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Mundos diferentes — capítulo 2

La mañana del 4 de Mayo llegó, despertando a todas las personas que dormían en Hogwarts. Y la mayoría de ellas derramó silenciosas lágrimas. Era el día del Funeral de los Caídos. Los cuerpos que se enterrarían allí, habían sido colocados cuidadosamente en ataúdes la noche anterior.  Harry, Neville y Hermione se encontraban contra el muro de uno de los pasillos, mirando a todas las personas sentadas en las sillas, con los ojos llenos de lágrimas y tristezas. El mismo individuo que había hablado en el funeral de Dumbledore estaba parado en atril, diciendo palabras en honor a los Caídos. Y luego de él, siguió la profesora McGonagall, posteriormente los familiares y amigos de los muertos. —Es tu turno —le dijo Hermione a Harry. Él asintió y caminó entre todas las personas, hasta llegar el atril. Se tomó su tiempo para ver a las personas. Distinguió a los padres de Lavender, la cual no pudo sobrevivir a la mordida del hombre lobo; Dennis y los señores Creevey, a pesar de ser muggles, estaban sentados en segunda familia, llorando por la muerte de Colin; Remus reconfortaba a Tonks, que tenía a Teddy en sus brazos, dándole palabras de aliento, pero nada de eso traería de vuelta a Andrómeda Tonks; Sirius tenía la vista perdida, como la mayoría de la gente. Carraspeo, atrayendo la atención de los presentes. —Hace dos días se realizó la Batalla de Hogwarts —comenzó, dejando que las palabras salgan por si solas—, donde perdimos muchas personas importantes —no se atrevió a mirar a los demás, todavía sentía que era culpa suya todo lo que había pasado—. Todos ellos, valientes guerreros, no murieron en vano; lucharon para un futuro mejor, una nueva vida sin preocupaciones, para que sus familiares, amigos y conocidos vivieran felices. »Sé que duele, y nada de lo que yo diga u otro logrará reconfortalos, pero, aunque nunca podrán superarlo por completo estas pérdidas, hay que intentar seguir nuestras vidas. Por nosotros. Por ellos. Por todos lo que lucharon por algo mejor. »Lord Voldemort murió y con él, todo rastro de preocupación, temor y maldad. Ahora somos libres; libres de todo los que nos encarceló por años. »Y ahora sólo nos queda poder cumplir nuestra última misión: ser felices. Yo lo voy a intentar y espero que todos ustedes también. Harry se bajó del atril, con algunos aplausos y asentimientos hacia él. Volvió con sus amigos y abrazó a Hermione, que había empezado a llorar nuevamente. Pasaron muchas personas más y luego enterraron los cuerpos; Grawp se encargó de echar encima de los ataúdes la tierra. El nuevo Ministro de Magia, Kingsley Shacklebolt, pidió un minuto de silencio por los muertos, así que por ese definido tiempo sólo se escuchó el viento soplar violentamente, anunciando una tormenta. A cientos de kilómetros de Hogwarts, en la Mansión Greengrass se hallaba Draco Malfoy, conversando de verdad por primera vez con Daphne. Ella ya había sido informada que sería la nueva prometida de él, sólo porque su hermana era considerada una traidora de sangre. Y aquella noticia había hecho que Astoria reviente de felicidad, ya que lo último que quería era casarse por compromiso y sobre todo, con alguien al que veía como un arrogante y sucio hurón. —¿De verdad? —rió Daphne. —Si, en serio. Crabbe estuvo en la enfermería durante una semana. Pero al terminar de decir eso, el rostro de Draco reflejó tristeza. Su amigo había muerto a manos del maleficio que el mismo hizo y ahora sólo le quedaba Goyle. Daphne pareció notarlo, pues le apretó la mano. —¡Hermana! —el heredero de los Malfoy le soltó la mano bruscamente, buscando a la chica que grito. Astoria Greengrass bajaba por las escaleras en forma de caracol, levitando un baúl con su varita—. Me voy a la casa de Theo. Dile que me quedó allí una semana. —Esta bi... ¡¿Cómo?! —Que me quedó una semana donde Theo. Le he mandado una cara y ha dicho que si. —¿Por qué? —Porque no soporto a mis padres y estoy cansada de que me reprochen por batallar del lado bueno en la guerra. Nos vemos, Daphne. Ella carraspeo, señalando con la cabeza a Draco. La joven de cabello castaño oscuro, que caída en cascada en su espalda, y de ojos verdes brillantes, rodó los ojos, después asintió hacia él, antes de dirigirse a la chimenea. Tomo un puñado de polvo flu, grito claramente "A la Mansión Nott" y un fuego verde se la comió, desapareciendo de su casa. Daphne se dejó caer en el sofá, visiblemente triste por la relación de sus padres y hermana. Claro que no le gustaba que Astoria se junte con traidores de sangre o hable con sangres sucias, pero eso no significaba que tenía que repudiarla como sus padres. —Daphne —dijo su madre, entrando a la sala con Narcissa Malfoy—, escuche la red flu activarse, ¿ha llegado tu padre? —No, era Astoria. Se fue a la casa de Theodore Nott por una semana. —Y que se quede ahí el resto de su vida —murmuró la señora Greengrass. Daphne gruñó ante eso. —Bueno, fue un gusto visitarlas nuevamente. Es hora de volver a casa, Draco. —Claro, madre —él se levantó, al igual que su nueva prometida—. La próxima será en nuestra mansión, Daphne. Cuidate. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla, posteriormente se despidió de la madre de ella de la misma manera. Narcissa hizo lo propio y se junto con su hijo en la chimenea para poder aparecer en su casa, luego de estar toda la mañana en la Mansión Greengrass. Aunque la razón por la cual los Malfoy no querían estar mucho tiempo en su casa era porque no querían recordar que Lucius se encontraba en Azkaban. Para salir tendría que esperar cinco años, aunque cuando se cumpla un año podría ir al Ministerio a informar los nombres de los ex-mortifagos. —Abby, traeme un café negro —le dijo la señora Malfoy a su elfina domestica apenas llegó. —Como diga, ama.  —Cuentame, hijo, ¿de qué has hablado con Daphne? —le preguntó, caminando hacia el sillón más cercano. Draco se sentó delante de ella. —Conversamos sobre Hogwarts y un poco de su hermana —ella hizo una mueca de disgusto al nombrar a la traidora de sangre—. ¿Sabes, mamá? Tengo mucho sueño, no he dormido mucho anoche. Dormire un poco, luego te acompañaré a ver a tío Rodolphus, ¿esta bien? —Claro, hijo —aceptó, recibiendo la taza que su elfina le daba. Draco se levantó y caminó hacia las escaleras, así poder ir a su cuarto a echarse una necesaria siesta. Entró a su habitación, cerró la puerta con seguro para que nadie lo moleste y se tiró a su cama. Se sentía enojado, él no tenía ganas de casarse, sobre todo si era un matrimonio arreglado. Podía ser que él sea para los ojos de muchas personas un patán y un imbécil, pero él quería casarse por amor. Poder vivir el resto de sus días con la mujer que amaba, y viceversa. Pero sólo le quedaba casarse con Daphne Greengrass, una chica que, si bien era muy buena con él y bella, no estaba enamorado de ella, ni ella de él. Sólo esperaba que en algún momento de su compromiso al menos se quieran lo suficiente para no sentirse obligados a casarse. Mientras, caminando solo por Hogsmeade, Harry Potter estaba atrapado en sus pensamientos. James y Lily Potter habían sacrificado sus vidas por él. Cedric Diggory había muerto por teletransportarse con él al cementerio. Jean Black había muerto a causa suya a no saber diferenciar entre lo verdadero y lo ilusionario. Alastor Moody había muerto por tratar de terminar el traslado de él. Dobby murió por salvarlo. Severus Snape murió por protegerlo. Y muchas personas murieron a causa de él. —No quería que murieran por mi culpa —susurró. La primera gota cayó, siguiéndola por muchas más. La tormenta parecía muy violenta y Harry se maldijo por no hacer caso a Hermione y salir del castillo, pero es que ya no podía quedarse allí, viendo las caras de tristeza y dolor de la gente, sintiéndose responsable de las tragedias de ellos. Le habían dicho que no tenía la culpa de nada, que ninguno de los difundos había muerto en vano, pero aún así aquel sentimiento de culpabilidad no se iba de él. Se colocó la capucha sobre la cabeza, cuando escuchó un ruido. —¿Quién anda ahí? —preguntó, ya que él estaba cerca de la Casa de los Gritos, donde nadie venía a pasear. Se escuchó una rama romperse. —¡Hablo en serio! ¡¿Quién anda ahí?! La lluvia caía más fuerte, empapando por completo las gafas de Harry, que trataba inútilmente de recordar el hechizo que uso Hermione una vez para que la lluvia no empapara sus gafas cuando jugaba Quidditch. Cerca de allí sonó otro ruido. —¡Neville, Hermione, si estas es una broma...! Buscó su varita a tientas en la túnica, mirando hacia el bosque. Una silueta salió de entre los árboles, y claramente no eran sus amigos. Era un hombre alto y tenía una mascara que cubría su cara. Harry no necesitó otra ojeada para saber que se trataba de un mortifago. —¡Desmaius! —gritó el encapuchado. Harry lo esquivó con otro hechizo. —¡Expelliarmus! —exclamó. El salvador del mundo mágico se limpió los lentes rápidamente, para tratar de ver bien a su contrincante, que seguía lanzando hechizos sin parar. Aunque Harry había notado que sólo quería aturdirlo, no matarlo. —¡Diffindo! —él ahogó un gemido de dolor cuando el maleficio le rasgó la manga, cortando el brazo. Malherido, tomó la varita que se le había caído y le devolvió el maleficio, luchando para no perder más sangre. Se acercó a él, esquivando los hechizos, mientras que el mortifago aparecía y desaparecía al rededor de él. —¡Suficiente! —gritó el enmascarado. Harry se lanzó a él, tratando de quitarle su varita cuando sintió una horrible sensación de estar siendo aplastado y se estaba quedando sin aire; entendió que se estaba Apareciendo con el mortifago. Cayó en lo que parecía un campo, donde también llovía ferozmente. El mortifago volvió a levantarse, listo para otro enfrentamiento. Alejada de la batalla que su mejor amigo tenía, Hermione jugaba con su ahijado, Teddy Lupin, mientras su prima iba a la cocina de Hogwarts, a pedir comida para ellos tres, a pesar de los reproche por parte de la última Black por pedir a los elfos domésticos trabajar cuando su turno había acabado. Aquel día había luna llena, razón por la cual Remus y Sirius habían ido a la Casa de los Gritos y ella los estaba vigilando en el Mapa del Merodeador, por las dudas que tengan la fantástica idea de salir del lugar para hacer alguna travesura. Y a la vez vigilaba que en el mapa apareciera el nombre de Harry, pues tanto ella como Neville estaban preocupados por su amigo, ya que estaba lloviendo muy violentamente afuera. —A ver, Teddy, cambia el cabello a rojo —apuntó hacia la sabana de aquel color, y el pequeño, entendiendo lo que quería decir, lo hizo, riendo. —Ahora azul —dijo Tonks, sentándose junto a ellos en el Gran Comedor y cambiando el color de su pelo, que su hijo imitó—. ¡Así se hace Teddy! Como si la hubiera comprendido, el bebé rió y aplaudió con sus diminutas manos, cambiando varias veces el color de su cabello, y a veces el de sus ojos. —¡Hermione! —la dos giraron la cabeza hacia las puertas dobles, donde Neville Longbottom venía corriendo hacia ellas—. Ya esta oscureciendo y la lluvia esta muy fuerte, y Harry todavía no aparece. Me estoy empezando a preocupar. —Seguramente ya debe de estar apareciendo —trató de tranquilizarlo Tonks, aunque se notaba que también estaba preocupada. Hermione miró el mapa. Los nombres «Sirius Black» y «Remus Lupin» se podían ver, cerca del limite de hasta donde llegaba el mapa, pero no se veía ninguna señal del chico con gafas. —No aparece —susurró. —Dijo que iría a Hogsmeade —dijo Neville, recordado—. ¿Estará allí todavía? —No lo creo, habría vuelto apenas empezó a llover. —Quizá esta en la Sala de los Menesteres por eso no aparece en el mapa. —O en la Cámara Secreta —No, estuve revisando a cada minuto, lo hubiera visto si se conducida a la sala o a la cámara. —Bueno, pero no perdemos nada con buscarlo —repusó Neville—. Iré a la Cámara Secreta, todavía me acuerdo como hablar en parsel. Tu ve a la Sala de los Menesteres, Hermione. —Y yo me quedaré aquí, viendo si aparece en el mapa —los dos chicos asintieron, empezado a caminar hacia la salida—. Tengan cuidado, chicos. Tengo un mal presentimiento. Unos minutos después fue lo que bastó para que todo el mundo se empiece a desesperar, ya que Neville y Hermione habían venido con la noticia de que Harry no se encontraba en ninguno de los dos lugares y las personas que se encontraban en el castillo lo empezaron a buscar frenéticamente por todos lados, sin ninguna noticia de él. Y cuando pasó una hora de su desaparición, el ministro ordenó a autores a buscarlo. —¿Dónde estas Harry? —preguntó Hermione al viento, revisado nuevamente el Mapa del Merodeador.