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Problemas, nuevamente. — capítulo 5

Abrió los ojos. Se encontraba recostada sobre la nieve, pero no sentía frio. Se incorporó despacio, vio el paisaje que la rodeaba, un Hogwarts cubierto por nieve se alzaba sobre las aguas congeladas al otro lado del lago. Ella estaba junto a un viejo roble, pelado por el invierno. Se levantó, no le costó, cosa rara sin su bastón, se sentía mucho más joven y fuerte.

-Minerva- dijo una voz conocida a su espalda.

-Ese es… -se dijo, en un susurro- No puede ser…

Se dio la vuelta, y ahí estaba, caminando hacia ella, arrastrando su larga túnica azul por la nieve, sus dos manos completamente sanas y su larga cabellera y barba plateadas ondeando al viento. Sus ojos celestes, detrás de esos lentes de media luna, se encontraron con los suyos, ojos verdes detrás de anteojos cuadrados, se sintió desnuda por un segundo, pero mantuvo la compostura.

-Minerva, mí querida Minerva- dijo Albus Dumbledore extendiendo los brazos como para abrazarla- ha pasado mucho.

-Demasiado, Albus. Demasiado- contestó ella, yendo a su encuentro. Se abrazaron por lo que pareció una eternidad, pero se separó de él cuando cayó en la cuenta de algo- Espera un minuto, estás muerto.

-Así es- dijo él, sonriendo.

-Quiere decir… que yo también estoy muerta- dedujo ella.

-No necesariamente- Dumbledore seguía sonriente.

-Entonces… ¿Eres real?- preguntó ella- ¿Eres un producto de mi imaginación?

-No necesariamente- volvió a decir el ex director.

-Entonces…

-Ven conmigo- Dumbledore comenzó a caminar en dirección al colegio- paseemos por los terrenos como tantas veces lo hemos hecho.

McGonagall lo miró, desconcertada, pero lo siguió, y pronto lo alcanzó. Caminaron por la nieve, con la briza invernal acariciándoles suavemente la piel. El anciano ex director sacó de su bolsillo una pequeña bolsa y le ofreció su contenido, dentro había pequeños caramelos de limón, ella lo negó amablemente.

-Albus- comentó después de un rato- ¿Por qué estás aquí?

-La verdadera pregunta, Minerva, es por qué estás tú aquí.

-¿Yo?- preguntó ella, confusa.

-Sí, tú- dijo él, sonriente- ¿Tienes frio?

-No veo a qué viene esa pregunta.

-¿Tienes frio?- insistió.

-No.

-No tienes frio- repitió él- y estamos en la mitad del invierno, según parece.

-Sí, ¿y?- esto la confundía demasiado.

-Yo no he venido a ti, Minerva. Tú has venido a mi- explicó Dumbledore- este es mi "después del final", mi siguiente aventura. Aparecí aquí después de caer por la Torre de Astronomía, y el Expreso de Hogwarts me llevó a King´s Kross cuando Harry me necesitó. Ahora algo te trajo aquí, y habrá sido por algo.

McGonagall lo miraba, empezando a entender, pero no mucho. Un silencio le siguió a sus palabras. A lo lejos, las aves cantaban, parecía que en ese lugar los pájaros no migraban. Las ramas y hojas de los árboles se movían cuando la briza los golpeaba, y pudo escuchar las risas de unos niños.

-¿Esas son… risas, de niños?- preguntó, y se dio cuenta de lo ingenua que sonó.

-Sí- contestó el profesor, y de pronto pareció que todos los años le cayeron encima- No solo ancianos vienen a esta tierra, Minerva.

Ella siguió las voces, sin pensarlo. Dumbledore caminaba a su lado. Cruzaron el puente que conectaba la torre del reloj con los terrenos y los encontraron, en ese pequeño y deteriorado patio. Eran cuatro niños y dos niñas, la más grande de unos catorce años, que le pareció familiar. Los otros no parecieron darle importancia a su llegada, pero la más grande, al verlos, se le iluminó la cara pálida y corrió hacia ellos. Albus sonrió y abrió los brazos para abrazarla, ella también lo abrazó, sonriendo.

-Albus- dijo- me alegro de verte.

-Yo también me alegro de verte, Ariana- contestó Albus.

-¿Vienes a tomar el té con nosotros?- le preguntó, separándose de él.

-Hoy no puedo, vino una amiga y tenemos mucho de qué hablar.

-Pues que venga también- sugirió Ariana- toda la eternidad es suficiente como para hablar.

-Ella está de visita, mañana voy- prometió Albus.

-Bueno- accedió ella, alejándose y volviendo a reunirse con los demás.

-¿Quién es?- le preguntó McGonagall mientras subían las escaleras de la torre del reloj.

-Mi hermana- contestó Dumbledore- Falleció a corta edad.

-Lo lamento- empezó ella.

-No hay nada que lamentar, ya estamos aquí, juntos, es lo que importa.

-Albus, dijiste que algo me trajo aquí.

-Así es.

-¿Y… para qué lo hiso?

-Excelente pregunta- sonrió Dumbledore- Ese algo debe querer que veas algo o…

-Que me encuentre con alguien- terminó ella.

-Puede ser- contestó él, más sonriente- pero… ¿Con quién?

Esa era la pregunta, ¿con quién? Había millones de almas en ese lugar, si no se equivocaba, sería prácticamente imposible saber con quién debía encontrarse. Seguían caminando por pasillos del colegio, se encontraron con antiguos profesores, alumnos que habían fallecido jóvenes y familias enteras que recordaba de hacía mucho tiempo atrás. Dumbledore la condujo por pasillos, subieron escaleras y recorrieron largas galerías, mientras pensaba en quién podría ser aquel o aquella con quien debería hablar. Recorrieron un largo patio que conducía a "La sala de los fundadores", entraron y contemplaron el gran ventanal al fondo de la sala, que le daba nombre. En él se representaban a los cuatro fundadores:Godric Gryffindor, Rowena Ravenclaw, Helga Hufflepuff y Salazar Slytherin, y detraz de ellos, el castillo de Hogwarts. Minerva contempló como los rayos del sol se filtraban por el gran ventanal, iluminando toda la sala, y entonces lo vio. Gryffindor tenía en una mano la varita, pero en la otra su espada, y cayó en cuenta de algo.

-La espada de Gryffindor…- empezó a decir, y Dumbledore sonrió.

-Sí, Minerva- la alentó a continuar- ¿Qué pasa con la espada?

-¿No fue hecha por duendes?- preguntó ella, sin desviar la vista del ventanal.

-En efecto- confirmó el ex director.

-Y Gryffindor lleva cientos de años muerto- siguió la profesora.

-Así es.

-¿Sabes a donde está?- le preguntó.

-Supongo que en su viejo despacho- aventuró Dumbledore.

-Pero… ese despacho fue ocupado por muchas personas después de él.

-Eso es lo maravilloso de este lugar, Minerva- Dumbledore se dirigió a la salida, y McGonagall lo siguió- Puede haber cientos de almas en un lugar, pero no necesariamente deben estar en el mismo lugar.