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¿Qué paso en esos 19 años? Parte II — capítulo 4
Harry se acomodó la corbata con cierta molestia, era una prenda que le parecía de lo más innecesaria pero a la cual le tenía cariño considerando lo mucho que le gustaba a Ginny utilizarla para atraerlo.
Miró a la cúpula de los Aurors, jefes, altos rangos y algunos de los compañeros que él había escogido. Eran reuniones más usuales de lo que él soportaría, pero eran necesarias considerando que se ponían a todos los jefes al tanto de las misiones.
La oficina, ostentosa y oscura, estaba amueblada con varios sillones y abundaba el olor a café. La puerta de roble oscuro se abrió y entró Alexander atropelladamente.
—¿Puede ser que haya visto la minúscula y preciosa cintura de tu mujer en la segunda planta?— Algunos presentes, los más ancianos, alzaron las cejas con escepticismo.
—Gin vino a ver a Hermione, esta ofuscada porque no me quede en casa— se encogió de hombros. Estaba acostumbrado a la confianza de Alexander para hablar de las mujeres de todos, pero sabía y confiaba extremamente en la lealtad de Alex, él jamás se metería con la mujer de un amigo.
—La pelirrojita quería acción—Harry sonrió divertido— ¿y tú viniste aquí a pesar de tenerla dispuesta? ¿Enserio? ¿Has visto su... —sus ojos esmeralda le dedicaron una mirada de advertencia— sus caderas?
Harry suspiró.
—Alexander, Ginny tenía catorce años cuando empezamos a salir, yo vi formarse esas caderas. Ahora, sigamos con la reunión. Hubo un asesinato en la zona norte y los médicos muggles no han podido encontrar la causa de muerte, podría haber sido asesinado por medio de la mald...
—Joder, tú hiciste mujer a tu mujer— Harry se pellizcó el puente de la nariz.
—Sí, ahora ¿seguimos con la reunión o quieres ir al baño de hombres a machacártela pensando en mi esposa?
—¿Tengo esa opción?
—¡Alexander!
—Bien, sigamos con la maldita reunión.
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—¿Puedo pasar?— la vocecita que tanto conocía lo distrajo de inmediato y a todos los presentes. Veinte minutos de reunión en paz se habían ido al diablo cuando Ginny atravesó la puerta con esa camiseta que dejaba a la vista su vientre plano y su seductora figura.
—Ya pasaste — Gin sonrió de manera inocente, como si nunca hubiera roto un plato, y musitó un lo siento más falso que el peluquín de su vecino muggle. —¿Algún motivo en particular para que distraigas a todos? Por cierto, sus ojos están como cincuenta centímetros más arriba de lo que están mirando— reprendió con un gruñido.
Ginny sonrió traviesa, ella sabía perfectamente toda la atención que estaba recibiendo.
—¿Vienes un minuto?— Harry ni siquiera pidió permiso, se alejó un poco— ¿Falta mucho de esa aburrida reunión?— hizo un puchero.
—Unos quince minutos, ¿Gin crees soportar esto de que tu vida gire en torno a mi?
—Harry mi vida siempre ha girado en torno a ti, solo que ahora tengo que buscar que hacer cuando tú no estás conmigo en la cama, o el sofá...o cualquier superficie de la casa— Harry la observó un segundo y la rodeó con sus brazos. Ella todo en su vida, quería huir del ministerio y aferrarse a ese pequeño diablillo pecoso hasta el fin de sus días. Habían pasado tanto tiempo separados... tiempo que había que compensar.
Sabía que todos los hombres de la sala lo miraban con cierta envidia, se separó un poco pero dejó sus manos en la curva mas angosta, la preciosa cintura que tanta atracción generaba.
—Espérame en la cafetería ¿sí? Termino esta reunión y voy corriendo— Ginny se mordió el labio, carnoso y rosado.
—Dos veces en el día me dices que te espere por la reunión. Vas a tener que esforzarte para que te perdone por semejante desplante— sus deditos se enroscaron en el pelo azabache de su nuca. Eran un par de adolescentes, y no estaban lejos de serlo. Tenían casi veinticinco años, para esa edad la mayoría de la gente ni siquiera consideraba casarse y ellos estaban a punto de cumplir diez años juntos desde aquel primer beso en la torre de Gryffindor.
—Te prometo que haré un gran esfuerzo.
—Genial, por lo que vi...hay chocolate.
Le guiño el ojo y le dio un beso casto antes de separarse y dejarlo bastante atontado.
Harry carraspeó y volvió a la sala.
—¿Por qué me da que esa pelirrojita te ha hecho tener una erección?— Se mofó Alexander.
—Considerando que es mi esposa y que sí me ha hecho tener una erección, me considero afortunado— Alexander largó una carcajada.
—¿seguimos con la reunión o quieres ir al baño de hombres a machacártela pensando en tu esposa?— Se burló.
—¿Tengo esa opción?— Alexander movió sus cejas en gesto insinuante— Sigamos con la maldita reunión.
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—¿Qué tal todo por ahí?— preguntó Sam, Alexander dirigió una mirada desagradable a la mano de Matt en la cadera de la rubia.
—¿En la reunión? Nada interesante— quiso arrancarle esa estúpida mano y hacérsela tragar. Quiso decir que esa rubia era suya, pero el anillo que descansaba en su dedo anular anulaba cualquiera de sus reproches.
Samantha iba a casarse y él nunca volvería a ver el tatuaje que tenía en medio de ambos senos. Un pequeño corazón, que casi podría verse como un lunar, que ella se había tatuado cuando su madre murió. Nunca más vería la cicatriz que tenía en la cara interna del muslo, donde se había raspado al caer de una motocicleta.
¿Qué demonios iban a saber las demás muñequitas huecas de lo que era capaz su Barbie? Ella era mucho mejor que cualquier mujer que él hubiese conocido. Pero ella exigía algo que él no podía darle.
Él podría darle muchas cosas, sexo, diversión, incluso cierta cuota de cariño, pero no podía darle fidelidad y mucho menos compromiso. No estaba listo para eso y dudaba llegar a estarlo algún día.
—Iré haber como le va a Logan con el rastreo— miró en otra dirección cuando Matt besó la boca rosada que él tantas veces había besado.
—¿Sabe tu novio las cosas que me has hecho con esa boquita?— estaba furioso, nunca en su vida había sentido tantas ganas de hacer un hoyo en la pared a patadas.
—Lo sabra, fuiste una buena práctica... Es genial que me hayas enseñado todo de sexo, mi marido va a disfrutarlo muchísimo— golpe bajo, en la inglé y lo pateó estando en el piso.
—Eres cruel rubia, rompes mi corazón— sonrió de lado, intentando quitarle el real peso que cargaban sus palabras.
—Cielo, de no ser porque tienes sangre en las venas dudaría que realmente tuvieras un corazón.
Y se marchó. Alexander suspiró y negó con la cabeza, tratando de alejar todos los cuestionamientos que aparecían en su mente. Sam no era tan especial, había otras como ella, no las había conocido aún pero seguramente las habría.
Al menos intentó convencerse de eso.
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George se rascó la nuca, donde el pelo pelirrojo se arremolinaba.
—Gran tienda, no te tenía demasiada fe en el colegio. No les tenía— se corrigió.
—Me hieres, siempre fuimos unos genios.
—No lo dudo, solo que no creí que llegarían a tanto siendo genios del mal.
—Bueno, al menos uno de los dos ha llegado— la morena le sonrió.
—No te pongas sentimental o Fred se la pasara en grande riéndose de nosotros donde sea que este ese desvergonzado.
George alzó la ceja. Nadie hablaba de Fred con aquella liviandad, no delante de él al menos. Sería porque Angelina también había sufrido la pérdida, o tenía una forma más sencilla de ver la muerte.
—¿Has ido a visitarlo últimamente?— preguntó Angelina, sentándose frente a él, con el mostrador y dos tazas de humeante café de por medio.
—No he ido nunca a su tumba, solo en el aniversario con todos.
Carraspeó para que no se notara el cambio en su tono de voz. ¿Cómo es que había pasado tanto tiempo y aún no lograba hablar de Fred sin que se le quebrara la voz?
Los ojos chocolate miraron la taza como si fuese lo más importante del mundo.
—Yo he ido un par de veces ¿sabes? En ocasiones siento que no tengo el derecho de estar ahí pero... Necesito hacerle saber que nadie lo ha olvidado.
—Tienes derecho, tú y Fred tuvieron algo... se querían.
Angelina suspiró.
—Nunca supe responder al amor de Fred, lo quise mucho pero no de la manera en que él esperaba que lo quisiera. Nunca pretendí que él llegase a ocupar un rol distinto.
—Pero aceptaste ir al baile, él te dejo en claro lo que esperaba.
En la piel morena de Angelina a penas y si se notaron las marcas de expresión que se formaron en su frente.
—George yo nunca quise aceptar esa invitación, nunca quise ser la novia de Fred.
El pelirrojo la miró confundido.
—¿Y por qué le dijiste que si?
—Porque creí que eras tú.