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Maldito hurón — capítulo 40

—Repite con nosotros —dicen James y Fred, tratando de parecer serios, más por dentro están que revientan de risa—. No debo abrazar, besar, regalar o estar en una situación comprometedora con Rose. Scorpius gime y echa la cabeza hacia atrás, suspirando. ¿En serio todo esto es por el estúpido collar que le regaló a su amiga? ¿No entendía que es sólo eso? ¿Su amiga, sólo una amiga? Y tampoco es que tenga algo malo que los amigos se regalen cosas, se abracen o se den besos en la mejilla, ¿acaso ellos no hacen lo mismo con sus amigas? Él literalmente, literalmente, está colgado por sogas, sujetados al techo. Plumas de todos los colores están pegadas a su cuerpo, haciendo que estornude de vez en cuando. Y hay un líquido extraño, Scorpius no quería saber por nada en el mundo que es, en sus rodilllas y para abajo. Él desea impacientemente que cualquiera, alumno, profesor o fantasma, apareciera para ayudarlo, pero hace como media hora que no ve a nadie caminar por el sexto piso de Hogwarts. —Repite —exclama James. —No debo abrazar, besar, regalar o estar en una situación comprometedora con Rose —dice bufando—. ¿No éramos amigos? —¡Claro que lo somos! —réplica Fred, poniendo una mano sobre su corazón como si lo hubieran insultado—. Pero los amigos no se fijan en las chicas de la familia de un amigo, ya sea hermana, prima, tía, lo que sea. Está prohibido. Sólo queríamos recordartelo.  —Tengo once años —se queja Scorpius—. ¿Por qué piensan que quiero algo con Rose? Aún estoy en la etapa en la que las niñas me parecen feas y tienen piojos. James y Fred ríen, se miran y se encogen de hombros. Mueven la varita y las sogas liberan al niño, quien cae al piso, agradece que no haya estado tan lejos o se hubiera hecho un gran daño. Con otro movimiento con la varita, las plumas y el líquido desaparecen. Scorpius suspira aliviado. —De esto a nadie, Malfoy —avisa James. —O será peor para ti —avisa gregario Fred. Los dos primos se dan media vuelta y desaparecen cuando doblan. Scorpius niega con la cabeza, tal vez debió de hacerle caso a Teddy y alejarse de esa familia de locos. Camina por diez minutos hasta que encuentra a Albus y Rose, sobre el alféizar de una ventana, jugando al ajedrez.  —¿En dónde te metiste? —le pregunta su amigo cuando llega hasta ellos—. ¡Te estuvimos buscando por todos lados! —No por el quinto piso —murmura para si mismo. Se sienta a su lado—. ¿Quién va ganando? —Yo, obviamente —dice Rose. Después, olfatea y pone cara de disgusto—. ¿Qué es ese olor? Es horrible. —Es como varios platos mezclados —dice Albus, frunciendo el ceño. Scorpius siente la sangre en su mejilla. —Yo creo que me voy. Antes de que puedan detenerlo, Scorpius se va. Rose mira curiosa la corrida del maldito hurón.