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Mundos diferentes — capítulo 5

No podía quejarse de la vida que le tocó. Podía ser que no tuvieran mucho dinero, sólo lo suficiente para comer y vivir cómodamente, sin exigirse en lujos, pero eso era lo último que le importaba; sabía cuanto habían hecho sus padres para que ella y su hermano mayor tuvieran lo que les hacía falta y que vivieran bien. Y eso agradecía mucho. Tuvo una buena infancia: sus padres la arropaban todas las noche, agregando un cuento diferente para dormir; su hermano le había enseñado a montar en caballo, lecciones de supervivencia, jugar a la pelota y como poder distinguir a las personas que necesitas en las vida; sus amigos se portaban bien con ella y siempre le hacían regalos, creados por ellos, que ella amaba. Cuando empezó su adolescencia, fue casi lo mismo, quizá sus padres ya no le cantaban una canción para que se duerma, o su hermano pase tanto tiempo con ella, pero aún así era fascinante. Y él próximo año iría a la Universidad de Oxford, gracias a sus progenitores, que lucharon mucho para conseguir que vaya, junto a su hermano, aunque él consiguió una beca completa por jugar fútbol. La única familia que tenía eraan sus padres, Arthur y Molly, y su hermano mayor, Ronald, pues sus abuelos y sus tíos murieron cuando ella todavía no había nacido. Ginevra Weasley siempre se considero una chica estudiosa, quizá no era la más inteligente de su salón, pero si tenía notas perfecta, y también responsable, aunque no podía evitar uno que otro desliz que siempre intentaba solucionar. Aunque ahora no sabía cómo iba a solucionar este. Cuando salió aquella tarde, con el auto de su hermano para ir al pueblo a comprar unos recados que le pidió su madre, nunca pensó que terminaría chocando a alguien. Aunque, en su defensa, ese chico salió de la nada. Tuvo que hacer un Frank esfuerzo para levantarlo del suelo y ponerlo en la parte trasera del auto. Cuando llegó a su casa, a sus padres casi les da un infarto tras oír el relato de su hija y su hermano la ayudó a llevarlo a la habitación de invitados. —¿Cuánto más piensas dormir, eh? El chico era bastante guapo, según lo que se fijo Ginny. Tenía el cabello de un color negro como la noche, totalmente desordenado, y algo le decía que no era por la lluvia. En el momento que se despertó dos segundos, antes de volver a desmayarse, notó que sus ojos eran verdes esmeralda; no recordaba ver a una persona con ese profundo color de iris. Llevaba unas gafas algo rotas y en su frente había una cicatriz en forma de rayo, aunque no era la única, cuando su madre lo desvistió para quitarle la ropa mojada por una seca, Ginny se dio cuenta de que su cuerpo estaba llena de cicatrices, algunas largas, otras cortas y la mayoría profundas. —Si le lanzó un vaso de agua fría, ¿crees que se despierte? —le preguntó Ron a Ginny, cuando el desconocido llevaba casi dos horas más inconsciente. —Eso sería una buena idea —dijo ella. Luego tomó el palo que había en la mesita de luz que el chico sujetaba antes de que el auto impacte contra él—. ¿Qué crees que será esto? —Quizá le gusta hacer artesanías como papá. Me preguntó dónde se hizo todas esas heridas. —No sé, cuando lo encontré estaba sangrando. Y no creo que sea sólo por el choque. —Neville... Ambos hermanos miraron al desconocido, que se empezó a remover en la cama, murmurando cosas. —Hermione... Voldemort... Batalla... Sirius... Magia... Alejado de las palabras del ahora más buscado en todo mundo mágico, Draco Malfoy caminaba por el Callejón Diagon. No había mucha gente, más bien, él sólo se había cruzado con unas seis; todavía había gente que no se recuperaba de los sucesos de la Segunda Guerra Mágica. Suspiró frustrado, con el frío que hacía esa tarde, hubiera aprovechado para dormir una siesta, no para ir a comprar un regalo para su prometida sin motivo alguno. Había estado en el Callejón Diagon casi todo el día, buscando algo bueno para darle, aunque no sabía qué. Y el hecho que en su mente siempre venía la imagen de la pequeña Greengrass no ayudaba para nada. Sólo era un enamoramiento lo que sintió en sexto año, no se pudo enamorar de ella. No debía. Él se tendría que casar con Daphne y olvidar a Astoria. ¿Y por qué la tenía que olvidar? ¿No era que ella eso era sólo un enamoramiento? Necesitaba hablar con alguien, pero ¿con quien? Las tres personas que fueron gran ayuda y compañía en su infancia ya no lo querían, Draco suponía que lo debían odiar. Pero necesitaba hablar con ellos, urgentemente, ellos eran los únicos que podrían comprenderlo. Compró el primer collar que vio en la joyería y volvió a su casa. Verificó que su madre no se encontrara cerca y se metió rápidamente en el despacho, buscó tres sobres, pergaminos, una pluma y un tintero para escribir las cartas. Se sentó detrás de la mesa de escritorio, tratando de pensar que podía poner. —No, ellos no vendrán. Yo los decepcione. Ellos me odian. Draco fue invadido por los recuerdos de su infancia que pasó a escondidas de su padre. Había cambiado mucho desde que ellos se fueron y se peleó con ella. ¿Estaba siendo bien en mandarles una carta? Siempre había deseado que nada hubiese cambiado entre los cuatro, que siguieran siendo amigos, familia. Pero gracias a sus errores, eso no pudo ser. Suspiró, tenía que hacerlo.

*"Te resultará extraño recibir esto de mi, después de todo, la última vez que hablamos fue cuando yo tenía nueve años. Sé que puede ser que reconociste mi águila, siempre te enviaba cartas con ella, pero si estas leyendo esto, te quiero decir que te necesito.**Si aceptas perdonarme por ser un imbécil, ¿entonces podemos vernos en ese lugar al que íbamos siempre mañana a las 15:00 hs? Necesito una de esas Juntas que hacíamos.**Lo siento,*Draco"

Escribió la misma carta dos veces más y las metió en el sobre. Vio a su águila volar con ellas. Ahora sólo tenía que esperar que los gemelos Orión y Regulus Black y Cassiopeia Black aparezcan el día siguiente en su lugar secreto para una Junta de Primos. Suspiró, se levantó del asiento y salió del despacho. Subió las escaleras hasta su habitación, donde prácticamente vivía. Antes de sentarse en la cama, fue hasta el ropero, buscó su escondite y sacó un álbum viejo de fotos. Recurría a menudo a él, le daba mucha valentía. La primera foto mostraba a un niño de cinco años, una niña de seis años y un par de gemelos de nueve años. Los cuatros movían las manos, sonriendo a la cámara, aunque había lágrimas en sus ojos. Aquella foto se la tomaron antes que los gemelos empiecen su educación mágica en el Instituto Durmstrang. Draco pasó las demás fotos y en todas se lo mostraba sonriente y feliz. ¿Por qué no podía estar así ahora? Sin que nadie lo supiera, Harry Potter estaba comiendo la cena tímidamente en la casa de unos totales desconocidos, con pérdida de memoria y totalmente desconcertado. —No. Yo no conozco a ningún Neville, mucho menos una Hermione —dijo por tercera vez en lo que iba la noche. Él se sentía bastante estúpido, por mucho que la señora pelirroja y regordeta, que le pareció una gran mujer, le haya dicho que no era su culpa perder la memoria—. ¿Dije algo más? —le preguntó curioso al chico que tenía sentado al lado suyo. Ron, si no se equivocaba, fue la primera persona que vio cuando se despertó y era bastante amable y divertido. Era su primer amigo, o al menos del que se acordaba. —Si, dijiste Batalla, Sirius y Voldemort. ¿Sabes que significa? —Bueno, sé el significado de «Batalla» —dijo, haciendo reír a la chica que estaba sentada frente a él. Le parecía muy linda, con ese cabello rojo como el fuego y sus profundos ojos castaños. Ron le había dicho que ella lo chocó, por eso Harry suponía que se comportaba tan tímida con él—, pero porqué lo dije, no tengo ni idea. Y sobre las otras dos palabras, tampoco. —No te preocupes, Harry, ya recordaras todo —le aseguró el señor Weasley, un hombre de mediana edad que estaba bastante obsesionado con la artesanía, por eso le gusto la vara que tenía Harry, aunque él no tenía ni idea cómo lo hizo, pues sabía que nunca le interesó lo artesanal. —Ahora, vayamos a lo importante —dijo Ron, juntando sus manos—. No hace falta que vaya a la escuela mañana, después de todo, no podemos dejar solo a Harry en casa, ¿verdad? —Tu iras al colegio mañana, como Ginny —dijo Arthur. Ron gruñó—. Y tu madre los miércoles da clases de cocina en casa, así que tranquilamente Harry se pueda quedar aquí. Harry sonrió divertido al escuchar a Ron buscar excusas para quedarse. No lo culpaba, él había estado dos horas consciente con los Weasley y se dio cuenta que eran la familia perfecta, por eso no había revelado sobre que tenía tíos y un primo que vivían en Numero 4 de Privet Drive. Lo iba a hacer una vez que recordará porqué estaba en Ottery St. Catchpole y no en su alacena bajo las escaleras. "No seas terco, Harry. Somos tus mejores amigos, estaremos juntos hasta el final." ¿Quién había dicho eso? ¿Era un recuerdo? ¿Tenia amigos antes? Hizo esfuerzo para tratar de recordar algo más, pero nada. La que había dicho eso era una chica, Harry sentía esa voz muy familiar. —¿Pasa algo, Harry? —preguntó Ginny, que se había dado cuenta de la reacción de él. —No, nada —mintió—. ¿Entonces da clases de cocina, señora Weasley? —Así es, Harry. Cuando quieras... "—¿Entonces viviré contigo?**—Así es, Harry." Harry se sobresalto, aunque nadie se dio cuenta. Ese definitivamente era un adulto, que al parecer lo dejaría vivir con él. Y si lo hizo, ¿estaría preocupado de su desaparición? —... cereza, ¿esta bien, querido? —Si, señora Weasley —afirmó Harry, a pesar de no saber lo que le dijo. —¡Perfecto! ¿Ves, Ron? Hay chicos que le gusta la repostería. Ron rodó los ojos. —Sólo aceptó para quedar bien —masculló. Cuando el reloj marcó las diez de la noche, la señora Weasley mandó a los jóvenes a dormir, ya que Ron y Ginny mañana tendrían escuela y Harry, sin saberlo, había aceptado a participar en la clase de cocina de ella y tenía que levantarse temprano. Ron lo había dejado dormir en su habitación, pues tenía una cama extra por si uno de sus amigos se quedaba a pasar la noche en su casa. Él se quedó dormido de inmediato, en cambio Harry se quedó acostado, pensando en lo que había vivido las últimas veinticuatro horas. Recordaba haber estado en una desvencijada casa en medio del mar, porque una persona -que aún no sabía quién era- le había estado mandando miles de cartas. Y cuando llegó el 31 de Julio, alguien tocó la puerta, pero hasta ahí llegaba su memoria. Y después despierta en esa casa de desconocidos que, para su sorpresa, le tienen aprecio. Perdió casi siete años de vida. ¿Qué pasó en ese lapso de tiempo? Mejores amigos tenía, lo había recordado. También había alguien que debía de ser su familia o algo así, porque se iba a vivir con él. Pero ¿qué más? ¿Había pasado algo interesante? ¿Podría ser que tuviera novia? Y lo que más   se preguntaba Harry, ¿cómo rayos se hizo todas esas cicatrices? "—Al final, Harry debe morir. Y es necesario que sea Voldemort quien lo haga...—Creí... creí que lo hacíamos por ella. Por Lily. Todo este tiempo... ¿lo has criado como un cerdo para el matadero?—Me sorprendes, no me vas a decir que, justamente ahora, le has tomado cariño al chico, ¿no?—¿Al hijo de Potter? ¡Expecto Patronum!De la punta de la varita que sostenía salió una cierva plateada. Aterrizó en el piso de la oficina, voló a través de ella, y escapó por la ventana. Dumbledore la observó alejarse volando, y mientras su brillo plateado se desvanecía le dio la espalda a Snape, con los ojos llenos de lagrimas.—¿Después de tantos años?—Siempre..." A la mañana siguiente, Harry olvidó  por completo uno de sus recuerdos.