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Tiempos oscuros — capítulo 12
- Hola.
Regulus levantó la vista de la mesa en la que estaba estudiando en la biblioteca y no pudo evitar sorprenderse al encontrarse a Dorcas frente a él. ¿Qué hacía ella allí? Ellos dos nunca antes habían hablado, ¿habría pasado algo? Quizás necesitaba su ayuda para alguna asignatura aunque lo dudaba, la chica era bastante inteligente y tenía muchos amigos que no dudarían en echarlo una mano. Debía ser otra cosa.
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El profesor de Runas nos ha puesto juntos para el primer trabajo, no sé si habrás visto las listas, las publicó hace poco. - Explicó finalmente con una sonrisa nerviosa antes de tenderle la mano.
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Soy Dorcas. Nos conocemos solo de vista así que pensé que sería apropiado presentarme de manera formal.
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Si… Bueno, yo… Soy Regulus, aunque ya lo sabes - Consiguió decir al final, estrechándosela. Menuda suerte había tenido, debería darle las gracias al profesor de Runas. Por fin tenía una excusa para hablar con ella. - No había visto las listas, pero gracias por avisarme. Me gustaría empezar a prepararlo cuanto antes.
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Si no estás haciendo nada importante podríamos empezar ahora mismo. - Sugirió ella, encogiéndose de hombros. - Aunque si no puedes, no pasa nada. Quedamos otro día y ya está.
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No te preocupes. - Se apresuró a responder, sorprendiéndola un poco. Carraspeó levemente, un poco avergonzado, y se esforzó por mantener la calma. Aunque no quisiera debía seguir fingiendo que la despreciara, levemente al menos. No podía mostrarse intimidado, ni emocionado, ni mucho menos enamorado de ella. - Solo estaba adelantando algo de trabajo, puedes quedarte si quieres.
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Bien. - Dejó sus cosas sobre la mesa y se sentó en la silla de enfrente. - ¿Tienes alguna idea?
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No he tenido tiempo aún para pensar. - Confesó.
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Yo había pensado que podríamos enfocarlo en la práctica. - Empezó a decir ella.
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¿A qué te refieres exactamente?
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No sé tú, pero yo creo que la mayoría de los que estamos en clase no estudiamos Runas para sabérnoslas de memoria y ya está, sino para poder traducir cosas, para hacer que la gente pueda entender textos escritos con runas. - Sonrió levemente y el pelinegro no pudo evitar imitarla. ¿Por qué tenían que formársele esos hoyuelos tan graciosos? - No sé si sabes a lo que me refiero. Lo que quiero decir es que la teoría no sirve de nada si no somos capaces de aplicarla luego así que me gustaría que nuestro trabajo hablara de eso, de la mucho que a veces cuesta traducir este tipo de textos.
Suspiró y se apartó el pelo de la cara. Aquel chico siempre le había parecido muy misterioso y, a veces, le había llegado a dar un poco de miedo incluso. Se decían muchas cosas de los Black aunque, después de haber conocido un poco a Sirius, dudaba que su hermano fuera realmente tan horrible. Pero eso no hacía que se sintiera menos nerviosa en ese momento, mientras aquellos dos ojos grises la miraban con atención mientras evaluaban su idea. Bajó levemente la mirada, posándola en sus labios apretados y no pudo evitar sonrojarse levemente. Solo esperaba que él no hubiera notado nada.
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Me parece una buena idea. - Dijo finalmente, arrancándole un nuevo suspiro a la castaña. - Entiendo lo que dices, muchas veces los profesores se centran demasiado en la teoría y cuando llega la hora de traducir no tenemos ni idea de por dónde empezar así que, por mí, perfecto.
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Vale, deberíamos entonces empezar a buscar algunos libros, no me gustaría pasar mucho tiempo con este trabajo, quiero empezar a estudiar para los TIMOS cuanto antes. - Murmuró.
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Todavía estamos a septiembre.
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Dijo el que estaba ya adelantando trabajo.
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Lanzó una carcajada que atrajo la atención de varios alumnos que estudiaban cerca. Muchos no pudieron evitar fruncir el ceño al verlos juntos. ¿Qué hacía Regulus Black con una mestiza?
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Baja la voz. - La reprendió ligeramente, haciendo que se mordiera el labio, y sintió cómo su estómago se encogía. ¿Por qué tenía que ser tan guapa y adorable? Estaba seguro de que no se lo proponía siquiera. Aquello le salía de forma natural, ella era simplemente así.
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Lo siento. - Se disculpó. - Si quieres puedo ir a echar un vistazo mientras terminas esto.
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Sería genial.
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Pues en seguida vuelvo.
Se puso de pie y se alejó de la mesa tras dedicarle una última sonrisa. El heredero de los Black, que por fin notó todas las miradas fijas en él, trató de recuperar rápidamente la compostura. No podía dejar que los demás descubrieran su secreto, si aquello, por desgracia, llegara a oídos de sus padres o de cualquier otro miembro de la familia no se lo perdonarían jamás. ¡Y no quería ni imaginarse lo que diría el Lord! Tenía que aprender a disimular y mantener las distancias con ella como fuera, aunque no le apeteciera en absoluto. Llevaba años haciéndolo, no podía venirse todo abajo por un simple trabajo. Pero entonces recordó el sonido de su risa y esa forma de morderse el labio. No sería fácil desde luego, pero sabía que lo conseguiría. Era un Black, era su obligación.
Centró su atención otra vez en sus apuntes hasta que escuchó unos pasos acercarse y levantó la vista. Dorcas se acercaba lentamente con una montaña de libros tan alta que le tapaba la vista.
- Espera, deja que te ayude.
Regulus se levantó de forma apresurada y apoyó una mano sobre la de ella, intentando aportar estabilidad, aunque no pudo evitar sentir un leve estremecimiento. Hacía unos días jamás se habría imaginado aquello, rozar la mano de Dorcas. Pero justo entonces, y principalmente debido al ligero temblor que había invadido al chico, la torre perdió el equilibrio y todos los manuales cayeron al suelo provocando un gran estruendo.
- Ay, por Dios, qué vergüenza. - La chica se llevó una mano a la boca y se agachó rápidamente. - Lo siento mucho, en serio, no era mi intención. Tendría que haber dado dos viajes. Lo lamento, de verdad.
Quiso responder algo cortante. Sentía cómo toda la biblioteca lo miraba y esperaba que hiciera algo propio de él, de un Black, de un mortífago prácticamente confeso y él realmente quería hacerlo. Siempre había sido el hijo perfecto, pero en aquel momento lo único que pudo hacer antes de ponerse de rodillas para ayudarla a recoger, fue enarcar una ceja y estallar en carcajadas. La castaña se puso todavía más roja, pero se unió a su risa sin poder evitarlo.
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No te preocupes. - Dijo finalmente. - Ha sido culpa mía, creo que en lugar de ayudarte, he acabado tirando todos los libros.
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Espero que este trabajo termine mejor de lo que ha empezado. - Murmuró ella entonces.
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Estoy seguro de que lo hará.
Ojoloco Moody entró al cuartel general refunfuñando. Aquellos malditos mortífagos se le habían escapado por muy poco.
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¿Todo bien? - Le preguntó Gideon Prewett, que estaba sentando tomando café y revisando unos informes.
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¿Crees que tengo cara de estar bien?
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Alguien no ha tomado un buen desayuno esta mañana. - Murmuró al escuchar esa respuesta. Dejó los informes a un lado y se puso de pie. - ¿Quiénes se han escapado?
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Unos cuantos, cinco o seis. - Respondió. - Nott entre ellos. Ojalá tuviéramos pruebas concluyentes y pudiéramos presentar una acusación formal. Estoy deseando lanzar a todo el departamento de aurores contra ese malnacido.
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Pronto las conseguiremos. - Trató de animarlo el otro. - Hay miembros de la Orden vigilándolo prácticamente durante las 24 horas del día. En algún momento tendrá un descuido, cometerá un error y lograremos atraparlo.
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Sí, supongo. - Se encogió de hombros. - ¿Alguna novedad?
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Alice y Frank han escrito para informarnos de que algunos de sus compañeros han abandonado la Academia. - Respondió antes de suspirar. - Prácticamente todo el mundo sabe que se avecina una guerra y son muy pocos los que están dispuestos a luchar y a dejarse la vida por una causa noble.
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Solo unos cuantos valerosos como nosotros.
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O suicidas, depende del punto de mira. - Dijo con sorna Fabian, entrando a la habitación acompañado de Edgar Bones. - Ha habido un nuevo ataque, si no tenemos cuidados nos cazarán como moscas.
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¿A quién esta vez?
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Los Dearborn. - Contestó. - Por suerte conseguimos enterarnos antes de que llegaran y pudimos sacarlos de allí a tiempo. Podrían acabar con una familia por completo si se lo propusieran.
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Pues no lo permitamos entonces. - Ojoloco negó con la cabeza. - ¿Alguna otra novedad o puedo ir al Departamento de Aurores?
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Yo creo que nada destacable. - Intervino Edgar. - Esta tarde iremos a los alrededores de la Mansión Lestrange.
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Hacéis bien, no me fío ni un pelo.
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Rodolphus no es tan peligroso como él se cree. - Comentó Gideon, frunciendo el ceño. - Es un buen duelista, pero un pésimo estratega.
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No me refería a él.
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¿Bellatrix? - Edgar enarcó una ceja y el otro asintió. - Me sorprende que su marido la deje luchar. Las familias como la suya no se caracterizan por ser precisamente progresistas y abiertas de mente.
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Yo no la infravaloraría, Alastor tiene razón. - Dijo Fabian. - Si ha conseguido la marca es por algo, no creo que los mortífagos acepten inútiles entre sus filas.
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Mandaremos entonces más vigilancia a esa Mansión. - Su gemelo sonrió de medio lado. - No permitiremos que Bellatrix Lestrange se convierta en una auténtica amenaza.
Petunia Evans siempre había soñado con la vida perfecta: la casa perfecta, en el vecindario perfecto, el marido perfecto y el hijo perfecto. Si no incluía la palabra "perfecto", no entraba en sus planes. Había sido así desde que tenía uso de memoria y lo único que había logrado enturbiar eso había sido el pequeño problema de Lily aunque, por suerte, poco a poco lograba ignorarlo. Se moriría de la vergüenza si alguno de sus compañeros de oficina descubriera la verdad, ya había sido horrible el encontronazo que ella, Vernon y ese otro bicho raro habían tenido en su casa. ¿Tanto le costaba entender a su hermanita pequeña que había gente que tenía unas ciertas expectativas? Eso de la magia estaba bien para los críos, pero ya tenían una idea y, en su opinión, Lily debería dejarse de jueguecitos y empezar a pensar en su futuro. ¿O es que acaso pretendía vivir toda la vida de eso? Le preocupaba que Vernon se enterara y, si su relación seguía hacia delante como ella deseaba, acabaría por hacerlo. Él era perfectamente normal y eso era algo que a ella le encantaba.
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Petunia, - La voz del chico la sacó de sus ensoñaciones y levantó la cabeza de la carta que estaba, supuestamente, revisando. - ya he terminado mi turno, ¿te apetecería venir a almorzar conmigo?
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Sería un placer. - Respondió con una amable sonrisa. - Termino de leer esto y nos vamos. Puedes esperarme aquí, si quieres.
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De acuerdo.
Se sentó y ella volvió a su tarea. Se quedó unos instantes mirándola. Petunia era una de esas chicas que tenían las cosas claras en la vida y que no se andaban con tonterías. Sabía lo que quería hacer y lo que no y probablemente por eso se había fijado en ella. Él no solía fijarse en chicas más jóvenes - la mayoría de las chicas de 20 años que conocía solo se preocupaban por la música, el maquillaje y los cotilleos -, pero ella era incluso más serias que las de más de 25 con las que él solía relacionarse. Si todo seguía así, pronto le propondría salir formalmente y, ¿quién sabe?, quizás pronto podría proponerle matrimonio. Eso era lo que él siempre había querido: una vida perfecta, una esposa perfecta, una familia perfecta. Y estaba convencido de que podría conseguir todo eso junto a Petunia. Porque la morena era una chica perfectamente normal.