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Song of the north. — capítulo 5

Legolas tiró de mí y me arrastró a ocultarnos entre las rocas más cercanas. El resto de la compañía hizo lo mismo hasta que la nube espesa de aves negras nos sobrevoló y se alejó de nosotros.

-¿Se han ido ya?- pregunté unos segundos después cuando todo volvió a estar en silencio.

-Si- respondió el elfo saliendo del escondite improvisado.

Me tendió la mano y me ayudó a salir.

-Gracias.

-Sin ninguna duda, eran espías de Saruman- dijo Gandalf- El paso del sur está vigilado. Tomemos el paso de Caradhras.

-Es un suicidio- repliqué- Ese paso está helado, os congelareis.

-¿Tienes alguna idea mejor?- dijo el mago alzando el tono.

Negué con la cabeza levemente.

-Entonces en marcha.

Suspiré mientras la compañía empezaba a moverse.

Llevábamos un par de horas caminando, y casi habíamos alcanzado el principio del paso de Caradhras.

No sé muy bien porque razón, pero siempre íbamos en fila. Y como no, yo volvía a ir la última y sola. Iba mirando al suelo y centrándome en las huellas que mis compañeros iban dejando en la nieve a su paso.

-Radhia.

Alcé la vista. Bufé de mala gana al ver que era el mago.

-¿Qué quieres?- dije con el tono más borde del mundo.

-Disculparme.

-Disculpas aceptadas- dije apretando el paso para pasarle.

No tenía ganas de hablar con él, además, no podía evitar sentir cierto resquemor hacia su persona, ya que fue él quien hizo que mi tía dejara Kattegat dejando así a mi madre sin hermana.

-Espera, espera- dijo agarrándome del brazo.

-¿Qué? Ya te he dicho que te perdono.

-Quiero hablar contigo, eso es todo.

Suspiré y asentí ligeramente.

-Perdona que te contestara así antes. No fue mi intención.

-Da igual.

-Te lo habrán dicho muchas veces, pero eres exactamente igual que tu tía.

-Lo sé- respondí con la vista en el suelo.

-No hay día que no la eche de menos- dijo con pesar en sus palabras- Era tan valiente, tan luchadora...y tú- dijo clavando los ojos en mí- tú tienes su misma mirada. Esa mirada fuerte que la hacía tan especial.

Sonreí levemente.

-Espero poder estar a la altura- dije aún mirando al suelo.

-No me cabe la menor duda de que lo estarás.

Seguimos caminando durante un par de horas más. Cuanto más caminábamos más frío hacía. Yo estaba más que chapada al frío y el temporal, pero no lo tenía tan claro con respecto al resto de la compañía. Pronto empezaría a nevar, y no tenía claro de que a los hobbits les gustara demasiado el frío.

Entonces vi como Frodo tropezaba y rodaba cuesta abajo unos metros hasta dar con mis pies.

Me agaché rápidamente para ayudarle.

-Levanta pequeño- dije poniéndole en pie.

-Gracias Radhia- dijo sacudiéndose la nieve.

En ese momento, se llevó las manos al cuello palpando el anillo para ver que estaba seguro, pero no lo encontró. Se había quedado en la nieve al caer Frodo.

Boromir se acercó a él y lo recogió.

Se quedó mirando el anillo en silencio y sin apartar los ojos de él lo más mínimo.

-Boromir- dije entonces para llamar su atención.

-Que extraño destino tener que sufrir tanto miedo y dudas por algo tan insignificante...tan irrisorio- dijo todavía absorto en la joya.

-Boromir- dijo Aragorn alzando la voz.

El hijo del senescal pareció volver de su ensimismamiento.

-Devuelve el anillo a Frodo- dijo Aragorn finalmente.

Me acerqué hasta él y extendí la mano.

Boromir me miró un par de segundos.

-A sus órdenes- dijo mirando a Aragorn mientras dejaba caer el anillo en mi mano- No lo quiero- dijo con tono de superioridad.

Le miré unos segundos y después me volví hacia el mediano. Le di el anillo y este se lo puso al cuello gracias a la cadena que llevaba el anillo.

Boromir se adelantó a nosotros.

-Venga, vamos Frodo- dije cuando vi que este estaba lo bastante lejos de nosotros.

Seguimos caminando hasta llegar al punto más alto del paso de Caradhras. Debíamos cruzar por un pequeño camino que había pegado al borde de la montaña, el cual estaba cubierto de nieve. Oh, y se me olvidaba, nevaba. Nevaba muchísimo. Casi tanto como solía nevar en Kattegat.

-Ya dije que venir por aquí era una idea horrible.

El mago iba delante abriendo paso entre la nieve con su vara. Aragorn y Gimli le seguían, después Frodo y Sam, seguidos de sus dos amigos Merry y Pippin acompañados de Boromir, después yo y por último Legolas.

Llevábamos a penas unos minutos atravesando el camino y el agotamiento era casi total.

Entonces escuché una voz que era arrastrada por los vientos fríos hasta la montaña.

-¿Lo oyes?- dije volviéndome hacia el elfo.

Él asintió.

-El viento arrastra una voz cruel.

-¡Es Saruman!- dijo el mago.

Entonces, se escuchó un crujido que provenía de la parte de arriba de la montaña, y segundos después unas piedras se precipitaron sobre nosotros.

Legolas me empujó contra la pared de la montaña y se puso delante mía.

Las piedras cayeron muy cerca de nosotros, pero a todos les había dado tiempo a arrimarse lo bastante a la pared como para poder esquivarlas.

-¿Estás bien?- dijo Legolas preocupado.

-Perfectamente- respondí recuperando el aliento.

-¡Saruman va a derribar la montaña!- gritó Aragorn- ¡Gandalf, debemos volver!

-¡No!

La voz seguía alzándose más y más por encima del chirriar del viento que arrastraba la montaña, hasta que una avalancha de nieve se cernió sobre nosotros.

Segundos después, cuando la voz abandonó la montaña, empezamos a emerger de la nieve.

-¡Hay que descender de la montaña!- dijo Boromir- ¡tomemos el paso de Rohan y crucemos el fondo oeste hasta mi ciudad!

-El paso de Rohan nos acerca demasiado a Isengard- respondió Aragorn.

-¡Si no podemos pasar sobre la montaña, pasemos bajo ella!- dijo Gimli- Atravesemos las minas de Moria.

Miré al mago. Era auténtico terror lo que veía en los ojos del anciano cada vez que alguien nombraba Moria. ¿Qué había en esas minas que tanto temía?

-Que el portador del anillo decida- dijo Gandalf finalmente.

Todas las miradas se clavaron en el mediano.

-Atravesaremos las minas- dijo Frodo finalmente.

-Sea así.

Descendimos del paso de Caradhras a una velocidad casi imposible y cogimos el paso de las faldas de la montaña, el cual conducía a la entrada de las minas de Moria.

Volvíamos a llevar la misma posición lineal que llevábamos siempre. Yo iba la última y Legolas delante de mí.

-Oye.

El elfo se giró.

-Gracias.

-No me las des. No tiene importancia.

-Llevas cuidando de mí desde que salimos de Rivendel. Creo que un gracias es lo mínimo.

Sonrió levemente y luego se volvió para seguir caminando.

No sabía muy bien el motivo, pero ese elfo parecía más preocupado por mi seguridad que por la suya propia.

La noche se cernió sobre nosotros cuando alcanzamos las minas.

-Cerradas las puertas de los enanos son invisibles- dijo Gimli golpeando con su hacha las paredes de la montaña.

-Qué oportuno- dije riendo levemente.

-Cierto es. Ni sus artífices pueden encontrarlas si sus secretos caen en el olvido- respondió el mago mientras palpaba las rocas que constituían las paredes de la montaña tratando de encontrar la puerta.

-¿Por qué no me sorprende?- dijo Legolas.

Seguimos caminando unos minutos más, hasta que las nubes que cubrían la luna se desvanecieron y esta iluminó con su luz la entrada a las minas.