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Tiempos oscuros — capítulo 9

Regulus a punto estuvo de atragantarse al ver a Dorcas entrar al Gran Comedor acompañada de su hermano y todo su grupito. ¿Qué hacía ella con esos?

  • ¿Estás bien? - Le preguntó Severus, dedicándole una mirada preocupada.

  • Sí, no pasa nada. - Mintió él. Claro que pasaba. Pasaban demasiadas cosas que no podía confesar si quería mantener impoluto el buen nombre de los Black. No podía fijarse en Dorcas, tanto su padre como su madre eran nacidos de muggles, representaba todo aquello contra lo que él luchaba, su familia jamás la aprobaría y no podía decepcionarlos después de lo de Sirius.

  • ¿Sabes alguna novedad? - Le preguntó Avery con curiosidad, bajando el tono de voz un poco y acercándose a él. - ¿Has visto al Señor Tenebroso estas vacaciones?

  • Solo un par de veces. - Respondió con fingida indiferencia. Ese hombre le ponía los pelos de punta y le daba un poco de miedo. - Cuando recibí la marca y en una reunión. Ya sabéis que debe tener mucho cuidado, hay muchos que quieren verlo muerto.

  • ¿Nos la enseñarás luego? - Le pidió Mulciber.

  • ¿Para qué? - Se encogió de hombros. - Vosotros la recibiréis pronto también.

Los otros asintieron lentamente. Se suponía que nadie podía unirse a los mortífagos hasta haber cumplido los 17 años, lo de Regulus había sido solo una excepción. Él ya lo había hablado alguna que otra vez a escondidas con sus padres y su prima Bella, cuando Sirius no estaba presente o no los escuchaba, habían planeado aquello para su decimoséptimo cumpleaños pero, después de la huída de su hermano, los Black habían estado a punto de caer en desgracia ante los ojos del Lord y habían tenido que actuar rápido. Todos sabían desde siempre que no veía con buenos ojos al mayor de los hijos de la familia, pero siempre habían conservado la esperanza de poder reclutarlo para la causa con el paso de los años. Su huida lo había cambiado todo y tanto Walburga como Bellatrix consideraron que aquello sería lo mejor. Elaboraron un plan y la chica consiguió entrevistarse de forma privada con el hombre para convencerlo: debían marcar al chico aunque todavía fuera un crío, a pesar de los riesgos que aquello podría conllevar. Regulus podía acabar muerto o trastornado debido a la magia negra de esta, pero todo fuera por limpiar el buen nombre de los Black. El dolor había sido casi insoportable, pero tanto su padre como su madre habían sido muy claros con él: no debía mostrar debilidad pasara lo que pasara, no podía dejarlos en ridículo. Así que Regulus, a sus 15 años, había reprimido los gritos de dolor y las lágrimas que luchaban por brotar de sus ojos mientras Lord Voldemort en persona dibujaba aquella siniestra marca en su antebrazo. Para el resto de mortífagos no era más que un niñato de familia influyente que creía que tenía más derechos de los que realmente tenía; para sus amigos, sin embargo, era un héroe. El primero que lo había logrado, el primero que se había convertido en un miembro de pleno derecho y el único que había visto al Señor Tenebroso en persona. El menor de los Black era una especie de figura mítica para los Slytherin afines a las ideas del grupo.

  • Aun así me gustaría poder verla. - Insistió el chico. - Todavía no puedo creerme que te lo hayan permitido. No puedo esperar hasta este verano para poder tenerla yo también.

  • No es para tanto. - El chico puso los ojos en blanco sin poder evitarlo. ¿Iban a pasarse así todo el curso? No se sentía precisamente cómodo hablando de aquello. - Pero cambiemos de tema. Lo único que conseguiréis si seguís hablando de esto tan libremente es que alguien se entere y no creo que al Señor Tenebroso eso le haga mucha gracia.

  • Regulus tiene razón. - Intervino rápidamente Severus. Entendía perfectamente lo que le sucedía y quería sacarlo de ese apuro. - Lo mejor será hablar de otras cosas.

Al final el grupo de chicos cambió de tema y él pudo suspirar aliviado. Por fin dejaba de ser el centro de atención y podía dedicarse a lo que realmente le apetecía. Desvió los ojos hacia la mesa de Hufflepuff y los fijó en Dorcas, en la chica de la que llevaba años enamorado y a la que nunca podría amar.

Rodolphus se dejó caer de espaldas en la cama, con la respiración entrecortada, y Bellatrix se tapó con la sábana de seda de forma pudorosa.

  • Espero que esta vez sea la definitiva. - Dijo él con inquina, mirándola de forma un tanto despectiva.

  • No es que a mí me haga gracia esto precisamente. - Replicó ella, sosteniéndole la mirada y enarcando una ceja. - Creo que, de hecho, estas sesiones las disfrutas tú más que yo.

  • Te he dicho que me muestres respeto, Bellatrix.

  • Y yo ya te he explicado que no voy a hacerlo.

  • Eres mi esposa, compórtate como tal. - La sujetó del brazo con fuerza y la giró hacia él. La chica, a pesar de sentir una punzada de miedo en el estómago, siguió aguantándole la mirada.

  • Suéltame, Rodolphus. Yo no soy una dama sangre pura más, eso lo sabías desde que nuestros padres acordaron el matrimonio. - Forcejeó un poco, pero él no la soltó. - ¡Déjame!

  • Me dijeron que no eras una chica convencional, pero nunca pensé que no serías una buena esposa. Se supone que te educaron para esto y no eres más que una vergüenza.

  • No te atrevas a repetir eso.

  • ¿O qué harás? - Se subió sobre ella y aprisionó su cuerpo bajo el suyo.

  • Apártate de mí.

  • ¿Por qué? - Lanzó una pequeña carcajada antes de empezar a besar su cuello. - Eres mi esposa, tengo derecho a disfrutar de ti cada vez que quiera. Es tu obligación.

  • No voy a permitir que lo hagas. - Bellatrix empezó a forcejear. Ella no era una de esas chicas que se dejaban mangonear por sus maridos, nunca lo había sido y jamás lo sería. No iba a dejar que Rodolphus abusara de ella. - Esto no es parte de nuestro acuerdo.

  • Me da exactamente igual. - Insistió él mientras ella seguía pataleando.

  • No voy a dejarte.

  • No podrás impedirlo.

  • Eso es lo que tú te crees.

Bellatrix forcejeó hasta que encontró la postura correcta  y pudo elevar la rodilla, dándole en el punto justo. Rodolphus gritó una maldición y la insultó, pero aflojó la presión y ella consiguió salir de debajo de él. Con un movimiento rápido se puso de pie, cogió la varita y lo apuntó con determinación. No le importó su desnudez en ningún momento, estaba dispuesta a dejárselo todo claro de una vez por todas.

  • Eres una maldita zorra. - Consiguió decir tras unos instantes, todavía encogido sobre sí mismo y dedicándole una mirada de asco y furia. - Esta me la pagarás.

  • Por supuesto que no. - Se señaló el antebrazo y sonrió. - ¿Cómo crees que conseguí esta marca con solo 21 años?

  • Eres una desgracia.

  • Soy una Black y no pienso dejar que nadie me pisotee, mucho menos alguien de una sangre inferior.

  • Los Lestrange somos una familia digna.

  • Pero ninguna lo es tanto como los Black y nadie en esta familia es tan orgulloso como yo, ni siquiera mi tía. - Respondió rápidamente. - No vas a tocarme contra mi voluntad. Si lo haces te juro que te mataré.

  • No te atrevas a amenazarme, Bellatrix.

  • Creo que ya lo he hecho.

Ambos se miraron de forma desafiante durante unos instantes, pero no pudieron decir nada más. Las marcas de sus brazos empezaron a quemar y ambos sabían lo que aquello quería decir: el Lord los reclamaba.

  • Solo por esto te salvas. - Masculló él por lo bajo. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse de forma apresurada. - Nunca debí permitir que te marcaran.

  • Jamás podrías haberlo impedido.

Ella también comenzó a vestirse rápidamente. Le encantaba ser una mortífaga - la única, para ser exactos -. Se sentía orgullosa de sí misma y sabía que había hecho a toda su familia muy feliz. El Señor Tenebroso nunca había aceptado a ninguna mujer entre sus filas hasta que la conoció a ella. Al parecer la fascinación entre ellos había sido mutua desde el principio. Bellatrix había sentido una inmensa atracción por aquel hombre desde la primera vez que lo vio, en una reunión de familias afines a las ideas sangre pura que habían organizado sus padres cuando ella tenía apenas 18 años. Recordaba aquel día a la perfección. Nadie esperaba que él asistiera, aunque todavía no lo buscaba tanta gente como en aquel momento, era muy arriesgado; pero él acudió. Cissy, que solo tenía 14 años por aquel entonces, se escondió detrás de Lucius Malfoy, intimidada por su presencia, y Dromeda había enarcado ambas cejas y había tratado de ocultar su disconformidad. Ella, sin embargo, se había acercado a saludarlo junto a su padre, con la espalda recta y la cabeza alta, la postura erguida que siempre la había caracterizado. En cuanto sus ojos se encontraron notó cómo su corazón se aceleraba y la garganta se le secaba. Supo poco después que él se había interesado por ella, pero no de la forma que a la chica le habría gustado. Él solo quería saber si era una luchadora, si era tan determinada como su mirada le había anticipado y si de verdad opinaba lo que su mente le había revelado o solo lo había fingido temerosa de sus poderes oclumánticos. Desde el principio supo que aquella chica acabaría por formar parte de su ejército, aunque nunca quiso nada más de ella. Su padre le había confesado una vez que, si él se lo hubiera pedido, se la habría entregado en matrimonio sin dudarlo ni un instante y una punzada recorría a Bellatrix de arriba abajo solo con pensarlo. Aquel sí que habría sido un matrimonio ventajoso para ella, a pesar de la importante diferencia de edad. Habría desposado a un hombre poderoso y ambicioso que la habría respetado como lo que era y no la habría considerado solo una especie de horno para hacer unos críos que no llegaban.

  • ¿Estás lista ya? - La voz de Rodolphus interrumpió sus pensamientos.

  • Sí, marchémonos.

Ambos se desaparecieron casi al mismo tiempo y llegaron a la residencia de Voldemort, donde este los esperaba junto a algunos otros mortífagos: Rabastan, Nott, Lucius Malfoy, Crabbe, Goyle, Selwyn y Yaxley.

  • Por fin estamos todos. - Dijo el hombre, invitándolos a sentarse con un gesto.

  • Sentimos la tardanza, mi señor. - Se apresuro a responder Bellatrix.

  • Por una vez no pasa nada.

  • ¿Cómo está mi hermana, Lucius? - Preguntó la chica en un susurro nada más ocupar la silla situada junto a la de su cuñado.

  • Bien, durmiendo. - Respondió con una tímida sonrisa. - No he querido despertarla, es tarde.

Dejaron de hablar cuando el Lord empezó a relatarles su plan. Era algo sencillo, solo tenían que perseguir a unos cuantos miembros de la Orden y unos pocos aurores y acabar con ellos, nada del otro mundo. Se dividirían en dos grupos y cada uno atacaría a una persona determinada. Sería fácil y rápido.

  • Espero volver a veros pronto.

  • Por supuesto, señor. - Respondió Selwyn. - Regresaremos una vez cumplidas nuestras misiones.

Él asintió con la cabeza y uno a uno comenzaron a desaparecerse, pero justo cuando iba a hacerlo Bellatrix, él la detuvo.

  • Espera un momento, Bellatrix.

  • ¿Sí, mi señor? - Preguntó rápidamente, con el corazón encogido.

  • Tengo una tarea un tanto especial que encomendarte.

  • ¿A mí?

  • Creo que lo harás muy bien. - Sonrió y se acercó a ella. - El auror que te he encomendado tiene un puesto importante en el Ministerio y me gustaría conseguir cierta información.

  • ¿Y queréis que yo la obtenga?

  • Te he visto realizar la maldición cruciatus. Se te da muy bien y creo que podríamos sacarle mucho partido a eso. - Se acercó a su oído y susurró. - Quiero que la utilices hasta que te cuente todo lo que sepa. Da igual lo mucho que te suplique que lo mates, no deberás hacerlo hasta haber obtenido la información.

  • ¿Queréis que lo torture hasta la locura si es necesario? - Preguntó ella, un poco sorprendida y bastante nerviosa. Había usado, por supuesto, aquella maldición antes, pero nunca hasta ese extremo.

  • ¿Lo harías por mí?

Se giró para mirarlo y asintió lentamente.

  • Por vos, mi señor, haría cualquier cosa.

  • No me decepciones, Bellatrix. He depositado muchas esperanzas en ti.

  • Jamás.