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Problemas, nuevamente. — capítulo 4

-¿Todavía no reacciona?- les preguntó Ginny.

-No, sigue inconsciente- respondió una de los sanadores- Cuando despierte la trasladaremos a San Mungo, antes no. Es muy arriesgado.

-¿Qué le pudo causar esto?

-Un duelo- respondió otro sanador- Uno muy violento, contra un adversario muy capaz.

Harry escuchaba todo desde la ventana. Habían pasado dos días desde que el retrato de Dumbledore les avisara de lo ocurrido. Habían encontrado a la profesora Mcgonagall tirada en el suelo de su despacho, inconsciente y muy malherida. Los sanadores habían llegado de San Mungo con la intención de llevársela, pero, al ver el estado en el que se encontraba la directora, tuvieron que cambiar sus planes. Llevaron a la profesora a la enfermería, donde los sanadores la monitoreaban constantemente.

Harry y Ginny se habían establecido en el colegio, dejando a sus hijos con Ron y Hermione. Neville había vuelto a Londres, a reunirse con su familia, acompañar a su hija en la difícil situación que atravesaban y despedirse de Hannah por última vez.

Harry no descuidó su labor como Ministro de la Magia, pero no se movió de Hogwarts. El castillo se convirtió en su base de operaciones, cada día llegaban más y más reclutas para el ejército recientemente fundado. Los terrenos se convirtieron en campos de entrenamiento y fueron apostados múltiples puestos de vigilancia.

El ministro Potter contemplaba los terrenos desde su despacho cuando Ginny despidió a los sanadores y se le acercó.

-¿Qué crees que haya pasado?- le preguntó.

-No quiero ni pensarlo- contestó sin apartar la mirada.

-Si lo que atacó a la profesora sigue en el castillo…

-Ya lo sabríamos- contestó cortante- No puede moverse por el castillo sin que al menos uno de los retratos lo vean.

-Pettigrew lo logró- dijo ella.

-Pettigrew era una rata. Además, tenemos el mapa- dijo señalando un viejo pergamino sobre su escritorio.

-Cierto, el mapa- recordó ella, abrazándolo- ¿Por eso vinimos, verdad?

-En efecto- contestó él- en el Ministerio no sé quien entra o quien sale hasta que me lo dicen, aquí solo tengo que ver ese viejo pergamino y tengo la ubicación exacta de todos los que se encuentran dentro de los límites del colegio.

Ginny se quedó largo rato rodeándolo con sus brazos, contemplando los terrenos. Harry decidió no pensar en nada. Solo en ese momento, en ellos dos solos, juntos, en un pequeño lapso de paz. Se dio vuelta, enfrentándose a ella, la abrazó también y la besó. Un beso largo, apasionado y dulce. Podrían haber pasado horas así, pero alguien llamó a la puerta.

-¿Quién es?- pregunto Ginny, separándose de él a regañadientes.

-Oliver Boston, señora- dijo una voz gruesa y mecánica- ¿Está el Ministro con usted?

-¿Qué pasa, Oliver?- preguntó Harry, alzando la voz.

-Tiene visitas, señor- contestó Oliver desde el otro lado de la puerta- El Wizengamot quiere verlo.

-¿Todo el Wizengamot está aquí?- preguntó Harry, al tiempo que abría la puerta- ¿Los cincuenta han venido hasta Hogwarts?

-Sí, señor

-Que se adapte el Gran Comedor como si fuera un tribunal del Ministerio, una vez hecho esto, que los miembros del Wizengamot tomen sus lugares allí, bajaré en cinco minutos.

Boston se marchó tan pronto Harry terminó de hablar. Cerró la puerta y se dirigió al armario, de donde sacó su túnica verde botella y su capa escarlata y dorada. Se vistió, se puso sus mejores botas, un par de anteojos nuevos, que solo usaba en eventos importantes y además se ató el cinturón porta varita a la cintura, donde exhibía su varita de pluma de fénix. Ginny también se vistió con sus mejores ropas: un vestido largo color verde, a juego con el de Harry, zapatos altos y capa violeta, se dejó el pelo suelto y se pudo un sombrero de punta de ala ancha, con una enorme pluma de fénix.

-¿Qué crees que quieran?- le preguntó Harry, mientras bajaban las escaleras rumbo al Gran Comedor.

-Ojalá lo supiera, así no estaría tan nerviosa- contestó ella.

Llegaron a las inmensas puertas de roble y se detuvieron, como esperando algo. Harry junto fuerzas y apoyó las manos en las puertas.

-¿Lista?- le preguntó.

-Tanto como tú- contestó ella, sonriente.

Respiró hondo, juntó valor y empujó las puertas, que se abrieron lentamente.