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Song of the north. — capítulo 3

No me lo podía creer. ¿De verdad acababa de pasar lo que acababa de pasar? ¿El mediano se había propuesto para llevar el anillo hasta el Monte del Destino? ¿Así sin más? ¿Mientras todos los allí presentes se echaban los trastos a la cabeza?

Todos le mirábamos sorprendidos. No sabíamos ni que decir. La respuesta del hobbit nos había dejado a todos perplejos.

-Yo te ayudaré a llevar esta carga Frodo Bolsón- dijo el anciano que antes ocupaba el sitio junto a Livai- Mientras seas tú quien la lleve.

El montaraz, que hasta entonces había permanecido sentado apartado de la discusión, se puso en pie con la mirada clavada en el mediano.

-Si con mi vida o mi muerte puedo protegerte,- dijo caminando hacia Frodo- lo haré. Cuenta con mi espada.

-Y cuenta con mi arco- dijo uno de los elfos acercándose a él.

-Y con mi hacha- respondió el enano que anteriormente había tratado de destruir el anillo.

El mediano me miró, aunque nadie más pareció percatarse de ello. No me dijo nada, pero no hizo falta. Entendí perfectamente lo que quiso decirme con esa mirada. Estaba esperando mi respuesta.

¿Ir a Mordor? ¿Yo? ¡Si en mi vida había salido de Kattegat! ¿Y la primera vez que lo hacía iba a ser para ir a Mordor? Dios...era una locura. Pero si todas las razas estaban bajo amenaza, los norteños debíamos formar parte de la misión...y mi hermano no iba a ir. Eso era lo único que tenía claro. No pensaba dejarle.

Miré al mediano a los ojos y asentí levemente.

Él me sonrió.

-Tú cargas con nuestros destinos pequeño- dijo Boromir en último lugar- Si es esta la voluntad del concilio, Gondor la ha de ver cumplida.

-¡Eh!- gritó alguien desde fuera del templete.

No sabíamos quien había sido, y nos giramos todos de golpe para averiguarlo.

¿Otro mediano? 

Se acercó corriendo hacia Frodo.

-El señor Frodo no va a ningún lado sin mí- dijo cruzándose de brazos.

-Desde luego es casi imposible separaros. Aún cuando él ha sido convocado a un concilio secreto y tú no- dijo Elrond tratando de mostrarse severo, aunque en el fondo el gesto del mediano le había conmovido.

-¡Eh, nosotros también vamos!

Nos volvimos al lado contrario.

¿¡Otros dos!? ¿¡Pero cuántos hobbits había allí!?

Corrieron junto a su amigo al igual que el anterior.

-Tendréis que mandarnos a casa atados dentro de un saco para impedirlo- dijo uno de ellos.

-Además, os hace falta gente inteligente para este tipo de misión. Cometido. Cosa- dijo el otro.

-Pues eso te excluye Pip- respondió su amigo.

Reí levemente, aunque traté que no se notara.

-Así que...diez compañeros...-dijo Elrond mirándonos a todos.

Obviamente mi intento de apuntarme a la aventura no había pasado desapercibido para él, puesto que ya me había contado.

-Sea así- dijo el elfo finalmente- Seréis La Compañía del Anillo. Partiréis al amanecer. Hoy necesitáis descansar.

Elrond abandonó el templete, y el resto de los convocados hicieron lo mismo. Se habrían ido a descansar y a preparar las cosas para mañana.

-No vas a ir Radhia.

-Livai, ahora no- dije bajando del templete a paso ligero.

Seguí el camino por el que habíamos llegado, y me desvié hacia un árbol de tallo robusto. Me apoyé en él y me dejé caer al suelo.

-No me des la espalda cuando te hablo.

Cogí aire y me puse en pie.

-No quiero hablar ahora Livai.

-Lo que quieras me da igual. Vas a escucharme.

-¿¡Qué es lo que quieres!?

-No vas a ir- dijo mi hermano tajante.

-No puedes impedirlo.

-Radhia...

-No- dije cortándole- ¿No te das cuenta de lo grave que es? ¿No te das cuenta de lo que pasará si ese anillo no se destruye?

-No es asunto nuestro...

-¿Qué no es asunto nuestro? ¡Abre los ojos Livai! ¡Moriremos todos si ese anillo cae en malas manos!

Mi hermano suspiró.

-Iré yo entonces.

-No, de eso nada.

-¿Qué dices? ¿Por qué no?

-Porque tú tienes que volver a Kattegat- respondí.

-Radhia, ¡eres tú la que tienes que volver!

-¡Tú mujer está embarazada Livai!

Me miró atónito.

-¿Qué estás diciendo?

Suspiré.

-Te lo iba a decir cuando volvieras. Vera va a tener un hijo. Tu hijo, Livai. Y tú vas a estar allí.

Mi hermano se apoyó al tronco del árbol y se dejó caer al suelo.

-Por eso debo ser yo quien vaya. Por si...-tragué saliva- me pasa algo, al menos sabré que no he dejado huérfano a ese bebé.

Livai me miró.

-No digas eso...no va a pasarte nada. Eres la mejor guerrera de Kattegat, eres incluso mejor que yo...

Alcé una ceja.

-Por fin lo reconoces- dije tratando de tranquilizar a mi hermano.

Él sonrió.

-Madre me matará cuando vuelva sin ti- dijo con la vista en ninguna parte.

-No lo hará. Ella lo entenderá. Además, no pienses que con esto conseguirás librarte de mí. Volveré para malcriar a mi sobrino.

Sonrió.

-Será mejor que vayamos a descansar- dijo Livai poniéndose en pie.

-Voy enseguida.

Él asintió y después se marchó.

Me quedé sentada apoyada en aquel árbol un buen rato.

Suspiré.

A Livai no le faltaban razones para estar descontento con mi decisión. Yo misma estaba descontenta que ella. Pero, ¿qué podía hacer? No podíamos sencillamente desentendernos del asunto sin más. Bastantes prejuicios había ya sobre los norteños como para encima sumarle más. Además, si la compañía fracasaba, todos pagaríamos por ello.

¿Y si yo tampoco volvía? ¿Y si, al igual que mi tía, no volvía a ver a mi madre?

Claramente la misión no era un paseo por el campo, y yo nunca había salido de Kattegat anteriormente. Mi tía si, y aún así cayó. ¿Por qué mi destino iba a ser distinto al suyo?

Agité la cabeza ligeramente para apartarme esos pensamientos de la cabeza.

No. De ninguna manera pensaba seguir ese camino. Yo regresaría a Kattegat, pero esta vez, a diferencia de Radhia, no tenía ninguna intención de que fuera sobre mi escudo.

Regresaría viva junto a mi madre. Se lo había prometido. Y yo cumplo mis promesas.

Amanecía temprano. Los primeros rayos de sol empezaban a iluminar Rivendel. Una cálida brisa soplaba desde el norte, y por alguna razón, me parecía reconfortante. Como si los míos supieran el viaje que estaba a punto de emprender y quisieran mandarme fuerzas desde casa.

Yo llevaba rato despierta, había preparado todas mis cosas y estaba esperando a que llegara el resto de la compañía en el lugar que el Elrond nos había indicado. A las puertas de la ciudad.

Estaba sentada en unas escaleritas cercanas a la puerta.

Escuché entonces unos pasos detrás de mí, me puse en pie y me volví de golpe.

-Perdona, no quería asustarte.

-No lo has hecho.

Era ese elfo. El que se había sorprendido tanto de verme cuando mi hermano y yo llegamos al concilio.

-¿Llevas mucho tiempo aquí?

-He madrugado un poco. Tampoco es que pudiera dormir...

Permanecimos en silencio un par de segundos.

-Yo...quería disculparme.

-¿Qué? ¿Por qué?- pregunté confusa.

-Cuando te vi, me pareció que...olvídalo. Solo quería disculparme por si te había incomodado.

Sonreí levemente.

-La conocías, ¿verdad?- dije finalmente.

Me miró confuso.

-A Radhia. La que ayudó a la compañía de Escudo de Roble.

Él asintió.

-Soy su sobrina.

-Eso explica mucho...-dijo sonriendo levemente- Eres exactamente igual...

-Lo sé. Me lo dicen mucho.

El resto de la compañía empezó a llegar.

-¿Puedo llamarte de alguna forma? Debería empezar a aprenderme vuestros nombres- dije riendo levemente.

-Legolas- respondió el elfo.

-Un placer. 

Una vez que toda la compañía estuvo reunida, Elrond se acercó a nosotros.

-El portador del anillo se dispone a partir hacia el Monte del Destino- empezó a decir el elfo mirándonos- A los que viajáis con él, ni juramento ni atadura obliga a ir más allá de vuestra voluntad. Hasta siempre, amigos míos. Y que todas las bendiciones de elfos, hombres y los pueblos libres os acompañen.

Fui hasta mi hermano, el cual esperaba al lado de Elrond y le abracé.

-Prométeme que volverás a casa.

-Volveré. Juro que volveré- respondí.

Me abrazó una última vez y después volví junto a la compañía.

-La compañía aguarda al portador del anillo- dijo el anciano.

Todas las miradas se clavaron en el mediano, Frodo Bolsón, el cual parecía bastante abrumado, y algo desorientado, todo sea dicho.

El hobbit se volvió hacia nosotros y nos miró uno a uno. Podía ver el miedo y la preocupación en sus ojos.

Después, comenzó a caminar hacia las puertas de la ciudad y las atravesó. El anciano le siguió y yo me coloqué detrás.

-Mordor Gandalf, ¿izquierda o derecha?- susurró Frodo.

-Izquierda- respondió el anciano.

Sonreí levemente. En teoría, debería haberme preocupado el que la persona que se ofreció a llevar el anillo no supiera la dirección en la que debíamos ir. Pero a mí me seguía sorprendiendo que, a pesar de todo, de todos los peligros que tendríamos que superar, de que ni si quiera sabía en que dirección debíamos ir, aún a pesar de todo eso, se prestara a llevar el anillo y así, salvar a toda la Tierra Media. 

No todo el mundo sería capaz de algo así.