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Problemas, nuevamente. — capítulo 3

Mcgonagall estaba sentada en el enorme sillón de su despacho, pensando en todo lo ocurrido. Dumbledore la observaba desde su retrato, como siempre. Ella, sin darse vuelta para mirar el cuadro, fue la primera que habló.

-¿Qué piensas que debo hacer, Albus?

-¿Con respecto a qué, Minerva?- preguntó el anciano ex director- ¿Harry, Ginny, Neville o Albus, sus primos y hermanos?

-Sobre todos y todo- contestó ella

-Bueno, deberás seguir tus instintos- dijo Dumbledore después de un rato- Ve donde creas que haces más falta.

-¿Qué piensas del plan de Potter?- preguntó Mcgonagall- ¿Tiene probabilidades de vencer?

-Lo dudo mucho- dijo Albus en un cansado suspiro- Lo más probable es que todos pasen a formar parte del ejercito de Inferi.

-¿Entonces? ¿Qué deberían hacer?

El silencio fue la respuesta. Dumbledore no dijo nada más, ella se dio vuelta para mirarlo, esperando una respuesta, pero lo único que obtuvo fue sentirse atravesada por los pintados ojos celestes del anciano ex director. Minerva Mcgonagall se levantó de su sillón, ayudada por su bastón, y se dirigió a las escaleras. Dumbledore la siguió, saltando de cuadro en cuadro.

Mcgonagall salió de su despacho, bajó las escaleras, recorrió pasillos, se encontró con varios aurors que se limitaron a saludarla secamente y descendió a las mazmorras. Dumbledore la siguió todo el trayecto. Caminó lentamente por un largo y oscuro pasillo, iluminada solo por un hechizo lumus, y llegó al final, un pasillo sin salida, o eso parecía. Con un ágil movimiento de varita, la pared desapareció, dejando ver una escalera de caracol descendente. Bajó las escaleras y llegó a un corto pasillo que desembocaba en un par de puertas de viejo roble, junto a ellas había un cuadro vacio, viejo y empolvado. Antes de que llegara, Dumbledore apareció en el lienzo, y la esperó pacientemente, cuando llegó junto a él, se detuvo un segundo.

-¿Segura de esto?- le preguntó- Una vez dentro, no habrá vuelta atrás.

-Lo sé- dijo ella- pero tengo que hacerlo.

-No esperes una grata bienvenida- le aseguró el ex director- Kilgharrah hace mucho que no confía en los hombres, tanto muggles como magos.

-Lo sé- contestó la profesora, abriendo las puertas, que se cerraron estrepitosamente un vez que las cruzó.

Tras las puertas, había una enorme cámara subterránea. Iluminada con pedestales que expulsaban llamas. Pero la cueva era tan alta que más de cuatro metros no se veían. En el fondo, una enorme bestia se movía, haciendo sonar la pesada cadena que le apretaba el cuello y lo sujetaba a la pared. Su gran cabeza, cubierta por escamas doradas, se elevó unos tres metros, impulsada por un largo cuello. Sus ojos rojos cual fuego la miraron, estudiándola de arriba abajo y una sonrisa se dibujó en su boca, dejando ver sus blancos colmillos.

-Directora Mcgonagall- dijo el dragón, su voz parecía un trueno en medio de la tormenta- A qué debo el honor de su inesperada visita.

-Kilgharrah, necesito de su consejo- contestó Mcgonagall, sin perder su solemnidad ni su firmeza- Corren tiempos difíciles.

-¿Difíciles, dice usted?- preguntó sonriente- Yo diría peligrosos, destructivos, cataclismicos. Pero difíciles no.

-Se acerca un gran ejército de Inferi, comandado por un duende que puede absorber almas- continuó la profesora.

-¿Absorbe almas, dice usted?- preguntó nuevamente el dragón, todavía sonriente- ningún ser, además de los dementores puede absorber almas. ¿Sabe lo que son las almas?- Mcgonagall mantuvo silencio, y el dragón sonrió todavía más- El alma de una persona es su vida vuelta energía, lo que le da impulso para seguir. ¿Por qué cree usted que las personas besadas por un dementor pierden la capacidad de hablar, caminar y otras cosas? Porque ya no tienen energía para seguir.

"El alma es tan inestable, tan volátil, que solo un ser sin capacidad de querer algo, lo más mínimo, puede extraerla sin morir en el intento. Los dementores no quieren absolutamente nada, no tienen vida, no tienen alma, por eso pueden extraer las almas de los hombres, porque son seres sin ningún interés. Si, se alimentan de los miedos y sufrimiento de las personas, pero no quieren nada, nada de nada.

"Este duende, del que usted me habla, quiere algo, sino no se hubiera molestado en crear un ejército de inferí. No se habría molestado en secuestrar a cincuenta fabricantes de varitas para que le hicieran la vara más poderosa jamás construida. No se hubiera molestado en atacar el ministerio. Y sobre todo, no se hubiera molestado en venir hasta aquí y acecharla desde las sombras.

Mcgonagall abrió mucho los ojos, cuando de detrás del dragón emergió una figura pequeña, del tamaño de un niño de seis años, con una túnica negra y dorada, anteojos romboidales y barba blanca. La observó con la cabeza en alto, mirándola a los ojos. Estaban a unos seis metros, pero parecía como si estuvieran a unos centímetros. Al duende se le dibujó una sonrisa en el rostro mucho más grande que la del dragón.

-Co… cómo entraste aquí- alcanzó a preguntar Mcgonagall.

-Te sorprenderías de los túneles y pasadizos que hay ocultos aquí.- contestó el duende, secamente- Hay muchos más que los siete que conocen.

-¿Qué quieres?- preguntó la profesora, más calmada.

-¿Qué quiero? Ah, si… acabar con todos los magos, eso quiero- contestó alzando su varita, tan larga como su brazo.

Mcgonagall fue más rápida de lo que el duende esperaba, sacó su varita de su túnica y frenó un hechizo que el otro le lanzó. Los hechizos volaban por la cueva, iluminando todo el lugar con destellos rojos, verdes, violetas y de todos los colores posibles. El sonido de las explosiones era tapado por la voz del dragón, que se reía a carcajadas. Después de unos minutos de combate, Mcgonagall sintió el peso de la edad, como se le cansaban las piernas y decidió terminar con eso de una vez. Frenó un hechizo, frenó otro y lanzó el conjuro más poderoso que pudo. El duende vio como su hechizo protego se rompía y le impactaba el embrujo de la directora en el medio del pecho, salió volando y chocó contra el estomago del dragón, que se ahogó y escupió fuego a los aires mientras tosía. El duende se levantó como pudo, estaba mal herido.

-Esto… esto no termina, bruja- dijo, al momento que desaparecía.

Minerva levantó su bastón, y vio la varita del duende tirada cerca de la puerta, la recogió mientras salía, pero antes de cerrar las puertas escuchó la voz del dragón.

-Debe saber usted, señora Directora- dijo Kilgharrah- Que esto no termina, esto recién empieza.

Las puertas se cerraron estrepitosamente y se encontró en su despacho, Dumbledore la observaba desde el lienzo de su cuadro.

-¿Qué posó?- preguntó el anciano ex director, con tono alarmado- Estas herida.

-Nunca he estado más feliz de que los alumnos regresaran a sus casas- dijo Mcgonagall, al tiempo que se derrumbaba en el suelo.