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Olvidé olvidarte — capítulo 6
Capítulo 6: Ya no me vuelvo a enamorar.
Con un suspiro, Hermione dio la bienvenida a la mañana del día siguiente. Su cabeza seguía siendo un revoltijo de recuerdos e inseguridades, de tristezas y alegrías, de pasiones y deberes. Sostuvo la taza de café entre las manos mientras miraba por la ventana de la cocina. El prístino sol de primera hora de la mañana se colaba para arrancar destellos dorados a su melena castaña. Muy cerca de allí, la gatita Violet daba vueltas reconociendo el apartamento. Era extraño volver a sentir la presencia de un animalito en su vida. Sin embargo, todo se veía eclipsado por el recuerdo de una persona.
Ojalá fuera más fuerte, más firme para con sus sentimientos, pensó. Pero no se pueden poner puertas a la pasión y mucho menos cerrojos al amor. Tal vez Ginny tuviera razón y existiera esa clase de amor que solo se presenta una vez en la vida y termina acechándonos como un fantasma o un ladrón en medio de la noche. Hermione suspiró de nuevo y se llevó la taza a los labios. ¿Por qué siempre lo que tenía que ver con Ron era tan complicado? ¿Le quería? Si, ya no podía negarlo por más tiempo. ¿Podría perdonarle? Probablemente si, con el tiempo. Pero de tiempo era de lo que carecían precisamente. En siete días ella estaría casada con Cormac y ya sería demasiado tarde para todas esas preguntas.
¿Lo olvidaría?, siguió preguntándose. No, eso jamás. Aunque terminase el resto de sus días con Cormac y fuera todo lo feliz que se puede esperar en un matrimonio. Nunca sería como lo que tuvo con Ron. Y se convertiría en su recuerdo, en su secreto. Era el precio que tenía que pagar, que ambos tenían que pagar por la traición de él.
Tan absorta en sus pensamientos estaba que no se dio cuenta de la presencia de Cormac a su espalda. Últimamente se encontraba mucho en esa situación. Observándola desde la distancia, calibrando sus pensamientos, analizando su mirada. Algo había cambiado entre ellos dos desde que él le propuso matrimonio. Y Cormac se tragaba sus sensaciones y palabras con el único fin de hacerla feliz. Pero ya no estaba tan seguro de que pudiera hacerlo en el futuro. Siempre había habido una brecha entre ellos dos, pero desde hacia una semana parecía mucho más ancha. Se preguntó si llegado el momento sería capaz de hacer lo correcto. No lo que le dictase su corazón, sino lo correcto. Y supo al instante que si. Que su amor había llegado a ser tan grande que pondría la felicidad de ella por delante de la suya.
Tendría que prepararse, lo sabía.
Pero aun no.
Dio un paso hacia atrás y se aclaró la garganta al tiempo que se ajustaba el nudo de la corbata. Encontró en la cocina con energía y buen humor en su rostro. Hermione levantó la cabeza medio obnubilada y le sonrió vagamente. Él se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Después se sirvió una taza de café y abrió el armario para coger las galletas de manzana que le gustaban. Hermione permaneció callada mientras él trajinaba de un lado a otro de la cocina. Era un espacio pequeño, pero acogedor. Agarró también la jarra de zumo de naranja y una bolsa de tostadas a las que pensaba untar con mantequilla. Se sentó frente a su prometida y comenzó su ritual de desayunar.
Finalmente, Hermione fue consciente de su presencia.
Te has levantado muy pronto esta mañana. -observó llevándose, de nuevo, la taza de café a los labios. Se tomó su tiempo en saborear el tono amargo y tragó lentamente. En su rostro ya no había rastro en ensoñación alguna.
Si. Hoy tengo un día muy ajetreado en el ministerio.
¿Y eso? Apenas falta una semana para la boda, deberían de darte más margen. -propuso la castaña. Su corazón se aceleró cuando pronunció aquella frase, pero ya estaba dicha y era la pura verdad. En una semana estarían casados, se dijo una vez más. Era como si intentara autoconvencerse.
Lo se. -sonrió Cormac.- Y por eso mismo necesito trabajar todo lo que pueda antes de ese día. Quiero dejarlo todo organizado para que podamos irnos un par de semanas de luna de miel. No quiero encontrarme un fajo de expedientes sobre mi mesa cuando volvamos.
No creo que sobrevivan sin ti en el departamento.
Claro que lo harán. -afirmó Cormac entusiasta mientras terminaba de desayunar. Se limpió la boca con una servilleta y apuró el vaso de zumo. Se levantó y con un movimiento de varita cada cosa fue a parar a su sitio. Observó contrariado como la gatita se acercaba a sus zapatos y procedía a olfatearlo.- Aun no me has contado como ha llegado esa cosa aquí. Creí que después de lo del otro gato, habías renunciado a tener otro.
Ha pasado mucho tiempo ya. -contestó ella vagamente. No quería contarle que había sido un regalo de Ron y que era lo más especial que habían hecho por ella en años. No se había dado cuenta de cuanto añoraba tener a un animal en su vida hasta que no vio a Violet emerger de la caja.
Bueno, ya lo hablaremos en otro momento. -miró el reloj.- Por cierto, tu madre ha llamado muy pronto esta mañana, demasiado. Por suerte yo ya estaba despierto. Al parecer tienen una operación de urgencia en la clínica y no podrá comer contigo. Lo siento.
No importa. -Hermione se encogió de hombros y volcó su atención en la gatita y en sus ojos violetas. Aquella carita peluda le extrajo una sonrisa llena de ternura y se agachó para cogerla en brazos. El animal se acurrucó en su regazo y se dejó acariciar mansamente.
¿Qué planes tienes para hoy?
No mucho. Me quedaré ordenando armarios y esas cosas.
Disfruta. Me tengo que ir ya, sino llegaré tarde. -se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla, que ella recibió con indiferencia.
Muy bien.
Nos vemos a la noche. -soltó el castaño desde el comedor y antes de desaparecer en la chimenea, añadió.- Te quiero. -no se quedó a escuchar la respuesta.
Si. Yo tam…-aunque lo cierto es que no hubo respuesta. Hermione se interrumpió y un nuevo pensamiento en coló en su mente. ¿Realmente quería a Cormac? Le entraron ganas de llorar, porque pensaba que la respuesta a esa pregunta la tenía muy clara y concisa. Pero ahora ya no sabía qué pensar. La vuelta de Ron a su vida había sido como un ciclón que había arrasado con todo lo que creía saber y sentir.
Cansada de tener que replanteárselo todo, Hermione se levantó y abandonó la cocina. Paseó durante un rato por el apartamento, con la gata dormida plácidamente entre sus brazos. Se detuvo frente a la cadena musical y puso un disco para llenar el silencio agobiante que amenazaba con consumirla. La voz de Ella Fitzgerald hizo del salón un lugar mucho más íntimo y acogedor. Dejó al animal en un rincón del sofá y se dispuso a reordenar la estantería que había a un lado de la chimenea. Durante años, había comprobado que aquella era la única manera de relajarse que tenía. Perderse entre las hojas amarillentas de sus libros, ya fuera leyéndolos o cambiándolos de sitio. Hermione se pasó una mano por su cabello castaño y terminó por recogerlo en una cola de caballo suelta.
Quería alejarse lo más posible del recuerdo de Ron.
Sonrió para si misma con un deje de tristeza impregnado en las comisuras de sus labios. Aun no entendía cómo en tan solo dos días, el pelirrojo había derribado el muro que a ella le había costado cinco años erigir. Eso le hacía sentirse tonta, estúpida y débil. Y también, por qué no, le hacía replantarse el verdadero motivo por el que lo había conseguido. Pero estaba decida a no volver a caer de nuevo en sus redes. Aunque tuviera que perder su corazón en el intento, no volvería a enamorarse de Ron Weasley.
Con ese pensamiento final, Hermione dio por finalizada la tarea y cogió uno de sus libros favoritos. Dispuesta a pasar un buen rato, miró el reloj de la chimenea de reojo. Eran las once y media de la mañana. No sabía cómo encajaría aquello en su estado de ánimo, pero tenía ganas de tomarse un buen vino. Así que fue a la cocina y se sirvió una generosa copa de vino tinto. Cuando regresó al salón y se sentó en el sofá con la copa en una mano y el libro en la otra, ya casi se había olvidado del rostro del pelirrojo. El libro, que hablaba de dos mujeres distintas que se encontraban de un barco de camino a la Nueva Zelanda del siglo XIX, le hizo reír y llorar a destiempo.
Pasó una hora perdida en el país de la nube blanca, reviviendo el devenir de las dos protagonistas y en perfecta armonía con ella misma. La gatita cambió un par de veces de postura, pero por lo demás, todo siguió como si estuviera suspendido en el aire. El sonido del timbre la sacó de su ensoñación de manera abrupta. Cerró el libro y dejó la copa de vino en la mesita de café. No esperaba a nadie, pero pensó que tal vez su madre se había podido escaquear de aquella operación urgente e imprevista. Sin embargo, al igual que le pasó la tarde anterior, en ningún momento pensó que podría tratarse de él. Se quedó con la boca abierta, mirando sus ojos azules y no dando crédito a su descaro.
-
Ron... ¿Qué…qué haces aquí? -pronunció todavía incrédula.
¿Es tu nueva forma de decirme "hola"? -preguntó el pelirrojo de buen humor.- ¿No me merezco ni un saludo de tu parte Hermione?
Hola Ron. -accedió ella con infinita paciencia.
Hola Hermione. -saludó Ron desplegando toda su coquetería masculina.
¿Qué quieres? -volvió a preguntar Hermione, algo molesta por haber sido interrumpida y por que a él no pareciera importarle lo que le había pedido.
Ah, fue bonito mientras duró. -se cruzó de brazos y se apoyó en la jamba de la puerta.- ¿Qué tal está Violet?
¿Vio...?
La gata.
Ya se que hablas de la gata. Es solo que me sorprende.
¿Por qué?
Por que nunca te interesaste así por Crookshanks.
Eso es porque tu anterior gato era un clasista y un orgulloso. Además de feo. Bueno, ¿cómo está?
Está bien. -dijo Hermione escuetamente.
¿Puedo verla?
¿Has venido hasta aquí para ver a la gata? -le preguntó porque era básicamente imposible.
No. -Ron suspiró y se puso algo más serio.- He venido a verte a ti. Pero ya se que me pediste tiempo, así que es mejor que te diga que quiero verla a ella.
Tenía que reconocer que al menos había sido sincero.
Ron...
No te voy a engañar, Hermione. Ya cometí el error una vez, dos no. Así que te diré que también tengo la esperanza de que comas hoy conmigo. Invito yo.
Esa no es una buena idea, Ron. -no dejaba de pensar en lo mucho que le gustaría que las cosas fueran diferentes y pudiera aceptar la invitación. Pero Ron seguía siendo Ron, y ella seguía siendo ella.
Tú siempre fuiste la de las ideas brillantes. -observó el pelirrojo. Su rostro se tornó serio, comprometido con sus palabras.
No hagas eso, Ron. No me hables como si fuera un mono de feria.
El mono de feria más bonito del planeta y del universo. -afirmó con la esperanza de arrancarle una sonrisa, pero no lo consiguió. Tan solo se vio recompensado con la intensa mirada de Hermione taladrando sus facciones.
No te vas a dar por vencido, ¿verdad? -se rindió con un suspiro.
Soy un Weasley. -Ron se encogió de hombros, ya casi saboreando la victoria.
Pasa, pero solo para ver a Violet. No voy a ir a comer contigo.
Por segunda vez en dos días, Ron entró en el apartamento que Hermione compartía con Cormac. Mientras la castaña desaparecía en la cocina, él paseó la mirada por el salón-comedor. Le llamó la atención una fotografía que había sobre la reprisa de la chimenea. Primeramente porque estaba hecha con una cámara muggle, y segundo porque hacía mucho tiempo que no la veía. La había hecho él mismo, y mostraba a Hermione sentada en el balancín que había en la casa de campo de sus padres. Se la veía feliz, llena de vida, con un brillo en la mirada que había desaparecido mucho tiempo atrás. Sintió como la castaña regresaba y se dio la vuelta para mirarla. En sus manos traía una cerveza que le tendió en silencio. Ella se agachó para coger la copa de vino y dio un largo trago.
Es una buena foto. -comentó Ron señalándola.
Si, lo es.
Se quedaron en silencio durante unos segundos hasta que Ron atisbó unos movimientos detrás de ella. Sus ojos se desviaron enseguida hacia el bultito blanco que se estaba estirando en el sofá. Y para su sorpresa se encontró sonriendo. Ese animal sacaba la parte más tierna de él y aun no sabía porqué. Tal vez porque, en cierto modo, le recordaba a la misma Hermione. O simplemente porque había terminado de perder la cabeza en el tiempo que habían estado separados. En aquel momento se dio cuenta, más que nunca, de que la castaña era el motor que movía su mundo.
Ah, mira quién está ahí. -se agachó para acariciar la cabecita blanca.- Hola bonita. -el animal le lamió los dedos con su áspera lengua. Ron levantó la cabeza y le sonrió a Hermione.- ¿Ves? Le gusto. Seguro que me ha echado de menos.
Es probable. -convino ella sin dejar de mirar a la gata.
Ven a comer conmigo, Hermione. -pidió una vez más él.
Ron…
¿Has quedado ya con alguien?
No, pero…
¿Por qué no quieres comer conmigo, Hermione? -le hizo una última carantoña a la gata y se levantó para estar en el mismo plano que la castaña.
Porque…Ron, no sería correcto. Yo me voy a casar en apenas una semana y tú…
Solo te estoy pidiendo una comida, Hermione, no que me jures amor eterno.
A aquella afirmación le siguió un silencio incómodo. Hermione desvió la mirada y se bebió lo que quedaba de vino en la copa. Ron se mordió la lengua y se metió las manos en los bolsillos.
Aun así…-dijo finalmente ella.
Está bien, no insistiré más. No quiero pecar de pesado. -aceptó el pelirrojo. De todas formas, bajo su prisma, ya había conseguido lo que se había propuesto. Hermione se iba a pasar el resto del día pensando en él.
Te pedí tiempo, Ron, y sólo me has dado veinticuatro horas.
Tienes razón, y lo siento. -puso su mejor cara de arrepentido.- Pero es que creo que a los dos nos vendría bien un tiempo a solas. Sabes que tenemos pendiente una conversación importante.
¿Qué vas a decirme que no me hayas dicho ya? -preguntó ella mirándolo, de nuevo, a los ojos.
Muchas cosas, Hermione, muchas cosas.
No es el momento, Ron.
Está bien. -Ron dejó la cerveza apenas tocada encima de la mesa del comedor y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de abrirla, se dio la vuelta para encarar a la castaña una última vez.- Solo una cosa: ¿seguirás pensándotelo?
Seguiré. -prometió ella escuetamente. No pensaba admitirle que no había dejado de pensar en otra cosa desde la tarde anterior. Vio como Ron asentía con la cabeza y se marchaba en silencio.
Había sido una mañana interesante después de todo.
Y ya se podía olvidar de volver a relajarse con un libro.
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Ginny Potter se levantó melodramática del sofá de su casa. Con la mano derecha sostenía fuertemente agarrado el teléfono, mientras que con la izquierda movía su melena roja de un lado a otro. Había ignorado la llegada de Harry del trabajo, enfrascada como estaba en la conversación que mantenía con Hermione. La castaña se estaba refiriendo en aquellos instantes a la visita que Ron le había echo en la mañana. La segunda en menos de veinticuatro horas, como insistía en recalcar Hermione. Y Ginny, actriz consumada cuando se trataba de meterse en la vida de todos los que la rodeaban, no se había quedado corta en sus exclamaciones y respuestas.
Desde un segundo plano, Harry escuchaba interesado el intercambio de opiniones de las dos mujeres más importantes de su vida. Se había quitado la capa de viaje y la había dejado apoyada contra una de las sillas del comedor. La cena aun estaba sin hacer, pero él no tenía ninguna intención de moverse de donde estaba. Todo el tema de la recuperación de Hermione por parte de Ron empezaba a mosquearle un poco. No le pasaba desapercibido que los dos hermanos Weasley estaban mintiendo y mareando a su mejor amiga. ¡Cómo si la pobre no estuviera ya lo suficientemente confundida! Pero continuó a la escucha frunciendo el ceño cuando oía algo que no le gustaba o enarcando las cejas cuando se trataba de algo que no entendía. Tampoco es que los gestos de Ginny ayudasen demasiado. Su esposa era demasiado melodramática como para tomarla enserio.
¡¿Qué mi hermano ha hecho qué?! -estaba diciendo/gritando en aquellos momentos. Harry arrugó la nariz cuando el eco de la voz de la pelirroja resonó en toda la estancia.
Me has escuchado a la primera, Ginny. No me hagas repetirlo. -contestó Hermione en un tono de voz mucho más calmado, aunque lo cierto era que también estaba dando vueltas por su salón intentando sacar algo en claro que las visitas del pelirrojo.
Lo siento. Es que…justo ayer por la noche Harry me comentaba que estaba seguro de que Ron había cambiado. -el aludido levantó la cabeza y clavó sus ojos verdes en los de su esposa. Ésta sabían perfectamente que no le gustaba que hiciera referencia a sus conversaciones privadas, pero Ginny lo ignoró y se dio la vuelta para no verle la cara.- Al parecer tuvieron una "conversación" de viejos amigos, ya sabes. Y ahora vienes tú y me cuentas eso.
¿Eso? ¿Qué es eso? -inquirió Harry en voz baja. Pero obtuvo una mirada reprobatoria de parte de la pelirroja que además le puso un dedo en los labios para que se estuviera callado.
Bueno, tampoco es para tanto. -intentó quitarle importancia Hermione, aunque lo cierto era que si que la tenía, como Ginny estaba a punto de hacerlo saber de la manera más cruda.
Hermione, es de mi hermano Ron de quien estamos hablando. ¿Has olvidado ya su comportamiento de los últimos años? Parecía que el alma de Lestat, el vampiro, lo había poseído. No se preocupaba más que por si mismo, abandonó a sus amigos, a su familia…-hizo una pausa totalmente deliberada-…a ti.
Sé lo que hizo, Ginny. -Hermione cerró los ojos, aun sintiendo el dolor a pesar de los cinco años transcurridos.- No hace falta que me lo recuerdes.
Pues entonces no me digas que tampoco es para tanto.
Está bien. Pero… ¿qué es lo que pretende con todo esto?
No lo sé. Eso tendrás que preguntárselo a él.
Si, claro. -dijo Hermione con un suspiro.- "Oye Ron, me preguntaba cual es la verdadera razón de que me hayas regalado un gato e invitado a comer". -añadió con ironía.
Sería una buena forma de comenzar, la verdad. -opinó la pelirroja.- Los dos os debéis una charla, es la única forma de avanzar.
Eso dijo él. -dijo Hermione llevándose una mano a la frente castigada por un persistente dolor de cabezas
Hermione…-mucho más calmada, Ginny se dejó caer en el sofá de nuevo y cruzó las piernas mientras su mirada se perdía en la nada.
Te voy a decir lo mismo que a él, Ginny. -la interrumpió Hermione, que a su vez, en su propia casa, hizo lo mismo que la pelirroja. Se sentó en el borde de su sofá e intentó controlar el torrente de emociones que se hacinaban en su interior.- Necesito tiempo. Me he pasado los últimos cinco años anulando todo resquicio de sentimientos que pudiera sentir por él. No puedo simplemente traerlos de vuelta con solo chasquear los dedos.
Lo se, Hermione. -y con algo de mala conciencia, añadió.- Nadie va a obligarte a nada o a acelerar el proceso.
Perdona. Es que… Te parecerá una locura, pero tengo la sensación de que Ron intenta algo más conmigo, seducirme o algo así. -al otro lado de la línea telefónica la mandíbula de Ginny se desencajó por completo al tiempo que Hermione se reía de improviso.- Ahora que lo he dicho suena ridículo, pero…
Tal vez la razón por la que tienes esa sensación…-comenzó a decir Ginny retomando el hilo de su misión-…es que está empezando a aflorar el antiguo Ron, aquel del que te enamoraste.
Es una opción; la más probable. -aceptó la castaña.
Yo creo que él solo quiere recuperarte como amiga. -Ginny evitó la mirada de reproche de su esposo y le dio la espalda.
Si, seguramente tengas razón. Es solo que…
No te acostumbras a verle en ese papel, ¿verdad?
No.
Hermione… ¿qué sientes realmente por mi hermano? -la pelirroja se levantó y se acercó a la ventana desde donde podía contemplar el cielo del atardecer. Sentía un tremendo dolor por la situación en la que se encontraban su hermano y la castaña. Podría haber sido todo tan fácil para ellos…
¿Quieres que te diga la verdad? -Hermione se concedió una pausa larga y suspiró.- No lo se. Hay días en los que despierto con el firme propósito de odiarlo, pero no lo consigo. Luego otros en los que me gustaría poder olvidarlo para siempre, lanzarme un hechizo y dejar de pensar en él. Y los más frecuentes son los días en los que respiro solo por su recuerdo, en los que me digo que me hizo mucho daño en el pasado, pero que sin embargo…aun le quiero.
Oh, Hermione.
Y esos días son los peores y los mejores, como el día y la noche. Pero después miro a Cormac y me siento como la peor persona del mundo. ¿Sabes lo que es dormir junto a una persona pensando en otra? Desear que sus labios no sean suyos cuando te besa, soñar que sus manos sean otras al acariciarte, echar de menos una sonrisa que no es la suya… -la voz de Hermione se había reducido a un susurro lleno de lamentos y dolor.
Hermione…
No hace falta que digas nada, Ginny. Se que tampoco es fácil para ti toda esta situación, al fin y al cabo, Ron es tu hermano.
¿Quieres dejar de pensar en los demás por un instante? ¿Te das cuenta de lo que me acabas de decir? -le espetó Ginny aun en shock por los sentimientos de la castaña.- Mira, Hermione, yo nunca he estado en tu lugar, así que no voy a cometer la estupidez de decir que se como te sientes, porque no es verdad.
Gracias, Gin.
Aclarado eso, si que tengo algunas cosas que decirte. No vuelvas a sentirte la peor persona del mundo, porque no lo eres. Nadie está preparado para cuando cupido lanza sus flechas al corazón. Algunas, con el tiempo, se caen, pero hay unas pocas que es imposible arrancarlas. Que están tan adentro que es imposible sacarlas sin provocar la muerte. Y ese es vuestro caso, tuyo y de Ron. Y no es culpa de nadie, Hermione.
Pero Cormac…
Cuando llegue el momento, Cormac será lo suficiente maduro como para aceptar tu decisión.
No puedo hacerle eso, no puedo romperle el corazón como me lo rompieron a mí.
¿Preferirás vivir tú con el corazón roto? -al otro lado se hizo el silencio, por lo que la pelirroja decidió terminar la conversación.- Aun tienes tiempo para decidir, Hermione.
Si, siete días.
Tienes que hacer algo, Hermione. -insistió Ginny.- Antes de que todo eso que sientes explote y se vuelva contra ti.
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Volver a casa de sus padres siempre se le hacía cuesta arriba a Ron. Quizás por eso, sus visitas se habían ido acortando con el paso de los años. Siempre era más fácil citarse en la fría habitación de un hotel o en casa de su hermana y Harry. Porque en el fondo, Ron no quería volver a La Madriguera. No cuando en cada rincón, en cada habitación y en cada destello de aire, recordaba los inicios de su relación con Hermione. Y con cada recuerdo se abría de nuevo la herida. Porque lo había hecho todo mal y ahora venía la venganza de Lucifer.
Estaba a punto de perder a Hermione.
Y en el camino, él luchaba por no volverse loco también.
Pero así como evitaba La Madriguera, no podía evitar dirigirse allí en busca de refugio, de consejo. Sus padres eran las únicas personas que no lo trataban de forma especial. Siempre sería el pequeño de sus hijos varones y siempre podría encontrar palabras sabias que guiaran su camino. Una vez cometió el error de no escucharlas; la vez que todo lo cambió. Pero estaba decidido a dejar aquel Ron atrás. A borrar aquellos confusos años de su memoria. Respiró hondo y abrió la puerta de entrada. Se había acostumbrado a trasladarse en coche muggle, ahora que podía permitirse uno de los lujosos. Enseguida le llegó el olor de la cocina de su madre, señal inequívoca de que la matriarca estaba cocinando. A Ron le maravillaba como su madre conseguía canalizar su energía en la comida.
Hola, mamá. -dijo asomando la cabeza junto al marco de la puerta. La señora Weasley se dio la vuelta con el cucharón todavía en la mano izquierda. Sonrió a su hijo y se limpió las manos en el trapo que tenía colgado al hombro.
Hijo, qué sorpresa. -no dijo nada más, porque no hacía falta. Solo tenía que leer los ojos del pelirrojo, que eran tan parecidos a los de su padre. Mantuvo su sonrisa maternal en los labios y recibió encantada el beso de Ron.
Voy a estar en la ciudad unos días, así que...pensé en pasarme. Hacía mucho tiempo. -volteó la cabeza para mirar a su alrededor.- Esto no ha cambiado nada.
¿Por qué iba a cambiar? Son las personas lo que cambian, no los entornos.
Claro.
¿Estás bien, hijo? -se dio la vuelta para apagar el fuego y se sentó en la mesa de la cocina. Le hizo una señal para que el pelirrojo la imitara.- Pareces algo...distraído. -observó con cautela.
La verdad es que hay algo...
O alguien.
Ron sonrió; su madre lo conocía muy bien.
Alguien que no para de rondar mi mente.
Has venido a hablar de Hermione. -no fue una pregunta.
Si.
Lo he sabido nada más verte. -alargó una mano para coger la de su hijo y apretarla con fuerza.- Tienes una expresión en los ojos... Quiero decir que solo se te iluminan así cuando se trata de ella. Cuéntame.
La quiero, mamá. Más que a nada en el mundo.
Lo sé.
Y ya sé que la fastidié; no hace falta que nadie más me lo diga. -suspiró Ron.- He sido un auténtico gilipollas durante estos cinco años, y no tengo excusa alguna. Le hice daño a ella, os hice daño a vosotros...
Y te hiciste daño a ti mismo, no se te olvide.
Lo sé, pero eso no importa demasiado, ¿no? Papá y tú siempre nos enseñasteis a aprender de nuestros errores, ¿y si hay errores que no se pueden reparar? ¿Qué conocimiento extraigo?
Puede que no haya ninguna lección en este error y lo único que te quede sea olvidar.
No, eso no, mamá. No quiero...no puedo olvidarla. Ella es mi vida.
¿De verdad?
Por supuesto que si.
Olvidas que ella se va a casar con otro.
No lo he olvidado. -Ron levantó la cabeza para mirar a los ojos a su madre.- No puedo permitírselo, mamá. No puedo dejar que se case con otro.
¿Qué piensas hacer al respecto?
No lo sé. Supongo que demostrarle que aun la quiero y hacerle ver que ella también me quiere aun.
De eso no hay ninguna duda. Siempre fuisteis un par de testarudos incurables. Pero es cierto que cuando más felices habéis sido fue cuando estabais juntos. Eso no puede negarlo nadie que os conozca.
Mamá...
¿Sabes que te diría tu padre? Te diría que no por tener más dinero se es más rico.
Lo sé. Podría tener el mundo a mis pies, pero lo único que quiero es a la única mujer que no puedo tener.
No crié a ninguno de mis siete hijos para que se diera por vencido al más mínimo inconveniente. Si de verdad la quieres, Ron, lucha por ella.