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Lily regresa de la muerte — capítulo 6
Lily y Mary habían vivido juntas unos cuantos años atrás, apenas terminaron Hogwarts. Compartieron un departamento en Londres durante poco más de dos años, hasta que la pelirroja anunció que se casaría con James e iría a vivir al Valle de Godric. Esta vez, la experiencia era diferente. Lily se instaló en la habitación de huéspedes de Mary y su esposo Gregor. Por las mañanas, Mary salía a San Mungo a trabajar y Gregor iba a su trabajo, en una tienda de antigüedades mágicas. Los pequeños, Henry, de cinco años y Judith, de tres, solían pasar gran parte del día con su abuela, la madre de Gregor, que venía a cuidarlos. Pero la primera semana de septiembre, Henry comenzó preescolar, de modo que solo se quedaban Lily y Judith con Helga, la madre de Gregor.
-Lily, ¿estás por salir ahora, o te quedarás un rato más? Voy a ir a comprar para la comida de la niña y quiero saber si llevo a Judith o puedo dejarla. -Inquirió a la mañana siguiente Helga.
-No te preocupes, te espero. -Respondió la pelirroja.
-¿A dónde vas? -Preguntó Judith con curiosidad.
-A la casa de mi hermana.
-¿Tiene hijos para jugar? ¿Puedo ir contigo? -Inquirió la pequeña entusiasmada.
-No, tiene un hijo grande, que está en el colegio. Te vas a aburrir.
Judith frunció el ceño no muy convencida. Pero no protestó cuando su abuela regresó y Lily se despidió prometiéndole que regresaría a la tarde y le contaría un cuento de princesas.
Esa mañana, Lily había quedado en que se reuniría con Petunia. Las dos hermanas querían hablar, y aprovecharían que sus hijos estaban en la escuela y Vernon en el trabajo, para tener una charla tranquila. Lily no podía perdonarle que hubiera hecho sufrir a Harry y tenía que contenerse para no lanzarle una maldición por ello. Pero al fin y al cabo, Petunia era la única familiar que le quedaba además de su hijo. Y prefería tener una buena relación con ella. Por otro lado, tenían que arreglar qué harían con la casa de Cockeworth, el antiguo hogar de sus padres.
Petunia había propuesto el lugar de la reunión, un restaurante sencillo de Surrey. Mary opinaba que había elegido un espacio público para asegurarse que su hermana no la convertiría en una cucaracha. Lily se apareció a una cuadra del local y mientras estaba llegando, vio a su hermana esperarla con los brazos cruzados en la puerta.
-Podías pasar y elegir una mesa así no esperabas parada. -Dijo a modo de saludo.
-Vamos. -Fue la respuesta de Petunia.
Se sentaron, recibieron la carta que el mozo les entregó y ninguna dijo una palabra. A los pocos minutos, el mozo regresó y ordenaron la comida.
-Vamos, di lo que tengas que decir. -Dijo la mayor de las hermanas.
-No tengo nada que decirte. -Respondió Lily enfada -Solo quisiera que tú me explicaras qué necesidad había de hacerle daño a Harry, qué hizo él, de qué es responsable él para que lo odies de ese modo. Lo tuviste encerrado como si fuera un animal o algo peor incluso, ¿por qué? ¿Qué motivo había?
Petunia no respondió de inmediato. Suspiró y tomó un trago a su gaseosa antes de contestar.
-Yo también tengo un hijo, y tenía que velar por él. Nunca odié a Harry, pero Dudley siempre fue mi prioridad. No era justo dejarlo sufrir lo que yo sufrí, que se criara con Harry como su hermano y después descubriera que su primo podía hacer cosas que él no, que se sintiera inferior por algo que no era su culpa, que sufriera por no poder ir a ese colegio mágico… No podía permitirle ese sufrimiento a mi niño. Dudley era mi bebé, mi rey y tenía que protegerlo.
-¡Hablas como si Harry hubiera tratado de hacerle algún daño! -Se espantó Lily.
-No, pero yo sé lo que iba a sufrir. No podía permitirlo.
-¡Sabías que un mago trató de matar a Harry e igual quisiste impedir que fuera a Hogwarts! Eso era una condena de muerte segura. Solamente para que Dudley no se pusiera celoso. -Estalló Lily a punto de llorar de rabia.
-Ya te lo dije, tenía que velar por mi propio hijo. -Insistió Petunia.
Lily suspiró. Clavó la vista en la lasagna que le habían servido y aún no había probado. Luego, levantó la vista y miró a su hermana a los ojos.
-Ya entiendo. Para ti, que Dudley no sintiera celos de su primo, valía más que la vida de tu sobrino. - Murmuró dolida -Nunca te importó que mataran a mi hijo, solamente te importó que tu pequeño se sintiera superior a él.
-No es así. Estás pasando por alto un detalle muy importante. Nadie quiere matar a tu hijo, Lily. Ese loco asesino ha muerto. -Respondió Petunia.
-Puede que haya desaparecido, porque muerto, muerto no está. De todos modos, tenía muchos seguidores que estarían encantados de ponerle una mano encima a Harry en cuanto tuvieran la menor oportunidad. -Explicó la pelirroja.
Petunia resopló y murmuró que Lily exageraba las cosas. Las dos hermanas comieron sin decirse nada más. Para el postre, fue la pelirroja quien retomó la palabra.
-Pienso usar la casa de Cockeworth. No volveré al Valle de Godric, y no tengo otro lugar. Además, como tú estás en Privet…
-Úsala. -La cortó su hermana.
-Bien, adiós. -Murmuró Lily. Dejó sobre la mesa plata para pagar su parte de la cuenta y salió sin volver la vista atrás a su hermana.
Necesitaba aclarar su mente, por lo que fue hasta la estación de trenes y viajó hasta Londres por medios muggles. En el viaje, pensaba en que su hermana no era mala persona, pero era una idiota y sí era un tanto egoísta. Ella y Harry (y el bebé que estaba en camino) eran toda la familia que tenía. No quería odiarla, pero perdonarle el daño que le había hecho a su hijo no le era sencillo. Caminó durante media hora desde la estación de trenes hasta la casa de Mary. Apenas llegó, Judith se abalanzó sobre ella.
-¡Lily! ¿Vas a contarme un cuento de princesas?
-Déjala llegar, Judith. -La reprochó su madre. -Te lo contará más tarde, o a la noche, antes de que te duermas. Ve a terminar ese dibujo ahora. -Le dijo señalando una hoja y unos colores que estaban esparcidos sobre el piso. Luego, miró con atención a su amiga. -¿Cómo te ha ido?
Lily lo pensó un momento.
-No le he lanzado ningún maleficio, aunque he estado a punto de hacerlo unas cuantas veces. -Respondió. -Y supongo que ella habrá querido agarrarme de los cabellos otras tantas. No tiene inconveniente en que utilice la casa de Cockeworth, así que pronto empezaré a reacomodarla. Creo que nadie la ha tocado desde que mis padres murieron.
Mary preparó un té, le ofreció a Lily y las dos amigas conversaron sobre el encuentro entre las hermanas. Por la noche, la pelirroja se sorprendió al recibir una lechuza de su hermana.
Lo siento, de veras. Jamás odié a Harry ni mi intención fue hacerle daño. Simplemente, todo el asunto me tomó de repente y nunca estuve preparada para eso. Nunca supe cómo hacerlo.
Lo siento.
Lily dejó el papel en la mesa y fue a contarle a Judith un cuento de princesas.
Organizar una visita a Azkaban no era sencilla. No eran muchos los presos que recibían visitantes y como tenían que ir acompañados por un funcionario del Ministerio de la Magia, las salidas eran muy esporádicas, cuando juntaban al menos tres personas que desearan ir.
-Usted se anota en esta lista, consigna su nombre y a qué recluso desea visitar y luego le enviarán una lechuza diciéndole la fecha en que es posible ir. -Le informó la funcionaria que la atendió cuando fue a averiguar.
En el papel, solo había un nombre. Narcisa Malfoy, que iba a visitar a Bellatrix Lestrange. Lily anotó su nombre y el de Sirius. Dos semanas más tarde, le avisaron que la visita se haría al día siguiente.
Lily llegó al Ministerio de la Magia a las ocho en punto, como la habían citado. Unos pocos segundos más tarde, apareció Narcisa. Se saludaron correctamente y el funcionario del ministerio anunció que convertiría un adorno del escritorio en un traslador.
Azkaban era tan escalofriante como la habían descripto. Una enorme prisión en medio del mar, y el frío de los dementores helaba hasta los huesos. Desde el interior de la cárcel, se escuchaban desgarradores gritos de los prisioneros.
-Narcisa Malfoy… -Comenzó a decir el funcionario del ministerio revisando un pergamino.
-Celda cinco, ya lo sé. -Lo cortó la rubia e ingresó por el lúgubre pasillo que conducía a los calabozos.
-Lily Potter, Sirius Black está en la celda número ocho. -Le informó. -Puede escoger si quiere visitarlo a través de las rejas, o pasar al calabozo. -Agregó.
-Quiero pasar. -Respondió ella resueltamente.
-Sígame -Indicó el hombre.
Lily comenzó a caminar lentamente tras el funcionario, abrazándose el cuerpo y reprimiendo el temblor que le producía aquel ambiente. Los prisioneros parecían encerrados en sus propios cuerpos más que en celdas. Algunos ni siquiera parecían registrar que alguien pasaba a su lado.
-Tú estabas… muerta… -Murmuró una voz al pasar junto a la quinta celda. Lily miró de quién se trataba. Bellatrix Lestrange no se parecía en nada al recuerdo que tenía de aquella mujer. Su rostro había perdido la elegancia, su voz sonaba débil y temblorosa, su piel estaba extremadamente pálida.
-Pues ya no. -Respondió con una sonrisa y continuó su camino.
El prisionero que estaba en la celda ocho no se parecía en nada al alegre y vivaracho Sirius Black del que Lily tenía recuerdo. Estaba muchísimo más delgado, pálido, con el rostro demacrado, la túnica raída. Pero tampoco se parecía en nada al resto de los presos de aquella espantosa cárcel. Se lo veía completamente lúcido, haciendo crucigramas con una edición de El Profeta. Sirius no levantó la vista al oír pasos aproximarse a su celda. Lily reconoció de inmediato la edición del diario que él tenía en sus manos, era la de un par de meses atrás, en donde se anunciaba que ella había regresado a la vida.
-Black, tiene visita. -Anunció el hombre y abrió la puerta de reja para dejar pasar a Lily.
-¡No puedo creerlo! -Sirius se puso de pie de inmediato, arrojó el diario al suelo y abrazó a Lily -¡No puedo creerlo! ¡Lily! ¡Es increíble!
-Pues créetelo, porque es cierto. Aquí estoy. -Contestó ella sonriendo. Aún se mantenían fundidos en un fuerte abrazo.
-¡¿Y qué demonios haces aquí mismo?! Estás loca si has venido hasta aquí solamente a visitarme.
-No, verás, andaba por la zona de paseo y justo te encontré. Claro que he venido a visitarte, idiota. Y lamento no haber venido antes, pero entre rehacer mi vida con Harrry y otras cosas, se me ha pasado volando este tiempo. -Explicó ella apesadumbrada. El frío de los dementores le calaba hasta los huesos y estaba haciendo un esfuerzo por pensar en recuerdos alegres.
-No te lamentes, al contrario, no sabes lo agradecido que estoy de que hayas venido. Cuéntame, ¿cómo es que has regresado? ¿Y qué es del mundo allí afuera? -Le preguntó él.
Lily suspiró. Ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que le habían preguntado cómo era posible que hubiera regresado, y ese era un interrogante para el que ella misma no tenía respuesta.
-No tengo idea cómo fue posible que regresara. -Respondió cabizbaja. -En cuanto al mundo allí afuera, no sé qué decirte… Supongo que, en términos generales, las cosas estarán mejor… sí…
-¿Cómo estás tú? -Le preguntó directamente.
-Bastante desorientada aún. Fue todo muy… repentino. De pronto desperté en un cementerio, habían pasado once años en lo que para mí fue un segundo. Mi hijo ya no es un bebé sino que es todo un adolescente, estaba embarazada aquella noche y sigo embarazada ahora así que en unos meses tendré otro niño más y… no sé qué hacer sin James… -Admitió con lágrimas en los ojos.
Sirius la abrazó nuevamente.
-Mejor hablemos de cosas alegres, si no, este lugar se torna un tanto deprimente. -Murmuró tranquilizándola.
-¿Un tanto? -Inquirió Lily con una débil sonrisa.
Lily le contó de Harry en Hogwarts, lo puso al tanto de lo que había conocido ella de su hijo durante el mes que lo pasaron juntos. Le dijo que jugaba al Quidditch para Gryffindor desde primer año, que había tenido buenas notas en primer año, omitió el asunto del intento de Voldemort de hacerse con la Piedra Filosofal porque no quería agregarle preocupaciones.
-¿Y te ha llegado aún alguna carta de que haya hecho lío en el colegio? ¿O es un niño bueno como su madre? -Preguntó Sirius sonriendo.
-El mismo primero de septiembre llegó una carta, diciendo que él y su mejor amigo se habían robado un auto volador para ir al colegio. -Respondió Lily sonriendo. Una vez pasada la preocupación de aquel momento, la anécdota le resultaba hasta graciosa.