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Historia 187853 — capítulo 6

Algo llamó su atención: la puerta de la mazmorra de Pociones estaba abierta y Snape no acostumbraba a descuidar esa puerta por temor a que le robaran algún ingrediente o los niños hicieran alguna travesura. Así pues, entró con la idea de ver quiénes eran los bandidos que se habían entrometido en la mazmorra, pero al estar dentro de lleno no encontró a nadie. Caminó hacia el escritorio del profesor y trató de buscar un pergamino para ver quiénes habían sido los últimos en salir del lugar y llamarles la atención por descuidados. Sin embargo, al tomar el pergamino vio algo extraño en el lugar de Snape, algo como un vidrio ovalado, suspendido en el aire, era cóncavo y parecía que tenía agua en el interior. Pasó su dedo por ese líquido y cuando lo sacó, estaba totalmente seco.

Vio hacia la puerta más por vigilar que nadie la observaba, que por miedo a que el mismo Snape apareciera y cuando regresó al vidrio, en el fondo del agua comenzaban a formarse figuras negras, como sombras, tal si hubiera derramado tinta negra dentro del líquido y acercó su rostro para definirlas mejor y cuando estuvo a punto de tocar el líquido con su rostro, sintió que algo la atraía hacia el interior, como un magnetismo y cayó. Cayó sentada en el césped. Volteó a ver hacia arriba pero sólo había ramas de árboles y el cielo nocturno, ¿en qué realidad alterna se había metido y cómo iba a salir de ahí?

Caminó y pronto se topó con un joven delgado, vestido con unos pantalones, camisa de manga larga y chaleco de satén, todas las prendas de color negro. Tenía el cabello largo hasta los hombros.     

-¿Disculpa?

  • preguntó Alice, pero el hombre no se inmutó en absoluto. - Oye… ¿dónde estamos? ¿Podrías…? - Alice ahogó un grito cuando intentó tocar al muchacho y su mano lo traspasó como si ella fuera un fantasma. - Oh, no…

-¿Qué pasa, Quejicus? - decía una voz atrás de ellos y tanto el joven como Alice, voltearon. Un muchacho alto, con gafas redondas y cabello tirado hacia un lado venía con otros tres chicos atrás. - ¿Te has rendido?

-Quisieras, Potter. - respondió el muchacho a su lado, entonces Alice vio el rostro de un muy joven Severus Snape, casi de la edad de ella, su nariz prominente, pero apuesto, sin duda.

-¡Entonces, pelea! Anda, pégame… lanza tu mejor hechizo.

-No voy a ir a Azkaban por tu culpa.

-James...

  • llamaba con advertencia uno de los chicos atrás, tenía su rostro marcado por cicatrices, como rasguños y muy a lo lejos, le pareció conocido a Alice.

-¿Profesor Lupin? - se preguntó, pero nadie le respondió.

-James, es suficiente. - repitió Lupin.

-No hay nadie que pueda detenerte.  - insistía James. - Ni Dumbledore, ni McGonagall, mucho menos Slughorn. Anda, Quejicus.

-Cuatro contra uno… qué valiente. - masticó el joven Snape.

-Ellos no te están atacando.

Snape los vio y dio media vuelta para continuar su camino, pero James insistió y fue a tomarlo por el hombro, entonces el Slytherin sacó su varita y lo atacó. Así comenzó aquel duelo, en el que Alice no podía intervenir y quería salvar a Severus de ahí. Gritó para que se detuvieran, se ponía en medio de ambos, pero los hechizos la atravesaban. James tenía a Snape en el piso y lo golpeó, sin embargo Snape tenía las varitas de ambos.

-¡Basta, James! - gritó te nuevo Lupin. - ¡No, Sirius! ¡Detente! - dijo después de que otro de ellos, uno de cabello rizado alborotado, se unió al duelo, pero Snape los lanzó a ambos lejos con un hechizo. Y justo después de eso, Alice sintió lo mismo, que la absorbían desde arriba y regresó al despacho de Snape. Asustada, vio al frente y se alegró un momento de estar de vuelta.

-¿Qué… hace… aquí? - preguntó una voz grave, que erizó la piel de Alice, la hizo palidecer hasta el cabello. Se volteó y ahí estaba parado el mismísimo Snape, unos años más grande del que acababa de ver.

-Yo… yo…

-Parece que está juntando los méritos para que le decomise esa placa de Prefecta, señorita Battleby.

-No, profesor. - suplicó Alice. - Le prometo que no hice esto con mala intención… yo… sólo vi la puerta de su despacho abierta y me pareció extraño, así que entré para agarrar a algún estudiante, pero no pasó.

-¿Y eso le da la autorización para meterse en asuntos que no le importan?

-No… en absoluto. Entré a esa… cosa, por curiosidad, nada más. Pero no pensé que fuera algo tan… íntimo. ¿Qué es eso, profesor?

-Algo que a usted… no le importa.

-Pero…

-Le aseguro, Battleby, que si usted fuera de otra casa ya le habría restado cien puntos, por entrometida.

-¿Usted los venció?

-Su cabello cambia tanto de color que no sé cómo sentirme al respecto. No voy a darle información de mi vida privada.

-¿Es por eso que usted es tan… serio?

-Battleby… lárguese de aquí… ahora.

Alice se encaminó a la puerta, pero no abrió, sólo se volteó y lo vio. Sentía que le dolía el pecho al recordar aquellas imágenes sobre la juventud de Snape.

-Yo también sé lo que es ser despreciado por los demás. Lo vivo a diario. No siempre tienen simpatía por un metamorfomago.

Snape levantó la vista hacia ella y estaba tan enojado que su rostro se ponía rojo, sin embargo al escuchar aquellas palabras su aspecto cambió, se relajó y casi no sabía cómo responder ante aquella frase.

-Y eso no significa que seamos débiles. Buenas noches, profesor.

La chica salió de la mazmorra con el corazón en la boca y sin parar, llegó hasta su habitación. El pequeño Newt estaba dormido sobre la cama de Alice y cuando bostezó, lanzó algunas llamas, ella roció un poco de agua que salía de la punta de su varita. ¿Cómo se había atrevido a hacerle esas preguntas a Snape? Y, sobre todo, ¿cómo pudo decirle esa última frase? Eso le costaría su puesto de prefecta y muchos puntos de su casa. Se recostó y cerró los ojos, pero no podía conciliar el suelo por recordar aquellas imágenes.

Ahora entendía muchas cosas del comportamiento de Snape, y a la vez notaba que era un gran mago. Alice se escandalizaba de pensar en lo bueno que era él a su edad y ella apenas sabía lo que le enseñaban en sus clases, sin embargo se defendía con sus conocimientos de las criaturas mágicas.