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Problemas, nuevamente. — capítulo 11

El gato plateado iba delante de ellos. McGonagall llevaba la varita en alto, el gato era su patronus. Aunque el alcaide le dijo que no hacía falta, ella había insistido. Odiaba a los dementores, sobre todo después de la batalla de Hogwarts, hacía más de veinte años. Se adentraron en los confines de Azkaban, más sombríos y deteriorados de cómo los recordaba. A su derecha y a su izquierda, los presos gritaban, pidiendo piedad.

Se detuvieron al final de un pasillo. Una enorme puerta metálica impedía el paso. El alcaide sacó su varita, la apoyó contra la puerta, se escuchó el sonido de las serraduras abriéndose, y la puerta se abrió, dejándolos pasar.

-Solo puede ser abierta por la varita del alcaide- explicó el hombre, alzando la vista. Era mucho más bajo que ella, pero no tanto como Flitwick- Es el área de máxima seguridad.

Escuchó como la puerta volvía a serrarse tras ellos, dejándolos encerrados allí. Los presos ya no suplicaban, solo gritaban. Se reían a carcajadas, amenazaban a sus captores, aunque ellos no los escucharan, gritaban desquiciados, y reían. Se escuchaban esas risas escalofriantes que solo pueden provenir de la boca de un desquiciado. Esta gente, que ya no lo era, llevaba mucho tiempo allí, esperando a que, en algún momento, los dementores entraran a sus celdas y terminaran con el trabajo. Se detuvieron ante la celda número 1998. De su interior, no se escuchaba nada. Ningún ruido, ni gritos, ni quejas, ni risas, ni nada. El alcaide sacó un manojo de llaves, introdujo una en la cerradura y abrió la puerta. El patronus entro primero, iluminando la oscura celda, después la profesora, y la puerta se cerró tras ella.

En el interior de la celda, solo había una presa. Era una mujer, de unos cuarenta años, estaba demacrada, desnutrida, sentada en un rincón. Sus cabellos estaban enmarañados y sucios, pero aun cambiaban de color constantemente, del azul al negro, del negro al violeta, del violeta al verde oscuro, y del verde oscuro al azul nuevamente. La mujer alzó la vista, al ver a la profesora sonrió. Le faltaban varios dientes, y los que le quedaban estaban amarillos y llenos de caries.

-Minerva McGonagall- dijo al verla- ¿A qué debo el honor de su visita?

-Hola, Clarisa- la saludó McGonagal, secamente- Necesito información.

-Información… necesita…- repitió Clarisa, haciéndose la que no entendía.

-Sé que tuviste una hija- continuó la profesora- ¿Sabes su paradero?

-¿El paradero de mi hija?- Clarisa sonrió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas- La tuve en mi poder durante nueve meses y unos minutos. No tengo idea de su destino después de mí. Me la arrebataron tan pronto nació, solo la vi un momento, cuando abrió los ojos. Unos ojos verdes, como los de su padre. Cuando estuve lo suficientemente fuerte, me devolvieron aquí. Shackelbot me visitó una vez, me dijo que la niña no conocería nunca mi nombre ni de dónde vino, y que debía estar feliz de que estuviera con vida.

McGonagall escuchó su relato. Sentía pena por ella, aunque hubiera tratado de matarla cuando era joven. La chica fue mortifaga y se comportó como tal. Clarisa estalló en llantos después de terminar de hablar. La profesora esperó a que se calmara para seguir preguntando.

-¿Sabes su nombre?

-Me dejaron ponerle un nombre- explicó ella- Le puse Clarisa, así, mínimamente, tendría algo de su madre, aunque no lo sepa.

-Muy bien- dijo McGonagall- Muchas gracias- se dispuso a irse cuando Clarisa la llamó.

-Si la encuentra- le dijo- Dígale quiénes son sus padres. Tiene derecho a saberlo.

-Primero debería decirle al padre- dijo la profesora- aunque no creo que lo acepte de buena gana.

-Digaselo a quien quiera- le dijo ella- pero a mi hija, dígale de quien es hija. Se lo merece.

McGonagall salió de la celda, detrás de su patronus. Recorrieron los pasillos en silencio. Salieron del área de máxima seguridad, recorrieron el resto de la prisión y salieron al exterior. La profesora le dio las gracias al alcaide, se subió a la lancha que la había llevado hasta allí, y se marchó, alejándose de la tétrica prisión lo más posible. Mientras viajaba, pensaba en lo que Clarisa le había dicho. Debía hablar nuevamente con Shackelbot, le había mentido, y estaba corriendo contra reloj. Debía encontrar a la chica lo antes posible, pero ahora sabía algo más: Se llamaba Clarisa, y tenía los ojos de Harry.