Albus, Rose y Scorpius — capítulo 5
El invierno llegó rápidamente. Todo Hogwarts se adornaba con la Navidad. Incluso las Salas Comunes de las cuatro casas. En una de las torres, en el oeste del castillo, los estantes repletos de libros estaban adornados con guirnaldas navideñas, y la estatua de Rowena Ravenclaw tenía una corona puesta ahí por los prefectos.
En una silla apartada, Rose Weasley estaba leyendo un libro sobre la alquimia, que le llamaba mucho la atención desde que le oyó al profesor Binns mencionarla en clase.
Todavía recordaba con un poco de amargura el vociferador que su padre le había mandado un par de meses atrás, pero le daba risa recordar la carta de su madre diciendo que ella le envió otro vociferador a él, a la Oficina de Aurores. Debió de ser muy humillante para su padre.
Y, claro, Ron le había enviado una carta pidiendole perdón, que solo se había dejado llevar por la ira. Que solo tenía mal recuerdos sobre Draco Malfoy. Y si eran amigos, él lo aceptaría (pero, a decir verdad, él nunca mencionó estar de acuerdo con su amistad).
Albus, Rose y Scorpius seguían pasando todo su tiempo libre juntos. Los tres se defendían de otras personas. Albus seguía sintiendose culpable de quedar en Slytherin (pero no se arrepentía de haber conocido a Scor). Rose seguía escuchando a otras chicas de su edad burlandose de su pelo, como desde el primer día, pero no les decía nada a sus amigos, y seguía siendo la mejor de la clase. Y, mientras, Scorpius seguía pensando en que tan mal le habría caído a su padre sus nuevas amistades. Y de vez en cuando se juntaba con su primo, Theo Nott.
Y, ahora más que antes, los tres iban a casa de Hagrid. Iban a tomar el te caliente y a platicar con él sobre sus clases. Él normalmente contaba historias de cuando Harry, Ron y Hermione lo iban a visitar. Decía lo curiosos que era, y que siempre metían la nariz donde no debían.
— Pero eso los llevó a salvar la Piedra Filosofal, descubrir la Cámara de los Secretos, liberar a Sirius Black, a Harry ganar el Torneo de los Tres Magos…
— Y ganar la guerra contra Voldemort— añadió Scor, que con el tiempo acabó acostumbrandose a oir las historias de los padres de sus amigos.
— Si, claro que si Scorpius. Pero para eso debieron pasar por tiempos dificiles… Bueno, no digo que las cosas que hicieron sus primeros años hubieran sido fáciles.
— Poco a poco debieron luchar más— concluyó Rose, orgullosa.
— Si… no sé que habrá sido más difícil, pero siempre venían aquí en busca de respuestas.
— Pero tu dices que te encantaba tenerlos contigo— se quejó Albus.
— Y lo hacía, pero arriesge tanto el pellejo por ellos que me sorprende que tenga piel hoy.
Los tres chicos con la broma, y Hagrid les sirvió un poco de más té en sus tasas. Para él era como tener a los otros tres chicos con él, se parecían tanto…
Las horas pasaron, y ya iban a dar las seis de la tarde. Para unos niños de primer año eso era muy tarde. Miró por la ventana y se fijó que no faltaba casi nada para que empezara a oscurecer. Y al día siguiente era domingo, pero no estaba bien que se quedaran al anochecer.
— Bien, chicos, creo que viene siendo hora que vayan a sus salas comunes. Se les va a dificultar pasar por encima de la nieve. ¡Los veo mañana!
Los tres se pusieron sus chamarras, que estaban en el perchero y se despidieron de Hagrid con un "¡Hasta mañana!".
Tal y como dijo el guardabosques, era muy dificil caminar por la nieve. Rose se tuvo que apoyar en Scorpius para no caer varias veces. Y apenas habían caminado un par de metros.
Ya el sol invernal iba empezado a caer, cuando un ruido extraño, salido del bosque, sonó por todo el claro cubierto de nieve. Los tres amigos se miraron unos a otros, intrigados. Luego el sonido volvió a repetirse.
— Hay que entrar a ver que es— dijo Albus, ya empezando a acercarce al límite del bosque. Rose, que le había picado la curiosidad, salió disparada detrás de su primo, dando uno que otro tropiezo.
— ¿Qué? ¿No sería mejor avisarle a Hagrid?— preguntó Scorpius, en su lugar. Albus y Rose pararon y vieron a su amigo.
— No, vamos a entrar— dijo Albus emocionado.
— ¡Vamos, Scor! ¡Será divertido!— saltó Rose.
— Será peligroso— debatió Scorpius, frunciendo el ceño. Rose queriendo entrar en el bosque casi de noche. Eso debía de haberlo sacado de su padre.
— Está bien. Vete a la Sala Común— dijo Al—. Nosotros iremos a investigar y regresamos en seguida.
Y, sin más, los dos se metieron en el bosque, dejando a Scorpius parado y muerto de frio. Esperó unos minutos, creyendo que ambos chicos iban a salir del bosque, diciendo que solo fue una broma. Pero no salieron. El sol ya no estaba, y entró al bosque.
No fue dificil encontrar por donde se habían ido, pues habían dejado sus huellas en la nieve. Siguió ese par de huellas, hasta que lo hizo detenerse ese horrible sonido, que se oía cada paso más fuerte. Se escondió detrás de un arbol y asomó ligeramente la cabeza. Buckbeak estaba tirado en el suelo, y él era quien emitía los sonidos raros.
Albus y Rose estaban arrodillados sobre él. Rose tomaba su pata trasera izquiera, lo que hacía que el hipogrifo chillara fuertemente. Albus intentaba que cerrara el pico, pero varias veces estuvo apunto de que lo mordiera.
— Vamos, Buckbeak. Tranquilo— dijo Rose, con voz queda, intentando tranquilizar a la bestia. Entonces Scorpius se dio cuenta de que la mano con la que había tomado al hipogrifo estaba cubierta de sangre.
El chico rubio escondido, asustado, dio unos pasos para atrás, produciendo ruido suficiente para que los dos chicos fijaran su atención en él.
— ¿Quién anda ahí?— preguntó Rose, nerviosa.
— Soy yo— susurró Scor.
— ¡Lumos! Pensé que ya estarías en las mazmorras— dijo Albus poniendose de pie.
— ¿Qué le pasó?— preguntó Scor, señalando a Buckbeack.
— No tenemos idea— dijo Rose—, pero esa muy malherido. Algo le ha mordisqueado la pata.
— Si, lo hice yo. Y creanme que está delicioso— una voz, que no provenía de ninguno de los tres, habló tetricamente.
Los tres niños de once años esperaron unos segundos antes de romper a grandes gritos y salir corriendo del lugar, olvidandose momentaneamente de lo que habían dejado atras.
— ¡¡Buckbeak!!— exclamó Rose, deteniendose.
— Vamonos, esa cosa ya se lo habrá comido— dijo Scorpius, jalando de su amiga.
— No, tenemos que regresar por él— insistió ella, soltandose y regresando sobre sus pasos. Albus la vió como si estuviera loca, pero después le dijo:
— Si le dejo ir, me mataran— y salió detrás de ella. Scor no tuvo más remedio que ir también.
Rose estaba paralizada, pues frente a Buckbeak estaba un bulto enorme y peludo con patas. Albus y Scorpius observaron atentamente a la figura, y se dieron cuenta de que parecía una araña, y una gigante.
El hipogrifo se removía y gritaba de dolor. Rose se agachó, tomó una piedra y se la arrojó a la araña. La piedra no era muy grande, pero aun así la araña gigante alzo la cabeza y fijo sus ojos en la niña pelirroja.
— Al parecer alguien quiere hacerse la valiente— dijo con su voz fria, y Rose tembló.
Scor y Al jalaron de ella para que se alejara, pero aun así la araña se lanzó encima de los tres. Empezaron a lanzarle hechizos al azar, pero ninguno funcionaba.
— ¡Arania Exumai!— gritó otra voz, y la araña salió volando por otro lado, y no volvió. Los tres chicos se quedaron viendo a quien los había salvado, y resultó ser Hagrid con su lindo paraguas de flores.
— Bueno, ahora si que se parecen a sus padres. Siempre metiendose donde no.
— ¡Buckbeak, Hagrid! ¡Buckbeak está herido!— saltó Rose, señalando al hipogrifo, que chillaba de dolor.
— Pobrecillo. Ahora, largo. Y donde me entere que siguen aquí les irá muy mal. Ven Buckbeak, vamos a curarte esa pata.
— ¿Hagrid?— preguntó Albus, deteniendo su caminata al lado de sus amigos. El guardabosques se volteó a verlo—. ¿Qué eran esa cosa?
— Una acromantula. Son muy peligrosas. Vayanse, no será que venga con el resto de su ejercito.
— Tengo el libro— anunció Rose, sentandose al lado de sus amigos en la biblioteca, al día siguiente.
— ¿Cuál es?
— El Monstruoso Libro de los Monstruos— dijo ella, mostrando un libro peludo y con ojos.
— Este… ¿soy yo o eso se parece a lo que intentó comernos anoche?— pregunto Scor.
— Mamá dice que debemos acariciarlo, porque nos va a morder sino.
— ¡¿Morder?!— se quejaron los dos chicos, a lo que la señor Pince los regañó.
— Callense, y si— respondió la pelirroja, acariciandole el lomo al libro, que había empezado a emitir un gruñido.
Después de unos instantes, Rose abrió el libro. Empezó a hojearlo, buscando información sobre la "acromantula".
— Bueno, esto dice que son capaces de hablar…
— Eso es obvio— se quejó Scor—. Nos dijo que Buckbeak estaba rico.
— … enormes y carnívoras— acompletó Rose, dandole una mirada calcina al rubio—. Viven en selvas y áreas boscosas. Su telaraña se parece a una cúpula.
— Bueno, si vemos una cúpula en mitad del bosque hay que salir corriendo hacia otro lado— bromeó Scorpius, y tambien rió Albus. Rose estaba cada vez más cabreada.
— Si tanto te da risa, mejor continua leyendo tu— y le aventó el libro, cosa que hizo que el libro empezara a gruñir otra vez. Scorpius frunció el ceño.
— Está bien— puso la mano en el libro, y este se cerró, mordiendolo, y Scorpius soltó un aullido de dolor. La señora Pince tuvo que aparecer en su ayuda, quitando el libro de su manos enrojecida.
— Niño, tienes que ser cuidadose con este libro, ve a la enfermería.
— Pero… pero…
— No, tienes que hacerlo ya.
Y Scorpius se fue, malhumorado. Oyó la risa discreta de Rose y eso lo enojó todavía más
Muchas gracias a las 28 personas que han agregado la historia a favoritos!!