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Olvidé olvidarte — capítulo 5
Capítulo 5: Y sin embargo, te quiero.
Hermione estaba mucho más tranquila cuando se despertó al día siguiente. No recordaba mucho de lo ocurrido la noche anterior, ni siquiera si había llegado hasta la cama por su propio pie. Se dio la vuelta para alejarse de la luz que entraba por la ventana entreabierta. Cormac se había marchado a trabajar casi al amanecer. Hermione no entendía porqué estando la boda tan cerca no se había tomado unos días libres, pero prefería no insistirle. Al fin y al cabo, el castaño poco podía hacer por aliviar la congoja que rodeaba el corazón de su prometida. Y tanto mejor, porque Hermione tenía más libertad para mostrarse tal y como se sentía en la soledad de su apartamento.
Salió de la cama dispuesta a encararse con ese nuevo día.
Lo mejor era no volver a dejarse llevar por el abatimiento.
Ya había tenido suficiente ración de Ronald Weasley para una temporada. Pero ni siquiera ella misma se podía creer aquella mentira. El pelirrojo era la parte inconsciente que rondaba por su mente. Estaba ahí mientras se duchaba, estaba ahí mientras desayunaba una taza de café cargado y mordisqueaba una manzana, estaba ahí cuando se miraba al espejo. Y definitivamente estaba ahí cuando respiraba, saliendo de su pecho para volver a entrar. Suspiró, resignándose a un día más en su compañía y procurando no decaer en sus propósitos.
Aquella iba a ser una bonita mañana para compartir con Ginny. Había quedado en ir a su casa para hablar de la llegada del bebé y de cosas de chicas, como solía decir con una mueca el marido de la pelirroja. Pero Hermione sabía que todo aquello era una pose. Harry estaba encantado con su esposa y con la bulliciosa familia que la acompañaba. Y que fueran a tener un bebé no era sino otro paso más para hacer su deseo realidad: el de tener una familia propia. Hermione suspiró de nuevo al pensar que ella también se había encontrado en la misma situación una vez. Fue una falsa alarma en su caso, pero le sirvió para confirmar que quería tener un hijo con Ron. Cerró los ojos ante aquel recuerdo lejano que aun dolía y salió de la cocina.
No merecía la pena pararse a pensar en lo que podría haber sido y no había sido.
Hermione se vistió cómoda con unas bailarinas negras y un vestido veraniego de color verde esperanza. Se recogió el cabello en una coleta alta para huir del calor y cogió las llaves de su apartamento. Se había acostumbrado a moverse como si fuera una mujer muggle más, por eso caminó hacia el aparcamiento donde se encontraba su coche. Le gustaba conducir con el aire acariciando su cara y la música sonando desde la radio. Y también le gustaba mirar por la ventanilla y observar las pequeñas diferencias que el cambio de estación provocaba en los prados de la campiña inglesa. La casa de Harry y Ginny no estaba muy lejos de la capital, a una hora más o menos. Pero era el sitio ideal para comenzar una familia. Hermione dejó de luchar cuando de nuevo la imagen del rostro de Ron iluminó su cabeza. Estaba claro que su corazón sabía muchas más cosas que su razón. Aquella razón que le decía que debería de estar pensando en Cormac, el hombre con el que se iba a casar. No en Ron Weasley, el hombre que le rompió el corazón. Era una batalla perdida antes incluso de haber cogido las armas. Y lo mejor era aceptarlo. Y Hermione lo aceptó, en mayor o menor grado de consecuencia.
Llegó a casa de Harry y Ginny poco antes de las once de la mañana. Era un día soleado, pero no sofocante. Aparcó el coche frente a la casa y salió. Siempre se quedaba maravillada al contemplar aquella casa. Era pequeña, modesta y confortable. Un verdadero hogar. La fachada blanca se recortaba contra la hierba verde de los prados de alrededor, y el color azul de las contraventanas recordaba que cerca de allí había un riachuelo donde podrían ir a nadar durante todo el verano. De momento, no había detalles de que allí hubiera niños, pero Hermione estaba segura de que Harry contaba los meses para construir un columpio, un tobogán y una casa de árbol en el roble más cercano.
Ginny abrió la puerta con una sonrisa radiante y vestida de manera informal. Se había tomado unos meses de descanso en su trabajo de periodista deportiva del diario El Profeta. La castaña sintió una punzada de envidia por el momento que estaba viviendo su amiga y del cual ella había perdido la oportunidad. Porque aunque llegado el momento, tuviera un hijo con Cormac, estaba segura de que nunca se sentiría tan feliz como traslucía la pelirroja. En fin, mejor no pensar en aquellas cosas, se dijo una vez más. Pero era inevitable y lo sabía. Subió los escalones con parsimonia y se fundió en un breve abrazo con Ginny. Esta la miró tratando de encontrar algún síntoma de fatiga con sus ojos marrones. No le gustaba para nada el lugar en el que se encontraba por culpa de su hermano. Ron siempre hacía las cosas mal y después los demás tenían que pagar las consecuencias.
Antes de sentarse en el sofá, le ofreció a Hermione un vaso de limonada fría y desapareció en la cocina para buscarlo. Aprovechó para respirar hondo varias veces y prepararse mentalmente para lo que venía. Porque aunque Hermione no lo supiera, tarde o temprano el nombre de Ron saldría a relucir. En aquellos momentos, la castaña era como una presa a punto de romperse y abnegar de agua todo lo que encontrase a su alrededor. Ginny sentía pena por su amiga y cada vez estaba más cabreada con su hermano. Hermione había sufrido tanto por su culpa que si su plan no salía bien, tan solo añadiría más sufrimiento a un corazón de por si extenuado. Si pudiera le daría una somanta de bofetadas, pensó tensando la boca. Pero cuando salió al salón, era todo sonrisas. No quería que nada contrariase la visita de Hermione.
Hermione bebió medio vaso de limonada en silencio. Quería controlar las emociones que la embargaban, pero eran tantas... Sabía que podía confiar en Ginny, pero nunca se le había dado bien eso de explicar exactamente lo que sentía en su corazón. Básicamente porque si ella no lo entendía, ¿cómo lo iba a entender Ginny? El corazón de Hermione era un enigma, un baúl con una sola llave. Y Hermione estaba descubriendo que aquella llave, siempre la había tenido una persona.
Ron.
Él era el único dueño de su corazón.
Lo era y punto.
Todo lo demás, era historia.
Pero Hermione nunca había sido una persona fácil, y mucho menos en materia de amor.
Ay, Ginny, es tan emocionante. -cogió la mano de la pelirroja entre las suyas y las apretó con cariño. Era mejor así, dejarse llevar por la emoción que la embargaba eso de convertirse en tía.- Aun no me creo que Harry y tú vayáis a tener un bebé.
Díselo a Harry, casi se desmayó cuando nos lo dijo el medimago. -el pensamiento de Ginny era casi el mismo que el de la castaña. Siempre era mejor comenzar por un tema inofensivo y después ir profundizando hasta llegar al punto que deseaba.
No. -rió Hermione.
Si. Es que no lo esperábamos, no tan pronto. -confirmó la pelirroja. Notaba que Hermione iba dejando la tensión a un lado y que se mostraba realmente feliz por la noticia.- Llevaba un par de semana sintiéndome mal por las mañanas, pero en lo último que pensaba era en estar embarazada. Y Harry...ya te digo, menos aun.
Me hace sentir vieja. -comentó la castaña retrepándose en el sofá y apoyando la cabeza en el cojín de atrás. Cerró los ojos en un suspiro y se quedó callada. Así que no vio como Ginny se mordía los labios.
¿Por qué? -le dio una palmadita en la pierna para que volviera a abrir los ojos.- No, mujer. Un bebé da vitalidad, experiencias nuevas...
No, no me refería a eso. -la interrumpió Hermione y le miró a los ojos.- Sino al rumbo que están tomando nuestras vidas. No hace mucho tiempo luchábamos por un mundo mejor, sin saber si habría un mañana, un futuro. Y fíjate ahora: yo voy a casarme y tú vas a tener un hijo. Son actos sin retorno. Estamos madurando, Ginny.
Supongo que si, que tienes razón. -suspiró la pelirroja. Podría haber rebatido muchas cosas de las que había dicho Hermione, principalmente que ella iba a casarse con el hombre equivocado, pero aun no era el momento. No quería romper ese equilibrio que parecía haber entre las dos.- ¿Pero no es eso lo que se espera de nosotros? Justamente eso, Herm.
Hermione se quedó en silencio y desvió la cabeza hacia el lado. Ginny la miró preocupada y estuvo unos segundos calibrando si debían seguir con el tema o cambiarlo por otro. Decidió que era el momento adecuado para hablar de lo único que podía arrancarle una sonrisa a la castaña.
No se lo digas a Harry, pero ya sé cómo se va a llamar el bebé. -le dijo con voz emocionada y cómplice. Le guiñó un ojo y respiró tranquila cuando vio que Hermione parecía salir de su trance melancólico.
¡Ginny! ¿Ya sabéis el sexo?
No, pero tengo el presentimiento de que será niño. -añadió con una sonrisa.
Un niño. -Hermione volvió a dejarse caer hacia atrás y reposó las manos en su abdomen.- Me sigue pareciendo tan surrealista. -ladeó la cabeza para mirarla a los ojos.- ¿Y el nombre?
James, como el padre de Harry.
Ginny... a Harry le va a encantar. -Hermione contuvo el aliento, emocionada por el gesto. En sus ojos prendió una luz brillante que retenía las lágrimas. Aquella conversación estaba siendo demasiado para ella. No era lo que había esperado encontrar cuando salió de la casa, pero tenía que reconocer que Ginny siempre había sabido guiar a la gente hacia su terreno.- Merlín, por tu culpa me voy a volver una llorona.
Pues aun no te he dicho que si me equivoco y es una niña se llamará Lily Hermione.
¡Ginny! -Hermione le echó los brazos al cuello y se abrazó fuertemente a su amiga.- Ahora si que me has terminado. -y se echó a llorar.
Lo sé. -dijo con voz emocionada y conteniendo ella también las lágrimas.- ¿A que soy genial?
Mucho. -confirmó Hermione con una sonrisa, pero enseguida se convirtió en una mueca grotesca.
Comenzó con un ligero temblor en la barbilla, con más lágrimas agolpándose en sus ojos y con un grito ahogado salido desde lo más hondo de su corazón. Hermione se llevó las manos a la boca en un vano intento de contener el torrente que la envolvía, pero no podía controlarlo. Por mucho que lo intentase, nunca podía hacer nada por detenerlo. No pensó que podría llegar a sentir un amor tan intenso como el que sentía por el pelirrojo. Un amor capaz de superarlo todo y de sobrevivir. Y sin embargo, así era. Y sin embargo, aún le quería. Ni todo el dolor del mundo podría arrancarlo de su corazón. Pero eso solo conseguía hacer las cosas aun más difíciles. Porque ni todo el amor del mundo haría cambiar de opinión a Hermione.
¿Por qué había vuelto, por qué justamente ahora?
Levantó la cabeza y vio la expresión de incredulidad e impotencia en el rostro de Ginny. Su amiga no esperaba en ningún momento que se rompiera delante de ella. Después de todo, Hermione siempre había hecho gala de un autocontrol sobrehumano cuando se trataba de Ron. Pero no sabía qué le pasaba, que desde que había comenzado el tic tac final para la boda, todo se iba desmoronando en su interior.
Lo siento. -dijo sonándose con un pañuelo.- Lo siento, Ginny. Será mejor que me vaya. -pero no hizo ademán de levantarse y Ginny tampoco se movió de su posición en el sofá.
No puedes seguir así, Hermione.
Lo sé.
Todo esto es porque ayer viste a Ron ¿no? -Ginny se acercó un poco más y le cogió la mano que tenía libre. Volvía a ser una situación incómoda para ella, como estar entre la espada y la pared, entre su hermano y su mejor amiga.- Harry me contó que se sentó con vosotros, y también lo último que te dijo.
¿Por qué lo dijo? ¿Por qué justamente ahora?
Sinceramente, cuando se trata de Ron, ya no estoy segura de nada. Pero me inclino a pensar que esta vez es sincero, Hermione. Ron lleva cinco años arrepintiéndose de lo que te hizo. Tú sabes que yo fui la primera en ponerme como una loca y darle una bofetada cuando me enteré.
¿Le pegaste? -Hermione levantó la cabeza de golpe, efecto de la sorpresa.
Si, y no me siento orgullosa ahora que lo veo con la perspectiva del tiempo. -Ginny respiró hondo y prosiguió.- Pero yo también me sentí traicionada. Con su estupidez rompió el vínculo que nos unía a los cuatro.
Hermione se retrepó en el sofá, pero sin soltarse del agarre de Ginny. Las lágrimas se iban secando en el río de sus mejillas y el llanto se había convertido en pequeños sollozos que poco a poco iba controlando de nuevo.
Nunca lo había pensado de esa forma.
Bastante ya tenías con verlo desde tu lugar. -le dio un golpecito suave en la mano.- Eres la persona más fuerte que conozco, Hermione. No todo el mundo sobrevive a una decepción tan grande como esa…a perder al gran amor de su vida.
¿Realmente crees que sobreviví al final?
Si, creo que si. Pero también creo que el muro que construiste aquel día, está empezando a mostrar las primeras grietas. Y que el proceso va mucho más deprisa de lo que puedes controlar.
Dios mío, Ginny, ¿cómo he podido meterme en semejante lío? -se lamentó Hermione enterrando el rostro entre sus manos.
Porque no hay nadie más leal que tú. No me mires así. -añadió al ver que la castaña bajaba las manos y la miraba negando con la cabeza.- Es la verdad, Hermione. Y es esa lealtad la que te empuja a seguir adelante con esa boda.
Pero yo quiero a Cormac. -se sentía como un disco rallado, siempre entonando la misma canción, la misma melodía. Siempre intentando convencer a los demás de que su amor por Cormac era real, genuino y único. Algo que no era verdad.
Lo sé, cariño. Pero existen muchas formas de querer a alguien.
A veces...a veces pienso que besarle durante la batalla de Hogwarts fue lo peor que hice en mi vida. -Hermione desvió la mirada hacia la ventana.
No, realmente no lo piensas. -la contradijo Ginny con una sonrisa.
¿Por qué ha vuelto, Ginny?
No lo sé. Tal vez porque ansía tu perdón.
Hermione giró bruscamente el cuello para mirar a los ojos a su amiga. El corazón latía fuerte y persistentemente, negándose a dejar de reaccionar así cuando se trataba de Ron. Ginny tenía razón. Había muchas formas de querer a una persona. Y Hermione sabía que jamás le podría querer a nadie como había querido a Ron, como aun lo quería. Pero siempre quedaba la pregunta pendiente, aquella que sobrevolaba el cielo. Ginny miró fijamente a su amiga y le preguntó lo que ni ella misma se atrevía a preguntarse.
¿Eres capaz de perdonarlo, Hermione?
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Hermione arribó a su casa cuando el estaba en lo más alto. Abatida y sin ganas de encontrarse con nadie, se deslizó como una sonámbula por el salón hasta llegar a su habitación. Tenía los ojos entrecerrados y la boca con las comisuras hacia abajo. En su cabeza aun rondaba la pregunta que Ginny le había hecho. Ni un solo segundo había dejado de considerar la posibilidad de perdonarlo. Pero costaba tanto, dolía tanto. Se sentó en el borde de la cama del mismo modo en que lo haría una persona que no sentía nada, que no era consciente de lo que ocurría a su alrededor. Sin embargo, no se permitió llorar. Ya había derramado su cuota de lágrimas aquel día. Así que se dejó caer hacia atrás en la cama y enlazó las manos sobre su vientre plano. Miró al techo en busca de la respuesta perfecta, de la respuesta que haría feliz a su corazón.
"- Ron... ¿dónde me llevas? -preguntó Hermione sintiendo como el sol calentaba su rostro. Era todo lo que podía hacer, sentir, puesto que sus ojos estaban tapados por una cinta negra. También sentía las manos de su novio sobre su cintura, y su aliento muy cerca de su oído.
- No seas impaciente. -le dijo él con voz profunda mientras la guiaba hacia un lugar en el que ella nunca había estado antes. El sol comenzaba a esconderse en el horizonte, pero aun era lo suficientemente poderoso como para arrancarle destellos anaranjados a su cabello rojo.- ¿Confías en mí?
- Siempre. -contestó ella relajándose. Sintió como el suelo cambiaba al paso siguiente. El frío hormigón del paseo había dejado paso a los vaivenes de la arena. Hermione enarcó una ceja cuando escuchó el mar al romperse en la orilla.
La playa.
Ron la guiaba con mimo, como si fuera de cristal y pudiera romperse. Se había presentado en su despacho del ministerio de magia y literalmente la había secuestrado. Aunque había una razón para ello, siempre la había. Porque aquel 19 de septiembre, el día antes de que terminase el verano, era su cumpleaños. Y Ron nunca le fallaba en su cumpleaños. Hermione se relajó y se dejó guiar, haciendo caso omiso de la tierra que se filtraba en su zapatos, obviando que no iba vestida para ir a la playa.
Le pareció que habían andado medio kilómetro cuando finalmente el pelirrojo se detuvo. Contra más cerca del mar, más se intensificaba la brisa que alborotaba sus cabellos y le hacía cosquillas en la barbilla. Hermione se sentía como una niña con zapatos nuevos, expectante, contenta, gloriosa. Las manos de Ron le rodearon la cintura y él apoyó su cabeza en su hombro. Podría quedarse así durante toda la eternidad, pensó.
- ¿Puedo quitarme la venda ya?
- Claro.
Hermione se deshizo de la venda subiéndola hacia arriba. Entrecerró los ojos durante unos segundos para acostumbrarse a la repentina claridad. Pero cuando finalmente pudo ver donde la habían llevado los pasos de Ron, se quedó sin respiración. Era el lugar más bonito que había visto jamás. Dos metros les separaban del mar, de la orilla de espuma blanca. El sol, en el horizonte, ofrecía la ilusión óptica de que se escondía bajo el agua. Era una playa desierta, un remanso de paz en medio del caos de la vida. Los ojos de Hermione se aguaron al ver lo que Ron había hecho por ella. En la arena, sobre una toalla roja, un picnic esperaba ser devorado. No faltaba nada, ni las velas, ni las flores, ni el pequeño pastel de cumpleaños. Se dio la vuelta para mirar a su novio, a la persona que más feliz le hacía en la tierra y en parte del espacio.
- ¿Has hecho todo esto por mi? -le preguntó subiendo los brazos hasta los anchos hombros del pelirrojo y comenzó a juguetear con la piel de su nuca.
- Feliz cumpleaños, Hermione. -respondió Ron y la atrajo más hacia él para poder besarla y rodearle por completo la cintura en el proceso.- Te quiero. -dijo contra sus labios.
- Yo también te quiero. -le dio un beso más breve esta vez.- Gracias por la sorpresa.
- ¿Te gusta?
- ¿Bromeas? Me encanta. Es un sitio maravilloso, precioso, perfecto. -se sentaron en la arena, ella apoyada en el pecho de él, y él acariciando sus cabellos castaños.- Por cierto, ¿dónde estamos?
- En una pequeña cala de Blanes, Barcelona.
- ¿Me has traído a España? -ella se volteó incrédula.
- Es el sitio más bonito que he encontrado. Y créeme, me ha llevado mi tiempo. -le dio un beso en la frente.- Quería que fuera un día especial.
Hermione se dio la vuelta hasta quedar de rodillas frente a él, con las manos en sus mejillas.
- Cada día a tu lado es especial, Ron. -dijo la castaña antes de lanzarse a besarlo y provocar con su peso que los dos cayeran hacia atrás. Hermione encima, Ron debajo. Siguieron besándose largo rato, disfrutando del placer que era sentirse querido y especial.- Nunca dejaré de amarte, jamás."
Jamás, jamás, jamás...
Aquella palabra se repetía una y otra vez en la mente de Hermione mientras respiraba hondo y de su boca salía un gemido, que más parecía un lamento. Recordaba muy bien aquel día, el día de su veintiún cumpleaños. Las palabras que había dicho, cómo se había sentido, todo lo que Ron había hecho por ella. Como todos los recuerdos del pelirrojo, al final terminaba con una sensación agridulce en el estómago. Hermione se llevó una mano al cuello y paseó los dedos hacia arriba y hacia abajo, esperando calmar los latidos de su corazón.
"Nunca dejaré de amarte", le había dicho en un arrebato de amor y pasión.
Y después de todos aquellos años, de todo lo que había sufrido, aquella frase seguía siendo cierta.
Ginny tiene razón. Tal vez lo único que me queda es perdonarlo. Pero... ¿cómo? Me paso los días y las noches pensando en él, recordando, replegando sentimientos que creía olvidados en el fondo de mi corazón.
Hermione se incorporó en la cama y se pasó una mano por el cabello. No podía seguir así, no podía permitir que su recuerdo la dejase en un estado de trance continuo. Más tarde tendría que asumir el significado de aquel recuerdo y de aquellas palabras, pero aun no. No estaba preparada para la batalla que se libraba entre su razón y su corazón. Así que se cambió de ropa y se puso unos pantalones cortos y una camiseta ancha, de las viejas, de estar por casa. No esperaba visita y no había quedado con sus amigas hasta las nueve de la noche para celebrar una especie de despedida de soltera. Se recogió el cabello en una coleta suelta y salió al salón. Lo mejor para evadirse de los problemas propios, era enfrascarse en el argumento de alguna novela. Así que rebuscó en su pequeña biblioteca hasta que encontró el libro que buscaba, aquel que arrojaría al pelirrojo de su mente durante un par de horas.
No le fue difícil enfrascarse en la historia policíaca y misteriosa de "Las huellas imborrables", el quinto libro de una serie de una escritora sueca. Sin embargo, el sabor amargo del pasado aun seguía ahí, y no había nada que ella pudiera hacer. Se arrellanó en el sillón, con las piernas flexionadas y el libro apoyado en las rodillas. Las gafas para leer asomando en el puente de la nariz. Se mordió el labio inferior al leer como había sido asesinado un anciano historiador e hizo una mueca disconforme con su boca.
No supo cuanto tiempo estuvo leyendo hasta que la interrumpió el sonido del timbre. Hermione dejó el libro de la mesita de café y miró ceñuda hacia el reloj de pared. Si había algo que no le gustaba nada, aparte de que la molestaran cuando estaba trabajando, era que la interrumpieran cuando había conseguido meterse en la trama del libro. Con un suspiro, se levantó y caminó hacia la puerta con paso lento. Seguramente tardó demasiado en llegar, porque el timbre sonó por segunda vez. Lo más probable era que fuera un vendedor muggle o incluso el cartero. Era lo que tenía vivir en un piso normal, rodeada de gente normal, ajena a que aquella encantadora pareja del quinto podía hacer magia. Con una mueca de resignación, Hermione abrió la puerta...y se quedó con la boca abierta.
Ron Weasley se encontraba al otro lado con una gran caja entre las manos. En sus ojos azules había una expresión de esperanza y amor al mismo tiempo, cualquiera se habría dado cuenta. Sus ojos se iluminaban al verla y su corazón dejaba de latir acompasado para hacerlo acelerado. Era tan hermosa, tan inteligente, tan maravillosa...tan Hermione. Pero él había hecho lo único que podía hacerla flaquear, lo único que podía matar su amor por él. Agarró la caja con fuerza para evitar lanzarse sobre ella y besar sus labios entreabiertos por la sorpresa. De seguro que Ginny le echaría la bronca más tarde, pero él tenía que verla. Tenía que intentar arreglar las cosas como fuera.
Ron...-susurró Hermione. El corazón se le había parado y su mente estaba obnubilada por la visión de aquellos ojos azules. Tragó saliva con esfuerzo, y añadió.- ¿Qué...qué haces aquí?
Pasaba por el barrio. -contestó él aparentando naturalidad.- ¿Puedo entrar?
Hermione no contestó, solo atinó a seguir mirándolo.
Jamás pensó que lo tendría llamando a su puerta. Y eso le ponía muy nerviosa. Su primer impulso había sido volver a cerrar la puerta y apoyarse en la pared con los ojos cerrados fuertemente. Tal vez así se daría cuenta de que era un sueño, pues al volverlos a abrir el pelirrojo ya no estaría. Pero Ron era real y estaba allí con ella. Su corazón volvió a la vida con latidos fuertes, acelerados, y con cientos de mariposas revoloteando por su estómago.
Solo será un momento. -dijo Ron al ver la vacilación de ella y mostró su mejor sonrisa.- De hecho, he venido a traerte un regalo. -señaló la caja.- Por lo de la boda, ya sabes, es costumbre.
N-no tenías que haberte molestado.
Pero aun así lo he hecho. ¿Puedo pasar? -insistió.
Está bien. -dijo Hermione al cabo de unos segundos. Respiró hondo cuando el pelirrojo pasó por su lado y la envolvió con su fragancia masculina. Estando en el momento de debilidad que estaba no había sido prudente dejarlo entrar. Pero no había podido resistirse a la tentación.
Una casa muy bonita. -comentó Ron dando una vuelta sobre si mismo y admirando el salón y el comedor. Se quedó de cara a ella y la taladró con sus ojos azules.- Se nota que la has decorado tú.
Ron...-Hermione se pasó una mano por la frente y el cabello, alborotándolo, y se quitó las gafas de leer. No necesitaba que ningún cristal le aumentase la belleza del pelirrojo. Dejó las gafas sobre la mesita de café y se cruzó de brazos frente a él.
Ron decidió que no debía de perder más tiempo, así que fue directamente al grano.
Escucha, siento que mis palabras de ayer te cogieran por sorpresa y te incomodaran. Pero nunca hay un momento idóneo para reconocer que uno se ha equivocado. Y bueno, solo quería decirte que no volveré a sacar el tema.
Ron, ¿qué haces aquí? -preguntó Hermione de nuevo.
Ya te lo he dicho. Te he traído un regalo. -señaló la caja, que aun sostenía entre sus brazos, con un gesto del mentón.
No puedo aceptarlo, Ron.
Pero si aun no lo has visto. -replicó Ron con una sonrisa inocente.
No se trata de eso. -Hermione sabía que estaba siendo dura, pero si se dejaba llevar por sus sentimientos y por el momento, cometería un error que no se perdonaría jamás.
¿Entonces de qué? Explícamelo. -la instó el pelirrojo mientras dejaba la caja, con sumo cuidado, encima de la mesa del comedor.
Ronald...
Solo me llamas así cuando estás enfadada. -le recordó él y se cruzó de brazos igualmente.
Tienes que acabar con esto, Ron. -dijo Hermione dejando caer sus brazos con cansancio.- No puedes seguir pretendiendo aparentar que somos amigos. Hace mucho tiempo que nuestras vidas tomaron rumbos contrarios. Y tienes razón, yo aun no te he olvidado. -se dio la vuelta para que él no leyera entre líneas.- No he olvidado el dolor que me produjiste en el pasado.
Ya te he dicho que lo siento. -Ron dio un paso al frente pero, a pesar de que lo deseaba, no la tocó.- Te he pedido perdón.
Pero no es suficiente.
Entonces dime qué es lo que tengo que hacer y lo haré. -y ahora si que en un arrebato le puso la mano en el brazo y la obligó a darse la vuelta para enfrentarlo.- ¿Quieres que me arroje desde un puente? Lo haré. ¿Quieres que me corte las venas? Lo haré. ¿Quieres que deje el Quidditch? Lo haré. ¿Quieres que te baje la luna del cielo? Lo haré. -había desesperación en sus ojos azules y ella lo vio.- Tan solo dímelo. -le suplicó.
No quiero que hagas nada, Ron. Pero no puedes aparecer y...
En el fondo sabes que nunca quise hacerte daño. Que antes me habría quitado la vida a mi mismo. Eras la persona a la que más quería en el mundo. -lo dijo en pasado, aunque sus últimas palabras también servían para el presente. Ella seguía siendo la persona más importante de su vida.
Y yo hubiera dado mi vida por ti, Ron. -Hermione se llevó una mano al pecho, a la altura del corazón, como si le doliera.- Pero las cosas cambian, y las personas también.
Realmente no sé qué más puedo hacer o decir.
Lo triste es que la respuesta es nada en ambos casos.
Me estoy esforzando, Hermione.
Lo sé. -Hermione volvió a sentir cómo se le descomponía el corazón. Se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre y tragó saliva para contener las lágrimas. Una parte de ella deseaba olvidarse de todo y echarle los brazos al cuello al pelirrojo. Pero luego estaba la parte del miedo. ¿Y si volvía a hacerle daño?
Está bien, Hermione. -Ron se dio la vuelta para marcharse pensando que aquella visita no había servido para nada, más que para ponerlos a los dos tristes. Habían pasado demasiadas cosas entre ellos, pero tal y como Hermione decía, al final se imponía el recuerdo del final y barría todo lo demás como una ola gigantesca.
Ron...yo también lo siento, de veras que si.
Al menos aceptarás mi regalo. -señaló la caja que aun estaba sobre la mesa.
No cr...
Confía en mí, no te arrepentirás.
Tal vez no fue la mejor frase para decírsela a ella y tal vez por eso Hermione le mandó una mirada algo difícil de escrutar. Porque lo cierto es que había dejado de confiar en él el día que supo de su infidelidad. Pero por una vez, Hermione dejó de pensar en el pasado y dio un paso hacia delante, hacia la caja. En cierto modo sentía que se lo debía, que después de todas las duras palabras compartidas era lo menos que podía hacer. Miró sus ojos azules, que de nuevo volvían a ser confiados y tenían una chispa de esperanza en el borde. Hermione abrió un ala de la caja y ahogó un gritito de sorpresa. Abrió la otra ala y la sorpresa se convirtió en amor a primera vista. Se acababa de enamorar. Levantó la cabeza para mirar a Ron y le sonrió. Tendría que haberlo imaginado. Que tan solo él podría haber pensando en un regalo como aquel. Introdujo una mano y acarició el suave pelaje con las puntas de los dedos. El pequeño gatito se había ovillado en un rincón de la caja y aparecía como una bola de pelo blanco, sin rostro, sin patas, sin rabo. Solo pelo y más pelo blanco. Hermione se estaba muriendo de amor por ese animal al cual no le había visto la cara. Metió también la otra mano para poder cogerlo con más comodidad. El animalito se enroscó aun más y ella sonrió. Ron la observaba con la misma adoración de antaño y un nudo de emoción se acomodó en su garganta. Era tan hermosa toda ella...
Hermione acomodó al gatito contra su pecho y aspiró el aroma dulzón de su pelaje blanco. Acercó un dedo hacia donde estaba la cabeza y la subió con delicadeza. Era una autentica belleza. Con la nariz ligeramente aplastada y unos enormes ojos de color violeta. Las orejas puntiagudas rodeadas de pelito blanco y una boquita pequeña que tendía a irse hacia abajo. Cayó rendida a los pies del gatito sin poder hacer nada por evitarlo.
Dios mío, Ron. -exclamó con los ojos ligeramente aguados.- ¿Cómo...cómo...?
Me enteré de lo que le ocurrió a Crookshanks. -hacia cuatro años que había muerto tras pasar un par de semanas muy enfermo. Hermione lo pasó fatal y él tuvo que vivir su dolor desde la distancia, porque sabía lo apegada que estaba ella a aquel animal.- Y aunque yo nunca me llevé bien con ese gato feo, clasista y altivo, bueno...sé lo que significaba para ti.
Es precioso. -dijo mirando al gatito de nuevo. Estaba muy conmovida por el gesto del pelirrojo y algo en su interior había comenzado a moverse. Tal vez fueran los pilares de aquel muro que según Ginny se estaba desmoronando.
Preciosa. -Ron se acercó con paso vacilante.- Es una gata.
¿Y cómo se llama? -compartieron una mirada como las de antaño.
No lo sé. Esperaba que tú pudieras elegirle un buen nombre, uno bonito.
Umm...creo que la llamaré Violet, por sus ojos. Tiene unos ojos espectaculares. -se colocó a la gatita mejor en el regazo y le pasó una mano por detrás de las orejas.- Lo único que no entiendo es cómo te las has ingeniado para ponerle el collar rojo.
Pues a base de aguantar algunos arañazos y muchos lamentos. -se metió las manos en los bolsillos del pantalón.- Está claro que nunca voy a simpatizar con ninguno de tus animales.
Yo creo que si que le gustas a Violet, sino no te habría dejado ponerle el collar.
Pues tiene una forma muy extraña de demostrarlo.
Gracias, Ron. -Hermione levantó la cabeza para mirarlo a los ojos y poder decirle así mucho más de lo que implicaba aquella simple palabra.
El pelirrojo asintió lentamente.
En fin, me alegro de que te haya gustado mi regalo.
¿Gustado? Me he enamorado de ella. -confirmó dándole un beso en la tierna cabecita blanca.
Ahora me voy. -caminó hacia la puerta sintiendo que después de todo había hecho bien en ir a verla y en guiarse por sus instintos.
Ron...
¿Si?
Voy a intentar perdonarte, pero tienes que darme tiempo.
Es todo lo que te pido.
Gracias de nuevo por Violet.
Cuídala mucho.
Lo haré.
Lo sé.
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Ron salió de casa de Hermione con una sensación extraña en el cuerpo. No estaba contento, pero tampoco estaba triste. Por supuesto que no esperaba que ella se arrojase a sus brazos a la primera de cambio, pero ser testigo del dolor que aun inundaba el corazón de Hermione había sido algo superior a él. Había tenido que tragarse sus ganas de dar un paso hacia delante y abrazarla. Bajó las escaleras del edificio muggle en el que ella vivía y salió al sol cegador de una tarde de mediados de julio. Sabía que sería difícil volver a ganarse la confianza de Hermione, pero aun le quedaba una semana.
Cuando se enteró de la muerte del gato, enseguida se le formó la idea de regalarle uno algún día. Conocía a Hermione y sabía lo mucho que adoraba a los animales. Había sido una delicia ver como se iluminaban sus ojos al ver a la gatita agazapada en un rincón de la caja. Y lo cierto es que el animal también lo había engatusado a él. Formaban la pareja perfecta, lo supo nada más verla en la tienda. Ron caminó por la ciudad disfrutando del anonimato que le producía estar rodeado de muggles. A lo largo de los años habían sido muchas las cosas que había ido echando de menos. No acababa de entender esa fijación ciega que tenía la gente por los jugadores de Quidditch, que hasta el punto podía ser asfixiante. Se le olvidó que él con trece años era así, pero hacía mucho tiempo de aquella época.
Dando vueltas por Hyde Park, con las manos metidas en los bolsillos y los ojos protegidos por unas gafas de sol, Ron volvió a centrar sus pensamientos en Hermione. Seguía tan preciosa como siempre, sin maquillaje y con las gafas puestas. Recordó que a ella no le gustaba que la vieran así, pero que a él le encantaba. Ron necesitaba a Hermione a su lado, y lo intentaría hasta el último segundo. No había salido con nadie desde hacía meses, cuando recibió la invitación para la boda. Aquello fue como una llamada de atención con luces de neón. Estaba malgastando su vida manteniéndose apartado de la mujer que amaba. Y así nunca llegaría a ser feliz de verdad. No dudaba de que Cormac fuera un buen hombre, que quería a Hermione y la había ayudado cuando más lo necesitaba. Pero Cormac no era el hombre adecuado para Hermione, no era él.
Así de claro.
Ron necesitaba hacérselo entender a Hermione.
Observó a un padre con su hijo dando de comer a los patos del lago Serpentine y suspiró. Aquel hombre podía ser él. Solo que él se imaginaba con una niñita de cabello castaño y mirada espabilada. Una sonrisa cruzó su rostro al verlo en su mente. Aquello significaría la felicidad más absoluta. Y que se muriera en aquel mismo instante si alguien pensaba que se retiraría sin luchar. Ya había perdido demasiadas cosas por su insensatez, ahora había llegado el momento de coger las riendas de nuevo. Con ese pensamiento, sintió como los latidos de su corazón se apaciguaban y dio media vuelta. Tenía que encontrar un callejón en el que poder desaparecerse.
Llegó a casa de los Potter con una hora de retraso. Había quedado con Harry a las seis para tener una noche de hombres, aprovechando que Ginny se iba a cenar con Hermione y otras amigas. Pero entre vueltas y pensamientos y pensamientos de vuelta, se le había ido el santo al cielo. Tampoco importó demasiado. Nada más entrar por la puerta, Ginny lo cogió por banda y comenzó a interrogarlo ferozmente. El embarazo estaba sacando lo peor de su hermana y se compadecía de su pobre cuñado. Aunque lo cierto era que Ginny siempre había tenido mal carácter. Pero con el tema de Hermione estaba siendo sobreprotectora como nunca la había visto. Les contó de su visita al piso de la castaña e ignoró el resoplido de su hermana. La paciencia no era una virtud que se cultivara mucho en la familia Weasley y Ron amenazó con no contarles nada más si Ginny no dejaba de hablar por lo bajo a cada frase que pronunciaba. La pelirroja aceptó a regañadientes. Y así fue como Ron terminó de hablar de la manera más positiva y esperanzadora posible.
¿Estás seguro de que ha funcionado? -preguntó Harry. Estaba sentado en el sofá de su salón, con las piernas cruzadas y una expresión de cansancio en el rostro.- Mira que ayer se fue muy enfadada y triste tras lo que dijiste en el almuerzo.
Harry tiene razón. -convino Ginny, que estaba pie, paseándose de un lado a otro con los brazos apoyados en las caderas.- Esta mañana ha estado aquí y...no se la veía muy bien, la verdad. Se ha puesto a llorar en cuanto ha salido a relucir tu nombre.
Eso significa algo. -dijo Ron tras unos minutos de confusión en los que no sabía si tomárselo como algo positivo o negativo.- No me podéis decir que no.
Vale, estamos contigo, Ron. Pero...-confirmó Harry no muy convencido, se notaba que lo decía por no contrariar a su mejor amigo.
¿Por qué siempre hay un 'pero'? Os he dicho que esta tarde he hecho progresos con ella. No ha sido fácil, la verdad. Creo que al principio su primera reacción ha sido la de cerrarme la puerta en las narices. -confesó el pelirrojo rascándose la nuca.
¿Y te extraña? -preguntó su hermana cruzándose de brazos.
¡Ginny! -la reprendió Harry, aunque en el fondo pensaba lo mismo que su esposa. Sin embargo, también pensaba que Ginny se pasaba un poco con el pelirrojo y era su deber de mejor amigo apoyarlo en lo que pudiera.
¿Qué? Yo le apoyo y él lo sabe. Pero cuanto antes reconozca que se comportó como un cabrón con Hermione, tanto mejor.
Y tienes razón, Ginny. -Ron se levantó para ponerse frente a su hermana.- Ya te lo he dicho media docena de veces. Lo que hice no tiene excusa ni explicación alguna y merezco todo lo que Hermione quiera hacerme. Pero no es justo que se condene ella también.
No quieres salvarla a ella, Ron. Quieres salvarte a ti mismo. No proyectes esto como una misión de rescate. -espetó Ginny achicando los ojos.
¡Joder, Ginny, dame un respiro! -exclamó/gritó Ron bajando los brazos vencido.
Cielo, Ron tiene razón. -Harry se levantó para poner paz entre los hermanos. Agarró a su esposa de la mano y la alejó unos centímetros del pelirrojo, pero Ginny pronto se deshizo de su agarre.- Dejemos que se explique. -le pidió suavemente y se masajeó las sienes.
Yo ya he dicho todo lo que quería decir, así que no necesito escuchar nada más. -Ginny se acercó de nuevo a su hermano, con el dedo índice de su mano derecha apuntándole y un tono de voz amenazador.- Si te voy a ayudar es porque es lo mejor para Hermione y, por que por alguna extraña razón que desconozco, ella aun te ama y no consigue reponerse de tu traición. Más te vale que no vuelvas a cagarla, Ronald Weasley. Porque no me conformaré con una simple bofetada.
Dicho lo cual, Ginny dio media vuelta y subió por las escaleras hacia su habitación. En el salón se quedó flotando un aire tenso y viciado que hizo contraer los rostros de Harry y de Ron. Los dos amigos se miraron durante unos segundos y después apartaron la mirada en direcciones contrarias. Era un momento incómodo para los dos, en el que se habían dicho muchas verdades. Harry carraspeó y habló el primero.
Tal vez la forma de expresarse de Ginny no sea la más adecuada en esta situación, pero sabes que estoy completamente de acuerdo con ella ¿no?
Lo sé. -suspiró Ron.
No vuelvas a fastidiarla, tío.
No pienso hacerlo. Ya no soy el mismo de hace cinco años. He visto el lado oscuro de la fama y el dinero. Y puedo decirte que cada día admiro más a mi padre. Él prefirió quedarse con la mujer que amaba y hacerla siempre feliz. -hizo una pausa y levantó la cabeza para mirar a los ojos a su cuñado.- A veces pienso que debería dejar el Quidditch, que sería la decisión más correcta.
Esa es una decisión muy importante para tomarla a la ligera, Ron.
Lo sé. Pero llevo ya algunos meses pensándolo, no es algo que me acabe de sacar de la nada. Incluso me puse una fecha. -sonrió con tristeza.- Tras la Copa de Quiddicth del mes de octubre.
Ron, ¿es por Hermione? Porque no creo que sea eso lo que ella quiere.
Lo se. Hermione solo quiere al ser imperfecto del que se enamoró. Esto lo hago por mi, Harry. La perfección no ha hecho más que traerme problemas y alejarme de las personas a las que más quiero. ¿Sabes cuanto tiempo hace que no voy a una de las reuniones de los domingos en La Madriguera? Un año y medio. Quiero recuperar también eso. Quiero recuperar a mi familia.
Has cambiado, Ron.
Eso es lo que intento deciros desde hace una semana. -dijo Ron sonriendo.- Pero o no me escucháis o no me creéis.
Lo siento.
No, si la culpa la tengo yo.
Bueno, pero estás haciendo algo para arreglarlo. Y no se si Hermione te perdonará al final, pero no te amargarás pensando que no lo has intentado.
Gracias por tu apoyo, Harry. -se pasó una mano por el cabello rojo.- Se que desde lo que hice has sido un férreo protector de Hermione y...
Es mi hermana. No quiero que le hagan más daño, Ron. -clavó sus ojos verdes en los azules de él.- Y en especial no quiero que se lo vuelvas a hacer tú. Pero hay algo, una parte de mi, que me dice que sin ti sufrirá todavía más, que no será completamente feliz. Por eso te apoyo.
Lo se, Harry. Y por todo eso te doy las gracias. -finalizó Ron sin apartar la mirada.