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Song of the north. — capítulo 9
Nos llevaron hasta un claro del bosque donde había una especie de templete destechado de piedra.
No sé cuanto tiempo tardamos en llegar, pero había anochecido para cuando llegamos a aquel lugar. Yo seguía encontrándome bastante cansada, y el dolor de la herida del hombro no había cesado ni si quiera un par de minutos.
Uno de los elfos, el que se había dirigido anteriormente a Aragorn, estaba hablando con él y con Legolas. Obviamente en élfico y por lo tanto yo no entendía nada.
A mí realmente me daba igual, estaba más centrada en no desmayarme por el cansancio. Pero Gimli no tenía demasiado aprecio a los elfos, y lo demostraba siempre que podía.
-¿Qué ha sido de la legendaria cortesía de los elfos? ¡Hablad algo que entendamos todos!- dijo refunfuñando el enano.
-No hemos tenido trato con los enanos desde los días oscuros- dijo el elfo muy serio.
-¿Sabes que responde un enano a eso?
Y a continuación dijo algo que yo tampoco entendía pero supuse, por el tono, que no era nada agradable.
Ay dios...no podíamos tener ni un día tranquilo de verdad.
-Eso no ha sido nada cortés- dijo Aragorn molesto.
El elfo nos miró por encima del hombro y después clavó la vista en Frodo. Le escudriñó con la mirada y después empezó a caminar hacia él.
Sabía perfectamente que había descubierto que Frodo portaba el anillo, y no sabía muy bien que tenía intención de hacer, pero mi primera reacción fue ponerme delante de Frodo dejando al mediano tras mi espalda para evitar que el elfo se acercara más a él.
Me miró unos minutos en silencio sin apartar la mirada. Yo tampoco las aparté. No tenía nada en contra de los elfos, pero ese se creía mejor que yo, podía notarlo en sus ojos cuando se fijó en mi tatuaje del labio y supo que era norteña. Pude ver ese gesto de superioridad en su mirada.
Se apartó de mi segundos después.
-Sois portadores de un gran mal. Lo siento, no podéis continuar.
Aragorn se llevó al elfo a varios metros de nosotros y empezó a hablar con él.
-Gracias...
Me giré hacia Frodo y le sonreí levemente.
Llevábamos un buen rato esperando a que Aragorn terminara de negociar con el dichoso elfo. Yo estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en uno de los árboles. Merry y Pippin estaban en frente mía, junto con Gimli. Legolas permanecía atento, observando a Aragorn. Sam estaba apartado del grupo, con la cabeza gacha. Frodo estaba a mi lado y Boromir frente a nosotros.
-La muerte de Gandalf no fue en vano- dijo Boromir mirando a Frodo- Él no te habría permitido perder la esperanza. Llevas una pesada carga Frodo, no cargues también con su muerte.
El mediano agachó la cabeza.
-Tiene razón- dije mirándole.
En ese momento el elfo se acercó a nosotros.
-Está bien, seguidme.
Boromir y yo nos miramos confusos unos segundos, después nos pusimos en pie.
-¿Qué le ha dicho Aragorn para que de repente nos deje pasar?
-Ni idea, pero aprovechemos antes de que cambie de opinión- dijo Boromir.
Seguimos caminando durante varias horas más hasta llegar a Caras Galadhon, corazón del hogar de los elfos, reino del caballero Celeborn y de Galadriel, dama de la luz.
El elfo nos condujo hasta la cámara de Celeborn, donde al parecer, tanto él como la dama de la luz, nos iban a recibir.
La habitación era ovalada y rodeaba el tronco del árbol sobre el que se erguía la cámara entera, que a esas alturas era un poco más delgado, pero seguía siendo imponente. Las paredes de la cámara eran verdes y plateadas y el techo de oro.
Dios...solo un pedacito de aquel lugar bastaría para comprar Kattegat al completo.
Celeborn y Galadriel descendieron de sus tronos para aproximarse a nosotros.
Estaba bastante acostumbrada a la belleza y perfección de los elfos, pero reconozco que la suya consiguió sorprenderme. Ambos irradiaban una cálida y blanca luz que nos cubrió a todos por completo.
-El enemigo sabe que estáis aquí. La esperanza que hubierais depositado en el secreto ha desaparecido ahora- dijo Celeborn con seriedad- Nueve sois ahora, aunque diez fueron los que salieron de Rivendel. ¿Dónde está Gandalf? Ardo en deseos de hablar con él.
-Gandalf el gis, ha flanqueado las fronteras de esta tierra- dijo Galadriel con una voz casi angelical- Ha caído en la sombra.
Agaché la cabeza levemente al recordarlo.
-Fue engullido por ambas, el fuego y la sombra- dijo Legolas- Fue un Balrog... Caímos sin necesidad en las redes de Moria.
Eché un vistazo a la compañía. Sus expresiones, sus rostros, todos tenían lo mismo reflejado en ellos. Dolor y pesar.
-Lo innecesario no era propio de Gandalf en vida- dijo Galadriel- No conocemos aún su verdadero propósito.
-¿Qué va a ser ahora de la compañía? Sin Gandalf no cabe la esperanza- dijo Celeborn decaído.
-La misión se encuentra en el filo de la navaja. Si os descuidáis fracasará para desgracia de todos- afirmó Galadriel- Aún hay esperanzas mientras la compañía se mantenga fiel. Id a descansar ahora, estaréis agotados de tanto esfuerzo y sufrimiento.
Nos dispusimos a bajar de la cámara.
-Oh, y Haldir- dijo Galadriel antes de que nos fuéramos- Llévate a la norteña, está herida.
Un escalofrío me recorrió entera.
Legolas se volvió de golpe hacia mí. Todos parecían sorprendidos de las palabras de Galadriel.
-El hombro izquierdo- dijo la elfa.
Legolas se acercó hasta mí y me apartó la ropa que me cubría la herida.
-¿Por qué no has dicho nada?
-Estoy bien- dije apartándole el brazo.
-Cósele la herida y véndala. El resto id a descasar- dijo Galadriel finalmente.
Un par de guardias acompañaron al resto de la compañía escaleras abajo, para que pudieran descansar.
-Ven conmigo- dijo el elfo al que Galadriel había mandado ocuparse de mí.
Me llevó por el lado contrario por el que habíamos subido hasta una pequeña cámara excavada en uno de los lados del tronco del árbol.
Había un par de sillas y una mesita de mármol blanca con una bandeja de plata sobre ella. En la bandeja había algo que parecían vendas, aguja e hilo.
-Siéntate.
Me senté en una de las sillas mientras que él ocupaba la silla de enfrente.
-¿Puedo preguntar como te has hecho esto?- dijo mientras cogía la aguja y el hilo.
-Una flecha- dije al mismo tiempo que el me empezaba a coser.
-¿Y no se te ocurrió decir nada?
-Eso solo nos habría retrasado- dije poniendo alguna que otra mueca de dolor cada vez que notaba como la aguja me atravesaba la piel.
-Estás muy lejos de casa- dijo mientras me terminaba de coser.
-Dime algo que no sepa.
Rió levemente.
-Ya está- dijo dejando la aguja en la bandeja.
Cogió las vendas para taparme la herida.
En ese momento llegó a la cámara donde ambos nos encontrábamos otro elfo con algo en las manos. Se lo dio a Haldir y después se marchó.
-Toma- dijo mientras me lo daba.
-¿Ropa?
-A no ser que prefieras la tuya que esta toda rota- dijo alzando una ceja.
-Está bien.
-Avísame cuando te hayas cambiado y te llevaré con los demás.
Asentí y él salió de la habitación.
La verdad es que tenía razón, mi ropa daba asco. Miré la ropa que me había traído. Era un corset azul claro con bordados plateados y unos pantalones negros.
Me cambié de ropa y después avisé a Haldir.
-Sígueme.
Bajamos un piso más y me llevó junto con el resto de la compañía.Estaban entre los entresijos del tronco del árbol, el cual tenía cavidades donde había colocado varias camas para que pudiéramos descansar ahí.
Nada más verme llegar, los medianos vinieron corriendo hacia mí.
-¡Rad, Rad!
-¿Estás bien?
-¿Cómo te encuentras?
Reí levemente.
-Estoy bien, tranquilos.
-Nos tenías preocupados- dijo Sam.
-No era mi intención.
Legolas se acercó a nosotros.
-Chicos id a descansar, venga- les dije a los medianos.
Ellos asintieron y volvieron a sus camas.
-¿Por qué no dijiste nada?- preguntó Legolas.
-¿Por qué no me dejaste ayudar a Gandalf en el puente?
-¿Qué?
-Habría llegado. ¡Le habría podido salvar!
-¡Radhia habrías caído con él!
-Eso no lo sabes.
-Si, si que lo sé.
Negué con la cabeza.
-Me voy a la cama.
Me agarró del brazo antes de que pudiera irme.
-No pude hacer nada para salvar a tu tía, no cometeré el mismo error contigo.
Le miré unos segundos en silencio, después me solté y me fui.