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Albus, Rose y Scorpius — capítulo 10

— Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas— Albus apuntó con su varita al pedazo de pergamino, ya debajo de la Capa Invisible.

— ¿Y esa cosa cómo funciona?— preguntó Scorpius, una vez que empezaron a caminar.

— En realidad no estoy seguro— admitió Al—, pero lo creó mi abuelo con sus amigos.

— Se hacían llamar los Merodeadores— recordó Rose, pues ellos dos, junto con James y Fred, eran quienes disfrutaban más de oír de esas historias.

— Ya, uno de ellos era el padre de Edward— recordó Scor, que una que otra vez lo oyó en boca de la hermana de su abuela, Andrómeda.

— Si, si— dijo Albus—. Es hora de irnos.

— ¿Dónde está Filch?— preguntó Rose.

— En el despacho de McGonagall— dijo, después de revisar el mapa.

— Si no hay nadie cerca, hay que irnos— dijo Rose. Y, como no había nadie por ahí, se fueron tranquilamente, intentando no hacer mucho ruido. Se encontraron con personas que iban tarde a sus salas comunes, se apartaban para que no chocaran con ellos al pasar. Tuvieron que tomar una desviación, pues Filch había salido del despacho y deambulaba por el castillo.

Se toparon con la Señora Norris, la gata de Filch. Pero, antes de que ella se diera cuenta que estaba viendo, Rose apuntó con su varita y murmuró Confundo, la gata, medio mareada, continuó con su camino, al igual que ellos, muy lejos de ella y su dueño.

Salieron a los Jardines de Hogwarts. Todo estaba muy oscuro, y casi no se veía nada. Apesar de que no estuviera muy lejos, tardaron en llegar a la cabaña de Hagrid, pues a cada paso intentaban borrar su huellas de la nieve. Cuando por fin llegaron, tocaron levemente la puerta. Puede que ni siquiera hubiera sido lo suficientemente alto el ruido para alcanzar a ser escuchado. Pero Hagrid abrió en seguida. Traía consigo la ballesta, listo para atacar. Fang estaba detrás de él, gruñendo.

— ¿Quién anda ahí? ¿Quién tocó la puerta?— preguntó agresivamente.

— Nosotros— dijeron los tres, a murmullos. Hagrid miró al límite del bosque, antes de percatarse que los tres chicos estaban frente a él.

— ¡No me digan que se han escapado!— exclamó, bajando la ballesta. Los dejó pasar, otra vez revisando que nadie los estuviera vigilando—. ¿Es que ustedes no saben lo peligroso que es salir?

— ¿Por qué es peligroso?— preguntó Albus, quitando la capa a sus amigos y a él mismo.

— ¿Que no han estado en la cena?— preguntó, claramente fastidiado. Se sentaron en la mesa, como siempre que lo visitaban.

— No, estabamos en la biblioteca— respondió Rose.

— Hoy han dado la alarma— les dijo, entonces Hagrid—. Han avisado a todos los alumnos que hay algo que los está atacando, llevan dos.

— Ya lo sabíamos— le informó Scor—. Lo sabemos desde ayer en la noche. Los vimos en la enfermería.

— Oh, por Merlín— Hagrid se sentó en una silla—. Tenías razón Rosie, ¿en qué pensé cuando los dejé quedarse en Hogwarts?

— Dijiste que pensabas en Aragog— le recordó Rose, dandole una palmada en el brazo.

— Pero ellos no recuerdan a su padre… — se lamentó Hagrid.

— Oye… Hagrid— le llamó Scorpius, y cuando tuvo su atención, habló—. ¿No crees que ellas no son hijas de…

— Ya lo había pensado— aseguró Hagrid—. Pero pensé, como no habían hecho nada malo, que si lo eran.

— No lo entiendo. ¿Por qué atacar ahora?— dijo Rose, levantandose de su silla—. ¿Por qué no atacaron cuando recién llegaron?

— Porque querían ganarse la confianza de Hagrid, supongo— dijo Albus, a él tampoco le sonaba bien que hubieran atacado nueve años después de haber entrado a Hogwarts. Pero pudiera ser que no querían tener hostilidades con Hagrid al llegar.

— Mucho tiempo. Con un año o dos hubiera bastado— aseguró Scorpius encogiendose de hombros.

— No sé porque lo han hecho— se lamentó Hagrid—. Siempre les dí de comer, me aseguraba que nada les pasara.

— Pues ya no lo hagas, Hagrid. Es muy peligroso que sigas teniendo contacto con las arañas— le aconsejó Albus, siguiendo las palabras de Rose.

— Pero si no lo hago tal vez se enojen y traten de atacar más gente— contradijo Hagrid. Parecía muy nervioso. Nada como esa situación había pasado desde la Batalla de Hogwarts. No podía creer que eso volviera a ocurrir, tener que tratar con cosas hostiles, tener que dar la cara a lo peligroso.

— He pensado que tal vez entraron con una intención en específico— le reveló Rose al guardabosque.

— Si, para encontrar un bocado— acompletó Scorpius, convencido.

— No, eso no— la pelirroja negó con la cabeza—. Hagrid, averiguamos que atacaron a los chicos en sus cuartos.

— ¡¿Qué?!— Hagrid había abierto los ojos de golpe— ¿Cómo que los atacaron en sus cuartos? ¿Cómo es eso posible?

— No lo sabemos— respondió Albus—. Solo sabemos eso. Al menos a una, la atacaron en su habitación.

— Aun no descubrimos como entraron— se lamentó Scorpius.

— ¿Y piensan averiguarlo?— preguntó Hagrid, espantado. Ya hacía un tiempo que no conocía a unos niños capaces de jugarse su estadía en Hogwarts por dislumbrar un misterio. Si, en definitiva recordaban al Trio Dorado…

Los cuatro se atragantaron con su propia saliva cuando tocó la puerta desde afuera. Rayos, eran pasada la media noche. Como alguien se enterara que se había escapado del castillo para hablar de unos ataques de los que no deberían de saber, los echarían patas afuera del colegio. Hagrid, sin saber que hacer con la información y los sucesos ocurridos, se quedó en su lugar, estático.

— Vengan— les llamó Albus a sus amigos. Estos se pusieron de pie rápidamente y se colocaron a sus lados. Albus los cubrió con la Capa, y al momento dejaron de ser visibles. Hagrid miró a donde deberían de estar. Estaban ahí, solo que no los veía. Ah, hace muchos años había estado en esa misma situación…

La puerta volvió a sonar, esta vez con brusquedad. Asegurandose que los niños no fueran visibles, abrió la puerta. Enfrente de su puerta había seis personas. McGonagall, Longbottom, Flitwick, Slughorn, Macmillan y un chico que se le hacía ligeramente familiar al guardabosques.

— Buena noche, Rubeus— habló McGonagall, pero sonaba fría. Abus, Rose y Scorpius se miraron extrañados.

— Buena noche, McGonagall— saludó Hagrid, con cortecía.

— ¿Podemos pasar?— preguntó el tio Neville, que también sonaba frío.

— Claro, adelante— el semi gigante se hizo a un lado para dejarlos pasar. Los seis se acomodaron en la mesa que minutos antes habían estado sentados los amigos—. ¿Sucede algo?

— Hagrid, te presento al medimago Justin Finch-Fletchley. Él estuvo en el mismo año que el profesor Longbottom y Macmillan.

— Oh, si me acuerdo de tí— aunque en parte era una mentira (pues de esa generación recordaba más a Harry, Ron, Hermione, Neville…), le tendió la mano al hombre, que parecía no querer contacto con Hagrid.

— Él estaba revisando a nuestros heridos— presiguió Slughorn, que había abandonado el tono tan dulce con el que hablaba a los alumnos de primero.

— Y ha encontrado una peculiaridad en las heridas— continuó Flitwick.

— ¿Ah, si? ¿Cuál?— preguntó Hagrid, nervioso.

— Mordida de acromántula— reveló Finch-Fletchley.

— ¿Acromántula? ¿Cómo es eso posible? Aquí no hay acromántulas— aseguró Hagrid, entre sorprendido y nervioso.

— Eso mismo quisieramos saber— habló Macmillan. Parecía, de todos, el menos gélido, él que parecía tener compasión por Hagrid. Tal vez por que era el jefe de Hufflepuff.

— ¿Por qué han venido?

— Porque creemos que tu tienes algo que ver en los ataques— McGonagall parecía más y más arrepentida por estar ahí.

— ¿Que ver? ¡Yo no sería capaz de hacerle algo a los alumnos!— exclamó Hagrid, muy asustado—. Lo juro, los quiero mucho a todos.

— Hagrid, lo lamento— le dijo Neville—. Yo tampoco creo que tengas algo que ver, pero ellos están aquí… mis hijos, Alice y Frank… no soportaría que les pasara algo. Tampoco a nadie, tenemos que hacernos cargo de ellos.

— Hace una hora atacaron a la gata de Filch— dijo Flitwick—. La misma mordedura. Tenemos que hacernos cargo de esto, o cerrarán Hogwarts.

Pero Hagrid no tiene la culpa de los ataques, pensó Albus, impactado de ver lo lejos que el asunto había llegado. Despedir a Hagrid, cerrar Hogwarts. Era culpa de ellos. Debían hacer lo correcto. Miró a sus amigos, buscando aprovación, son decir nada; ellos asintieron.

— No es culpa de Hagrid— interrumpió Albus la platica. Los seis se quedaron en silencio, sorprendidos de haber escuchado una voz infantil. Los tres se quitaron la capa, revelando estar a un lado de la mesa, escuchando.

— ¡Potter, Malfoy, Weasley!— gritó McGonagall de la impresión—. ¡¿Qué hacen ustedes aquí?! ¡¿A esta hora?!

— Es nuestra culpa— dijo Rose, convencida de lo que hacía—. No de Hagrid.

— ¿Quieren decir que ustedes provocaron los ataques?— preguntó Slughorn, abriendo desmesuradamente los ojos.

— No— Scor negó con la cabeza—. Pero sabíamos que hay acromántulas en el bosque.

— Les dije que se olvidaran de lo que habían visto en la enfermería— los reprendió McGonagall.

— Lo sabíamos desde antes de los ataques— especificó Albus.

— ¿Y por qué no han dicho nada?— se preguntó Neville. En sus ojos había una pizca de reconocimiento. El saber que había algo, y no decirselo a nadie… Veía a sus amigos en ellos.

— Queríamos… queríamos investigar por nuestra cuenta— susurró Rose—. Pero nunca se los dijimos a Hagrid, él no tenía idea…

— Pasense mañana por mi despacho. Los castigaré como es debido— respondió McGonagall, después de mucho silencio. Los tres se lamentaron en su interior, pero sabían que se lo merecían. Se despidieron de Hagrid, y pidieron que no lo corrieran del colegio. Después de todo, procederían a eliminar las acromántulas, y todo el asunto se acabaría. Mientras no llamaran a sus padres, todo iría bien. Salieron por la puerta, volviendose a echar encima la capa, abrieron el Mapa del Merodeador. Caminaron hasta el colegio.

— Podría haber salido peor— reconoció Scorpius—. Pensé que nos correrían del colegio.

— Tal vez lo hagan mañana por la mañana— negó Rose—. Lo veré mañana.

Bien, esto es mas como un episodio de relleno, porque quería poner aquí lo mejor, pero me quedaría muy largo, así que esto se quedará así por ahora. Espero poder actualizar mañana (lo más probable es que si). Y, nuevamente, gracias por cometar Zanne!!! :*