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Song of the north. — capítulo 8

Merry y Pippin se lanzaron al cuello del bicho tras observar el cuerpo de su amigo durante unos segundos.

Yo corrí hacia Frodo, no sé muy bien con que propósito, ya que era imposible que hubiera sobrevivido a eso.

El que Frodo hubiera caído, hizo que el resto de la compañía luchara con mucha más fiereza, por lo que al mismo tiempo que yo llegué hasta el cuerpo del mediano, el troll cayó al suelo abatido por fin, con un estruendo tan grande, que hizo temblar el suelo.

Miré el cuerpo de Frodo, que yacía boca abajo en el suelo unos segundos, y después le di la vuelta.

Pero para la sorpresa de todos, el mediano comenzó a toser algo aturdido, pero vivo de todas formas.

-¿Cómo es posible?- dije más que sorprendida.

Todo el mundo suspiró aliviado.

-Estoy bien, no me ha herido- dijo Frodo sentándose.

-Deberías estar muerto...-dijo respondió Aragorn con los ojos como platos.

Frodo se desabrochó un par de botones de su camisa dejando visible la cota de maya de Mithril.

-Es usted una caja de sorpresas señor Bolsón- dijo Gimli sonriendo levemente.

Que bien me habría venido esa cota de maya hace dos minutos para la maldita flecha oye.

Empezamos a oír como se acercaban más orcos hasta la cámara.

-Al puente de Khazad Düm- dijo Gandalf corriendo hacia la salida.

Ayudé a Frodo a ponerse en pie y seguimos a paso ligero al mago a través de los angostos pasillos de las minas de Moria.

Estábamos hechos polvo, sin la mitad de las armas con las que habíamos llegado, (a mí por ejemplo, solo me quedaba una espada. Aunque teniendo en cuenta el flechazo en el hombro, tampoco habría ido sobrada con dos) y nos estaba persiguiendo una horda de orcos enfurecidos y armados hasta los dientes.

Genial. La cosa no podía mejorar más.

En menos de cinco minutos, habían conseguido rodearnos por completo.

Se acabó. Ese iba a ser nuestro final.

Pero entonces, escuchamos un feroz rugido que venía de una de las cavidades de las minas, y no sabía muy bien que diablos había sido eso, pero hizo que todos y cada uno de los orcos huyera de allí y volvieran a los agujeros de los que habían salido.

Todos nos miramos entre sorprendidos y asustados en silencio.

¿Qué era el rugido que habíamos escuchado que hasta a los orcos había ahuyentado?

-¿Qué nueva criatura es esta?- preguntó Boromir con voz temblorosa.

Volví a ver esa expresión en la cara de Gandalf. Esa expresión que ponía cada vez que alguien nombraba Moria.

Miedo.

Yo diría terror, más bien. Veía como apretaba la vara entre sus manos y como el miedo se apoderaba de cada centímetro de su cuerpo.

-El Balrog- respondió el mago con seriedad- Un demonio del mundo antiguo. Este rival nos supera a todos. ¡Corred!- dijo tras una leve pausa.

Volvimos a retomar nuestra dirección hacia el puente, bajando por un laberinto de escaleras destartaladas que crujían y temblaban a nuestro paso hasta llegar a nuestro destino.

El puente de Khazad Düm.

Pero a nuestro paso, esa criatura, fuera lo que fuera, nos venía pisando los talones, ya que podíamos oír como las paredes se venían abajo a su paso.

-¡Id hacia el puente!- gritó Gandalf.

Hice a los medianos pasar delante de mí para asegurarme de que ninguno se quedaba atrás, y cuando iba a seguirles la criatura nos alcanzó.

Era un demonio de un tamaño descomunal envuelto en fuego y oscuridad con unos cuernos gigantescos.

-¡Radhia no te pares!- dijo el mago tirando de mí.

Solo faltábamos nosotros dos por cruzar el puente. Corrimos hasta él y empezamos a cruzar, primero yo y Gandalf el último.

Pero cuando yo estaba a punto de llegar al final del puente, noté como Gandalf ya no venía detrás de mí.

Me volví y le vi parado a la mitad del puente haciéndole frente al Balrog.

-¡No puedes pasar!- dijo Gandalf sin apartar la vista de la criatura.

-¡Gandalf, vamos!- grité.

-¡Radhia, cruza!- dijo Legolas preocupado.

-¡Soy siervo del fuego secreto, administrador de la llama de anor! ¡Tu fuego oscuro es en vano! ¡Llama de Udün!- dijo alzando su vara, la cual brillaba con más fuerza que nunca, para bloquear el golpe de algo que parecía un látigo que portaba la criatura.

-¡Regresa a la sombra!

El Balrog rugió y dio un paso sobre el puente.

-¡No puedes pasar!- dijo mientras golpeaba el puente con su vara.

La criatura dio otro paso sobre el puente, pero nada más poner el pie sobre él, la parte del puente sobre la que él se encontraba se vino abajo haciéndole caer.

Gandalf suspiró y se dio la vuelta para volver con nosotros.

Pero nada más volverse, el látigo del Balrog le enganchó una pierna haciendo que el mago cayera y se quedara colgando del borde del puente.

Traté de correr hacia él, pero Legolas me agarró del brazo antes de que pudiera si quiera dar un paso.

-¡Suéltame!

Volví la vista hacia Gandalf.

-¡Corred insensatos!

Después se soltó.

Oí un grito desgarrador por parte de Frodo, el cual cada vez iba oyendo más y más bajo.

No podía oír nada a mi alrededor.

Lo único que podía notar era a Legolas tirando de mí para sacarme de las minas, pero ni si quiera sabía el camino que estábamos siguiendo.

Creo que subimos unas escaleras, porque yo no paraba de tropezarme una y otra vez.

Por fin llegamos a la salida de Moria.

Legolas me soltó y yo me dejé caer al suelo de rodillas.

Miré a mi alrededor. Los hobbits estaban en el suelo, llorando desconsoladamente.

Dios...me partía el corazón verles así. Me puse en pie lentamente mientras le llevaba la mano a la herida del hombro.

Suerte que Legolas me había agarrado del brazo derecho, porque con la carrera y todo, la herida no paraba de sangrar lo más mínimo. Me la tapé con la ropa para que no la vieran. No era momento de perder el tiempo con eso.

-Legolas- dijo Aragorn- que se muevan.

-¡Dales un momento, por piedad!- dijo Boromir molesto.

-Al anochecer estas colinas serán un hervidero de orcos. Debemos llegar al bosque de los Lothlórien.

Fui hasta Sam, que estaba sentado en el suelo a pocos metros de mí.

Me agaché a su lado.

-Vamos Sam, tenemos que seguir- dije apartando las lágrimas de sus mejillas.

Él asintió levemente y se puso en pie.

Descendimos las colinas y llegamos hasta la entrada del bosque, donde Aragorn nos había llevado.

No tenía ni idea porque tenía tanto interés en llegar hasta allí, pero yo estaba hecha polvo y no me quedaban demasiadas fuerzas para seguir caminando. Podía notar como la pérdida de sangre me estaba debilitando lentamente.

-No os apartéis hobbits- dijo Gimli- cuentan que una hechicera habita estos bosques. Una bruja elfa, de un terrible poder. Pues aquí hay un enano al que no embrujará. Tengo ojos de halcón y oído de zorro.

Iba la última de la fila y tampoco estaba prestando mucha atención a lo que decía Gimli. Solo reaccioné cuando me choqué contra Sam, que iba delante mía y se había parado en seco.

Genial. Fantástico. Maravilloso.

Los elfos silvanos nos habían encontrado. Todos los malditos arqueros estaban allí apuntándonos y rodeándonos.

-El enano respira tan fuerte que podríamos alcanzarle en la oscuridad- dijo uno de los elfos acercándose a Aragorn.