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Mundos diferentes — capítulo 9

Había pasado dos excelentes semanas junto a los Weasley. Había ido al río con Ron a nadar, ayudó en su trabajo al señor Weasley, escuchó atentamente a la señora Weasley relatar sus clases de cocinas y estuvo mucho tiempo con Ginny. Harry había pasado de maravilla los días que convivió con la familia pelirroja y cada día agradecía que la chica con pecas en la cara lo haya atropellado con el auto. En ese instante se encontraba caminando por el pueblo junto a su gran amigo, hace unos momentos se habían ido de la casa del amigo de Ron, que se había convertido también en un amigo de Harry, como todos los demás, algo que hizo que él se sintiera sumamente feliz, ya que se acordaba que de niño era más solitario que una piedra. Pero eso no era lo único que recordaba. Había visto en sueños o en recuerdos que aparecían de la nada cosas que no tenían sentidos, que no sabía si creer si eran ciertas o era sólo una broma de su subconsciente. Dragones, hipogrifos, sirenas, fantasmas, gigantes, troles y otras criaturas que no ha conseguido diferenciar. Pero siempre en esos recuerda o ilusiones estaba acompañado por esa chica de rebelde cabello castaño y aquel chico que había recordado una vez, que escuchó en su cabeza hablaba de unos T.I.M.O.s, algo que Harry no sabía aún que era. Aquellos desconocidos que le eran tan familiares irrumpían en su mente. Se había visto con ellos recorriendo un pasillo, jugando al ajedrez, charlando mientras jugaban con unas cartas que extrañamente explotaban, sentados en el césped de un jardín, paseando por aquel castillo que él sentía tan reconfortante. Y lo más sorprendente, los tres juntos en diferentes en lo que parecía aulas de clases, agitando esa vara y consiguiendo grandes cosas con ellas, como levitar plumas, abrir puertas cerradas, prender fuego, aparecer agua, transformas objetos en animales, silenciar a personas... Harry sabía que todo eso era extraño, pero aún así no podía evitar emocionarse cuando un recuerdo invadía su mente y lo mostraba a él con ese par, usando ese palo de madera que gracias a un recuerdo, se había enterado que era una varita. La libreta que el señor Weasley le había dado parecía un cuento para niños por todas las cosas alucinantes que estaban escritas. Harry había anotado muchas palabras que era al parecer hechizos o maleficios que, por miedo, todavía no habían probado de usar con su varita. Era más claro que el agua que si le decía a los Weasley lo que le pasaba, lo internaría en un loquero, pero por una rezón que Harry desconocía, él creía ciegamente que todas esas cosas eran reales, por mucho que sean imposibles de ser verdad. -¿En qué piensas? -preguntó Ron, con el ceño fruncido. Su amigo había estado muy callado y a veces aparecían sonrisas de la nada o arrugaba la nariz de imprevisto. -En nada -mintió. -Como sea. ¿Vamos a la ciudad? Quiero probar otra vez ese tiramizu en la cafetería. Harry sonrió, mientras se daba vuelta para comenzar una carrera contra el pelirrojo hasta la Madriguera. Hermione estaba muy irritada. ¡Dos semanas! ¡Dos malditas semanas de no saber nada de su mejor amigo! No podría soportarlo más. Desobedecería a su padre y saldría ella misma a buscar a Harry, pues creía que los Aurores no estaban haciendo ningún avance en la búsqueda del desaparecido. Su enfado había bajado cuando Neville le informó que había empezado una relación amorosa con Luna, algo que la alegró mucho por sus dos amigos. Se colocó el saco que Draco le había comprado días atrás y tomó un puñado de polvo flu. Se ubicó bajo la chimenea y gritó claramente el nombre del pub más famoso de los magos; el Caldero Chorreante. Los Aurores buscaban sólo por lugares mágicos, por eso ella decidió buscar por el mundo muggle, para sacarse las dudas. Pero antes de eso quería un trago, más específicamente un Whiskey de Fuego. Había probado por primera vez esa bebida el día que cumplió diecisiete años y Dean Thomas metió de contrabando varias botellas de aquello para festejar en la Sala Común de Gryffindor. -¿Segura? -Hermione asintió, y Tom, el tabernero, le sirvió un vaso completo, tras comprobar que era mayor de edad. -Gracias -le dijo, entregándole el dinero. Sentía varias miraras en ellas, las cuales tuvo que empezar a acostumbrase, pero aún se ponía nerviosa y tímida cuando venía cualquier persona a pedirle un autógrafo. Bebió el liquido que había en el vaso, que quemó su garganta por completo, pero no le prestó atención y continuo hasta que no quedó ni una sola gota. Tras devolverle la copa al dueño del pub, Hermione salió a la calle. Había ido al mundo muggle innumerables veces con su padrino o con sus amigos, así que ya sabía como dirigirse, aunque procuraba no alejarse mucho del Caldero Chorreante para no perderse. Miró su reloj. Eran casi las doce de la tarde. Tenía dinero tanto muggle como mágico en su monedero y gracias a tío Ted, había aprendido a usarlo a la perfección. Buscaría algo luego iría a algún lugar para comprar algo para almorzar. Su padre no se enteraría, desde que se enteró de la desaparición de Harry, sólo había estado metido en eso. Hermione caminó hasta uno de los parques de la ciudad. Suspiró mientras se sentaba en una banca, cuanto necesitaba que Harry apareciera. -Disculpa -ella levantó la cabeza para encontrarse con una chica un par de años menor que ella-. Se te ha caído esto. Hermione le sonrió a la joven, recibiendo la pulsera en la que la palabra "Black" resaltaba. La chica era pelirroja, de un tozo entre el claro y oscuro, tenía los ojos color chocolate, la cara estaba llena de pecas y le sonreían con amabilidad. -Muchas gracias, es parte de la familia. -Entonces debes adorarlo mucho -la desconocida sacó de adentró de su blusa una collar que contenía la palabra "Weasley" grabadas en dorados. Hermione hizo una mueca, en realidad le daba igual si perdía o no esa pulsera, ya que sabía que le había pertenecido a un familiar que seguramente era purista. Pero como se lo dieron a su madre, antes de convertirse en una traidora, y ella se lo había regalado, la conservaba-. ¿Me puedes decir la hora, por favor? -Si, claro. Es... -volvió a mirar su reloj- las doce, ni un minuto más. La pelirroja emitió un resoplido. -Mi hermano ya debería de haber llegado. -Siempre se retrasan -dijo Hermione. Ella amaba a Harry y Neville como si fueran sus hermanos y sabía por experiencia propia como se retrasaban-. Hermione Black -ofreciéndole su mano. -Ginevra Weasley, pero dime Ginny -estrechando las manos con ella-. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? ¿Esperas a alguien? -En realidad, buscaba a alguien. Digamos que mi mejor amigo se perdió y todavía no hemos hallado su paradero -Ginny se llevó una mano a la boca, horrorizada-. Sabemos que esta vivo, pues nos informaron que lo vieron hace unos días, pero no sabemos dónde esta. -Que pena. De en serio lo lamento mucho. Hermione sonrió tristemente. Continuo hablando con la chica, olvidándose por completo de la buscar a Harry. Ambas congeniaron muy bien, a pesar de que no eran muy iguales. Unos diez minutos después, Ginny se levantó de un salto de la banca, le informó a su nueva amiga que regresaría acompañada de su hermano y amigo en breves. La castaña asintió, pensando que su plan de buscar a Harry ese día se pudo haber realizado. Suspiró, tendría que ir otro día y se apuntó decirle a sus primos que la acompañase la próxima vez, aunque sabía que le iba costar convencerlos que lo hagan. —Hermione, te presento a mi hermano, Ron. La bruja había quedado absorta en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la presencia de ambos hasta que Ginny habló. Hermione levantó la mirara para encontrarse con un chico realmente apuesto, de la clase a la que su padre no le gustaba que se juntase su pequeña porque creía que por su belleza, ella cedería a cualquier cosa. El chico, quizá de la misma edad que Harry y Neville, tenía el cabello rojo como el fuego al igual que su hermana, algo largo, haciendo que algunos mechones le tapasen sus ojos azules que eran de un tono que nunca había visto; ni siquiera Cormac McLaggen los tenía así. Era alto, por lo menos le debía sacar una cabeza y media a Hermione, y con nariz y manos grandes. Las pecas adornaban su cara, como su sonrisa ladeada al ver a la joven. —Hermione Black —se presentó, parándose. Y como supuso, el muchacho le sacaba una cabeza y media. —Ronald Weasley —tomó su mano y le dio un beso en ella, dejando a su hermana asombrada por aquello, ya que Ron no era una de las  personas que podrían definirse con buenos modales. En cambio, Hermione estaba muy sonrojada. La última vez que alguien se había presentado así fue Viktor Krum. —Es una pena que no haya venido nuestro amigo, me hubiera encantado que lo conozcas —la voz de Ginny consiguió que Ron y Hermione suelten sus manos, pero no que apartan sus miraras. El chico de cabello rojo sonrió, la chica era muy bonita y nunca antes había visto unos ojos tan expresivos como los de ella. Hermione al ver que el hermano de su amiga ni le quitaba la mirara de encima, se ruborizó por completo—. ¿Y si vienes a comer con nosotros? —preguntó Ginny, al darse cuenta que Ron no tenía ganas de que Hermione se marche. —No tengo tanto dinero para comprarme algo —mintió. Ella tenía suficiente como para ir a comer a un lindo restaurante, pero el problema era que ellos eran muggles, y ni era que sea una purista, sino que tenía miedo que ellos dijeran algo que ella reconociera y se enteraran de la verdad—. Además, mi padre no sabe que estoy aquí. Y es demasiado sobre protector. Debería irme a casa. —Te llevo —se apresuró a decir Ron, algo decepcionado que ella se marchara. —No es por nada, pero hace dos minutos que te conozco, no sé quién eres realmente —él asintió, pensando que la chica no quería ir con él por esa razón, pero no imagino que era porque su casa estaba bajo el hechizo Fidelio y ningún muggle podría verla, además si él trataba de hacer daño, ella podría usar su varita y resultaría vencedora—. Espero que nos veamos otro día, Ginny. —Yo también. ¿Y si me pasas tu número? Podemos quedar otro día. Hermione reflejó su desconcierto en su cara. —Tu celular —explicó Ron—. Podrías pasarnos el número de tu celular para mantenernos en contacto. La última de los Black mostró más confusión. ¿Qué rayos era un de un delurar? —¿No tienes uno? —Er... no, no tengo. Yo... me tengo que ir. ¡Adiós! Sin darles tiempo para despedirse, Hermione dio media vuelta y se perdió entre la gente de la ciudad, maldiciéndose así misma por no saber que diablos era eso de lo que hablaban los hermanos pelirrojos. Llegó al Caldero Chorreante y pidió polvos flu al dueño, que tras cobrarle, se los dio. Se adentró en una chimenea desocupada y gritó la dirección de su casa, desapareciendo del pub y llegando a la casa de la antigua y ancestral familia Black. Hermione bufó molesta, sus planes de buscar ese día a su mejor amigo no se pudieron realizar por la llegada de Ron y Ginny. Estaba segura que, si Harry estuviera con ella, no habría permitido que el pelirrojo mantuviera su mirara en ella tanto tiempo; siempre se comportó como un hermano mayor celoso que sobre protegía a su pequeña e indefensa hermanita. Y quizá ella lo hubiera regañado, porque aquel chico le había interesado por completo. Nunca fue una de las chicas populares o más bonitas de Hogwarts, y sólo dos chicos se fijaron ella: Viktor Krum y Cormac McLaggen. Pero claro que uno sólo le tendió su más sincera amistad y a otro lo despreció por su forma de actitud. Pero esos ojos azules... —¡¿Se puede saber dónde estuviste?! Hermione dio un brinco cuando la voz de su padre resonó en la cama. Sonrió inocentemente a su progenitor que no estaba solo, sino que a su lado estaba Remus Lupin, que también la miraba ceñudo. Ambos eran débiles ante ella, mimándola muchas veces y nunca la castigaban, pero desde la desaparición de Harry, había estado muy protectores con ella. —¿Y bien? —preguntó su padrino—. ¿Hay algo que quieras decirnos? —Si —dijo, poniendo su mejor sonrisa—. ¿Me compras un delurar?