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Olvidé olvidarte — capítulo 4

Capítulo 4: Aléjate de mi.

El nuevo día amaneció pálido, con algunas nubes en el horizonte, pero sin rastros de tormenta. Hermione se levantó y desayunó junto a Cormac, ya de vuelta en su apartamento de Londres. Ninguno de los dos volvió a referirse a lo ocurrido la noche anterior en la casa de campo. En cierto modo, era demasiado doloroso recordar las dudas y las inseguridades que por separado les acechaban. Y Hermione así lo prefería, porque no habría superado otro cara a cara con Cormac y ya se sentía bastante mal consigo misma. No porque nada de lo que le había dicho fuera mentira, sino porque tampoco había sido sincera y era algo que la carcomía por dentro.

Pero, ¿qué podía hacer?

Hermione se retrepó en la silla de respaldo de madera que había en la pequeña terraza adyacente al salón. El sol de la mañana chocaba contra su rostro recién lavado y armonizaba su cabello con distintos tonos de castaño. Sobre la mesa descansaba un tazón de café que habría servido para cinco personas. Pero ella necesitaba aquel sustento para no quedarse dormida nada más comenzar el día. Estaba de más decir que no había dormido casi nada. Un suspiro, más parecido a un lamento, escapó de sus labios. No podía dejar de darle vueltas a la conversación con Ron. Recordaba en su mente cada detalle, cada palabra, cada sensación. Y aun así, no lograba comprender qué pretendía el pelirrojo.

"No me has olvidado, Hermione. Seguro que lo has intentado, pero estoy demasiado clavado en tu corazón. Y seguro que te odias a ti misma por eso, del mismo modo en que me odias a mí."

Aquellas palabras eran como su peor pesadilla hecha realidad. Allí estaban plasmados sus miedos y sus verdades, a excepción de una cosa. No había conseguido odiarlo; ninguno de los 1.953 días que habían pasado desde su traición. Y lo había deseado con todas sus fuerzas, se había concentrado hasta que le había dolido la cabeza. Pero ni así lo consiguió, puesto que Él tenía razón. Estaba demasiado clavado en su corazón. Porque las cosas buenas superaban a las malas, porque ella aun confiaba en encontrar al Ron del que se había enamorado.

Hermione cerró los ojos con fuerza, incapaz de mantenerlos por más tiempo abiertos. Estaba dispuesta a abandonarse a la inconsciencia, aunque tuviera que emborracharse para conseguirlo. Una pequeña ráfaga de viento alivió el ardor de sus mejillas y sirvió para controlar los espasmos de su corazón. Se enfadó consigo misma por haber permitido que entrara de nuevo en su mente. No era así como imaginaba que sería su última semana de soltera, pensando en otro hombre que no era su prometido. Pero Cormac también tenía razón en una cosa: siempre se había imaginado casándose con Ron.

Abrió los ojos con energía y se levantó de la silla. No podía pasarse el día pensando en Ron y llorando por los rincones por lo que podría haber sido. Al contrario, tenía mucho que hacer, pues solo quedaban ocho días para la boda. Pero lo que realmente le hacía ilusión aquel día, era poder ir a comer con Harry. Hacía mucho tiempo que no se reunían los dos solos, y la castaña lo había echado a faltar. Desde lo ocurrido con Ron, Harry se había convertido en su conexión con el mundo, en el hombro en que apoyarse.

Si, Hermione decidió ser optimista aquel día cuando regresó a la calidez de su salón y paseó una mano por las estanterías repletas de libros. Aquellos libros que la hacían sentirse segura y relajada, que hacían posible que su imaginación volara hasta márgenes insospechados. Se detuvo al rozar el lomo de un título en particular, porque siempre le hacía pensar en ella y en Ron. Era una frase, más que un título, y tenía que reconocer que lo compró por su significado personal. Ojalá pudiera pronunciarla, algún día, sin sentir ese agrio resquemor.

"Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo."

Aquel era el título del libro.

Hermione suspiró y siguió caminando hasta la habitación. Se cambió de ropa y se puso unos pantalones de lino de color caqui y una blusa blanca muy sencilla. Donde si se esmeró algo más fue en el maquillaje, pues se aplicó colorete rosado, una base de ojos marrón y dorada, y uno tono tierra para los labios. Se miró en el espejo y le sonrió a su reflejo al mismo tiempo que se mordía el labio inferior. Abusando de su optimismo recién encontrado, tomó una decisión que le había costado cinco años llevar a cabo. Sintió el sudor correr por su frente y el temblor de sus manos. Pero estaba decidido. Era un paso crucial si quería olvidarlo. Se quitó el anillo que Ron le regaló cuando le hicieron guardián de los Chuddley Cannon's. Hermione observó su mano sin aquel símbolo que la había acompañado los últimos siete años. Respiró hondo varias veces dándose tiempo para acostumbrarse a aquella sensación de libertad y pérdida al mismo tiempo. Apretó el anillo con fuerza contra la palma de su mano, hasta que se le clavó en la carne. El dolor corría como un torrente de salvia por su cuerpo y tuvo que echar mano de todo su control para desviar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.

¿Por qué era tan difícil decirle adiós?

¿Por qué se resistía tanto?

Dejó el anillo sobre el mármol del lavamanos y fue como desprenderse de una parte de su corazón. Pero tenía que hacerlo, por Cormac, pero sobretodo por ella. No podía permitir que cada paso de su nueva vida estuviera ensombrecido por el recuerdo de Ron. Él perdió la oportunidad de formar parte de su vida cuando le fue infiel y le destrozó el corazón. Hermione respiró hondo y se miró de nuevo en el espejo. Le costó enfocar la vista a su reflejo y se sintió desfallecer. Su aspecto seguía siendo tan esplendido como hacía diez minutos, pero no así la expresión de sus ojos. Cualquiera que la conocía se daría cuenta de la tristeza que los rodeaba. Pero no podía hacer nada, no podía seguir enmascarando sus sentimientos. Y pensó que tal vez lo único que le quedaba era tratar de olvidar.

Olvidar.

Merlín, ¿por qué era tan difícil de olvidar?

Él era la persona que más daño le había hecho en su vida.

Pero también la que más feliz le había hecho.

Siempre que pensaba en Ron, siempre que se acordaba de él, se producía aquella disyuntiva. Y Hermione ya estaba cansada de sentirse mal consigo misma por sentir lo que sentía. No era lo correcto cuando se iba a casar con otro hombre, pero nunca nadie le dijo que el amor fuera una asignatura fácil. Y no podía echar mano de libros y manuales como hacía en Hogwarts. Cuando llamaron a la puerta, Hermione se sobresaltó y arrojó sin querer el anillo hacía el desagüe del lavamanos. El corazón empezó a latirle fuerte y sintió un dolor atroz en las sienes. No podía perder aquel anillo, no podía. Y definitivamente no estaba preparada para desprenderse de él. Significaba demasiado. Movió la mano con desesperación, mordiéndose el labio con impaciencia y maldiciendo su mala fortuna. No había forma de recuperarlo manualmente. Un hilillo de sudor bajaba por su frente y se fundía con su cabello. Lo estaba pasando muy mal y volvieron a llamar a la puerta.

Finalmente murmuró un pequeño hechizo y el anillo saltó hacia su mano. Hermione la cerró con fuerza y cerró también los ojos. Con la otra mano se tapó la boca y caminó a tientas hacia atrás hasta sentarse en la taza del baño. Con la ofuscación del momento, se había olvidado que era una bruja y había estado a punto de perder el anillo y su cordura. Pero Hermione se dio cuenta de que su destino estaba irremediablemente unido a aquel anillo. Que aquella pequeña pieza, sin apenas valor monetario, lo era todo para ella. Porque aparte de sus recuerdos buenos y malos, era lo único que le quedaba de Ron. Llamaron una vez más a la puerta y Hermione tuvo que recomponerse como pudo. Volvió a colocarse el anillo en el dedo, olvidando lo que había estado pensando durante el proceso, y salió de la habitación para abrir la puerta.

Se-señora Weasley, qué sorpresa verla aquí. -dijo con el estupor pintado en su cara. La última persona que se imaginaba encontrarse al otro lado de la puerta era aquella animosa mujer que en su día fue una segunda madre para ella. Se acercó a la pelirroja a trompicones y acertó a darle un abrazo. La señora Weasley se mostró efusiva, como siempre era ella.

Ay, cariño, siento pasarme sin avisar. No te estaré molestando, ¿verdad? -se apartó de la castaña para mirarla de arriba abajo y detenerse en su rostro. La señora Weasley esbozó una sonrisa maternal.- Pero mírate, estás guapísima.

Hacia casi un año entero que no se veían, desde la boda de Harry y Ginny. Hermione sabía que no había estado bien cortar los lazos que tan estrechamente la unían a la familia Weasley, pero había sido su única forma de poner distancia entre lo que sentía por Ron y su propia realidad.

Oh, señora Weasley, la he echado de menos. -le pasó un brazo por los hombros y respiró el aroma dulzón a cocina y hogar que desprendía la señora.- Pase por favor.

Me he aparecido a un par de manzanas de aquí. -le explicó la señora Weasley mientras se sentaban en el sofá frente a la chimenea y la biblioteca. Miró a su alrededor con aprobación y se pasó una mano por su sencillo vestido azul y su capa de viaje, regalo de su hijo Ron.- Arthur no hace más que hablar de los transportes muggles, pero a mi no terminan de convencerme. No es que tenga nada en contra de los muggles, entiéndeme. Pero me gusta aferrarme a las viejas costumbres.

La entiendo perfectamente. -le aseguró Hermione con una sonrisa.

Era extraño estar las dos allí solas, después de todo lo que había ocurrido entre la castaña y Ron. Pero Hermione ya no tenía tiempo de pensar en el pelirrojo y estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por ocultarle su verdadero estado de ánimo a la señora Weasley. Tendría que haber sabido que era una tarea harto imposible. Pues la buena señora era muy perspicaz en los pequeños detalles, y sobretodo cuando se trataba de los muchachos a los que ella quería como si fueran sus propios hijos; como consideraba a Harry y a Hermione. Entendía que esta última se hubiera distanciado de la familia tras el error imperdonable cometido por Ron. Había echado en falta a la inteligente novia de su hijo pequeño y se había enfadado muchísimo con él, pero era su madre y no podía hacer mucho más. Aquella visita a la castaña la llevaba aplazando desde hacía un mes, pero era lo que le dictaba su corazón y sentía que llevándole aquello estaba haciendo lo correcto, lo que tenía que ser.

Perdona, hija, pero no puedo dejar de admirar lo guapa que estás. Te favorece mucho el cabello recogido de esa forma. Y siempre me gustó tu forma de vestir, tan elegante y sencilla a la vez. Ojalá yo lo hubiera aprendido hace algunos años. -declaró y se echó a reír.

Gracias, señora Weasley. Usted sigue igual de encantadora y maternal.

No creo que ninguno de mis hijos esté de acuerdo con tu descripción. -la mujer le cogió las manos con las suyas y las acarició con cariño.- Oh, querida, hace tanto tiempo desde la última vez que nos vimos. Y tengo que reconocer que casi toda la culpa es mía.

No, señora Weasley. Yo...-Hermione se sonrojó.

Si, mi niña. No supe manejar bien la situación de lo ocurrido con Ron. Y me lo tomé todo personalmente, como si estuvieras enfada con nosotros y por eso no volvieras a visitarnos. Ahora entiendo que fue porque te resultaba demasiado doloroso. Pero créeme que para nosotros también fue triste que dejaras de formar parte de nuestras vidas. Las reuniones de los domingos en La Madriguera no son las mismas sin ti.

Lo siento. -dijo Hermione con un hilillo de voz y bajando la cabeza.

Te fuiste a enamorar del hijo que más defectos tiene. Pero supongo que ahí radica su encanto ¿no? -alzó una mano para tirar de la barbilla de Hermione hacia arriba y poder mirarla a los ojos.- De veras siento que Ron estropeara lo vuestro. Lo que hizo no tiene excusa alguna. Ni siquiera yo, que soy su madre, puedo encontrarle el sentido. Debiste de sentirte desolada, abatida.

Con el corazón roto. -admitió la castaña. Pero no le dijo que tanto de día como de noche seguía sintiendo aquel frío vacío que la traición del pelirrojo le dejó.

Si, lo se. Las personas que más nos quieren son las que más nos hieren. -la señora Weasley suspiró.- Y ahora vas a casarte con ese chico, con Cormac. Que es la razón por la que realmente he venido. Pero entiéndeme, tenía que decirte lo que sentía. -hizo una nueva pausa.- Espero que Cormac te haga muy feliz, Hermione. Porque te lo mereces.

Gracias, señora Weasley. -dijo Hermione a duras penas conteniendo las lágrimas.

Te he traído un regalo...-terció la señora Weasley sacando una bolsita de encaje del bolsillo de su capa.

No tendría que...

Este colgante ha pasado de generación en generación en la familia Weasley. -siguió diciendo la mujer ignorando las palabras de Hermione. Abrió la bolsita y de dentro sacó un colgante en forma de lágrima con un rubí en el centro. El diseño era victoriano y el engarce de oro. Hermione contuvo el aliento al contemplarlo.- A mi me lo dio la madre de Arthur y yo quiero dártelo a ti. Es un diseño muy sencillo, pero precioso.

Oh, señora Weasley, no puedo aceptarlo. -se excusó Hermione con lágrimas en los ojos.- Esto...este colgante le pertenece a Ginny, es de ella. Yo no...

No, mi niña. -la señora Weasley depositó el colgante en la palma de la mano de la castaña.- Este colgante siempre estuvo destinado a ti. Se llama "El nudo de los enamorados". Y simboliza las dificultades que tenemos todos para ser feliz. Siempre que lo lleves puesto, la persona que más te ama en el mundo nunca se separará de ti. -le acarició la mejilla izquierda y removió una lágrima.- Espero que lo lleves el día de la boda. Puede ser tu algo viejo.

Señora Weasley...no sé qué decir. -balbuceó Hermione entrecortadamente. No esperaba comenzar el día de aquella forma, con aquella visita.- Gracias.

No es nada, cariño. -la atrajo hacia sus fornidos brazos y la estrechó muy cerca de su corazón.- Ojalá tuviera el modo de recomponer tu corazón. Pero eso no se consigue con una varita y un hechizo.

No se preocupe por mí, estaré bien.

Eso espero. -dijo en un susurro sin mucha convicción.- Eso espero.

_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*_*

En su casa de las afueras de Londres, Ginny Potter aguardaba impaciente la respuesta de su hermano. Sus ojos del color del chocolate amargo tenían una expresión dura, demoledora. Se sentía muy angustiada por lo que le estaba contando Ron. No llegaba a comprender el alcance de la importancia de sus palabras. Para ella todo se reducía a que Ron no sabía aceptar algo que se le escapaba de las manos. Y no era que le gustase ver así de acelerado a su hermano, ni mucho menos. Después de él, no había persona más interesada que ella en que las cosas con Hermione volvieran a la normalidad. Pero cuando se trataba de su hermano y de sus meteduras de pata nada era sencillo. Sobretodo porque Ron había cometido algo más que una metedura de pata. Ginny aun no sabía si confiar en él del todo, tal era su grado de enfado.

Porque lo cierto era que Ron la había fastidiado una vez, y bastante bien parado había salido. Si ella hubiera estado en el sitio de Hermione...no le habría dejado ni los pellejos. Lo habría destripado y habría aniquilado esa confianza en si mismo que seguía siendo tan extraña en su persona. Pero Hermione se había conformado con salirse de en medio y refugiarse en su familia muggle para lamerse las heridas. A pesar de todo, Ginny admiraba a Hermione, pero no sabía qué pensar de su hermano. Desde que le había contado su plan para recuperar a la castaña, se había mostrado entusiasmada y preocupada, las dos cosas a la vez. Porque quería que Hermione volviera a formar parte del núcleo familiar de La Madriguera, y al mismo tiempo no estaba segura de que fuera lo correcto.

Ginny estaba hecha un lío.

Y los pasos que daba su hermano no contribuían a su tranquilidad.

Ron acababa de contarle lo ocurrido durante la fiesta de la noche anterior. Como el encuentro con Hermione en el cuarto de baño había terminado dando sus frutos. Porque el pelirrojo estaba convencido de todas y cada una de sus palabras finales. Hermione solo se engañaba para no tener que aceptar que lo seguía queriendo, que no lo había olvidado. Sin embargo, esa satisfacción se veía empañada por la incomprensión. ¿Si Hermione todavía lo amaba, por qué se iba a casar con Cormac? Era algo que no entraba en la mente de Ron y estaba sospesando la idea de tomar medidas más drásticas para evitar que aquella boda se celebrase. Se pasó una mano por el cabello rojo elegantemente cortado y subió la cabeza para mirar a su hermana.

Ginny se paseaba de un lado a otro del jardín, murmurando cosas, subiendo y bajando las manos. Se detuvo delante de la silla donde estaba sentado su hermano y lo señaló con el dedo reiterando el gesto. La paciencia no era una de las virtudes de la pelirroja. Y lidiar con su hermano, departir tranquilamente con él en aquellos momentos, requería de mucha paciencia. Ginny puso las manos sobre las caderas y apretó los dientes.

¿Cómo Ron podía ser un ligón si no entendía a las mujeres?

Al menos, no entendía a la mujer que él quería.

¿Qué querías que hiciera, Ginny? -se defendió el pelirrojo, aunque sin mucha convicción.

¡Cualquier cosa menos acorralarla en el cuarto de baño! ¿Cómo has podido? -dijo Ginny conteniéndose por no darle un capón en la cabeza. El embarazo la ponía de muy mal humor cuando se trataba de analizar las acciones de su hermano. Ginny no les veía la lógica por ningún lado, y así se lo hacía saber. Pero luego él, hacía lo que le daba la gana, tal y como había hecho en la fiesta.

Se te olvida el hecho de que confirmé que aun me quiere. -dijo Ron con nuevo valor.- No sé qué pretende al querer seguir hacia delante con ese suicidio de boda.

Ahí estaba.

Ron no terminaba de conocer a Hermione; después de tantos años...

Ginny suspiró de manera cansina.

Es Hermione de quien estamos hablando. -explicó como quién le explica a un niño pequeño.- Ella jamás ha faltado a un compromiso. Y no le des la vuelta al asunto. No estamos juzgando las decisiones de Hermione, sino tu comportamiento, Ron.

¿Qué tiene que ver mi comportamiento? -repuso el pelirrojo incómodo. Empezaba a pensar que pedir ayuda a su hermana no había sido tan buena idea. Tal vez debería de marcharse de allí y seguir con su plan en solitario. Pero solo pensar el cabreo que pillaría Ginny...mejor sería aguantar aquel chaparrón.

Deja de hacerte el idiota cuando estás conmigo, Ron, que sé que no lo eres. Y no es un cumplido, así que borra esa sonrisa de tu cara. ¿Qué pretendes? -le preguntó de nuevo para ver si esta vez tenía una respuesta con algo de sentido.

Ya te lo dije el otro día: quiero recuperar a Hermione.

¿Pero es que no lo entiendes? No puedes aparecer aquí después de cinco años y poner su vida patas arriba otra vez. No es justo, Ron. -Ginny se sentó en la silla de jardín que había al lado de la de su hermano y se llevó una mano a la frente.

¿Tú de qué lado estás? Pensaba que querías que Hermione y yo volviéramos a estar juntos.

Sabes que nada me gustaría más, pero no así, Ron. -insufló a su voz un poco de dulzura y compuso una mueca de ternura por su hermano. Estaba tan perdido en el mundo en el que vivía. Durante toda su vida Ron había buscado el reconocimiento. Había tenido que luchar contra cinco hermanos mayores que ya lo habían hecho todo antes que él, contra un mejor amigo que era un héroe. Pero nunca nadie le dijo que en el camino hacia la fama iba a perder a la única persona que le importaba. En el fondo, Ginny sentía lástima por él.

¿Entonces como? ¿Qué hago para recuperarla?

Dejar de comportarte como un gilipollas para empezar.

Yo no...

Segundo: dejar de esconder al Ron del que se enamoró. Está confundida, pero no es idiota. Cormac le ofrece aquello en lo que tú le fallaste: seguridad y confianza.

Joder, Ginny, no es necesario que me recuerdes a cada momento mi error. -dijo Ron con una rabia que no iba dirigida hacia su hermana, sino hacia si mismo, por lo que había hecho.

Si que es necesario, porque tú aun no lo entiendes. La perdiste, y el único que tuvo la culpa fuiste tú. -Ginny tragó saliva y miró a su hermano a los ojos.- La dejaste desolada y ella, cada vez que te ve, tiene que luchar contra ese último recuerdo. No puedes presentarte en su vida como si nada.

Yo no quiero hacerle más daño, Ginny. -se removió en la silla.- Al contrario, si me muero por besarla, por sentir su cuerpo entre mis brazos, por deleitarme con el olor de su piel, por enterrar mis dedos en su cabello...

Ginny sonrió y le puso una mano sobre el brazo.

Pero vas demasiado deprisa, Ron.

Quedan nueve días para que se case con otro, Ginny.

Lo sé, pero asustándola no vas a conseguir nada.

Tal vez si la secuestro a medianoche y me la llevo lejos de aquí...

Ron, céntrate. Estamos hablando de un problema real, no de una de esas novelas románticas que leen los muggles. -se retrepó en su asiento y descansó las manos sobre su vientre aun relativamente plano.- No se, tal vez deberías dejar que se case con Cormac.

¿Qué? -Ron se levantó de inmediato, como un resorte.- Ginny no puedo creer que me digas eso ahora.

Lo siento, Ron. Es que...no sé qué más decirte.

Voy a recuperarla, Ginny. -dijo el pelirrojo imbuyendo a su voz de una convicción inusual en él.

Ron...-Ginny también se levantó.

Ella sigue enamorada de mi ¿verdad? Todos los que la conocen pueden verlo. Pues haré que lo admita y entonces ya no sería justo que se casara con Cormac ¿no?

Es de Hermione de quien estamos hablando, Ron. Lo que ella piensa que es justo o no, no es lo mismo que piensas tú. Además, está su compromiso, su palabra dada a Cormac y...

Lo sé. No será fácil. -la interrumpió el pelirrojo.

Espero que sepas lo que estás haciendo.

Yo solo espero que no sea demasiado tarde. Porque si la pierdo de nuevo, esta vez se que será para siempre.

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Harry Potter observaba en silencio a su mejor amiga. No sabría decir el qué, pero había algo que se le escapaba. Puede que fuera el extraño brillo que acompañaba a su mirada, o las tensas arruguitas que se formaban en sus mejillas cuando sonreía. Pero hacía demasiados años que Harry conocía a Hermione, era como la hermana que nunca tuvo de sangre. Aunque también podía ser que de tanto tiempo junto a Ginny se le había pegado algo de su curiosidad y de su sexto sentido. Porque si una cosa había que reconocerle a su esposa, era que sabía cuando alguien que quería no lo estaba pasando bien o se barruntaba algún problema. Se quedó unos segundos pensando en su pelirroja, que le esperaba en casa ávida de conocer cada detalle de su comida con Hermione.

Ambos estaban preocupados por ella.

El moreno había ido viendo el problema desde la distancia. No es que fuera un desarrapado ni nada de eso. Pero Harry era el tipo de persona que no presionaba a sus amigos. Si estos tenían algún problema y querían contárselo, ahí estaba él. Si por el contrario decidían callarse, no sería él quién les tirara de la lengua. Así todo el mundo sabía que podía confiar en él. Los Weasley, y Hermione en especial, sabían que solo tenían que chasquear los dedos para que él acudiera a su lado. Gracias a la guerra había aprendido que la cualidad más importante de una persona era su capacidad de lealtad.

Y tenía que reconocer que tenía delante a la persona que más leal le había sido en su vida.

No Ron, no Ginny, no Dumbledore.

Hermione.

Ella había sido siempre la primera en apuntarse a aquel suicidio que era luchar contra Voldemort. Le había apoyado cuando su nombre salió del cáliz de fuego y tuvo que mediar entre él y la envidia y la rabia de Ron. Lo convenció para formar el ejército de Dumbledore y dar clase a sus compañeros cuando el colegio se vio controlado por el ministerio. Estuvo a su lado cuando en su sexto año se dio cuenta de que estaba enamorado de Ginny. Y por encima de todas las cosas, no lo abandonó en mitad de la búsqueda de los Horrocruxes. Se quedó a su lado, soportó una tortura y puso en peligro su vida. De ninguna otra persona podía decir aquello.

Harry suspiró y miró de nuevo a la castaña. Estaban sentados en la terraza de un restaurante que había en una de las callejuelas del Callejón Diagón. Hermione apenas si había probado la exigua ensalada que había pedido y a él se le había formado un nudo en el estómago. Todo aquel asunto de su boda con Cormac era algo que escapaba de su entendimiento. Pero al contrario que su esposa, él no esperaba que Hermione cambiase de opinión. Las cosas eran así, entre otras razones porque Ron se lo había buscado. Y ni siquiera él, que habría hecho cualquier cosa por el pelirrojo, podía disculparlo y olvidarlo. Siempre existiría ese pequeño resquemor entre los dos amigos. Pero la mayor parte del tiempo, Harry tendía a hacer un punto y aparte.

Era curioso como la vida había dado cien vueltas alrededor de él y de sus amigos. Nunca imaginó que se encontraría en aquellas circunstancias. Él siempre pensó, como todo el mundo, que Ron y Hermione vivirían juntos hasta el día de su muerte. Para nadie era difícil imaginarlos de viejecitos sentados en el sofá de su casa frente a la chimenea y rodeados de su familia. Pero de nuevo tenía que remitirse al error de Ron. Él se lo avisó. Le dijo lo que fama podía hacer con él, pero Ron no le escuchó. Por primera vez en su vida la gente lo miraba y reconocía por ser él mismo. Y no estaba dispuesto a renunciar a ello. Como consecuencia, él estaba casado con la mujer que amaba, iba a tener un hijo y era sumamente feliz. En cambio, Ron había terminado cansándose de su fama, había perdido a la mujer que amaba y ahogaba sus penas en alcohol a última hora de la noche.

Harry no podía imaginar un final peor para sus dos mejores amigos.

Bueno, si, ver casada a Hermione con un hombre al que no quería lo suficiente.

¿Estás seguro de que a Ginny no le importa que la dejes sola para comer? -la voz de Hermione se coló en sus oídos y tuvo que parpadear varias veces para volver a la realidad. Había pasado demasiado tiempo en la inopia.- Mira que ahora tienes que cuidarla, eh. -añadió la castaña con una sonrisa sincera.

Créeme, ya se encarga ella solita de que todos sus caprichos sean atendidos. -Harry cogió su jarra de cerveza de mantequilla y le dio un sorbo.- Y aun me quedan siete meses, Merlín.

Anda ya. -Hermione le dio un golpecito en el brazo por encima de la mesa.- Si estás encantado, a mi no me engañas.

¿Tanto se me nota?

No, lo que pasa es que yo te conozco muy bien.

Es un alivio. -sonrió el moreno y bajó la cabeza para comer su filete con patatas y hortalizas. Un plato contundente al que se había acostumbrado gracias a su suegra. Molly Weasley seguía tratándolo como el chiquillo palichudo y enclenque que había sido. Pero a Harry no le importaba, todo lo contrario.

Si. Oye, Harry, yo...-Hermione soltó el tenedor y apartó la ensalada a un lado. Se la veía incómoda, como que ella tampoco había tenido la mente allí todo el tiempo. Y lo cierto era que no se había podido quitar de la cabeza la conversación que había mantenido con la señora Weasley aquella mañana. Parecía que todas las personas que la apreciaban se habían puesto de acuerdo para hablar con ella de su vida y de si estaba segura del paso que iba a dar. Tendría que haber sido una señal, pero Hermione había decidido ignorarlas todas.- Bueno, quería darte las gracias por lo de ayer. Siempre has sido mi mejor amigo, mi hermano, y sé que ni Ron ni yo te hemos puesto las cosas fáciles.

Hermione, no tienes que decir nada. Ya sabes que yo siempre he intentado mantenerme al margen. Sin embargo, hay cosas que ni siquiera yo puedo pasar por alto. Lo que Ron te hizo es algo difícil de olvidar.

Lo es. ¿Y sabes lo peor de todo? Que aun no lo entiendo, no sé por qué lo hizo. -la castaña vio como Harry se removía en su asiento y hacía una mueca con la boca.- Lo siento, Harry, no pretendía incomodarte.

No, tranquila, tú nunca me incomodarías, Hermione. -cogió la servilleta y se limpió la boca con ella, después se aclaró la garganta.- Creo que voy a seguir un poquito el ejemplo de Ginny y voy a hablar de lo que no me incumbe. Yo tampoco se lo que le pudo pasar por la cabeza para hacer aquello. Se que teníais problemas, pero no es una excusa.

Siempre he pensando que fue la fama. -Hermione bebió de su vaso de agua y miró a su alrededor, como si concentrarse en algo de fuera le hiciera más fácil hablar de ello.- Nosotros conocimos al Ron que no confiaba en si mismo, que siempre era el último en todo porque sus hermanos o tú ya lo habíais hecho antes.

Y de repente se vio lanzado a primer plano y se creyó el rey del mundo. -asintió Harry.- Pero no supo controlarlo.

Si. Eso es lo que pienso yo. Al menos, es mejor aferrarme a eso que pensar que dejó de quererme. -Hermione se mordió el labio inferior y abrió su bolso para coger las gafas de sol. Aunque no eran del todo necesarias, porque estaban resguardados bajo un toldo, Hermione se sintió mejor al ponérselas, y Harry no se lo discutió.

Sabes que eso no es cierto. -Harry alargó la mano por encima de la mesa y la entrelazó con una de las de Hermione. Fue un apretón firme pero cariño.

Cuando se trata de Ron ya no estoy segura de nada.

Tal vez sea porque aun sientes algo por él. -inquirió Harry deseando poder ver la expresión de los ojos de la castaña. Pero tras los cristales tintados se convirtió en un imposible. Si que acertó a ver que ella no retiró la mano ni se enfadó, sino que exhaló un suspiro de resignación.

Tal vez. -fue todo lo que dijo Hermione.

¿Te has planteado alguna vez perdonarlo? -Harry se sentía envalentonado.

Harry...

Porque solo así conseguirás perdonarte a ti misma.

No es justo que me conozcas tan bien, Harry. -Hermione quiso acompañar su comentario con una sonrisa floja, pero solo consiguió hacer una mueca dolorosa.

Tú piénsalo. -reiteró el moreno y le dio unos golpecitos en la mano.

Hermione asintió en silencio, incapaz de hilar una frase. Volvió a ladear la cabeza y estuvo unos minutos mirando la calle empedrada que llevaba hasta el restaurante. Había poca gente a esa hora, pues la mayoría estaban comiendo en sus casas o trabajando en sus puestos. Con el bien tiempo del verano y las vacaciones de la escuela, los niños y los chavales deambulaban por las calles dispuestos a gastarse sus pagas del verano entero en una sola cosa. Por lo general, y Hermione siempre arrugaba la nariz, en una escoba de Quidditch. También vio a algunos compañeros del ministerio, a los que saludó con la mano. Pero nada de aquello servía para quitarle de la mente el recuerdo del pelirrojo, y sobretodo, las palabras de Harry. Porque su amigo tenía razón. Solo perdonando a Ron, se perdonaría a si misma por perderlo. Y aquello era algo que le estrujaba el corazón y le nublaba la mente. Sintió el anillo de oro blanco acomodado contra su piel. No había tenido valor para quitárselo de nuevo después de recuperarlo. Quizás había sido una señal, de que aun no estaba preparada para guardarlo en su caja.

Pero lo cierto es que nada de lo que Hermione pensaba la había preparado para verlo de nuevo. Ella que pensaba que con lo ocurrido en la casa de campo de sus padres el pelirrojo se mantendría alejado. Se equivocó. Ron se acercaba con paso firme y elegante, saludando a los chiquillos que le salían al paso. Iba vestido casi igual que la vez anterior que lo encontró en el Callejón, de manera informal. Hermione tuvo que hacer un esfuerzo porque la boca no se le desencajara. Y se quedó fría. Harry debió de notar su cambio de temperatura, porque al punto se giró en su silla y vio estupefacto como el pelirrojo se acercaba a ellos. Era lo último que le faltaba a Hermione después de lo que acababan de hablar. Y Harry se conminó a tener una conversación con su mejor amigo en cuanto le fuera posible. No sabía qué tanto hablaba con Ginny, pero estaba claro que no seguía sus consejos o no eran los acertados.

Ron, ¿qué haces aquí? -preguntó cuando el pelirrojo llegó a su altura.

Oh, es que había quedado con los gemelos para deleitar un poco al público. -se quitó las gafas de sol y sonrió de manera encantadora, como solo él sabía hacer. Sus ojos azules se desviaron momentáneamente hacia la castaña, pero ella no hizo ningún ademán de saludarlo.- Con la copa de Quidditch tan cerca, la gente se vuelve muy loca.

Ya. -Harry agarró con las dos manos su cerveza de mantequilla y se mordió la lengua. No sabía qué más decir. Era en momentos como aquel que echaba en falta a su charlatana y curiosa esposa. Ginny siempre se las ingeniaba para salir airosa de situaciones como aquella.

Hola Hermione. -dijo Ron acercándose al lado de la castaña. Harry contuvo la respiración, pues no sabía qué pretendía su amigo. Y mucho menos la reacción de Hermione si este le daba un beso en la mejilla, como era el deseo de Ron. Gracias a Merlín, en el último momento se contuvo y se contentó con sentarse en la silla de al lado sin haber sido invitado.

Ron. -fue el escueto saludo de Hermione. Había tensión en su voz, pero si el pelirrojo la percibió, no le hizo ningún caso. Llamó al camarero y le pidió un whisky de fuego. Harry también se dio cuenta de que Hermione torció el gesto al escucharlo.

Una fiesta estupenda la de anoche. -siguió diciendo el pelirrojo.

Escucha, Ron...-comenzó a decir Harry. Se veía en la obligación de proteger a Hermione, pues estaba claro que la presencia de Ron allí la turbaba e incomodaba por razones que solo le atañían a ella. Harry ya se había metido lo suficiente al expresar su opinión.

Es extraño ¿no? Estar reunidos de nuevo. -el camarero le trajo el whisky y Ron dio un sorbo pequeño. Era muy extraño verlo de aquella manera, como un triunfador. Harry entendió enseguida lo que Hermione quería decir. Pero para su alivio, en sus ojos azules aun podía vislumbrarse al antiguo Ron.- Yo...supongo que os he tenido un poco olvidados estos últimos años y quería deciros que lo siento.

Wow, eso si que no lo esperaba del gran Ron Weasley, capitán de la selección inglesa de Quidditch. -dijo Harry sin poder contenerse. Ver al pelirrojo pidiendo perdón no era algo que se veía todos los días. Miró de reojo a Hermione, pero ella seguía en silencio, escondida tras sus gafas de sol.

Ya ves, la gente cambia todo el tiempo. -este último comentario estuvo teñido de una amargura que no pasó desapercibida para el moreno. Ron se llevó el vaso de whisky a los labios de nuevo y esta vez lo apuró casi hasta el final.

¿Tú que piensas, Hermione? ¿Deberíamos aceptar sus disculpas o seguimos haciéndolo sufrir? -Harry se dejó llevar por el momento y se olvidó de la situación que realmente les separaba. Pero fue mirar al rostro de su amiga y darse cuenta de que había cometido un error. Ron la miraba también, como esperando que ella dijera algo, pero Hermione se mantuvo en silencio. Era como si no estuviera allí. La llegada de Ron la había descolocado por completo.

Y para rizar el rizo, apareció por allí un fotógrafo de El Profeta. Alegando que hacía mucho tiempo que no se publicaba nada del trío de oro y mucho menos los veían sentados juntos, les tomó una fotografía que terminó por echar por tierra la barrera de separación que Hermione había puesto. Parpadeó tras sus gafas de sol y contó hasta cien mentalmente. No podía quedarse allí como una idiota y sonreír como si nada hubiera pasado. Volteó la cabeza para mirar en la dirección contraria a la cámara y no contestó a ninguna de las preguntas que el fotógrafo les hizo. Aquella no era una reunión que quisiera recordar. Cuando el fotógrafo se fue al fin, Ron miró a Harry y le hizo una señal que el moreno no entendió. Ron suspiró y continuó con su plan sin la ayuda de su cuñado.

Escucha, Hermione, llevo mucho, mucho tiempo queriendo decirte esto. -Ron volteó todo su cuerpo para quedar de cara a la castaña. Ella parecía no atender a ninguna de sus palabras, pero lo cierto es que no se perdía ni un solo detalle, ni un solo gesto. El corazón latía con tanta fuerza que le hacía daño en el pecho.- Lo siento, Hermione. De verdad siento todo lo que te he hecho sufrir. Me creí el rey del mambo y en mi ascenso hacia la fama me olvidé de la persona a la que más quería. La fastidié y te hice mucho daño, más que daño, lo se. Y yo...

Ron no pudo seguir hablando, puesto que Hermione se levantó y se marchó sin despedirse de ninguno de los dos. Harry observó como la castaña desaparecía calle abajo con prisa, seguramente conteniéndose para no correr. Suspiró y murmuró algo solo para él, meneó la cabeza y miró a su cuñado. Ron yacía derrotado en su silla y estaba llamando al camarero para que le trajera un nuevo whisky de fuego.

Definitivamente, aquella comida no había salido como ninguno de los tres esperaba.

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Hermione llegó a su casa hecha un mar de lágrimas y con el corazón de nuevo destrozado. Las palabras de Ron habían sido más de lo que podía soportar. Tenía que reconocer que había pasado noches sin dormir pensando en aquellas palabras pronunciadas. Pero ahora que por fin las había escuchado...no se había sentido como ella imaginaba. No había sentido la necesidad de echarle los brazos al cuello a Ron, ni tampoco había sentido que el dolor en su corazón disminuyera. Muy al contrario, ahora sentía más intensamente como las aristas de su corazón se rozaban las unas con las otras y la cabeza le daba vueltas. Dio gracias a Merlín por ser bruja y poder aparecerse en la oscuridad de su habitación. Y también porque Cormac tuviera que trabajar en el ministerio y le hubiera avisado de que llegaría tarde.

Mejor, porque no podría enfrentarse a Cormac.

Dejó caer su bolso en el sillón que había en una esquina, se quitó los zapatos de mala manera y corrió al cuarto de baño. Las arcadas que había estado conteniendo encontraron al fin su salida. Con el tiempo justo se arrodilló frente al baño y vomitó hasta quedarse literalmente vacía. Las lágrimas se entremezclaron con el sudor que bajaba por su frente y Hermione se sentó en el suelo, con las palmas apoyadas a los lados. Los labios le temblaban y los sollozos eran cada vez más sonoros. Quería ponerse a gritar, romper algo, pero nada de aquello iba con ella. Alargó una mano y cogió un trozo de papel para limpiarse el reguero de lágrimas que habían convertido a sus mejillas en sendos ríos caudalosos. También se llevó parte de su maquillaje, y con un nuevo trozo se sonó la nariz. No se movió en al menos veinte minutos, porque sentía que si se ponía de pie las piernas le fallarían. En su lugar, recogió esas mismas piernas contra el pecho y las abrazó con fuerza.

Después de tantos años, de tantas decepciones, de tantos sinsabores...

Hermione miraba angustiada hacia la nada nublada que proyectaban sus ojos. Se pasó una mano por la frente sudorosa y rompió a llorar de nuevo. No podía hacer nada por detener aquel torrente que ninguna otra persona podría haber provocado. Hermione rememoró en su cabeza cada una de sus palabras. Y el tono sincero de su voz, además de la expresión de sus ojos. Si había algo a lo que siempre se había rendido había sido a sus ojos azules. En el pasado habría hecho cualquier cosa porque esos ojos la mirasen como solo él sabía hacerlo. Con amor, con adoración, con respeto, con ternura, con deseo, con pasión...

Pero lo que había visto en sus ojos hacía media hora, era completamente distinto a todo aquello. Había arrepentimiento, dolor, amargura, odio hacia si mismo. Y Hermione tuvo que reconocer que vislumbró un poco del chico del que se había enamorado. Allí, atrapado entre toda aquella gente, toda aquella riqueza y toda aquella fama. Su Ron seguía con vida, y eso era más doloroso que lo que le había hecho. Por su mente también pasaron las últimas palabras de Harry.

¿Podría perdonar a Ron?

¿Podría perdonarse a si misma?

Había perdido tantas cosas por culpa de Ron...

Aun peor: estaba cometiendo tantos errores por su culpa...

Hermione echó la cabeza hacia atrás y tragó saliva con dificultad. Cerró los ojos en un vano intento por alejarlos de la imagen del pelirrojo. Pero lo único que consiguió fue ver su rostro más cerca, más perfecto, con todas sus particularidades. Hermione se mordió el labio inferior hasta que notó el sabor amargo y aceroso de la sangre. Se estaba consumiendo en aquella pequeña habitación y no podía dejar de pensar en él. Su mente terca insistía una y otra vez en volver a él, a su amor, a sus recuerdos. Y ella se dio cuenta de que era inútil luchar contra ella, así que se relajó y dejó que tomara el control de su corazón.

"Le habían torturado hasta el agotamiento, buscando una información que ella no pensaba dar.

Había aguantado pensando solamente en él.

Escuchaba sus gritos subir por las escaleras que comunicaban con el sótano. Y en más de una ocasión se mordió la lengua para no llamarlo entre sus lamentos. En más de un momento pensó que iba a morir, que Bellatrix no se iba a conformar con torturarla. Aun sentía en su cuerpo los estragos de la maldición cruciatus, el dolor de mil cuchillos enterrándose en sus entrañas. Pero después apareció él y sus brazos la cobijaron como si fuera lo más frágil y preciado de la tierra. Hermione apoyó su cabeza contra el corazón de él, concentrándose en los latidos para no perder el conocimiento. Él la sujetaba con mimo, y junto a él salió de la mansión Malfoy para no volver jamás.

Lo siguiente lo recordaba vagamente.

Sabía que Dobby había muerto por salvarles la vida y eso la entristeció y llenó sus ojos de lágrimas.

Después, Ron la cogió en brazos y la llevó hasta la casa de Bill y Fleur. Ella no recordaba la reacción de los dos, pero suponía que estaban escandalizados. Llevaban casi un año desaparecidos y cuando al fin daban señales, era de aquella forma tan desgarradora. Pero no hicieron preguntas que, de momento, ninguno podía contestar.

Escuchó la voz de Ron pidiendo a Fleur que la ayudase y la tumbó en una cama mullida y de sábanas blancas. Pero cuando hizo ademán de soltarle la mano y salir de la habitación, ella lo retuvo. Le costó un mundo girar la cabeza y concentrarse en sus ojos azules. Ron vio la gravedad con que aquellos ojos ambarinos le suplicaban que no se fuera, y no lo hizo. Pese a las protestas de Fleur, el pelirrojo se quedó a su lado en todo momento. Eso si, miró hacia otro lado cuando la francesa le cambió la ropa desgarrada y manchada por un camisón limpio de color azul marino.

De espaldas a ella, Ron se mantenía con los puños cerrados, seguramente maldiciéndose por no haber actuado con más rapidez. Los gritos de Hermione permanecerían gravados en su mente durante mucho, mucho tiempo.

Fleur terminó de acomodar a Hermione y le dio una poción para dormir sin soñar.

Después, salió de la habitación dejando la puerta entornada.

- ¿Ron? -preguntó ella dirigiendo sus cansados ojos hacia la ventana.

- Estoy aquí, Herm. -enseguida contestó él solícito y se acercó hasta la cama, donde se sentó con la mano de ella entrelazada con la suya. Era la primera vez que le llamaba "Herm", pero ninguno de los dos dijo nada.

- No te vayas, no me dejes sola. -le suplicó ella.

- No lo haré. No podría dejarte, Hermione. -se inclinó para darle un beso en la mejilla.- Nunca te dejaré. -añadió aprovechando el duermevela de ella.

Allí se quedó, sin soltarle la mano, cuidándola, adorándola en la oscuridad y mecido por el silencio."

Hermione abrió los ojos ahogando un grito. Volvió a pasarse las manos por el cabello y lo echó hacia atrás. Aquel recuerdo le había dejado el mismo regusto amargo que las nauseas. La felicidad de momento se entremezclaba con la angustia de la situación actual. Se había aferrado aquella mano para detener las pesadillas, para decirle lo que sentía sin decirlo. Aquella noche Ron se convirtió en su héroe, y lo continuó siendo durante todo aquel tiempo. Hasta que...hasta que ya no lo fue.

Aléjate, por favor. Aléjate de mí. -suplicó en la soledad de su cuarto de baño. Aunque sabía que su lucha era en vano, que Ron estaba clavado demasiado dentro de ella. Él era su alma gemela, su media naranja, y Hermione lo sabía, pero luchaba contra ello.- Aléjate de mi, por favor.