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¿Qué paso en esos 19 años? Parte II — capítulo 3
Harry caminó de esquina a esquina de la sala tantas veces que creyó ver un surco en el suelo. Eran poco más de la seis de la tarde y no había tenido noticia alguna.
Sentía una opresión en el pecho al pensar en la hipótesis de que ella se hubiese marchado para siempre sin despedirse y trataba de recordarse que Ginny nunca había sido cobarde, que le plantaría cara a lo que sea que atravesaran.
Tomó el estúpido jarrón que había sobre la mesa y lo estrelló contra el piso para descargar la ansiedad que sentía, se disculpó mentalmente con Hermione que le había regalado el jarrón y lo reconstruyó con un movimiento de la varita.
Estaba por destrozarlo de nuevo cuando la puerta de calle se abrió y una pelirroja se tiró a sus brazos.
—Lo siento— y lloró.
Ginny nunca lloraba y en las últimas veinte horas la había visto llorar más que nunca en su vida. La apretó al punto de que la dejaba sin respiración, pero quería que dejara de llorar no lo soportaba.
La pelirroja se separó y se pasó las manos por los ojos fingiendo un gesto despreocupado, quitándose las lagrimas a pesar de que seguían saliendo.
—Te traje algo— Sacó un papel algo arrugado de su bolsillo y se lo tendió— Ya han aceptado mi renuncia, podrás tenerme aquí cada noche, cada día. No me dejes.
—Gin, no puedes fingir esto, nunca has sido una mujer dependiente y aunque lo quisieras no podrías serlo.
—¿Es que no lo entiendes? Soy dependiente, como lo eres tú. Harry no somos completos, solo somos las dos mitades de la misma persona y separados no somos nada. Al menos así es para mí ¿O ya no me necesitas?— los ojos chocolates lo miraron con desolación.
—Necesito a mi Gin feliz, no puedes vivir entre cuatro paredes cocinando la cena, no podrías soportarlo.
—Déjame elegir eso a mí, yo podría buscar un trabajo más simple en el ministerio o algo...
—El quidditch era tu sueño, no quiero quitártelo.
—Maldita sea Harry, el Quidditch nunca fue mi sueño, ser jugadora de Quidditch era mi meta y la alcancé. Mi sueño siempre fuiste tú y lo dejé ir como una rematada imbécil. ¿Realmente quieres dejarlo ir? ¿Podrías vivir sin mí?
La observó. Vivir sin esa melena pelirroja, esos ojos chocolate, esas pecas... Podría quedarse en silencio, el mismo silencio que había caído sobre él cada ver que Ginny se había ido, pero la idea de perderla, a la persona que más había amado en su vida le oprimió el pecho, terminaría por llorar él si las cosas seguían ese rumbo.
No te vayas, Gin.
Grítalo.
Díselo.
GIN.
—Te necesito. Demonios, te necesito tanto— Ginny se tiró a sus brazos como aquella primera vez en la sala común de Gryffindor, ¿Cómo podría alejarse de aquel diablillo pelirrojo? La amaba con cada fibra de su ser.
Se separó levemente.
—Me harán un último partido de despedida y un par de entrevistas, es parte del contrato. ¿Crees poder esperarme?
—Me esperaste cinco años por un beso, pelirroja, creo que puedo esperarte un par de días.
—Tengo algo más.
La seriedad del tono lo hizo mirarla con cierta preocupación, que dejó lado a la confusión cuando ella le tendió un pequeño frasco vacío.
—He dejado de tomar la poción anticonceptiva. En realidad, he roto todos los frascos contra la pared del jardín trasero, estaba bastante furiosa conmigo misma.
Harry intentó ignorar el nudo en su garganta.
—Yo he roto el jarrón, pero lo tuyo es más significativo.
Ginny soltó una risita que sonó ronca por la garganta afectada por el llanto.
—No digo que nos obsesionemos, pero ahora que no volaré...pues, puede venir cuando se sienta a gusto.
—A los bebés hay que invitarlos. Muchas veces.
Alzó una ceja pelirroja.
—¿Estás insinuando algo?— Harry la besó y aspiró su aroma floral que tanto lo enloquecía.
—He estado al límite de perderte, necesito estar tan cerca de ti como sea humanamente posible.
La besó con fiereza, tantos días, semanas, meses e incluso años extrañando aquella figura pelirroja que caía en el sofá bajo él. La amaba tan profundamente que le dolía, que lo enloquecía, le daba una paz y excitación que se cruzaban y no comprendía.
Dos meses sin tenerla, sin besarla ni verla, una tortura que jamás podría volver a repetir.
—Harry— Ginny susurró mirándolo a los ojos— ¿sabes que nunca ha habido nadie más, verdad? Solo tú, siempre.
—Lo sé, ese nunca fue el problema— le besó el cuello, siguiendo los remolinos de pecas preciosas que conocía más que a su propia piel.
—¿Realmente tendremos una oportunidad?— Harry sonrió levemente.
—No hasta que digas lo que falta.
—Agradece que siempre sé lo que estas pensando— lo besó despacio— Te amo.
—También yo, pelirroja. Más que a nada.
Sabía que la vida no siempre sería ni había sido un cuento de hadas, él lo sabía más que nadie, se había enfrentado a las situaciones más dolorosas que podría enfrentar un ser humano y había sobrevivido, pero no podría soportar otra perdida, perder a Ginny sería perder su propia vida y había luchado demasiado por sobrevivir como para dejarse ir.
Eran la mitad de la misma cosa. Mitades que podrían alejarse, gritarse, enfurecerse y amarse, pero que nunca debían, podrían ni querían separarse.
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Nina se mordía las uñas. Literalmente, estaba intentando arrancarse un dedo de los nervios.
Aquello no podía ser verdad, no había forma de que ella estuviese embarazada.
En realidad, había una forma muy clara y en la cual ella, como vil estúpida, no había querido ser responsable.
Maldita sea, ¿Cuándo ella había sido responsable en algo?
Y hablando de responsabilidades, ¿donde se había quedado el jodido doctor? El hospital cutre la ahogaba. Odiaba los hospitales, siempre le recordaban a la muerte de su hermano. Lo peor es que ni siquiera podía concentrarse en los momentos felices en hospitales, cuando habían nacido los sobrinos de Charlie, porque eso la hacía pensar en bebés y la ponía aún más nerviosa.
Y para empeorar aún más la situación, una mujer con varios meses de embarazo se sentó enfrente suyo, acompañada de un hombre que parecía ser su marido.
Había estado tan centrada en su cobardía que ni siquiera había pensado en que diría Charlie. Posiblemente se ahogara en alcohol y se fuera a casa de Bill a sufrir... O estaba siendo algo injusta, cuando pasó lo de Melanie con toda la hombría que le fue capaz se hizo cargo, más o menos.
Al principio había sido algo incomodo ver a Charlie cargando al bebé de su ex novia, pero por muy mal que le cayera la zorra de la madre, no merecía hacerse cargo sola de un bebé, además de que la criatura no era tan odiable como su madre, y casi —remarcando el casi— podía sentir cierto aprecio por Justine.
Intento distraerse pensando en cómo Justine odiaría a su madre por ponerle Justine, pero nada resultaba.
—Ya te lo dije Nick, será niña— la mujer sonreía con fingida molestia.
—Será un niño. Oye ¿Tú qué opinas?— genial, lo que faltaba.
—Opino que tendrán suerte si sale humano— la mujer la miro algo indignada pero el hombre no pudo evitar reír. Bien, ahora era un mono de circo.
El doctor, un cincuentón bajito con un feo bigote, se acercó.
—Evangelina, pasa a mi consultorio por favor.
Mierda, ¿no se suponía que tenía que darle un sobre y ya? Lo siguió caminando como prisionero al paredón.
—Tú viniste a verme hace unos días porque no estabas teniendo la menstruación y creías que podría ser un embarazo. No estás embarazada— liberó el aire contenido y tuvo ganas de abrazar a ese duende en bata. —No te vayas, hay algo que debo decirte. Tú me comentaste que tienes un ciclo irregular y hicimos varios estudios, no estás embarazada y no creo que vayas a estarlo.
—Lo sé, después de esto no pienso volver a tener sexo sin usar un poco la cabeza— el doctor se movió algo inquieto.
—Es claro que debes cuidarte de las enfermedades venéreas, pero no tendrás que volver a pensar en quedar embarazada— Lo miró desconcertada— Evangelina, siento decirte esto a una muchacha tan joven, pero no vas a poder tener hijos...nunca.
Sus oídos recibieron las palabras pero su cerebro no las comprendió, se levanto de la silla y tomó su vieja campera de cuero.
—Hasta nunca, doc.
Salió de ese hospital lo más rápido que pudo, ganándose un par de insultos al empujar enfermeras y pacientes.
.
Charlie llegó a su casa y se sorprendió de no escuchar sonido alguno. Nina siempre encendía música, movía cosas, tocaba sus instrumentos o lo que fuese para llenar el silencio.
La encontró en el sofá, abrazando sus rodillas y con la mirada perdida en la chimenea.
—¿Nina, qué ocurre?— se sentó a su lado— ¿Paso algo con Mac? ¿Con tus padres?
—Creí que estaba embarazada y fui al hospital. No vamos a tener hijos ni ahora ni nunca porque soy estéril. Me siento una jodida muñeca rota.
Charlie quiso vomitar, mucha información, muy rápido, en dos segundos habría pasado de temer a la paternidad a saber que nunca sería padre. Quiso reprocharle por ser tan directa, pero ¿qué podría decirle? Si era una de las cosas que más le gustaban de ella.
—Vengo de una familia pobre de siete hermanos, nosotros no podíamos comprar muchas cosas, así que siempre iban pasando del mayor al menor. Bill era bastante destrozón con todo y las cosas me llegaban dañadas pero aún así me encantaban.
—¿Qué basura estás diciendo ahora?— Charlie la rodeó con el brazo.
—Que no me importa si estas rota, aún te quiero.
—Dudo mucho que tu hermano te pasara una muñeca, Charles.
—Bien, serías la primera.
—Estás demente— se apoyó contra él y cerró los ojos, no la miro. Sabía que algunas pocas lagrimas habían caído que ella nunca le perdonaría si la mirara llorar.
—Vivo contigo hace media década ¿qué esperabas?— y dejo que su muñeca rota se acomodara contra él.
Siempre me pareció raro que Charlie haya sido el único en no tener hijos, sobretodo viniendo de la familia Weasley. Y pensé que habría pasado para que tomara la decisión de no ser padre nunca, esta me pareció la mejor opción.