda a Plutón. Y sin embargo…

-*Va a pedirme ayuda -*se sorprendió Hades- a pesar de todo, parece que confía un poco en mí.

**Por favor, papá,**se sorprendió rezando. Tengo que encontrar una forma de llegar a tu templo en Grecia: la Casa de Hades. Si estás ahí abajo, muéstrame que debo hacer.

-Seguramente le enviaré ayuda. Tengo que hacerlo. Vamos, tiene que haber alguna ayuda -se sorprendió pensando Hades. 

Un movimiento fugaz en el borde del horizonte le llamó la atención: algo pequeño y beige que corría a través de los campos a una velocidad increíble, dejando una estela de vapor como a las de un avión.

-¿Arión? -preguntó Démeter susurrando, mirando de reojo a Poseidón y sonrojándose un poco. Lo de Arión había sido una aventura divertida. Y es que Poseidón... Era tan... Frenó sus pensamientos pervertidos. Ese no era un buen momento para pensar en eso. 

¿Arión iría en ayuda de la chica, Hazel? Hacía milenios que Arión sólo corría vagando por la tierra, y nunca había sido especialmente unido a los humanos, o a los mestizos, o técnicamente a cualquier persona. Sería interesante saber lo que había visto en especial a la semidiosa su pequeño hijo que le encantaba decir palabrotas.

Hazel no podía creerlo. No osaba albergar esperanzas, pero tenía que ser….

-Arión.

-¿Arión? -preguntó Poseidón, impresionado, mirando de reojo a Démeter, un poco sonrojado. Lo de Arión había sido bastante divertido. Una aventura que seguro disfrutó.

Sacudió la cabeza levemente y miró a Hazel. La chica se encogió un poco al recibir las miradas de Poseidón y Démeter.

     -¿Eres su amiga? -preguntó Démeter, atónita.

     -Si... -murmuró ella, sintiéndose algo ofendida. 

     -Vaya, lo siento -dijo Démeter- es que Arión no suele tener amigos mortales, y... Es impresionante. -sacudió la cabeza.

     -Vaya... No lo sabía -dijo Hazel- siempre creí que Arión era bastante sociable.

Percy bufó.

     -Sería sociable si por cada palabra que dice no dijera cinco palabrotas.

Poseidón rió.

     -Si... Creo que algunas se las enseñaron Apolo y Hermes.

-¿Qué? -preguntó Nico.

Leo lanzó un grito de alegría mientras la nube de polvo se acercaba.

-Supongo que el caballo son buenas noticias -sonrió Hermes.

Hazel torció un poco el gesto, sin saber muy bien que responderle. El encuentro con Héctate no había sido precisamente agradable.

     -Creo que si... -dijo ella, después de un rato.

-¡Es su caballo, hombre! Te has perdido esa parte. ¡No lo hemos vuelto a ver desde que estuvimos en Kansas!

-¿Y qué hacían en Kansas? -preguntó Démeter, curiosa.

Piper, Jason y Percy se estremecieron, mirándose de reojo. Luego miraron a Dionisio, con algo de mala cara.

     -Bueno... -dijo Piper- ya sabe... Misiones y... -ycasi morir deteniendo la pelea de dos chicos súper poderosospensó.- y eso... Cosas normales de semidiós.

Ni Percy ni Jason hicieron amagos de corregirla. 

Hazel se rió por primera vez después de días. Se alegraba mucho de ver a su viejo amigo.

-Que deprimente -dijo Apolo- ¿no reír durante días? ¡Ya sé! ¡Podría ir a alegrarles el día con mi maravillosa presencia!

      -¡No! -gritaron los semidioses, alarmados.

     -Quiero decir... -dijo Piper- usted tiene cosas más importantes que hacer que visitarnos a nosotros y... El recuerdo de su sonrisa es suficiente para vivir feliz, señor.

Apolo sonrió, complacido, sin notar las sonrisas de risa contenida. Jason no se encontraba tan complacido. De hecho, consideraba que su novia se había pasado un poco. Piper al ver a su novio haciendo pucheros se sentó en su regazo y lo besó. Jason, sintiéndose mejor, abrazó a su novia, sonriendo.

A un kilómetro y medio hacia el norte, el pequeño punto beige rodeó una colina y se detuvo en la cumbre. Costaba distinguirlo, pero cuando el caballo se empinó y relinchó, el sonido llego hasta el Argo II. A Hazel no le cabía duda: era Arión.

-Tenemos que reunirnos con él -dijo- ha venido a ayudarnos.

-Por supuesto que ha ido a ayudaros -dijo Hades, susurrando- seguramente yo lo envié.

-Vale -Leo se rascó la cabeza- pero, ejem, dijimos que no volveríamos a dejar el barco en tierra, ¿recuerdas? ya sabes, como Gaia quiere destruirnos y todo eso…

-Si... Solo detalles sin importancia... No hay nada de qué preocuparse -dijo sarcásticamente Apolo

-Tú acércame, y usaré la escalera -a Hazel le latía el corazón con fuerza- creo que Arión quiere decirme algo.

**-**Fin -terminó Hefesto, alzando la vista del libro. Se le había hecho largo.

    -Creo que Arión no habla inglés, Hazel. ¿Cómo hablarás con él? -preguntó rascándose la barbilla, Leo.

Hazel le lanzó un cojín.

Leo, que no alcanzó a esquivar el cojín, tomó el cojín culpable y lo miró detenidamente. Luego miró a sus espaldas, a su sillón y no encontró nada.

     -¿De dónde lo has sacado? -preguntó a Hazel. Ella se encogió de hombros, sonriendo maliciosamente, lanzándole una mirada fugaz a Artemisa, que sonrió cómplice.

Leo, comprendiendo, hizo pucheros.

Artemisa pensó que esa chica, Hazel, tal vez pudiera entrar a la cacería...

     -Vale, yo quiero leer -dijo Piper, poniéndose en pie y caminando hacia Hefesto. Éste se lo dio y Piper volvió donde Jason.

     -II Hazel...-comenzó la hija de Afrodita. La susodicha gimió y se escondió en los brazos de su novio.

 Entonces la luz blanca apareció de nuevo.


 Holaaaaaaaaaa

Antes que nada, ¡¡feliz año nuevo!! Aquí aún es primero de enero, y estamos todos desvelados xD 

Bueno, sé que me atrasé (seis días. Dios, ¡seis días!) y no tengo perdón pero... Lo siento :3 espero que el capítulo lo compense :)

Ok... ¿Quién les gustaría que fuera el que llegó a la lectura? Puede ser quien sea, excepto Nico. Tengo planes especiales para él risa malévola pero no se preocupen, irá por el capítulo cuatro (que por cierto, dividiré en dos porque es más largo) 

Qué más... ¡Ah, sí! ¡Encontré otro fic de Leyendo la Casa de Hades! ¡Yuju! Después de mil años de búsqueda... Pero bueno, ya hice el mío. Que cosas.

Oh, sí... Quería preguntarles si les gustaría una escena extra para el próximo capítulo, porque es relativamente corto. Díganme en los comentarios :3

Hablando de comentarios... ¡¡Muchísimas gracias a todos aquellos que han comentado!! Son un amor :3 y me motivan mucho.

Creo que es todo... Espero hayan pasado una muy bonita Navidad y que les vaya muy muy bien este año nuevo '3'

Nos leemos!!!!!

PD: **agus_goni,**siento aún no haber respondido tu comentario D:

Es que no me había metido a Potterfics y no había tenido tiempo para responderte como dios manda. No me odies. ❤️❤️ Ahorita mismo voy a responderte.

Besos!!!