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Oscura atracción — capítulo 11

Un nuevo día se hizo presente y a pesar del buen clima, el ambiente era de lo más gris.

Aquel día, darían su último adiós al mago más grande de todos los tiempos. Y la situación no podía ser más deprimente. Ante la posible presencia de más traidores en el castillo, Mcgonagall dispuso que terminando el funeral, debían marcharse.

Finalmente y bajo el canto del Fénix, despidieron a Dumbledore.

Normalmente, la llegada a la Madriguera era ruido y risas. Aquel día no.

Harry no podía evitar sentir de repente el peso del mundo a sus espaldas, una carga que ahora llevaba solo. Porque aunque sus amigos le ayudaran y no le dejaran solo, él era el único que tendría que enfrentarse a Voldemort.

El ambiente era tan triste que el simple conocimiento de que en unos días habría una boda les parecía simplemente irreal.

Aunque en opinión de los chicos, lo más surrealista fue la visita del Ministro de Magia horas antes de la boda para leerles el Testamento de Dumbledore.

Hermione observaba con curiosidad aquel viejo libro de cuentos mientras Ron se entretenía encendiendo y apagando luces con el Desiluminador. La chica no encontraba otra razón lógica por la que el Director le dejara aquello aparte de su gusto por la lectura.

En el fondo sabía que algo se escondía entre esas páginas.

Harry, Ron y Hermione tuvieron que dejar esos objetos a buen recaudo pues la hora de la ceremonia estaba próxima y tenían que terminar de arreglarse.

Hermione estaba desanimada.

Mientras observaba su vestido rojo en el espejo de la habitación de Ginny se dio cuenta de que no quería bajar, ni siquiera quería salir de la habitación. No se sentía con ánimos, no después de lo que había tenido que hacer.

Días antes de reunirse finalmente con sus amigos, la castaña había tenido que hacer algo.

Borrarles la memoria a sus padres y mantenerlos a salvo.

Fue en ese momento, mientras veía su imagen borrarse de las fotografías, cuando se dio cuenta de la gravedad del asunto y hasta donde estaba dispuesta a llegar. Pero no era nada comparado a lo que estaban dispuestos los mortífagos.

Aun a sabiendas que debía decírselo a sus amigos para aligerar un poco el dolor que le oprimía el pecho, decidió no echarle más peso a la conciencia de Harry.

Cada uno debía convivir con la presencia de sus propios demonios.

Mientras bajaba las escaleras para salir al jardín, eliminó de su mente cualquier atisbo de pensamientos sobre Draco. No quería pensar en él. Aunque sabía que cualquier día se podían atravesar en el camino del otro y no sabía si estaba preparada.

Para lo que no estaban preparados era para el ataque sorpresa de los mortífagos contra la Madriguera.

En el momento que Hermione vio que estaba en contacto con sus amigos, se desapareció de allí.

La cuenta atrás empezaba.

Apretaba la mandíbula con fuerza mientras sus manos temblaban de impotencia.

Debía pensar en frío, debía mantener la calma y no levantar sospechas sobre él. Pero no podía evitar que la ira arrasara su cuerpo como si de una ola furiosa se tratara. Tenía que evitar que el odio se reflejara en sus grises iris. Tenía que mantener la calma.

Draco se concentró en respirar. Inhalar, exhalar… una y otra vez.

-Concéntrate.

Habían atacado la Madriguera y no habían encontrado a Potter así que su amo estaba furioso.

Dentro de él, muy en el fondo y escondido a posibles intrusos, se alegraba de que escaparan. Pero el alivio de que la chica, de la que estaba enamorado, hubiera escapado fue reemplazado por la ira y el dolor.

No le importaba los castigos ni el dolor en carne propia… pero aquello, se iba a asegurar que lo pagara.

Lord Voldemort iba a pagar muy caro el haber matado a su madre.