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Tiempos oscuros — capítulo 19

James se detuvo delante de la puerta cerrada del Gran Comedor y tomó una bocanada de aire. Nunca pensó que Sirius le contaría lo de la apuesta a Marlene y, mucho menos, que ella lo ayudaría. Agarró con fuerza su escoba y soltó el aire. No podía hacer ya nada para librarse de aquello, había tratado de impugnar la apuesta, pero el otro chico había sido claro: había perdido y tenía que cumplir lo pactado. Incluso le había elegido los calzoncillos - unos de lentejuelas doradas que prefería no saber de dónde había sacado - y había dibujado sobre su pecho un corazón rojo dentro del cual había escrito el nombre de Lily. Solo esperaba que la pelirroja no le lanzara una maldición. Se armó de valor, se subió en la escoba, tomó impulso y abrió la puerta. Entró volando al comedor, atrayendo la atención de todos los presentes. McGonagall se levantó de su asiento en la mesa de los profesores, pero él comenzó a hablar antes de que esta pudiera decir algo.

  • ¡Lily Evans! - Exclamó mientras se acercaba a la chica, que se había puesto completamente roja y permanecía sentada únicamente porque Marlene y Remus la estaban sujetando. - Esta noche, delante de todos nuestros compañeros, quiero profesarte mi amor eterno. Siempre te he querido y siempre te querré, pelirroja, así que, ¿quieres ir a la próxima salida a Hogsmeade conmigo?

  • Claro que no. - Respondió ella rápidamente, haciendo que sus compañeros estallaran en carcajadas. Forcejeó un poco y consiguió librarse del agarre de los otros dos. Se puso de pie, cogió su copa de zumo y se la tiró a la cara. - Eres un imbécil, Potter.

  • Venga, Evans…

  • No. - Lo cortó mientras sacaba su varita. Lo apuntó y él tragó saliva. - Sabía que no tenía que haber bajado al comedor, pero pensé que no serías capaz.

  • Una apuesta es una apuesta, Evans. - Murmuró Sirius.

  • Tú calla, nada de esto estaría pasando si te hubieras mantenido alejado de Marlene. - La rubia bajó la cabeza y él apartó la mirada.

  • Chicos, que haya paz. - Intervino Remus, mirando a los cuatro preocupado.

  • Eso, no os peleéis por esta tontería.

  • Peter, ¿en serio crees que esto es una tontería? - La pelirroja negó con la cabeza. - Estos dos tienen que aprender que no son los reyes del mundo, que no pueden hacer todo lo que quieran cuando quieran, que no pueden tratar a los demás como si fueran seres inferiores.

  • Nosotros no somos así. - Se apresuró a decir James. El Gran Comedor estaba en completo silencio, nadie se atrevía a interrumpir aquella discusión.

  • Claro que lo sois y yo estoy muy harta de vuestra actitud. No sois más que unos niñatos que no saben nada del mundo y creen que por tener un par de sonrisas bonitas ya lo tienen todo hecho.

  • ¿Y tú sabes mucho del mundo, Evans? - Sirius se puso de pie y le dedicó una mirada desafiante. - ¿Crees que sabes más de él que yo? Porque mi vida no ha sido precisamente un camino de rosas.

  • Sabes tan bien como yo que Lily no ha querido decir eso. - Marlene también se levantó. Su amiga se había quedado completamente callada y había apartado la mirada, consciente de que el chico tenía razón y ella había metido la pata. Por suerte la rubia no iba a dejar que las cosas quedaran así. - Sabemos que tu vida no ha sido fácil, pero también que dentro de este colegio crees que eres un rey que puede jugar con todo el mundo.

  • Marlene, eso no es así.

  • Me has demostrado lo contrario, Black. - Negó con la cabeza. - Y te recuerdo que para ti vuelvo a ser McKinnon.

Los dos se dedicaron una mirada cargada de dolor, de angustia y de tristeza y guardaron silencio, incapaces de decir nada más. Sirius sabía que había sido un idiota pero, ¿por qué ella no podía perdonarlo sin más? ¡Ya le había dicho que nunca fue su intención jugar con sus sentimientos y que no se había vuelto a liar con ella solo por esa maldita apuesta!

  • Bien, si ya han terminado su discusión creo que tengo algo que decir. - Todos se volvieron hacia la jefa de la casa de Gryffindor que los miraba con una ceja enarcada y los brazos cruzados. - Señor Potter, señorita Evans, señor Black y señorita McKinnon están ustedes castigados. Especialmente usted, señor Potter.

  • ¡Eso no es justo! - Protestó la rubia. - Lily y yo solo somos víctimas, ¿por qué se nos castiga? ¡No hemos hecho nada!

  • La señorita Evans le ha tirado una copa de zuma por encima al señor Potter y usted, señorita McKinnon, se ha enzarzado en una disputa con el señor Black. - Respondió con tranquilidad. - Quiero verlos a los cuatro mañana nada más terminar las clases en mi despacho y le descontaré 50 puntos a Gryffindor por la discusión y el numerito de la escoba.

  • Profesora…

  • No, Marlene, déjalo. - La cortó Lily antes de que pudiera decir algo que empeorara la situación. - Tiene razón. No debí hacer eso.

La pelirroja suspiró, negó con la cabeza y se marchó de la sala a paso apresurado. Remus apretó los labios sin poder evitarlo y les dedicó a sus dos amigos una mirada decepcionada. Se sentía mal por Lily y Marlene, James y Sirius tenían que dejar de comportarse como dos niñatos.

  • Estaréis contentos. - Les dijo.

  • Venga, Lunático…

  • Se me ha pasado el hambre. - Marlene se puso de pie y forzó una pequeña sonrisa. - Hasta mañana, Peter; hasta mañana, Rem.

  • Adiós, Marlene.

La rubia salió y los Merodeadores se quedaron en completo silencio. James se sentó y se cubrió con la túnica que Sirius había llevado. ¿En qué momento se les ocurrió que aquello sería una buena idea? Si antes ya tenía pocas posibilidades con Evans aquello hacía que conseguir una cita fuera una misión imposible.

Los cuatro siguieron comiendo sumidos en sus pensamientos, sin ser conscientes de que justo en el otro extremo del comedor, en la mesa de Slytherin, un grupo de alumnos ultimaba los detalles de un plan que estaban a punto de llevar a cabo.

Marlene caminaba lentamente hacia la Sala Común. Iba con los brazos cruzados y la cabeza completamente embotada. Le dolía muchísimo lo que había pasado. Siempre había sabido que Sirius no era de fiar, pero algo dentro de ella se había empeñado en creer que había cambiado, que las cosas con ella eran diferentes. Menuda idiota. Ella que se jactaba de no enamorarse, de no dejar que los chicos jugaran con ella… Suspiró. Lo único que podía hacer en ese momento era pasar del tema y olvidar todo lo que había pasado aquellas últimas semanas.

Siguió andando hasta que un sonido a su espalda la sobresaltó. Se detuvo en seco y se giró. Parecía que alguien había tirado algo, pero no había nadie, ni nada detrás de ella. Frunció el ceño y negó con la cabeza. Seguro que solo eran imaginaciones suyas. Siguió su camino, pero en seguida tuvo que volver a detenerse. Había escuchado cómo claramente alguien decía su nombre. Se dio la vuelta rápidamente y recorrió el pasillo con la mirada. Seguía estando completamente vacío, pero ella sabía que no estaba sola.

  • No me hace ninguna gracia. - Se atrevió a decir, controlando de forma sorprendente el temblor de su voz. - Quien quiera que seas, déjalo antes de que me enfade.

Un rayo pasó junto a ella entonces y no pudo evitar lanzar un pequeño grito de sorpresa.

  • ¡Ya está bien!

Sin embargo la cosa solo acababa de empezar. Empezaron a salir rayos de todas partes que, aunque no la alcanzaban, hacían que tuviera que moverse de un lado a otro. Estaba a merced de aquellas personas invisibles y lo sabía. Corría de un lado a otro, evitándolos, pero cada vez que intentaba correr, la detenían. Querían tenerla allí, querían asustarla y, aunque no lo admitiera en voz alta, lo estaban consiguiendo. Sabía que podía convertirse en un objetivo, pero siempre creyó que dentro del colegio estaría a salvo. Al parecer se había equivocado y, además, nadie iba a acudir en su ayuda. Lily estaba en la torre, Remus en el comedor y Sirius… bueno, desde luego él no iba a aparecer de repente. Tendría que salvarse ella sola. Sacó su varita y consiguió detener uno de los hechizos.

  • ¡Lo mejor será que os marchéis! - Gritó, adoptando una pose amenazadora. - El juego se ha acabado.

Sin embargo, sus palabras no tuvieron ningún efecto. Le lanzaron un rayo que a punto estuvo de impactar en su pecho. Agitó de nuevo la varita y lanzó un ataque aunque, por desgracia, no alcanzó a nadie. Marlene a punto estuvo de proferir un grito de frustración. Aquello no era justo, ellos podían verla a ella, pero ella a ellos no, por lo que le resultaba muy difícil contraatacar o, incluso, evitar sus ataques. De repente, un hechizo le dio en las piernas, paralizándolas, y cayó al suelo.

  • Esto es lo único que una traidora merece. - Dijo una voz procedente de la nada. - Los traidores no serán bien recibidos en el futuro.

  • No soy ninguna traidora, vosotros estáis locos. - Escupió ella, negando con la cabeza y aferrando su varita todavía con más fuerza.

  • Tu sangre no es pura y no te avergüenzas de ello, vas por ahí con sangre sucias, te jactas de odiar al Señor Tenebroso y sus mortífagos. Eso te convierte en traidora.

  • Os repito que solo sois una panda de locos.

  • Esto ha sido solo una advertencia, McKinnon. La próxima vez no seremos tan amables.

Y dicho esto surgió nuevo hechizo de la nada que la alcanzó de pleno y todo se volvió negro a su alrededor.

Sirius estaba a punto de salir del Gran Comedor cuando una nota llegó volando hasta sus manos. Frunció el ceño sin poder evitarlo y la abrió lentamente.

"Los traidores recibiréis vuestro merecido. Iremos a por todo lo que quieras, nada estará a salvo si permanece a tu lado, Black"

Palideció al leer aquellas palabras. ¿A qué se referían? Sabía que los chicos estaban bien, acababa de estar con ellos, seguían cenando. Y, de repente, un nombre pasó por su cabeza.

  • Marlene.

Salió corriendo hacia la Torre de Gryffindor sin poder evitarlo, dejando caer la nota que empezó a arder al entrar en contacto con el suelo. Seguro que se referían a ella pero, por Merlín, no quería ni imaginárselo. El camino se le hizo eterno, como si hubieran alargado todos los correderos, añadido escalones en las escaleras y alzado aún más las torres. No debía haber ido aquel día con ella a la mesa de Slytherin, probablemente alguien - y él estaba prácticamente seguro de quien - había deducido lo que sentía por la chica y había decidido usarlo contra él.

Corrió y no se detuvo hasta que vio un cuerpo envuelto en una túnica negra tumbado en el suelo. Se dejó caer junto a ella y se agachó a su lado. Tenía las mejillas pálidas y el pelo esparcido por el suelo. La levantó levemente y apoyó parte de su cuerpo sobre su regazo. Suspiró sin poder evitarlo al ver que respiraba, debían haberle lanzado solo un desmaius.

  • Lo siento. - Murmuró, acariciando su mejilla con delicadeza. - No quería que esto pasara, no quería que te dañaran por mi culpa.

Cerró los ojos y apretó los labios con fuerza. ¿Por qué no se había parado a pensar en aquello? ¿Por qué creyó que Marlene estaría a salvo dentro del colegio? Aquello era su culpa, jamás debió fijarse en ella. La había puesto en peligro y lo único que podía hacer en aquel momento para salvarla era alejarla de él por mucho que le doliera. Sabía que no sería fácil, que le costaría apartarse de ella y odiaría ver el odio en la mirada de la chica, pero todo fuera por salvarla.

  • Te prometo que nadie volverá a tocarte ni un pelo. - Siguió susurrando. - Me enfrentaré a quien haga falta, pero estarás a salvo. No voy a dejar que nadie sufra por mí, no voy a permitir que hagan daño a las personas que me rodean para intentar dañarme.

Suspiró y depositó un pequeño beso en sus labios. Quizás aquello no estaba bien, especialmente si tenía en cuenta que ella estaba enfadada con él, pero no pudo evitarlo. Aquel, se prometió, sería su último beso.

La cogió en brazos y se puso de pie. Mataría a Regulus a la mañana siguiente pero, en ese momento, lo único que le preocupa era que Marlene estuviera bien.