Problemas, nuevamente. — capítulo 9
La lluvia caía torrencialmente. Albus observaba la lápida, tristemente. Alicia estaba a su lado, tomada de su brazo. El resto se su familia también estaba allí. Sus abuelos, sus tíos, sus primos, sus hermanos, sus amigos, sus padres. Todos estaban, no faltaba nadie. James se merecía un funeral digno, con todos sus seres queridos, y lo tenía. Un rayo iluminó la deprimente escena, y todos comenzaron a retirarse. Excepto él y sus padres.
-Debí haber estado allí- se lamentó.
-Eso significaría que en lugar de una tumba, tendríamos dos- le dijo su padre- Él no tendría que haber estado allí.
-Pero podría haberlo salvado- dijo Albus, insistente.
-O podrían haberlos matado a los dos, Albus- contestó Ginny, dando el asunto por terminado- Ve con los demás, te estás mojando.
-Ustedes también- les dijo.
-Pero somos tus padres, y decimos que vallas con los demás- contestó Harry- ya vamos.
Albus se alejó, encorvado y mirándose los pies. Harry y Ginny se quedaron largo tiempo viendo la reciente tumba. Les destrozaba el corazón ver aquello, a su hijo mayor, el primer fruto de su amor, enterrado dentro de un ataúd, como los padres de Harry, como Fred, Hannah, Lupín, Tonks, Sirius, y tantos otros que se habían ido antes de tiempo. Las lágrimas de la pareja se camuflaban con las gotas de lluvia que surcaban sus rostros.
-James, hijo mío- empezó Harry- No sé qué hacías en el Ministerio, pero no importa. Te has ido, y ese maldito duende lo pagará caro.
-Siempre te recordaremos, James- dijo Ginny, sus ojos estaban rojos de tanto llorar, se agachó y dejó una rosa sobre la tierra- Hijito de mi alma, permanecerás en mi corazón hasta que nos volvamos a ver.
Harry la rodeó con su brazo, y ella hundió su cara en su pecho, buscando consuelo. Comenzaron a caminar, muy lentamente, alejándose de la tumba, yendo al encuentro con los demás. Habían sepultado a James en un pequeño bosque de no más de diez árboles, a un kilometro de la casa. Caminaron por el lodazal en el que se había convertido el patio, guiados únicamente por las luces de la casa. La tormenta empeoraba, las gotas les pegaban fuertemente en la cara, pero no les dolía. Ningún dolor se comparaba al que estaban sufriendo desde la llegada de la carta de Ron.
Entraron en la casa, donde el aire era cálido y acogedor. Todas las luces estaban encendidas, todas las sillas y sillones ocupados, y aun así había gente parada. Las llamas danzaban en la chimenea, coronada por un retrato de la familia Potter. Harry lo vio, y notó que el retrato de James estaba particularmente triste, como si le faltara algo.
Ginny fue con sus amigas y nueras, a buscar consuelo allí también. Harry fue al pequeño bar de la sala y sacó una gran botella de Whiskey de Fuego, prácticamente llena. Fue a la cocina, donde George lo esperaba con cualquier cantidad de vasos.
-Todos queremos ahogar penas, amigo- dijo tristemente.
Harry destapó la botella y empezó a servir, mientras George y Ron repartían los vasos. Hicieron falta tres botellas para lograr que todos recibieran un vaso. Pronto, todos los mayores tenían un vaso con Whiskey de Fuego en las manos. Harry alzó el suyo.
-Por James Sirius Potter- exclamó- Porque su muerte no quede impune.
-Por James- contestaron todos, alzando los vasos.
Todos bebieron. Más, menos, pero bebieron. Al brindis, le siguió un eterno silencio, al que le siguió la típica frase: "Lo lamento mucho". En efecto, todos lo lamentaban. Todavía no podían creer que James, el primero de los niños Potter, no volvería.
Albus contemplaba la tormenta a través de la ventana de su cuarto. Se había encerrado allí después de llegar a la casa. La luz estaba apagada, así que su habitación estaba a oscuras. Desde que su tío Ron le había dicho lo que pasó, sintió como algo se quebraba dentro de él. Las lágrimas le corrieron por las mejillas y empezó a temblar. Sus tíos trataron de consolarlo, pero él no se dejó. Les gritó cualquier cantidad de cosas, diciéndoles que podrían haberlo salvado, pero no lo hicieron. Por qué, estando en el mismo edificio, no lo habían protegido. No esperó una respuesta, se levantó y salió corriendo, no se fue a su cuarto, tampoco al altillo. Salió de la casa de Grimmuald Place montado en una escoba. Después de un rato, escuchó que alguien lo llamaba a su espalda. Se giró, y vio que su tía lo seguía, pidiéndole que se detenga.
No lo hiso. Aumentó la velocidad, y sintió como el viento lo golpeaba en la cara. Pero no le sirvió, Ron Weasley lo alcanzó y lo hiso descender. Desmontaron de las escobas en el medio de un parque, prácticamente desierto. Albus sacó la varita y le apuntó al rostro.
-Tranquilo, Albus- le pidió Ron, alzando las manos y dando un par de pasos hacia él.
-No te muevas- le espetó, con lágrimas en los ojos- O… o te embrujo.
-Albus, sé lo que estas pasando- dijo su tío, pausadamente.
-No, no lo sabes- lo contradijo.
-Si lo sé- afirmó Ron- Fred era tan hermano mío como James tuyo. Pero ni tu tío Percy, ni George, ni tu abuela, ni yo, ni tu padre pudimos salvarlo.
Albus se quedó sin palabras. Recordaba las historias del tío George sobre su hermano gemelo, pero nunca lo había visto de esa manera. Ron se le acercó, tomó su brazo y lo hiso bajarlo. Ron lo abrazó, y Albus no pudo evitar llorar. Soltó su varita, y abrazó a su tío, mientras lloraba desconsoladamente. Volvieron a Grimmuald Place después de una hora, cuando él se hubo calmado.
Ahora estaba calmado, pero no dejaba de sentirse culpable y de culpar a todos. Sus tíos estaban en el Ministerio cuando pasó, y no habían hecho nada. Sus padres deberían haber estado allí, eran el Ministro y la Jefa de Aurors, ¿Y dónde estaban? en Hogwarts, a cientos de kilómetros al norte. Él debería haber estado allí, debería haberlo defendido, haberlo ayudado. Juntos, se habrían salvado. Pero él estaba en Grimmuald Place, junto con su hermana y sus primos, muy lejos del Ministerio.
Alguien llamó a la puerta.
-Largo- dijo amargamente.
-¿Albus?- Alicia parecía preocupada- ¿Me dejarías pasar?
Albus se lo planteó. Alicia y él llevaban saliendo dos años, desde que la había ayudado con un trabajo de pociones. Alicia Longbottom era la única hija del profesor de Herbología, Neville Longbottom, y su esposa, la dueña del Caldero Chorreante, Hannah Longbottom. Era una muchacha hermosa, de cabello rubio y pequeños ojos marrones. Pertenecía a Hufflepuff, pero no le importaba. La dejó entrar y prender la luz. Ella se le acercó y lo abrazó desde atrás. Ambos se quedaron en silencio, contemplando la oscura tormenta. No necesitaban decir nada, solo el hecho de estar juntos lo alegraba, aunque fuera muy poco. Ambos habían sufrido pérdidas similares ese año. Alicia a su madre, él a su hermano. Lo que los sorprendía era que la situación y el lugar donde murieron ambos, eran los mismos. El Ministerio durante un ataque de inferi.
Un trueno provocó que toda la casa se sacudiera, eso les pareció sumamente extraño. Pero poco después, su tío Bill subió a toda velocidad y abrió la puerta de golpe.
-Nos vamos- les dijo, jadeante- ¡Ahora!
No lo pensaron demasiado. Salieron de la habitación, bajaron las escaleras y encontraron a todos con varitas en mano, desapareciendo por la chimenea. Una ventana estaba rota, George y Neville lanzaban hechizos a través de ella. Los jóvenes fueron los primeros en desaparecer por la chimenea, Albus fue el último de ellos.
-¿Qué está pasando, papá?- le preguntó a Harry.
-Nos atacan, ahora vete- le dijo, autoritariamente.
-¿Pero quién…?- empezó a preguntar, pero alguien lo agarró del cuello de la túnica y lo tiró dentro de la chimenea, donde las llamas verdes lo envolvieron. Sintió como se le llenaba la boca de cenizas y como caía en el suelo duro y frio. Unas manos lo ayudaron a levantarse y lo sacaron de allí, justo cuando empezaban a llegar los demás. Grimmuald Place se empezó a llenar de todos los que habían ido al funeral de James.
Se había servido un segundo vaso de Whisky de Fuego. Harry estaba conversando sobre algo sin importancia con Ron, Neville y George cuando un trueno particularmente fuerte hiso que la casa entera se sacudiera. Durante el trueno, una ventana estalló, provocando el grito de alguien. Manos pálidamente podridas se asomaron por el vidrio roto. Varios sacaron sus varitas y comenzaron a lanzar hechizos y maldiciones a los inferi que trataban de entrar.
-¡Tapen las ventanas!- gritó alguien- ¡Aseguren la puerta!
-¡Qué no entren!- gritó otro.
-¡Vayan a buscar a los niños!- gritó Harry- Luna, tira polvos flú en la chimenea.
Luna se encontraba junto a la chimenea. Tomó la maceta de una repisa y tiró prácticamente todo el contenido al fuego. Las llamas se tiñeron de verde, después de una pequeña explosión. Los jóvenes aparecieron por las escaleras y se amontonaron en la sala.
-Vayan a Gimmuald Place- les dijo- espérennos allí.
Todos asintieron y comenzaron a entrar en la chimenea, de uno en uno. Las ventanas fueron tapadas y la puerta trancada. Todos tenían en sus manos las varitas, rogando que la cosa no se pusiera peor. Albus se le acercó.
-¿Qué pasa, papá?- le preguntó.
-Nos atacan- le contestó con las primeras palabras que se le ocurrieron- Ahora vete.
-¿Pero quién…?- empezó Albus, pero Charlie lo agarró del cuello y lo arrojó a las llamas.
Albus fue el último de los menores en desaparecer. Le siguieron los adultos, tanto hombres como mujeres. Harry sustituyó a Neville para que se fuera. Lanzó hechizos a diestra y siniestra. La sala se fue vaciando, hasta que solo quedaron él y Ginny.
-Vete- le dijo Harry- yo me encargo.
-¿Seguro?- le preguntó- No quiero perder a otro Potter.
-No lo harás, ahora vete- le dijo, ella lo besó y se dirigió a la chimenea. Las llamas la absorbieron y Harry se quedó solo.
Miró la chimenea, debía apagarla. Dejó de disparar a los inferí y disparó a la chimenea. La casa empezó a derrumbarse. Harry giró sobre si y desapareció. Lo último que vio antes de aparecer en frente a Grimmuald Place fue a los inferí entrar y ser aplastados por los pedazos del techo que caían.