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Song of the north. — capítulo 7

Todos nos miramos en silencio. Preocupación era una palabra muy suave para describir la sensación que llenaba toda la cámara. El silencio era sepulcral, solo se podían apreciar las miradas de miedo que habían en todos y cada uno de los miembros de la compañía.

Silencio que se rompió con un ruido de hierro chocando contra algo.

Nos giramos asustados. Era Pippin, que habían empujado uno de los cadáveres que estaba apoyado en el borde de la boca de un pozo y este se había caído dentro.

Era imposible que lo que fuera que había en aquellas minas y que había matado a los enanos, no se hubiera percatado ya de nuestra presencia.

Nos quedamos unos segundos en silencio esperando alguna respuesta hostil, pero todo parecía tranquilo una vez que cesó el eco del metal.

-Tuk insensato- dijo Gandalf cerrando el libro que aún tenía en las manos de golpe- tírate tú la próxima vez y líbranos de tu estupidez.

Me volví ligeramente hacia la izquierda.

-¿Lo habéis oído?- dije mirando a la puerta de la cámara.

-¿Oír qué?- preguntó Frodo asustado.

Entonces, lo que yo había percibido al principio volvió a escucharse con mucha más claridad. Era una especie de sonido de tambores, que se escuchaba débilmente a lo lejos y que cada vez empezaba a oírse con más fuerza.

Si antes ya estábamos intranquilos, la situación no había mejorado nada.

-¡Señor Frodo!- gritó Sam al ver que la espada que llevaba el hobbit a la cintura brillaba.

Me había perdido yo la clase sobre el funcionamiento de la espada mágica, pero supuse que no debía ser nada bueno.

Acto seguido se escuchó un grito a lo lejos.

-Orcos- dijo Legolas al reconocer el sonido.

Oh, fantástico. Y yo preocupada por morir en Mordor. Tranquila Radhia, ni si quiera ibas a llegar a Mordor, ibas a morir en unas minas polvorientas.

Boromir corrió a la puerta para cerrarla, cuando dos flechas impactaron en ella pasando a un par de centímetros de su cara.

-¡Cierra la puerta y apártate de ahí!- grité desenvainando las espadas que llevaba a la espalda.

En estas ocasiones daba gracias a los dioses por ser ambidiestra y poder pelear con dos espadas a la vez.

-¡No os apartéis de Gandalf!- dijo Aragorn empujando a los hobbits.

-Tienen un troll de las cavernas- dijo Boromir mientras atrancaba la puerta.

-Genial- dije con todo el tono de sarcasmo que pude encontrar en mi cuerpo.

Cuando la puerta estuvo atrancada, (aunque no fuera a durar ni medio minuto), Boromir, Aragorn, Legolas, Gimli y yo nos pusimos frente a ella, espada, (y hacha en el caso de Gimli) en mano. Gandalf estaba detrás nuestra a modo de barrera para defender a los medianos.

La horda de orcos había llegado hasta la entrada de la cámara, y estaban empezando a golpearla. Y si contaban además con un troll de las cavernas, no tardarían demasiado en echar la puerta abajo totalmente.

Ni dos golpes resistió la puerta y se vino abajo como si de papel se tratara.

Los orcos entraron en tropel hacia nosotros, y Legolas y Aragorn consiguieron acabar con un par de ellos con sus arcos. Aunque de nada sirvió.

Se nos echaron encima con una ola gigante que rompe en la playa. Uno de ellos cargó contra mí con algo que parecía una lanza de hueso. Bloqueé el golpe con una de las espadas mientras que con la otra le atravesaba el pecho. El orco cayó al suelo, yo saqué mi espada de su torso y seguí peleando.

El problema no era poder con ellos. Los orcos eran descuidados, todo fuerza en el primer golpe. El problema era que eran muchos.

La fila que habíamos formado para intentar contener a los orcos de los hobbits se rompió.

-¡Cargad!- gritó entonces el mago.

Los hobbits y Gandalf se abalanzaron ferozmente contra los orcos. No tenía ni idea de que supieran si quiera manejar una espada, aunque tampoco lo cuestioné. Nos iba a hacer falta toda la ayuda que fuéramos capaces de reunir.

Conseguimos abatir a unos cuantos y hacer que el número de orcos descendiera considerablemente, pero la suerte no iba a durar mucho. De hecho, toda la suerte que podíamos haber tenido se desvaneció en cuanto el troll de la cavernas entró en la cámara derribando parte de la entrada.

-Vamos a morir- dije mirando a la enorme bestia a la que íbamos a tener que hacer frente.

Vi volar un par de flechas de Legolas, las cuales impactaron en el pecho del troll, aunque no parecieron hacerle ni cosquillas. Es más, lo único que consiguió fue cabrearle más.

Por si fuera poco, el troll iba armado con un gigantesco mazo de hierro más grande que mi casa de Kattegat.

El troll cargó contra nosotros tratando de aplastarnos con el mazo varias veces. Por suerte para nosotros, su tamaño era tan grande, que tenía un pésimo equilibrio, y el mismo peso del mazo le hacía desequilibrarse a menudo.

Las flechas de Aragorn y y Legolas seguían impactando contra el troll, mientras que Boromir, Gimli y yo nos encargábamos de acabar con los orcos que quedaban dentro de la cámara.

Los hobbits trataban de poner a Frodo a salvo llevándolo a una de las esquinas de la cámara. Vi entonces como uno de los orcos trataba de ir a por ellos y corrí tras él para impedirle.

Iba de espaldas a mí, así que no fue difícil hundirle la espada por detrás de la espalda y librarme así de él.

-Llevadle allí, detrás de la columna aquella- dije mirando a Merry- yo os ayudo.

Asintieron y tiraron de Frodo para que este les siguiera.

Escolté a los hobbits hasta la columna que había cerca de la pared, allí estaría cubierto.

Vi entonces como uno de los orcos que quedaba por la cámara, apuntaba con un arco a Frodo.

-¡Apártate!- grité mientras le empujaba.

Pero al quitarle a él de la trayectoria de la flecha, me puse yo en ella en su lugar. Por lo tanto la flecha me dio a mí en el hombro.

Caí al suelo mientras gruñía levemente.

-¡Seguid! ¡No os paréis!- grité desde el suelo.

Los hobbits obedecieron sin rechistar. Agarré la flecha con una mano y a la vez que cogía aire me la arranqué del hombro.

Me puse en pie de nuevo con una mueca de dolor.

-Venga Radhia, no seas blanda- me dije a mí misma.

Me fijé entonces en la cantidad de flechas que llevaba el troll clavadas en el cuerpo, la de cortes y heridas que tenía. ¿Cómo era posible que aún siguiera en pie? ¿A caso nada podía acabar con ese bicho?

Uno de los orcos se me echó encima. Me aparté para esquivar el golpe que habría recibido de su espada de no haberlo hecho. Lanzó un par de estocadas más contra mí, pero al tercer intento, bloqueé su golpe mientras que le atravesaba el pecho con la mano que me quedaba libre.

El orco cayó al suelo.

Saqué mi espada del cadáver inerte y me apoyé contra la pared. No era nada agradable pelear cuando te acababan de dar con una flecha en el hombro. El dolor era bastante fuerte, acompañado de una sensación de quemazón.

Vi en ese momento como Aragorn salía despedido por los aires e impactaba con la pared. Corrí hacia y me agaché a su lado. Pero al oír a Frodo gritar, comprendí que Aragorn trataba de evitar que el troll llegara hasta el portador del anillo.

Vi en el suelo una espada, por el aspecto que tenía debía ser de algún orco. La cogí, me puse en pie y la lancé con todas mis fuerzas al cuello del troll.

Acerté,y el golpe pareció debilitarlo durante unos segundos, pero no lo suficiente como para impedir que hundiera una lanza que llevaba en la mano en el pecho de Frodo.