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Historia 188742 — capítulo 30

Band-Aid Covers The Bullet Hole/Las Banditas Cubren El Hoyo de Bala

La mesa estaba puesta. Molly Weasley esperaba que su esposo bajara en cualquier minuto, hacía una semana que dormían en habitaciones separadas.

La garganta era como un tubo de plástico corrugado que no dejaba paso alguno a la comida, así que el pan tostado con mermelada solo daban vuelas en todo en plato. Tiene la idea de que el jugo de naranja o quizá la leche tengan éxito, pero no demasiado.

--Buenos días—saluda Arthur entrando a la cocina, toma el lugar al otro lado de la barra.

--Buenos—es lo que contesta la mujer sin ánimo alguno--¿regresaras temprano?

--No, no creo poder.

Es la respuesta más popular que escucha estos días.

--Como siempre—dice en voz baja mirando el desayuno.

--Ya te dije que en el ministerio hay mucho trabajo—recuerda con molestia el señor Weasley.

—Lo curiosos es que llevas trabajando 30 años para el ministerio y nunca habías llegado tan tarde como ahora—comenta en el mismo tono.

El sonido de los cubiertos contra el plato no ayudan a tranquilizar a nadie.

--Por favor no empieces Molly—advierte el otro de manera forzada.

Retoman el silencioso desayuno por unos minutos más, pero para Molly, a quien se le figuran siglos, simplemente es imposible dejarlo pasar.

--¿Ya sabes lo de Bill?

--¿Qué quiere organizar una comida familiar el Sábado? Sí, lo sé.

--¿Y sabes el motivo?

--No.

Arthur embulle sus huevos con más rapidez, quizá deseoso de salir de aquel lugar. Alterna el jugo de calabaza ya muy cerca el final.

--Deberías estar más en casa—ataca la señora Weasley—así sabrías lo que pasa con tus hijos.

--Yo sé lo que pasa con ellos—defiende firmemente.

--Percy no son todos tus hijos, Arthur—le recuerda con rudeza.

--Si he estado tanto tiempo con él es porque… necesita consejos, ayuda.

--¡Todos la necesitamos por aquí!—grita ella—Todos. Tú.

La comida ha quedado de lado, la barra de la cocina es un campo de batalla. Igual que la recamara, la sala y el jardín.

--¿Para qué quieres que este en casa, Molly?—pregunta doliente--¿para verte llorar todos los días en silencio? ¿Para qué me veas con tus ojos llenos de culpa?

Se han destruido tanto. Tiene razón, no puede verlo. En el fondo no puede dejar de castigarlo, de castigarse a ella misma. ¿Cómo es que esto les ha pasado?

--Me voy al trabajo—sentencia secamente, levantándose.

--Debimos quedarnos—susurra sin voz—para ella.

Surcan su rostro gruesas lágrimas, caen en el pan tostado frío y aguado por la mermelada.

--Hoy no, Molly—suplica con renovado coraje—Hoy no.


--Tierra llamando a Hermione—dice Ron por detrás de ella, estampando un beso en su mejilla.

--Hola, lo siento, no me di cuenta a qué hora entraste—comenta sentada frente al comedor.

--Ya lo note.

Terminaba de darle su leche a Lily, revisaba el reloj constantemente para que no fuera a retrasarse al salir al trabajo.

--Ya te deje la pañalera lista—le informa repentinamente.

--Ok, gracias.

Sostiene a la bebé con fuerza casi desmesurada. Retrasa la hora en que tendrá que dejarla atrás.

--Por cierto, Bill te llamara en algún momento del día—le pone Ron al corriente—espero que no te moleste que le haya dado tu número.

--¿Bill?--se extraña--¿Por qué iba a llamarme?

--Te invitara a la comida  que planea para el fin de semana en la madriguera.

--¿Desde cuándo Bill planea comidas?--y su tono de incredulidad va en aumento.

--Desde que va a anunciar su compromiso—suelta Ron.

La notica le basta para salir de su distracción matutina, se resbala un poco de su mano el biberón de la bebé. Ron asiente mientras toma asiento a un lado, para confirmarle que ha escuchado bien.

--¿Bill va a casarse?—exclama

--En unas semanas, según sé—aporta el pelirrojo tallándose la frente--¿puedes creerlo? Yo aún sigo pensando que en cualquier momento va a llamar y a decir que todo fue una broma.

Es como si se hubiera anunciado  el apocalipsis en las noticias de la TV, primero Percy, luego Bill. Cosas sorprendentes suceden cuando te das cuenta que cuan corta es la vida.

Recuerda cuando pregunto a Ron sobre la repentina decisión de matrimonio de su hermano Percy, aquella vez lo medito un poco.

--No es el mejor de los panoramas, con todo lo que sucede.

--Creo que es precisamente el motivo—opina él—por todo lo que sucede.

Quizá es cierto que todos, a raíz de lo que sucedió, saben que el siguiente día no está asegurado.

--¿Qué te pasa, Hermione?—la voz de Ron la trae a la realidad nuevamente.

--Nada—responde despejando la cabeza—solo me imagino a Bill sentando cabeza.

--Lo sé, es… raro—concuerda él.

La castaña decide que es hora de salir de allí, por aire fresco. Despejarse en lo que será un día duro.

--Ya debo ponerme en camino.

--Claro—concede el chico revisando la hora—te veo a las 5, me toca el turno de la mañana.

--Bien—responde Hermione, pasando a Lily a sus brazos.

Busca su bolso y su maletín, revisa las bolsas de su pantalón, las llaves, el teléfono. No lo entiende, pero hay algo diferente. Se repite mentalmente que no debe hacerle caso, no debe.

--Hermione—la llama Ron para sacarla de su ensimismamiento—te olvidas de algo.

Le sonríe y sostiene a Lily junto a su cabeza, Hermione decide que esa es la imagen que usara para tranquilizarse. Regresa sobre sus pasos para besar la frente de su niña con ternura, y luego posar sus labios sobre los de Ron.

--Tómatelo con calma, ¿quieres?—le pide él.

Sabe que él lo sabe. Que la apoya y que está ahí. Hoy.

--Tú también—contesta ella, dándole un segundo beso corto.


Cormac McLaggen se reclinaba cómodamente en la silla acolchonada que la sala de juntas disponía especialmente para él. Leía mientras bostezaba y parecía bastante desmejorado, Hermione sospechaba que el reciente fin de semana tenía mucho que ver en ello.

Hannah, sentada a un lado de su jefe, apoyaba la barbilla sobre sus manos, un tanto aburrida. Llevaban 20 minutos en la misma posición.

--Es un trabajo respetable e ingenioso—concluyó el tipo mirando  a la castaña por primera vez en toda la mañana—pero… no sé. Hay algo que no me gusta.

--¿Y qué es?—preguntó enfadada, sin sentirse sorprendida.

--Mm… tu estilo con los clientes es raro.

Ojala pudiera tener aunque sea la mínima idea de a qué  se refiere, porque no lo sigue para nada.

--Es que, en medio del desarrollo de la defensa, tiendes a ponerte en situaciones muy comprometedoras para la firma, para ti—intenta explicarle—mira descuidas nuestro bienestar, ¿sí?

--Creí que nuestro trabajo era hacer todo para resolver satisfactoriamente los problemas de los clientes—razona ella con obviedad.

--Y lo es, pero… como aquí—le pasa un expediente y señala con el índice—el caso del muchacho de color que asesino a un policía—y chasquea la lengua—Chica tus argumentos y apelativas llevan a extender las sesiones de juicio al menos otro mes.

--¿Y?

--Que es un caso perdido—sentencia él—lo mejor es mantenerlo hasta allí, no gastamos tiempo ni recursos en vano y no le damos una mala publicidad a la firma. ¿Lo has visto en las noticias? La gente pide su cabeza. Nos pondrán como defensores de criminales.

--De hecho hay marchas a su favor—interviene Hannah—los ciudadanos de color refieren que el cargo acusativo esconde inculpación y discriminación racial.

McLaggen le dirige una mirada de verdadera molestia, Hermione trata de disimular su satisfacción.

--Lo escuche por ahí, es que es un caso muy famoso—es lo que agrega la rubia en su defensa, McLaggen desiste.

--Déjamelo Granger, yo lo arreglo—dictamina quitándole el folder de las manos.

--¿Y que si es inocente?—no quiere dejarlo así, no es justo—el incidente se dio en medio de un tumulto muy confuso, y he visto las pruebas, yo no sé si…

--Déjamelo Granger—repite con más ímpetu.

La oleada de coraje y frustración empieza a subir y subir dentro de ella.

--Explíqueme entonces por qué la firma toma éstos casos—exige—si de todas formas no hará lo posible por intentar demostrar la inocencia.

--Es más que obvio—contesta dándose importancia, ocultando que está perdiendo la paciencia--¿Sabes quién es él? ¿Ese chico? Es trabajador de las industrias Falcon de electrodomésticos. La firma tiene un contrato de servicios para con la empresa, así que es obligación de la empresa brindarle apoyo jurídico, no salvar su pellejo—plantea, como si no se tratase de una vida humana—Además ni siquiera tenemos pago extra, se incluye dentro del convenio con la industria.

Y la ola crece y crece, las palabras están por salir de su boca a gritos. Pero en la última instancia lo considera, en parte porque la paraliza la posibilidad de  haberse metido en un charco de lodo, corrupción y estafa.

--Ahora—prosigue, sacando nuevos folders del montón de su izquierda—olvidémonos de eso y planeemos el trabajo para la semana que viene.

Como si se pudiera olvidar de que puede estar mandando a un inocente a la cárcel.

--Abbott, léelos—le ordena a la joven al lado suyo, dejándolos caer frente a ella—yo decido cuales son buenos.

Solo por sí ambas necesitaran otra razón más para odiarlo, ésta es una más para la lista. Reclina su silla una vez más y cruza sus brazos detrás de la nuca a manera de almohada.

Hannah comienza, esforzándose por mantener su tono neutro.

--Gerry Kenton, 32 años, publicista. Incumplimiento de contrato. Alega que no se le está pagando por completo sus honorarios debido a una cancelación de evento previamente estipulada en contrato.

--¿Y viene anexo el contrato?

--Sí—confirma la chica tras una hojeada.

--Déjalo, es pan comido—afirma.

Hermione siente cada vez más antipatía por la forma de trabajo de este abogado. Representa justamente todo lo contrario de su creencia propia.

--Ok, el siguiente es una compañía de taladros "Herklin and Co." Por fraude, los acusan de lavado de dinero—leé Hanna—mandan una copia de los registros de sus ingresos de los últimos 6 meses y un historial de entradas y salidas.

--Veamos—revisa rápidamente cada apartado y hace un gesto de cansancio—sí, lo tomaremos. Le pediré a Smith que lo revise, él se especializa en éstos.

Lo mandan a la pila más pequeña, la de los casos que atenderá en la semana. O bueno, mejor dicho, los que ella misma atenderá y a los que él les pondrá su nombre. Hace una nota mental para recordarse buscar al tal Smith.

--El siguiente es…--pasa a otro folder la joven secretaría—sí, aquí. Glenda Webber, 23 años, contadora. Despido injustificado. Alega que la empresa para la que trabaja la despidió cuando solicitó su permiso de maternidad—Hannah pasa el dedo por la hoja para no perderse ni un detalle—tiene 6 meses de embarazo. Se declara madre soltera.

Mcglagen lo sopesa, pide el expediente y comienza a repasarlo. Hermione deja de estar allí. Se traslada a la misma distracción que le ha robado toda su mañana y parte del medio día.

De repente su cabeza se enfoca en imaginar a Glenda Webber, con su vientre abultado y su cara de angustia. Con el reto de criar un hijo sola, preocupada sí, pero al mismo tiempo decidida a no bajar los brazos ante nada, menos ante su despido.  Hasta ese punto, esa persona ya no es Glenda Webber, es alguien más.

 Hoy parece encontrársela en todas partes. Sentada en el comedor desayunando a su lado. Viéndola salir al trabajo y recordándole que no olvide sus llaves. Embarazada y fuerte, contra toda adversidad.

--¡Ouch!—exclama Mcglagen entonces, y eso no puede ser buena señal.

--¿Qué?—le pregunta Hannah interesada.

--La empresa que la despidió es London Economic Group.

--¿Y por qué eso es tan relevante?—se inquieta Hermione—claramente tienes un caso de violación de derechos.

--Resulta que hay algunos inconvenientes, preciosa—se dirige a ella para explicarle, el sobrenombre le causa repulsión—su carta de despido obedece a razones de no acatar la política de empleados. Ya sabes cómo es eso, los grandes corporativos prefieren que sus empleados no se relacionen sentimentalmente entre sí, lo cúal… bueno—sonríe sarcásticamente—creo que tiene la prueba física de que no logro cumplir ese punto.

--Eso no lo sabes—salta Hermione—no puedes saber cómo pasaron las cosas. A demás eso no es razón suficiente para que la despidan casualmente hasta este punto, y sin hacer averiguaciones previas. Es completamente arbitrario.

--Pues el otro detalle no es tan pequeño—y puede ver su enfado y molestia reflejados en su rostro—London Economic Group no solo es el grupo financiero más importante de la ciudad o el país, es también cliente por contrato de nuestra firma, se supone que nosotros los defendemos, no al revés. Es uno de los que más nos remuneran, debo decir.

Ahora si lo entiende, y reniega de la mala suerte para sus adentros.

--Entonces ¿Qué harán licenciado?—insiste Hannah.

--Aceptar su caso y defenderla crea un conflicto de intereses. No nos conviene—declara sin más—recházalo. Que busque otros abogados.

No. No lo dejara tan fácilmente.

--¡Pero que…! ¿Por qué?

--Porque ellos son los número 1 de la economía, de por sí el caso no es tan simple. No quiero sumarle el perder gran parte de nuestros ingresos—informa decidido—Ya basta.

--Por eso nos necesita, porque también somos los mejores, ¿no? Me atrevería a decir que esta firma es la única con la calidad para ganarle a esos monopolios—razona—Ella merece esto.

--Ya terminamos, Granger—y es su palabra final.

Hannah la observa, preocupada. La conoce lo suficiente para ver atreves de sus ojos la ola de coraje contra la orilla. La mano de McLaggen está a punto de colocarlo en la pila de archivos que se irán directo a la basura, y de pronto reacciona.

--Dámelo—exige, olvidándose del tono cordial  respetuoso.

--¿Estás loca?—la mira con desdén

--Dámelo a mí, yo lo llevare.

--¡He dicho que no!

Se convierte en un juego de poder. De lograr el tono de voz más férreo.

--¡Y yo te digo que me lo dejes a mí!—insiste—yo puedo hacerlo.

--¿Qué te hace pensar que puedes?—la ataca—eres una auxiliar, una "junior" aquí. El eslabón más bajo de la cadena.

--¿Qué me hace pensarlo?—se ríe sarcástica—Qué yo he hecho tu trabajo desde que llegue. Cada caso que has ganado en la corte ha sido por mí.

--¡No lo entiendes!—y arremete con un puño contra la mesa—Vas a declararle la guerra a la gente más rica y poderosa de Londres, y vas a arriesgar el prestigio de tu grupo. ¿Para qué? Para conseguirle una pensión a una chiquilla que no conoces.

--¡Si es necesario lo hare!—y sus pies reaccionan levantándola de su asiento—Puede que no la conozca, pero sí conozco la desesperanza que sintió cuando supo que sería madre soltera. O la preocupación por el futuro de su hijo, o por tener que trabajar para darle lo mejor, o simplemente  para sobrevivir. ¡Sí conozco eso!

El chico se pone de pie, examinándola con el ceño fruncido como si viera a una completa demente.

--A eso me refiero—dice—no entiendes la abogacía, te descuidas tú, expones a los tuyos. Tú…

--Esto que tu haces no es abogacía, eso es egoísmo—lo acusa con tal deliberación que ni ella misma puede creer las cosas que está siendo capaz de expresar—yo hice un juramento al graduarme y estoy tratando de cumplirlo. No me importa si tú eres un…

--¡Es suficiente!

Albus Dumbledore parado en el marco de la puerta y en su siempre impecable traje y figura, los detiene de continuar con la escena. La cabeza de la castaña da vueltas, Cormac acomoda su corbata y Hannah se limita a estar allí con los nervios de punta.

--Deben estar conscientes de que sus gritos se escuchan en todo el piso—es difícil decir si está enojado, Dumbledore suele poder disfrazar toda emoción con maestría—ahora quiero saber cuál es su explicación.

--Yo puedo decirle todo, señor—ofrece con su amabilidad fingida McLaggen.

No debería permanecer allí más tiempo, por la seguridad de todos los presentes. Por eso la castaña se enfila a la salida, sin que nadie intente detenerla.


Escucha los golpes en la puerta de su oficina, no tiene ganas de ver a nadie. Sin embargo no es un lujo que pueda darse, dados los acontecimientos recientes. Simple profesionalismo.

--Pase—indica desde su silla.

Y cuando ve a Dumbledore entrar y tomar asiento en frente, solo puede imaginarse una cosa.

--¿Va a despedirme?—aventura la castaña

--¿Debería?

Lo enigmático de éste hombre nunca podrá ser comparado. Sus ojos azules tras las gafas de media luna parecen sonreírle, aunque su boca no lo haga. Recuerda el día que lo conoció, se siente tan lejano.

--No—responde ella después de reflexionarlo—era lo correcto por hacer.

Y ahora sí, sus labios parecen sonreírle ante tal respuesta.

--Es una situación complicada—aporta luego—Siempre lo es cuando se involucran estas grandes potencias—dice cansinamente—Y es no un caso tan sencillo como crees.

--Usted lo dice, pero es reconocido por tomar los casos que consideran perdidos—comenta Hermione—y ha tenido éxito el 87% de las veces. No es como que debería desalentarme.

Su sonrisa se enancha más, la mira expectante.

--Leí todo sobre usted, es un icono en la industria de las leyes—confiesa.

--Ya veo, me has seguido la pista—adivina halagado, luego regresa su seriedad—entonces debes saber que también tengo muchos conocidos, conocidos con el poder de hacerse cargo.

--¿Qué… Qué quiere decir?

--Que puedo hacer que una colega mía se ponga en contacto con la joven—ofrece el anciano—ella trabaja para las instituciones del gobierno y así no tiene que haber ningún impedimento, y técnicamente, ninguna factura como la que le habríamos mandado nosotros.

--La empresa a la que demandara tendrá a los mejores abogados del país—objeta.

--También ella—recalca él—créeme, a ésta colega mía le confiaría mi vida. Te aseguro que es de las mejores.

Reflexiona con tranquilidad, Dumbledore se entretiene fascinado con la bola de cristal que adorna su escritorio, donde un Big Ben  en miniatura se ve asediado por copos de nieve cuando se agita.

Cae en cuenta que es lo mejor.

--Sería estupendo que la llamara, señor—dice finalmente.

--De acuerdo—accede recuperando la atención en la chica—También quiero que te tomes un par de días, Hermione.

--No es necesario, señor. Todo está bien—asegura, sin tanta convicción como quisiera.

Dumbledore la examina cuidadosamente, la sensación de quedar expuesta no podría ser mayor.

--¿Sabes? Regresaste más rápido de lo que cualquiera esperaría.

Por un minuto, paso por alto el detalle de que éste hombre la conoció antes. Antes de que su vida se moviera en direcciones insospechadas. Antes de que el hoyo negro apareciera para tragarse la mitad de lo que tenía.

--No podía solo detenerme—contesta—había gente que contaba conmigo.

Aún la hay.

--En eso tienes razón—concede—pero aun así, es bueno darnos cinco minutos para derrumbarnos de vez en cuando. Por eso te obligo a que te tomes un par de días.

Deja la bola de cristal en su base y se levanta para continuar con el millón de cosas más importantes que seguro tiene que hacer.

--Por eso, y porque debes entender que si no te… "sanciono", por la falta de respeto con tu jefe McLaggen, no podría quitármelo de encima toda la semana—le confía en voz más baja—y ni aunque me dieran el Santo Brial soportaría eso.

Le saca una sonrisa de ningún lugar, viéndolo desaparecer en la puerta.

--Cuídate mucho, y  a esa preciosa niña que tienes—recomienda a manera de despedida.

Forma la palabra "Gracias" en la mente, pero luego la duda la aqueja.

--¿Cómo sabe que tengo una niña?

Mueve la mano sobre su cabeza, ya de espaldas.

--No eres la única que ha seguido la pista del otro.

Más confundida e intrigada que antes, decide que es hora de irse a casa.


Estaba ansioso por salir. El restaurante había tenido días a tope la última semana, por lo que ver desfilar grandes masas de gente lo estresaba. Entre pieza y pieza miraba su reloj de mano, todavía le quedaban 20 minutos.

Una chica de pelo corto y largas piernas se acercó para pedirle una canción "más romántica". Ron la complació y con gusto la observo alejarse con su fallido intento de coqueteo.

--Oye Ron—le llamaba el camarero Tom—dice el gerente que ya te puedes ir.

Sin pensarlo dos veces abandono su piano en el escenario para tomar las cosas de su locker. Se aflojo la corbata y se quitó el saco. La ropa era quizá lo único que detestaba de tener que volver a su antiguo trabajo.

--Me alegro que regresaras—sigue comentando Tom—éste lugar decayó mucho sin música.

--No soy el único pianista de Londres, debieron conseguir algún otro—supone el pelirrojo.

--Si—acepta con cara de disgusto—pero era demasiado alzado ¿sabes? Quería tener una plaza de aparcamiento exclusiva, dos espacios en los casilleros y agua mineral templada antes de su presentación—se queja graciosamente—el jefe término corriéndolo.

Ron sonríe por el gesto de su amigo, agradece que haya podido regresar.

--Ya me tengo que ir, Tom—le dice.

--¿A dónde con tanta prisa?—lo cuestiona el otro con calma.

--Tengo cosas que hacer hoy—es lo que responde.

Se despide y sale del lugar con su mochila a cuestas, dobla la esquina apresurado, tanto que no se percata del par de chicos con quienes casi choca.

--¡Ronnie!

--Fred, George—se sorprende--¿Qué hacen por aquí?

--Vamos a rentar un local por estos rumbos—responde Fred.

--Para lo de nuestra tienda de bromas—completa George.

--¿En serio?—levanta ambas cejas—hace apenas unas semanas que me entere que querían ser comerciantes. No esperaba que fuera tan rápido.

--Es algo que llevamos planeando desde hace años, hermano—confiesa George con simpleza—Eso de ser ingenieros no es para nosotros.

Resulta que no será el único de la familia sin un título universitario, piensa. Se siente bien por los gemelos, porque al final uno debe seguir lo que sea que le cause emoción todos los días.

--¿Te enteraste de lo de Bill?—y por la forma de decirlo de Fred, es obvio que no es el único sorprendido--¡Se casa!

--Sí. Ya me lo dijo—les  cuenta—es sorpresivo.

--¡Es una locura!—exclama George entonces--¿Qué les pasa a los solteros Weasley, eh? Si yo empiezo a actuar así, por favor denme una paliza.

--Eso no tienes ni que pedirlo—asegura Fred en la misma broma.

--Ok, chicos. Pero yo ya me voy—anuncia Ron—tengo algo que hacer.

--Oye, no fuiste a ya sabes dónde—lo retiene unos segundos más George—Mamá nos preguntó por ti.

Ron suspira, se acomoda la mochila que cuelga del brazo y se toma un minuto más.

--Iré más al rato —asegura— tenía trabajo en la mañana.

--Papá tampoco quiso acompañarnos—le cuenta George.

--Las cosas no están bien entre ellos, Ron—completa Fred.

No tiene que decírselo, es algo que ya todos saben.

--Sé un poco sobre ello, sí—reconoce—pero estarán bien, necesitan arreglar sus cosas y… aclarar la mente. Procuren no meterse en líos y nos vemos el Sábado para lo de Bill, ¿de acuerdo?—termina, intentando alejarse de una vez.

 --¿A dónde vas tan apurado?—preguntan extrañados.

--Tengo… otra cosa que hacer antes—se explica—le dije a… Hermione que pasaría por ella.

Le habría ido mejor corriendo, si hubiera escapado a tiempo.

--¿Qué hay entre ustedes dos?—la pregunta que más teme por ahora.

--¿Entre nosotros?—repite como si fuera la cosa más impensable en el mundo—nada, no sucede nada.

Los gemelos pueden ser personas tan persistentes. Más cuando un asunto despierta su interés como ahora, que lo ven con las cejas enarcadas y se rascan la barbilla.

--¿Tú le crees, Fred?—pregunta George

--Ni una pizca, George—responde Fred.

--Pues es la verdad—defiende él.

Sonrojarse no le ayuda de nada, intenta voltear a todos rumbos menos hacia sus hermanos, quizá así disimule un poco.

--Está bien—acepta George claramente incrédulo.

--Sí eso dices—y ya son dos—sigue con tú camino, hermano.

--Pues gracias—y está más que aliviado—nos vemos luego muchachos.

Fred y George lo miran seguir adelante hasta que dobla en la esquina y desaparece. Ambos permanecen quietos a mitad de la acera, pensando.

--Oye Fred

--Dime George

--Ya sé quién necesita esa paliza

--Ajá

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--¿Hoy no se queda hasta tarde, abogada Granger?

La recepcionista apostada en la entrada preguntaba al verla salir apresuradamente. Y es que en los últimos días verla salir a su hora real de salida era muy poco común.

---No, Penélope. Hoy me voy temprano—corrobora, deseosa de salir de allí de una vez por todas.

--Qué bueno—opino la chica--¡Que disfrute su tarde! Hasta mañana.

--Gracias, hasta luego—se limitó a decir, moviéndose hasta las puertas principales del edificio.

Prefiere no aclararle que ni mañana, ni el día siguiente a ese, la verá. Solo se limita a fingir la mejor sonrisa que puede y retirarse. El aire fresco de la tarde la anima un poco más, y baja los escalones de mármol que hacen lucir la fachada de la empresa con mayor soltura.

Está dirigiéndose al aparcamiento donde dejo el auto cuando escucha un par de tacones detrás de ella.

--¿Ibas a irte solo así? ¿Sin decirme nada?

--¿Y qué quieres que te diga Hannah?

--Pues todo. Cuéntame que paso allí dentro con McLaggen.

La castaña detiene sus pasos, se voltea para verla a la cara y suspira con pesadez. Hannah espera, dándole ánimos a hablar con su mirada preocupada.

--No lo sé—y en parte es verdad—perdí la cabeza allí.

--Eso pude notarlo—comenta ella con obviedad—nunca antes te había visto tan enojada.

--Sí, bueno. Aún no me conoces bien—reconoce cortante.

--Puede que estés en lo cierto, pero creo saber cuándo empiezas a evadirme—razona la chica.

Hermione soba su cuello adolorido y desvía la mirada.

--Cómo ahora—ejemplifica—Sé que hay algo, algo que sabes bien que es—y logra que la vea de nuevo a los ojos—dos días atrás estabas irreconociblemente feliz, hasta me había empezado a acostumbrar a verte sonreír. Y hoy… estás distraída y… ¿Qué está pasando contigo?

 Mueve la cabeza negativamente; cómo podría contar éstas cosas si ni siquiera ella misma las ha entendido del todo. Si todavía la dejan helada e inmóvil en las madrugadas.

--Las personas tienen malos días—sí, eso argumentara—Hoy, yo tuve un mal día.

--¿Un mal día que casi hace que te despidan?—pregunta, lo sabe entonces--¿Un mal día qué te costó una suspensión?

--¡Pues sí Hannah!—exclama—¡un muy mal día!

Pierde un poco la compostura, de inmediato sabe que se está desquitando con alguien inocente.

--Lo siento—dice segundos después.

La joven la observa comprensivamente, asintiendo. Suspira para recomponerse y justo cuando cree que lo logrará

--Debió ser muy duro para ti—supone Hannah—la historia de esa chica del caso hizo que revivieras todo. Es lógico.

--No—niega—No, esa no es mi historia. Yo no…

Es razonable que Hannah lo suponga así. Por la manera de tomarlo tan personal. Por todo lo que ignrá y está más allá de su comprensión.

--…esa no fue mi historia.

Es suficiente, así que se va. Sube a su auto y esconde su cara entre sus manos, recargada en el volante. El sonido de la puerta del copiloto la sobresalta. Ve a Hannah, sentada a su lado. Penetrando en su espacio cada vez más.

--Crecí en una granja—empieza a decir—en West Newton al oeste de Inglaterra, mi papá siembra fresas. Su nombre es Joe.

Por un momento la saca de todo entendimiento, sin idea de cuál es su punto.

--Mi mamá es una maestra, Karen, enseña en una pequeña escuela con matrícula de menos de 100 niños. Yo estudié allí.

Es su historia, Hannah está contándole su historia.

--Tengo tres hermanas. Libby es la mayor, luego Kimberly, después estoy yo, y la menor es Alice—cuenta, sin prisas—Me gustan los animales, tuve un perro llamado Kent y un pato llamado Charlie. Detesto el café y los bolígrafos rojos. Sé cocinar bien y mi pasatiempo favorito es la fotografía—entonces sonríe, al recordar—una vez mi papá gasto su salario completo para llevarme a la ciudad para comprar mi primer cámara. Solía usar la de mi prima.

Todo cuanto había asumido  respecto a ella, se desvanece. Nunca antes había tenido el detalle de preguntare más acerca de ella, y hasta ahora se lo recrimina.

--Para poder estudiar administración tenía que viajar 3 horas y media en tren todos los días, mamá se levantaba a las 5 de la mañana para acompañarme antes de sus clases—confiesa con algo de nostalgia—me había conseguido una beca para ir a ese colegio. Era muy costoso, fuera de todos los alcances de nuestra familia. Pero confiaron en mí, en que podía lograrlo.

Hermione la mira con mucho cuidado, de perfil contra la luz de la ventanilla del auto. Apenas, pero ya puede distinguir a la verdadera persona.

--Y luego vine aquí cuando termine esa pequeña especialización, porque sabía que si quería lograr algo no podía solo volver a casa—afirma con seguridad—tenía que venir a donde estaban las oportunidades así que… aquí estoy. Rento el cuarto más barato que encontré y trabajo duro. De hecho, quiero ser abogada. Pienso tomar la escuela nocturna.

Ambas se sonríen. Ese es un gran ideal.

--Extraño a mi familia—le confía, con el cambio en el semblante—cada noche antes de dormir pienso en ellos y si me siento verdaderamente mal, tengo este álbum de fotos que mamá puso en mi maleta el día que nos despedimos. Esa es mi historia. Es lo que tengo—se encoge de hombros—Lamento si he sido una molestia para ti, pero no tengo a nadie más en esta enorme cuidad. Y…si te persigo tanto es porque… eres la primera persona a quien siento que de verdad le importo.

Tiene que contenerse fuertemente para no deshacerse en llanto con eso último. Y es que lo conoce. ¿A quién le recuerda? A una niña de once, sola y enojada con el mundo. Y a otra niña, esa primera persona para ella.

Lo medita, tranquila y pasmadamente con los nudillos apretando la suave piel del volante.

--No tengo hermanos, mis padres se divorciaron cuando yo tenía 8. Ambos son dentistas, la verdad es que no hablo mucho con ellos—contrario a lo que pensó, las palabras se escapan fácil—materialmente nunca me falto nada, pero crecí sola, yendo y viniendo de casa de papá a casa de mamá. No… suelo hacer esto, hablar de mí no es sencillo. Me gradué con honores porque no tenía más vida que la escuela. Siempre quise ser abogada.

Su acompañante escucha, atenta y serena desde el asiento contiguo.

--Cuando tenía 11, conocí a esta persona—sigue relatando, con la vista al frente y los ojos vidriosos—que me hizo sentir lo mismo que tú sientes. Mi mejor amiga. Ella…ella sufrió un derrame masivo y su cerebro dejo de funcionar; al día siguiente fue desconectada—relata con poca voz—Murió. Hoy, hace un mes.

Hannah luce sobrecogida, apenada y en proceso de asimilar y encajar piezas.

--Por eso hoy no es un día muy malo,…hoy…hoy es un día imposible.

Comparten el silencio, con una cara totalmente diferente de la que ambas muestran a las demás personas.

--Lo siento muchísimo Hermione—la frase de Hannah rompe el vacío.

 La castaña asiente, y extrañamente deja de sentirse a mil millas de su propio cuerpo. Lentamente, se recompone.

--¿Qué harás hoy a las 5?—le pregunta.


Aparecen en el horizonte. Bajan de auto, Ron con un ramo de flores, Hermione con Lily en el porta bebé. Hannah hace lo propio del asiento trasero, un poco dudosa.

Caminan a través del pequeño sendero de piedra, el pasto verde y bien cortado se extiende decenas de metros cuadrados. Con solo ciertos espacios cubiertos de placas con leyendas sobre ellas.

--¿En serio quieres que los acompañe?—le pregunta a Hermione—es muy… personal.

--Lo dice en serio—le asegura Ron inmediatamente, con media sonrisa que Hannah responde después.

Hermione asiente a Ron, agradecida y sintiéndose apoyada. Empiezan un ligero ascenso, en una pequeña pero notable elevación. Finalmente están llegando, la tarde se va con rapidez.

--A papá le gusto este lugar—comenta el pelirrojo.

--Es bonito—dice Hermione—tiene buena vista.

En el centro encuentran una lápida de brilloso mármol gris, bastante impresionante. Ya hay flores frescas al lado, lo que indica que alguien ya estuvo aquí.

Tiene el impulso de mirar a otro lugar, pero no puede. No hay otro lugar a dónde ver y Hermione lo sabe. La última vez que estuvo aquí en realidad no estuvo aquí. Esa persona estaba vacía.

Hannah se acerca para descubrir el nombre. Ginebra Molly Weasley.

Varias fotografías se han quedado allí, algo descoloridas con la exposición y el tiempo. Es entonces que empieza a repensar lo que sabe.

Una chica de pelo rojo encendido, igual que el del chico a su lado llamado Ron, devuelve la mirada y sonríe para la cámara.

--Lily no es mi hija—dice entonces Hermione, mientras Ron acomoda las flores—es de ella.

Otro vistazo a la foto y uno más a la bebé.

--Ron es su tío. Es hermano de Ginny—cuenta también.

El chico se levanta y vuelve a su lado. Era de sospecharse, los rasgos físicos son innegables. Hermione saca a Lily en brazos.

--La historia de la chica del caso, bueno, yo no la viví—explica con los ojos en una de las fotografías, una donde Ginny camina por el jardín de la Madriguera, apacible—pero si estuve allí. Sé que ella sufrió, ella fue quien se sacrificó y todo eso. Pero Ginny se fue, y yo aún estoy aquí. Honestamente, no sé cuál de las dos partes es más difícil.

Hannah se pone inmediata a su lado, solo entonces puede ver el reflejo de sus lágrimas contra los rayos del sol.

--Esto es lo que yo tengo—finaliza la castaña—ésta es mi historia.

La otra chica le sonríe dándole ánimos. El día debe llegar pronto a su fin.


"Sea Fog" by Keane

"She Went Quietly" by Charlie Winston