Problemas, nuevamente. — capítulo 8
-¡Weasley!- le gritó Poe- ¡Cuidado!
-¡Lo tengo cubierto!- respondió él, lanzando conjuros a diestra y siniestra- ¡Poe, cuidado!- gritó, al tiempo que lanzaba un hechizo al atacante de su compañero.
-Gracias, Weasley- le dijo Poe, sonriendo y lanzando embrujos a todo enemigo que veía.
-¡Señoritas, dejen de parlotear y avancen!- les ordenó el Jefe Williamson- ¡Acabemos con esto de una vez!
Ron y Poe asintieron. El Ministerio estaba en ruinas, había inferi por todas partes, pero lograron controlar la situación. Habían atacado en plena hora pico, cuando había muchos más magos y brujas civiles. Pero aunque durante los primeros minutos reinó el pánico, todos cooperaban para expulsar a los atacantes.
Ron Weasley se había reintegrado al trabajo esa mañana, después de recuperarse de las heridas provocadas por un mortifago que había evadido al Ministerio durante años, pero que finalmente había caído, no sin antes presentar batalla. El combate ya llevaba cuatro horas, los inferi habían ingresado al Departamento de Misterios, a las Oficinas de Aurors, a las Oficinas de la Comisión de Control y Regulación de Criaturas Magicas, entre otros departamentos. Pero habían logrado replegarlos, así que la batalla se reducía al atrio.
Las explosiones aumentaban, al igual que la cantidad de inferi. Pero las bajas se habían estancado en un número fijo, así que la situación había mejorado. Ron lanzaba tantos hechizos como podía, aniquilando a cualquier cantidad de inferi a la vez, pero parecía que se multiplicaban.
-¿Dónde estás, Hermione?- murmuró para sus adentros- ¿Cómo era ese hechizo?
-¡Ronald! ¡Derecha!- le gritó Rosalia, lanzando una maldición a un inferí que se le acercaba peligrosamente- ¡Concéntrate!
-¡Ah, sí!- gritó, recordando- ¡Incendio Máxima Inferius!
De la punta de su varita brotaron cientos de enormes lenguas de fuego. Alzó la varita y la giró sobre su cabeza, barriendo a todos los inferi que las llamas encontraban. Solo a los inferi. Los demás se detuvieron, viendo cómo la batalla terminaba con un final abrazador. Después de un rato, bajó la varita, y las llamas se apagaron. De los inferi, solo quedaban restos carbonizados. El Ministerio estaba en ruinas, las estatuas de las fuentes se habían hecho añicos contra el suelo. Las chimeneas estaban destruidas, y de los ascensores no quedaba nada.
-¡Weasley!- le gritó el Jefe Williamson- Buen trabajo.
Empezaron a limpiar los escombros del suelo. Los inferí chamuscados fueron llevados a una cámara adyacente al atrio, mientras que los desafortunados que perdieron la vida durante la batalla fueron recostados en el suelo, uno junto al otro, esperando a los de la morgue de San Mungo. Ron recorrió con la mirada las filas de cadáveres y no pudo creer lo que veía. No solo había adultos, sino también niños, desde bebes, hasta adolecentes. Y entre ellos…
-No…- dijo, arrodillándose junto al cuerpo inerte de su sobrino- No… James, no…
No pudo contener las lágrimas. Por alguna razón que no entendía, James estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Estaba congelado, rígido y muy pálido, pero no pesaba nada, era sumamente liviano. Ron lo agarró entre sus brazos, completamente destrozado. Lloró, las lágrimas brotaron de sus ojos, sin detenerse.
-Harry, lo lamento- dijo, entrecortadamente- Te fallé, amigo. Ginny… lo siento tanto…
Hermione llegó corriendo desde los ascensores. También estaba llorando, alguien se lo había dicho. Llegó junto a él y se dejó caer a su lado. Acarició el pelo azabache del chico, delicadamente.
-James… -dijo, haciendo un esfuerzo por hablar sin tartamudear- Oh, Ron- lo abrazó, ya no había nada que hacer.
Ron contempló el rostro del chico, parecía dormido. Ya no lloraba, lo invadía un sentimiento mucho más fuerte que la tristeza, el dolor o el sufrimiento. Quería venganza. Al ver como había terminado la vida de su sobrino, se prometió que ese maldito duende terminaría de la misma manera: frio, rígido, pálido y sobre todo, muerto.
Harry gritó. Un grito cargado de dolor, agonía y sufrimiento. En su mano, fuertemente apretada, tenía la carta de Ron. Ginny estaba sentada junto a él, con la mirada fija en la mesa, pero no miraba la mesa. No miraba nada. Las lágrimas caían de los ojos de ambos. En el medio del Gran Comedor, todos contemplaban la trágica escena. Harry cayó de rodillas, lloraba amargamente, no parecía que pudiera parar nunca.
Había perdido un hijo.
Ginny estaba estática, totalmente rígida, no movía ni los ojos. Sentada en uno de los bancos que había ocupado tantas veces en su infancia, sentía como su alma se había fracturado, y el pedazo que se rompió, no se repararía nunca. El primer fruto de su amor con Harry ya no estaba. Y lo que era peor, se había ido muy lejos de ella.
-Si… hubiera estado…- empezó a decir- podría… haberlo… protegido.
-¡Willphock!- gritó Harry, alzando la vista al encantado tacho del Gran Salón, que en esos momentos representaba un cielo tormentoso- ¡Ten encontraré, maldito duende! ¡Y cuando lo haga, ningún ejército me hará frente!