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Tiempos oscuros — capítulo 25
La Navidad era la época del año favorita de Molly. Desde muy pequeña adoraba decorar la casa, preparar los regalos y ayudar a sus padres a preparar la suculenta comida. Su madre tenía una receta familiar de pavo extraordinaria y su padre hacía los mejores postres del mundo. Aquella fiesta siempre se había celebrado por lo alto en casa de los Prewett y, desde que se había casado con Arthur, también en la de los Weasley.
Aquella mañana preparaba todo de forma ajetreada mientras Bill y Charlie recortaban estrellas de cartulina y Percy la miraba desde su trona. Arthur estaba en el Ministerio - haciendo horas extra, como siempre -, pero no tardaría al llegar al igual que los padres de ambos, Bilius (el hermano pequeño de Arthur, ya que le mayor comería con la familia de su mujer) y, con un poco de suerte, Fabian y Gideon. La pelirroja suspiró. Dudaba mucho que sus hermanos pudieran ir, era muy peligroso. Suponía que incluso los mortífagos celebraban la Navidad, pero también que muchos intentarían atacar a los miembros de la orden que se atrevieran a reunirse con sus familias. Pero lo mejor sería centrarse en los preparativos y no pensar mucho en eso. Siguió preparando la comida hasta que notó que alguien tiraba de su falda y giró la cabeza.
-
Mami, ¡he hecho un dagó! - Le dijo el pequeño Charlie dedicándole una enorme sonrisa y enseñándole un trozo de cartulina recortado de forma irregular.
-
Oh, qué bonito, cariño. - Respondió, sonriendo ella también. - Luego podemos colgarlo al lado del árbol.
-
¡Sí! - Exclamó. - Hago oto.
-
Todos los que quieras, pero deja cartulina también para tu hermano.
El pequeño no contestó, sino que se limitó a lanzar una carcajada y salir corriendo de nuevo hacia el salón. Molly negó con la cabeza y siguió con aquello hasta que escuchó el ruido de alguien que se aparecía seguido de una voz muy conocida.
-
Hola, cielo.
-
¡Papá! - La chica sonrió antes de darle un beso en la mejilla. - Habéis llegado más temprano de lo que dijisteis.
-
Queríamos venir a echarte una mano, ¿cómo van esos postres? ¿Necesitas alguien que haga una tarta?
-
Ya la he preparado, pero podríais ir poniendo la mesa.
-
Eso está hecho. Voy a ver a los niños, que tu madre los está acaparando, y nos ponemos con ello.
El hombre salió fuera, pero no tardó en volver acompañado de su esposa que, tras saludar a su hija, empezó a sacar la vajilla y buscó el mantel de las fiestas. Los señores Weasley no tardaron tampoco demasiado en llegar y, tras saludarlos a todos afectuosamente, ayudaron a colocar los platos. Cedrella Weasley no podía parar de reír al ver cómo su marido colocaba todos los platos de forma desordenada.
-
Así no es, te estás saltando todo el protocolo, debería darte vergüenza. - Dijo, imitando el tono de voz de su madre.
-
Oh, disculpe, señorita Black, a veces se me olvida que usted es una experta en protocolo. - Replicó Septimus, haciéndole una carantoña a su esposa.
Ella le dio un beso en la mejilla y ambos estallaron en carcajadas, ante la mirada de su nuera que no pudo evitar suspirar.
-
Yo quiero que Arthur y yo seamos así de mayores. - Murmuró.
-
Seguro que sois peores.
La pelirroja lanzó un pequeño grito, primero de miedo, luego de emoción.
-
¡Fabian! - Se giró y lo abrazó con fuerza. Él la levantó en el aire y ambos empezaron a reír. - ¿Qué haces aquí?
-
Qué hacemos, más bien.
-
¡Gideon! - Estiró el brazo más cercano a él y también lo abrazó, quedando suspendida en el aire entre sus dos hermanos que la sujetaban sin parar de reír. - ¡Qué sorpresa! No os esperaba.
-
Si quieres nos vamos... - Comentó Fabian.
-
Ni se os ocurra, ¿eh? - Se bajó, pero volvió a abrazarlos en seguida. - Por Merlín, tenía tantísimas ganas de que vinierais, pero temía tanto que no pudierais…
-
No podíamos perdernos tu súper almuerzo de Navidad, hermanita. - Respondió Gideon. - ¿Necesitas que te ayudemos con algo?
-
¡Por supuesto que no! - Se apresuró a decir. - Sentaos, jugad con los niños o haced lo que querías. Debéis estar agotados, seguro que habéis tenido alguna misión.
-
Está bien…
Los dos se sentaron en un sofá y Bill y Charlie no tardaron en ir corriendo para jugar con ellos mientras el resto terminaba de preparar la cena.
-
¡Buenas tardes a todos!
-
¡Papá, tito!
Los dos pequeños corrieron hacia su padre, que acababa de aparecerse en el salón junto a su hermano pequeño.
-
Hola, chicos. - Les revolvió el pelo con una enorme sonrisa antes de besar a su mujer. - Hola, caramelito.
-
¿Ves? Por cosas como esas decimos que seréis peores que tus suegros de mayores. - Comentó Fabian.
-
Estoy completamente de acuerdo.
-
¡Bilius! - Exclamó su madre, fingiendo una mirada ofendida y tratando de no reír. Sabía que su marido y ella podían llegar a ser un poco cursis de vez en cuando.
-
¿Qué? ¡Solo digo la verdad, mamá! - Protestó. - Será muy difícil para ellos superaros, pero creo que van por el buen camino.
-
Ay, hijo…
-
Bueno, ¿comemos?
Molly sonrió al decir aquello y todos estallaron en carcajadas. Les esperaba un muy buen día en familia.
Lily se miró en el espejo una última vez antes de bajar al salón. Se había puesto un vestido blanco de manga larga con unas medias oscuras y unas botas altas. Se retocó la trenza que le caía sobre el hombro izquierdo y sonrió. Le encantaba el día de Navidad. Aquella mañana Petunia y ella ya habían abierto los regalos y preparado el salón juntas. No se habían peleado desde que la pelirroja volvió de Hogwarts, pero tampoco había una gran complicidad entre ellas. Lily todavía estaba un poco molesta por la pelea que habían tenido en agosto y su hermana se comportaba tan distante como siempre. A pesar de ello, le había regalado un libro de Dickens y ella le había dado un par de cuadernos y un bolígrafo bonito para que pudiera llevárselo a la oficina. Había dejado el ejemplar de Historia de dos ciudadessobre la cómoda y no pudo evitar acariciar la portada. Era una edición preciosa. Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos por unos picoteos en el cristal. Lily se dio la vuelta y frunció el ceño, sorprendida. ¿De quién podría ser esa lechuza? Ya había recibido los regalos de Remus y Marlene, así que no esperaba nada más, a no ser que fuera… Se puso roja, pero al mismo tiempo puso los ojos en blanco. ¿Sería de James? Se miró de reojo en el espejo de nuevo y tomó aire. Solo había una manera de averiguarlo. Se acercó rápidamente a la ventana y la abrió, permitiendo que la lechuza pasara. Cogió la carta y el paquete que tenía en la pata y leyó la nota rápidamente.
"Feliz Navidad, pelirroja. Es un pequeño detalle que espero que te guste.
Nos vemos pronto,
James (y Sirius, que yo he contribuido en la elección del regalo más que el inútil este)"
Lily tuvo que contener una pequeña sonrisa al leer aquello. Desde el día de la fiesta de Slughorn había dejado de juzgar a Potter con tanta dureza - aunque eso no quería decir que hubiera empezado a soportarlo, únicamente que ya no creía que fuera un completo inmaduro, había visto que tenía un 5% de madurez - y, aunque seguía pareciéndole un poco pesado, aquel detalle le había parecido muy bonito aunque a saber qué había en aquella caja. La abrió y sacó una cadenita plateada de la que pendía una pequeña L también del mismo tono.
-
¿Quién te ha regalado eso? - Preguntó, de repente, una voz a su espalda.
-
Petunia, menudo susto me has dado. - Se giró y escondió el colgante detrás de su espalda.
-
¿Estás saliendo con alguien, Lily?
-
¿A ti qué te importa?
-
¿Eso que es que sí?
-
No, no estoy saliendo con nadie. - Respondió finalmente tras suspirar. - Es un chico de clase que quiere salir conmigo.
-
Es un detalle bonito. - La morena sonrió levemente. - A mí Vernon no me ha comprado nada. Dice que la Navidad es una pérdida de tiempo.
-
Qué majo… - Comentó Lily, mordiéndose la lengua para evitar preguntarle que qué hacía saliendo con semejante idiota. Quería pasar unas vacaciones tranquilas así que lo mejor sería no sacar el tema Vernon.
-
Es muy práctico. - Se encogió de hombros. - ¿Cómo se llama el chico del collar?
-
James, pero no voy a salir con él. - Puso los ojos en blanco. - Es un poco niñato.
-
¿Y Severus qué tal está? - Le preguntó entonces Petunia. El chico siempre había estado pegado a su hermana, especialmente desde que descubrió que también era bruja, y muchas veces había creído que ambos acabarían juntos.
-
No nos hablamos. - Murmuró, bajando la mirada. - No preguntes. Las cosas en el mundo mágico son complicadas.
-
Como en todas partes, Lily. - La mayor puso los ojos en blanco.
-
Sí, claro, supongo que sí. - Suspiró. ¿Qué iba a saber Petunia? Aunque, la verdad, prefería que fuera así. Casi creía que era mejor que su familia no supiera los peligros a los que se exponía. - Anda, vamos. Mamá y papá deben estar ya esperándonos.
-
¿Tú crees que les habrán gustado? - Le preguntó James a Sirius mientras almorzaban con sus padres.
-
Yo creo que sí, son unos colgantes muy bonitos.
-
Respondió, encogiéndose de hombros.
-
A mí me parece que habéis tenido un detalle muy bonito con esas chicas. - Fleamont Potter sonrió. - Seguro que al final os dan una oportunidad.
-
No, Fleamont, Marlene y yo solo somos amigos. - Se apresuró a decir el mayor de los Black, negando con la cabeza. - Es James quien necesita una cita desesperadamente.
-
Sigo diciendo que quiero conocer a ambos, deberíais invitarlas una tarde a casa. - Insistió Euphemia. - ¡Quiero saber si estáis exagerando o realmente son así de geniales!
-
Pero Euphemia, de verdad, entre Marlene y yo no hay nada. - Insistió. - Es que tu hijo no me cree cuando digo que somos solo amigos.
-
Pues si besas a todos tus amigos, empezaré a tener cuidado…
-
¡Oh, os habéis besado! - Dijo emocionada.
-
¡Pero James, cállate, tío!
-
Yo no he dicho nada, solo que debería empezar a tener cuidado si tratas a todos tus amigos igual que a Marlene especialmente después del viaje en tren que… - No pudo seguir hablando. De repente se quedó sin voz y, por mucho que intentara hablar, ningún sonido salía de su boca. Miró a Sirius, enfurecido, y este sonrió y le enseñó su varita.
-
Ventajas de tener ya 17 años, Jamie.
-
Chicos, estamos en Navidad. - Les riñó levemente Fleamont. - Dejad estas cosas para Año Nuevo.
-
Es que estaba empezando a contar mentiras.
-
Sirius se encogió de hombros y puso su mejor cara de niño bueno antes de mirar a la señora Potter. - Euphemia, no creas ni una palabra de lo que te diga. Solo me tiene envidia porque hasta yo me llevo mejor con Lily que él.
James empezó a gesticular y señalarlo de forma amenazadora mientras movía los labios, intentando romper el hechizo sin éxito y el otro estalló en carcajadas.
- ¿Qué dices, Jamie? No te oigo…
Lo señaló otra vez y puso unos pocos guisantes en el tenedor, preparado para lanzárselos.
-
Venga, chicos, que haya paz. - La mujer sacó su varita y deshizo el hechizo. James fue a decir algo entonces, pero ella lo cortó.
-
Ni se te ocurra, James.
-
¡Pero mamá!
-
Nada de peros. - Euphemia negó con la cabeza.
-
Aunque insisto en que quiero conocerlas, especialmente después de esta conversación.
-
¿Crees que vendrían? - Le preguntó Sirius.
-
Después de convencer a Marlene para lo del tren, creo que puedes convencerla de cualquier cosa.
Sirius le tiró un poco de puré de patata a la cara sin pensar, provocando que él abriera mucho los ojos y la boca y acabara lanzándole sus guisantes.
-
¡Castigados! - Exclamó Euphemia mientras se ponía de pie y les dedicaba una mirada de advertencia. - Sé que las peleas de hermanos son normales, pero en Navidad debéis comportaros. Vuestro castigo consistirá en presentarme a esas chicas y no salir de casa hasta Año Nuevo.
-
¡Mamá!
-
¡Euphemia!
-
Está decidido, no me vais a hacer cambiar de opinión. - La mujer sonrió. - Así os lo pensaréis dos veces antes de desperdiciar la maravillosa comida que he preparado.
-
Os lo advertí. - Fleamont negó con la cabeza.
-
Pero, ¿qué se supone que pasó en el tren?
-
Oh, papá, veamos, ¿tú alguna vez hiciste el viaje tumbado con una chica sentada sobre ti?
-
No. - El hombre frunció el ceño y centró su mirada en Sirius, que de repente encontraba sus zanahorias muy interesantes.
-
Pues Sirius sí.
-
Así que solo amigos, ¿no? - Le preguntó.
-
Sí, Marlene y yo somos solo amigos.
Los tres Potter estallaron en carcajadas y él se puso completamente rojo. Desde luego, debía aprender a disimular porque aquello no había quien se lo creyera.