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Problemas, nuevamente. — capítulo 7

McGonagall caminaba junto a Dumbledore. El viejo profesor la guiaba por largos pasillos y altas escaleras. Los cuadros no se movían, eran simples pinturas desprovistas de magia. Salieron a un desierto patio cuidadosamente cuidado, en el centro, una enorme torre se alzaba a los cielos. Una gran galería rodeaba la base circular de la torre. Cruzaron el umbral de la puerta, subieron las escaleras que desembocaban en una puerta de roble. Junto a ella, una pequeña estatua de león custodiaba el despacho.

-¿A quién buscan?- les preguntó.

-Godric Gryffindor- contestó Dumbledore, amablemente.

-Un momento, por favor- pidió la estatua. Esperaron unos segundos y el león volvió a hablar- pueden pasar.

-Gracias- respondió el profesor.

Abrieron la puerta y se encontraron con un despacho modesto, muy humilde. Una mesa con cuatro sillas muy simples ocupaban el centro de la habitación. Unos tres sillones, muy maltratados, rodeaban la chimenea, en la que un cálido fuego ardía enérgicamente. El emblema de Gryffindor, un león dorado sobre campo escarlata, adornaba una de las paredes. En las otras había unos cuantos estantes con algunos pocos libros. En los sillones, había dos personas, ambos de edad avanzada, un hombre y una mujer. El hombre se levantó y les sonrió. Su cabellera y barba, antes pelirrojas, eran de un gris oscuro. Llevaba una túnica roja y dorada, y del cinturón le colgaba su emblemática espada

Godric Gryffindor les sonreía cortésmente.

-Albus, un gusto volver a verte- dijo, dirigiéndose a ellos- Veo que tenemos nueva residente.

-No exactamente, Godric- le dijo Albus- Ella es Minerva McGonagall, actual directora de Hogwarts, está de visita.

-¿Visita?- preguntó Gryffindor- pero nunca había pasado, siempre se quedan en el limbo.

-Albus dijo que algo me trajo aquí- comentó Minerva- Un gusto, profesor Gryffindor.

-El gusto es mío, profesora McGonagall- contestó él, asiendo una reverencia- Le presento a la profesora - dijo señalando a la bruja todavía sentada en uno de los sillones.

se levantó al oír su nombre. Su platinada cabellera caía elegantemente sobre sus hombros y su majestuosa tiara brillaba sobre su cabeza. Llevaba puesto un largo vestido azul, ajustado en la cintura por un cinturón de cuero con hermosos grabados. Hiso una reverencia y se enderezó, solemne.

-Siéntense, por favor- los invitó Gryffindor, señalando los sillones- Y dígame, ¿Qué la trae por aquí?

-Preguntas, y espero que ustedes tengan las respuestas- explicó McGonagall.

-Si tenemos las respuestas, no dudaremos en contestar, Minerva- dijo , hablando por primera vez.

-Sí, ¿Qué preguntas tiene?- le preguntó Gryffindor.

-¿Qué saben… de los duendes?- les preguntó McGonagall, midiendo cada palabra. Gryffindor pareció alterarse al escuchar esa palabra.

-Que son unos embusteros, desgraciados y malagradecidos- empezó el fundador-Sin mencionar estafadores y demasiado listos.

-Siempre intentan recuperar los objetos que les venden a los magos- explicó Rowena, sin perder la compostura- les pagamos con monedas que ellos aceptaron agradecidos, y después fueron ante el Gran Consejo a quejarse, que les habíamos intercambiado simples monedas de magos por productos de duendes, de la mejor calidad.

-¿Y el consejo qué hace? Les cree- siguió Gryffindor- durante un mes perdí mi espada, hasta que uno de los concejales experimentó en carne propia la estafa, entonces me devolvieron mi espada.

-Lo mismo pasó con mi corona- explicó Ravenclaw- pero fui lo bastante elocuente para evitar que me la quitaran.

-¿Hubo algún duende particularmente peligroso en su época?- les preguntó McGonagall.

-¿Así como un mago-duende tenebroso?- preguntó Gryffindor- No, nunca se les permitió usar varitas, aun antes de la ley de varitas. Así que nunca pudieron saber qué eran capases de hacer si tuvieran una varita.

-¿Qué está pasando en el mundo de los vivos, Minerva?- le preguntó Ravenclaw.

-Digamos…- McGonagall los miró, preguntandoce cuánto podía hablar en ese mundo. Se decidió- Un duende robó una varita y está creando un ejército de inferis. Quiere la aniquilación de los magos, su extinción total.

Gryffindor y Ravenclaw se miraron, preocupados. Algo los inquietaba, pero no era lo que les acababa de decir, eso lo sabía. McGonagall intuía que había algo que no le estaban diciendo, le estaban ocultando algo. No sería la primera vez, había confiado plenamente en Dumbledore y él le había dicho la mitad de sus planes, puede que menos. Aun así, decidió guardar silencio, mantener una mirada solemne y seria, esperar a que alguno de ellos se dignara a decirle lo que había venido a buscar. Gryffindor fue el primero en hablar.

-Tiene que entender, profesora, que los magos no son los únicos que tienen profecías- explicó- los centauros hacen profecías todas las noches, viendo las estrellas. Los habitantes de las profundidades, o sirenas, como quiera decirles, tienen visiones al comer un tipo de planta acuática. Los duendes no son la excepción, también tienen visiones y profecías.

-Los duendes han creído, durante generaciones- continuó Ravenclaw- que un día llegaría un duende que le pondría fin a la tiranía de los magos en menos de un año. Seguido por los muertos, se abría camino por ciudades y pueblos, arrasando todo a su paso, uniendo a sus filas de muertos a todo aquel que se cruce en su camino. No se detendría hasta que el último mago que quede le pida perdón por todos los horrores a los que su raza fue sometida y ruegue piedad, entonces, le concedería su último deseo, librando al mundo de los magos.

McGonagall escuchó la profecía de los duendes, cada palabra le parecía más brutal que la anterior. Los miró, buscando señales de que era una broma, pero tanto Dumbledore como los fundadores tenían expresiones sumamente serias.

-Entonces… ¿No hay salvación?- preguntó, sabía que las profecías de ese estilo, tarde o temprano, terminaban haciéndose realidad, lo había comprobado hacía ya más de veinte años.

-No totalmente- dijo Dumbledore.

-Por cada profecía, hay una contra-profecía- le dijo Gryffindor.

-Un mago de Holanda, de unos cinco años, sin conocimiento de esta profecía o de que los duendes existieran siquiera, empezó a hablar en una lengua extraña, como si cincuenta voces hablaran a la vez desde su boca- contó Ravenclaw- sus padres lo escucharon, a pesar de estar hablando en una lengua muerta, entendieron cada palabra. El chico dijo que durante la noche más oscura para los magos, cuando los bajitos se vuelvan gigantes, una joven se alzará sobre las tinieblas, llenando de luz y esperanza los corazones ensombrecidos de sus pares. Los muertos volverán a estar muertos, y los vivos, vivos estarán.- cuando terminó de hablar, el silencio se apoderó del despacho.

McGonagall reflexionó cada palabra, era una pena que no supiera nada más sobre la joven salvadora de los magos. Podía ser cualquiera, eso no le gustaba, debía averiguar algo más.

-¿Se sabe algo de la joven?- les preguntó.

-Solo que saldrá del lugar menos esperado, pero más lógico- contestó Rowena.

-Bueno, pero es un comienzo- aceptó McGonagall, sintió como si todo le diera vueltas y se cayó al piso.

-Está regresando- dijo Gryffindor- busca a la chica, dile lo que sabes.

-Lo haré- dijo débilmente.

-Minerva, si esta profecía es cierta, se te acaba el tiempo- le dijo Ravenclaw- Tienes mucho menos que un años, debes apresurarte.

-Gracias por todo- les dijo, cada vez más débil.

-Minerva- dijo Dumbledore, lejanamente- Presiento que nos volveremos a ver, pero hasta entonces, suerte.- Se le acercó y la besó.

Ella, con sus últimas fuerzas, le devolvió el beso, fue lo último que vio antes de despertar en un de las camas de la enfermería de Hogwarts. Vio a los sanadores, sintió como sus piernas y brazos recuperaban sus fuerzas, se sentó y se paró. Sentía sus extremidades muy entumecidas, pero no le importó, tenía que cumplir con su deber. Los sanadores la vieron e intentaron devolverla a la cama, pero ella ya se estaba vistiendo. Agarró su bastón, que estaba junto a su cama y, asegurando que estaba bien, se fue a su despacho a prepara sus cosas. Se iría de viaje al día siguiente.