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¿Qué paso en esos 19 años? Parte II — capítulo 9
Ginny frunció el ceño cuando no sintió el cuerpo de Harry en la cama, se quitó el cabello pelirrojo del rostro, abriendo un ojo para mirar. Estaba sola, bostezó y se levantó.
Eran poco más de las siete treinta, Harry nunca se iba tan temprano. Buscó algo con que cubrirse un poco, miró de reojo el suelo y encontró la camiseta que Harry se había quitado la noche anterior, se la paso por la cabeza y se peino un poco la melena pelirroja con los dedos.
Bajo la escalera, siguiendo los ruidos hasta la cocina, tuvo la idea de volver a ponerse un pantalón o mínimo las bragas considerando que podría haber alguien más en la casa hasta que escuchó a Harry canturreando la letra de Let it be, él jamás cantaba si había alguien además que ella para escucharlo...menuda estupidez, porque tenía una voz muy atractiva, suave y en ocasiones ronca, sonrió de lado al verlo.
Traía sus boxers y estaba preparando tortitas en la sartén. Había sido bendecida con un marido que cocinaba delicioso...y que era delicioso. Harry siempre había sido para ella todo un espectáculo, el cabello encrespado de su nuca, los músculos que se marcaban en su espalda con cada movimiento, el rostro en el que había visto cada emoción que conocía y esos ojos esmeraldas que podían derretir a cualquiera que se considere ser humano.
Y tenía un trasero genial.
-Buenos días, ¿planeas hacer el desayuno o salir en la tapa de alguna revista para mujeres con calores?- murmuró, abrazándolo por la espalda y poniéndose de puntitas para dejar un beso en la nuca. -No puedes amanecer así, no debería ser legal.
-¿Tú crees? Debería ser legal que andes sin bragas por la casa.
-¿Como sabes que no llevo bragas?- soltó un gritito cuando en un movimiento rápido, digno de un buscador, rozó su mano contra la entrepierna desnuda. -¡Eso no es justo! Con manoseos cualquiera saben.
-¿Qué haríamos tú y yo en una habitación tan pequeña, solos...-dejó la sartén fuera del fuego y se giró, antes de besarla en la frente- y vestidos?
-La temperatura está subiendo y esas tortitas se ven deliciosas, ¿me dejas comer y luego me comes?- Harry rió.
-Como si pudiese negarte algo.
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-No quiero marcharme, no de nuevo - el labio inferior de Ginny sobresalió en un mohín, el ojiverde lo acarició con el pulgar. -tres días, hago la gira, saludo a todos mis fans de Inglaterra, un partido de despedida, solo uno, y no tendré que marcharte de nuevo- la acurrucó contra él.
- Gin, el problema no es que te marches, trabajes de lo que trabajes alguna vez te tocará viajar y a mí también, soy auror, tendré misiones, el problema es cuando deje de importarnos volver.
-No quiero un empleo para volver a viajar, quiero estar aquí para ti y nuestros hijos.
-Ginny ser esposa y madre no tiene que ser un ancla, tienes unas alas preciosas- le besó la coronilla, aspirando el dulce aroma floral que lo enloquecía- solo no vueles demasiado lejos de mi.
Se levantó y se separó para observarlo, era excesivamente guapo incluso con esa mirada de desconcierto.
-¿Qué piensas hacer pelirroja?- se mordió el labio, llevando sus confiadas manos al borde de la remera.
-¿Tú que crees? Darte algo para que me recuerdes- Harry la observó de arriba a abajo, había pasado mucho tiempo y aún se le iba la mirada a sus curvas, ella sabía que tenía senos pequeños, que estaba cubierta de pecas que a muchos no le gustaban, que sus manos no estaban precisamente suaves por la escoba, que a veces tenía ojeras, que traía una cicatriz en su rodilla y que era torpe a la hora de quitarle la ropa a un hombre; pero estaba totalmente expuesta frente a Harry, sin noche ni sábana que disimulara nada, expuesta como cuando tenía dieciséis años, y se sentía hermosa.
No amaba a Harry solo por cómo era, sino por cómo era ella cuando estaba con él, la confianza que sentía para seducirlo, para sentirse sensual y bonita, porque cada gemido de ese hombre frente a ella durante todos esos años habían sido por y para ella ¿Cómo no sentirse hermosa cuándo él miraba embelesado la curva de su cintura y su cadera? le sonrió.
-¿Te gusta lo que ves?- extendió la mano para atraerla a él.
-¿Te amo?- Ginny asintió sin titubear- Genial, dejemos de hacer preguntas obvias.
La jaló, haciéndola reír, y dejándola a horcadas sobre una palpable erección.
-¿Es por mi?- susurró, en medio del beso.
-Siempre es por ti, me vuelves loco desde que tenías catorce años.
Se separó un momento.
-Empezamos a salir cuando tenía quince.
-¿Te he mencionado que pase un año teniendo sueños húmedos contigo?- Ginny rió- En mi defensa tenía quince cuando me di cuenta lo sensual que eras.
-Harry, te quitabas la ropa frente a mí en los vestidores, yo sé de sueños húmedos.
-Hablando de humedad, creo que necesitas atención pelirroja- acomodó las manos en la enloquecedora curva de su cadera y la guió hasta él, justo antes de darle el mando para que ella hiciera lo que quisiese.
¿Cómo una maldita silla de cocina podía ser, de repente, el lugar más erótico?
Se aferró a esas piernas que tantos hombres deseaban, con los muslos suaves, llenos y con alguna peca que los adornaba, mientras ella se movía con la experiencia que los años le habían dado, experiencia que había conseguido solo con él, lo enloquecía y lo viciaba como jamás pensó ser conquistado, sabía cada secreto de ese cuerpo que se movía sobre él, desde los finos cabellos pelirrojos que, en ocasiones, decoraban ese rinconcito que solo él conocía hasta el placer que Ginny sentía cuando le acariciaba la espalda para despertarla.
-Eso es- curvó su espalda de la manera más sensual que él había visto, presionándolo en su interior, arrastrándolo al orgasmo que ninguno de los dos podía contener. -Demonios.
La rodeó con sus brazos y la apretó, hasta el punto que era doloroso, pero él estaba dentro de su cuerpo y necesitaba sentirla en el suyo.
-No vayas al trabajo hoy, te quiero aquí conmigo, despidiéndonos.
-Diría que tengo que ser responsable, pero el sofá se muere porque nos despidamos.