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Tiempos oscuros — capítulo 34
Narcissa se despertó sola una mañana más. Siempre había sido una persona madrugadora, pero Lucius lo era aún más. Cuando no tenía una misión, debía acudir al Ministerio y, al final, el otro lado de la cama siempre estaba vacío cuando la rubia abría los ojos, cosa que no le hacía mucha gracia, aunque respetaba. El trabajo era importante y la causa también, no podía quedarse tumbado con ella hasta las tantas.
Se sentó y se desperezó. Y justo entonces lo vio. Una mancha rojiza en las sábanas.
- No, otra vez no…
Suspiró. Aquel día se había convertido en el peor del mes desde su noche de bodas. Cada vez que llegaban aquellos días tenía que soportar las críticas de su suegra e, incluso, las de su madre, que actuaban como si todo fuera su culpa. ¿Qué le importaba a ella que los señores Malfoy hubieran concebido en su noche de bodas y que su madre hubiera quedado encinta al segundo mes de casada? Cada pareja era distinta y ellos necesitaban su tiempo. Aquello no quería decir que era estéril, esa mancha no era motivo suficiente para que todos comenzaran a señalarla y a murmurar a sus espaldas. Y, aún así, al mirarla una punzada se instalaba en su pecho y sentía sus ojos aguarse levemente. Tenía miedo de que todos tuvieran razón. No sería la primera persona a la que le pasaba aquello y, por desgracia, ni ella ni Lucius podían permitírselo si no querían que la rama de los Malfoy se extinguiera.
- ¡Elfo!
Se levantó de la cama nada más gritar aquello y dibujó en su rostro la mueca de superioridad a la que ya estaba más que acostumbrada. No podía dejar que alguien se diera cuenta de lo mucho que le afectaba aquello.
- ¿Sí, señora Narcissa?
Un elfo había aparecido ya en el dormitorio. Era bastante joven y pequeño, pero en sus grandes ojos podía leerse la determinación de servir bien a sus amos y el miedo a los posibles castigos que le infligirían si fallaba.
-
Prepárame un baño y cambia las sábanas de mi cama. - Ordenó. - Tíralas, al igual que la ropa que dejaré en el suelo del baño.
-
De acuerdo.
-
No tardes.
El elfo se marchó y ella cerró los ojos y suspiró. Sabía que, en cuanto bajara al comedor para desayunar, su suegra ya lo sabría así que lo mejor sería aprovechar ese baño y relajarse el tiempo que pudiera.
Regulus todavía no estaba seguro de cómo se habían enterado sus padres de lo de Sirius y Marlene, no sabía quién se lo había dicho, pero una mañana recibió una carta de su madre echándole en cara que no los hubiera informado de inmediato de aquello. Walburga estaba furiosa con sus dos hijos: con Sirius por traidor y por salir con una vulgar mestiza, dejando en evidencia a la familia a pesar de que ya no pertenecía a esta, y con Regulus por haber guardado el secreto del mayor.
-
Estás muy callado esta mañana. - Comentó Severus una vez los dos se quedaron solos en el comedor. - ¿Va todo bien?
-
Sí. - Se encogió de hombros. - Aunque supongo que debería responder esta carta cuanto antes. Ya sabes cómo son las madres.
-
La mía está cegada de amor por un asqueroso muggle. - Replicó él, encogiéndose de hombros.
-
Todas están un poco locas, supongo. - Regulus esbozó una pequeña sonrisa y apuró su zumo de calabaza. - Está enfadada de nuevo con Sirius.
-
Está saliendo con una mestiza traidora, es lo más normal.
El chico asintió lentamente. Todavía no podía creerse que su hermano y Marlene hubieran decidido dejar de esconderse. ¿Es que estaban locos? Después de lo que había pasado en octubre creyó que se darían cuentan de que lo más sensato sería mantener lo suyo en secreto, pero al parecer se había equivocado. Siempre admiraría a Sirius por ser capaz de amar sin miedo a la persona a la cual quería, pero seguía pareciéndole una auténtica locura.
-
Lo que no sé es cómo se habrá enterado…
-
¿De lo del traidor de tu hermano? - Avery se sentó junto a él y sonrió con cierta chulería. - Mi madre se lo ha dicho, le pedí que se lo contara.
-
¿Y por qué has hecho eso? - Lo miró y enarcó una ceja con enfado. - Lo que pase en mi familia no es de tu incumbencia, Avery.
-
Lo que pase en tu familia, es vox populi, Regulus. - Contestó. - Eres un Black, ¿no? Sois la realeza y a todo el mundo le gusta saber lo que pasa con la realeza.
-
Sí, pero son muy pocos quienes consiguen enterarse de lo que realmente sucede en palacio, ¿no? - Se puso de pie y negó con la cabeza. - Que sea la última vez que te metes en cosas que no te importan, Avery. O tendré que informar al Lord y no creo que le haga mucha gracia que vayas difamando a su mayor apoyo dentro de la comunidad mágica.
-
No es ninguna difamación. Tu hermano está saliendo con esa mestiza traidora.
-
Sirius ya no es mi hermano así que deja de hablar de él como si fuera mi familia.
Le dedicó una última mirada de fingida superioridad y salió del Gran Comedor con paso rápido, aunque se detuvo en uno de los pasillos cercanos. Tenía que hablar con Sirius cuanto antes, preguntarle por qué estaba siendo tan inconsciente y, sobre todo, advertirle. Su madre había sido clara en la carta: aquella ofensa era la gota que colmaba el vaso. Ni ella, ni Bella estaban contentas y eso solo podía significar una cosa.
Por suerte, su hermano no tardó en salir, de la mano de Marlene y seguido del resto de sus amigos. James Potter discutía con la sangre sucia para variar y él no pudo evitar poner los ojos en blanco. Qué evidentes eran. Esperó unos instantes antes de agitar la varita y hacer que una piedrecita golpeara a Sirius en el hombro.
-
¡Auch! - Protestó. - ¿Quién ha sido?
-
¿El qué? - Preguntó Remus, frunciendo levemente el ceño.
-
Alguien me ha…. - Sirius se giró y se quedó callado al ver, en una esquina, a su hermano asomado. - No pasa nada. Ahora… ahora voy, ¿vale?
-
Claro. - Marlene soltó su mano y asintió. Se había dado cuenta de que pasaba algo, pero si él no quería decir qué sucedía, ella no le preguntaría. Al menos hasta estar a solas.
Todos se fueron y él se acercó lentamente hacia Regulus.
-
¿Y bien?
-
¿Se puede saber qué estás haciendo con McKinnon?
-
Muchas cosas que no puedo contarte porque aún eres demasiado pequeño e inocente, ¿sabes? - Enarcó una ceja y se cruzó de brazos. - ¿Esto es todo?
-
Sirius, tómate algo en serio por una vez en tu vida. - Le pidió, mirando hacia los lados de forma nerviosa. - Me voy a meter en un lío si me pillan, ¿sabes?
-
Pues, si tan importante es, suéltalo de una vez, ¿no?
-
Madre no está contenta con esto.
-
¿Y a mí qué? Esa mujer ya no es mi madre.
-
Muy bien, lo que tú digas, pero sabes que puede ser peligroso.
-
No voy a daros la satisfacción de dejarla ni a ti ni a tus amiguitos mortífagos.
-
Sirius, por Merlín, no es por nosotros, es por Bellatrix. - Suspiró al darse cuenta de que, por fin, había atraído la atención de su hermano. - Madre se lo ha dicho y no la hace gracia que estés ensuciando de esta forma el buen nombre de la familia.
-
Pero yo ya no formo parte de la familia. - Dijo, tratando de aparentar seguridad. - No tiene por qué meterse.
-
Yo solo te aviso. Ten mucho cuidado.
-
Tranquilo, hermanito. Bicho malo nunca muere y, de todos modos, no pensaba invitarte a mi funeral.
Sirius sonrió y se alejó y Regulus negó con la cabeza.
-
Iría de todos modos, cabezota.
-
¿Y arriesgar la herencia? - El mayor lo miró por encima del hombro y enarcó una ceja. - Lo dudo mucho. Serías otra decepción como yo.
-
Lo vería desde la distancia. Tampoco hace falta estar en primera fila, ¿no?
-
Pues si yo tuviera que ir al tuyo me pondría en primera fila. Con un poco de suerte, enterraría también a madre ese día.
Ambos rieron y negaron con la cabeza y, finalmente, se separaron. Todas las advertencias ya estaban hechas y lo mejor sería andarse con mucho ojo a partir de ese momento
Arthur se sentó en una mesa alejada y suspiró. No sabía si aquello era buena idea, pero no podía quedarse simplemente de brazos cruzados. Un camarero no tardó en acercarse y él pidió un té, cada vez más nervioso.
-
En seguida se lo traigo.
-
Gracias.
Sacó su reloj y comenzó a mover el pie con impaciencia, pero, por suerte, Fabian y Gideon no tardaron en aparecer.
-
Menos mal que habéis llegado. - Suspiró y sonrió levemente.
-
¿Qué ha pasado, Arthur?
-
Yo… a ver, sé que no debería contar esto. - Murmuró. - No quiero poner en peligro a Molly y los niños así que me gustaría que no tratárais esto como una información confidencial. Es solo un chisme que os ha contado vuestro cuñado, ¿de acuerdo?
-
Tranquilo, nosotros tampoco queremos ponerla en peligro. - Contestó Gideon. Frunció levemente el ceño y se acercó a él. - No diremos nada, Arthur. Puedes confiar en nosotros.
-
¿Ha pasado algo en el Ministerio? - Le preguntó Fabian, acercándose también.
-
Sí. He escuchado ciertas cosas que no me han hecho gracia. - Empezó a contar. - El otro día escuché por casualidad a Abraxas Malfoy hablando con alguien, creo que era Nott, sobre unas supuestas reuniones.
-
Las reuniones de mortífagos.
-
Su… supongo. Decían que en la próxima hablarían de algo grande. Algo muy importante.
-
¿Y nada más?
-
Siguieron hablando, pero no pude oír más porque llegó un grupo de compañeros por otro pasillo y ellos se encerraron en un despacho.
-
Así que dentro de poco van a reunirse. - Murmuró Gideon. Miró a su hermano y enarcó ambas cejas.
-
Para hablar algo importante. - El otro asintió y sonrió a Arthur. - Sabemos que se reúnen, aunque no la frecuencia así que nos ayuda saber que la próxima será pronto.
-
Solo tenemos que averiguar dónde.
-
Me alegra haber servido de ayuda entonces.
-
Asintió. - Quiero que el mundo sea un lugar seguro para Molly y los niños.
-
Mañana iremos a verla.
-
No puedo decírselo. Se dará cuenta de que hemos estad juntos. - Sonrió. - Pero prepararemos algo rico de comer.
-
¿Los niños están bien?
-
Sí. Tan nerviosos y revoltosos como siempre, pero bien.
-
¿Y Molly? Y dinos la verdad, Arthur. - Gideon suspiró. - Ella siempre dice que todo va bien, pero ya no nos lo creemos.
-
Algo inquieta, ya sabéis cómo es. Pero estará bien, todos lo estaremos. Esta guerra no puede durar eternamente, ¿no?
Los dos hermanos se miraron con preocupación. Cada día dudaban más aquello. Parecía que las fuerzas del mal no retrocedían nunca y ellos cada vez eran menos. Habían comenzado a darles caza y sobrevivir era prácticamente un milagro. ¿Qué clase de locos y temerarios estarían dispuestos a unirse a la Orden si esta significaba una muerte casi segura?
Aun así, sonrieron y miraron a su cuñado, asintiendo. Tenían un plan por si las cosas se ponían realmente feas. Ellos podrían morir por la causa, pero no dejarían jamás que su familia sufriera algún daño.
-
Nada es eterno, Arthur. - Contestó Gideon finalmente.
-
Saldremos de esta.
-
Pues lo que yo os decía. - El pelirrojo soltó una pequeña risa nerviosa y bebió un sorbo de su té. Prefería creer aquello a saber la verdad.
¿Hola?
No sé si quedará alguien por aquí. La verdad es que no tengo perdón, pero la inspiración me había abandonado por completo para esta historia (tenía muchas ideas para fuera de Hogwarts, pero estaba atascada con lo que pasaba dentro). Pero ya estoy de vuelta y pienso actualizar todos los viernes (porque la vida sin el Blackinnon, el Jily y las hermanas Black es muy triste).
Espero que os haya gustado el capítulo y subiré el siguiente capítulo el próximo viernes.
Un beso enorme,
María :)