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← Song of the north. · de

Song of the north. — capítulo 10

Fui hasta la cama más cercana y me senté en ella. Estaba bastante cansada y la verdad, no tenía ganas de seguir hablando con Legolas. Sé que su intención no era mala, que solo trataba de ayudarme, pero no soy una cría. No necesito a alguien encima de mí durante todo el día.

Suspiré. 

Realmente no me gustaba discutir, aún a pesar de que tenía un carácter complicado, no me gustaba. Y me fastidiaba más el hecho de que hubiera sido con él, que llevaba ayudándome desde que salimos de Rivendel.

-¿Qué es eso que se oye?- me preguntó entonces Merry.

Supuse que se refería a los cánticos élficos que se escuchaban por todo Caras Galadhon.

Me encogí de hombros.

-Ni idea, no lo entiendo.

-Un momento por Gandalf- respondió Aragorn- Una especie de homenaje.

Yo asentí levemente.

El recuerdo y el pesar parecía que no iba a dejarnos nunca. 

-Apuesto a que no mencionan sus fuegos de artificio- dijo Sam mientras ahuecaba su almohada- Se merecerían algún verso.

Sé quedó pensativo unos segundos y después se puso en pie.

-Los mejores cohetes nunca vistos, estallan en estrellas de verde y azul. Tras el estruendo, un manto plateado, el cual se cierne como...una lluvia de flores... No- dijo mientras se sentaba- eso no le hace justicia ni por asomo.

Me levanté de mi cama y fui hasta la suya para sentarme a su lado.

-Eh, oye, a mí me ha parecido muy bonito, de verdad- dije sonriendo levemente.

-Gracias Radhia- respondió sonriéndome de vuelta.

-Deberíais dormir. Todos- dije mirando a Frodo al decir eso último- Necesitáis descansar.

Los medianos asintieron y se metieron en sus camas.

Yo no iba a ser menos. Estaba cansadísima, y no creía que pudiera mantenerme en pie mucho más. Así que me fui de vuelta a mi cama y me tumbé despacio tratando de no darme en el hombro izquierdo.

Me quedé unos segundos con la vista perdida en ninguna parte y después me dormí.

Abrí los ojos lentamente. Una cálida luz empezaba a colarse en las entrañas de Caras Galadhon.

Me levanté de la cama, con cuidado de no despertar al resto. Los medianos seguían todos dormidos. Me enternecía de alguna manera verles dormir. Tan tranquilos, tan inocentes...

Dejé las camas atrás y fui hasta un pequeño árbol cercano. Me apoyé en él y me dejé caer hasta el suelo.

No había dormido demasiado bien y la verdad no entendía muy bien el motivo. Bueno, realmente si que sabía porque había dormido tan mal, pero mi orgullo norteño me impedía el poder aceptar que esa fuera la realidad. Mi discusión con el elfo el otro día había sido la culpable. Odiaba reconocer que estaba equivocada en las discusiones, pero esta vez, Legolas tenía razón. Si el Balrog había podido con Gandalf, lo más probable es que hubiéramos caído los dos en mi intento de ayudarle. Aún así...nunca sabré del todo que habría pasado si hubiera podido intentar al menos ayudarle...

-¿Qué haces ahí?

Me giré levemente.

-¿Qué quieres Legolas?

-¿Me puedo sentar?

-Si no hay más remedio...-dije echándome a un lado para dejarle sitio.

Se sentó a mi lado.

-Oye...

-Déjalo.

-¿Qué?- preguntó confuso.

-Ya sé lo que me vas a decir, y no hace falta. Déjalo.

-Radhia...

-De verdad que no es necesario Legolas. Lo entiendo, de verdad. No pudiste hacer nada para ayudar a mi tía y te duele, pero eso no quiere decir que yo vaya a tener el mismo destino que ella. Yo no tengo intención de volver a Kattegat sobre mi escudo, de ninguna manera.

Sonrió levemente.

-No voy a decir que tuvieras razón, porque eso es algo que yo no hago nunca, pero sé que solo tratabas de ayudarme en el puente. Pero también entiéndeme tú a mí. Me...me gustaría poder haber hecho más...estaba tan cerca que...no sé...

-Te entiendo, de verdad. Todos habríamos querido hacer algo más.

-Y otra cosa más. 

Me miró atento. 

-No tienes que redimirte conmigo por no haber podido salvar a mi tía. No fue culpa tuya, yo no te culpo de ello, no tienes nada que demostrar. 

Asintió.

Nos quedamos en silencio unos segundos. 

-Entonces...¿estamos bien?

-Estamos bien. 

Una vez que todos los demás miembros de la compañía se hubieron despertado, recogimos nuestras cosas y nos preparamos para salir.

Celeborn y Galadriel vinieron a despedirnos, al igual que muchos otros elfos de Caras Galadhon.

Antes de partir, los elfos nos habían hecho entrega de unas capas verdes que se enganchaban con un broche en forma de hoja.

-Nunca habíamos vestido a extranjeros con nuestras ropas- dijo Celeborn mirándonos- Que estas capas os sirvan de escudo frente a venideros enemigos.

Galadriel se acercó a nosotros acompañada de un par de elfos que portaban numerosos objetos.

La elfa se detuvo primero frente a Legolas.

-Quiero obsequiaros con algo antes de partir. Mi presente para ti Legolas, es un arco de los Galadrim, digno de la destreza de nuestros parientes del bosque.

Después pasó a Merry y Pippin.

-Estas son las dagas de los Noldor, ya han servido antes en la guerra. Y para ti. Samsagaz Gamyi- dijo volviéndose hacia el mediano- cuerda élfica trenzada.

Después pasó a Gimli.

-¿Y qué presente pediría un enano a los elfos?

-Nada- respondió el enano- Salvo contemplar a la dama de los Galadrim una última vez, pues es más hermosa que las joyas ocultas bajo tierra.

Sonreí levemente. Vaya, vaya, vaya, el enano que odiaba tanto a los elfos se nos estaba ablandando.

Tras Gimli le llegó el turno a Aragorn. Con él habló en élfico, por lo que yo no pude entender nada de lo que decían, pero le entregó una espada antes de pasar a Frodo.

-A ti, Frodo Bolsón, te entrego la luz de Eärendil, nuestra más preciada estrella.

A Boromir le entregó un cinturón de oro y por último me llegó el turno a mí.

-Y a ti pequeña, ¿qué podría ofrecerte?

-No es necesario que me deis nada.

Ella sonrió.

-Tengo entendido que eres capaz de luchar con ambas manos.

Asentí.

-Debes llevar dos espadas entonces- dijo mientras me entregaba dos espadas de plata con filigrana de oro azul en la empuñadura.

-Gra...gracias señora- dije casi sin habla a la vez que guardaba las espadas en la funda de la espalda. 

Una vez terminamos de despedirnos de Celeborn y Galadriel, nos subimos en unas barcas que los elfos habían tenido la amabilidad de dejarnos, todas ellas cargadas de provisiones para el camino, y nos echamos al río.