Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Sober. · de

Sober. — capítulo 21

Finalmente, había dejado de llover y el sol aparecía como un diamante dorado en el cielo azul donde las nubes iban paseándose hacia el oeste. Estaba caminando hacia el trabajo, mis manos estaba frías, por más que tratara de calentarlas, aun seguían heladas. Recogí mi cabello con una bandita rosa, unos mechones se escaparon de mi peinado, cruce la calle donde un taxista distraído con su teléfono me golpeo, no me dolió. El hombre salió rápido del interior, acercándose con una mirada preocupada y de indignación.

-¿Estás bien? Lo lamento mucho. No estaba mirando..-empezó observándome otra vez, sus ojos estaban irritados como si no hubiera dormido durante días, su esencia era pacifica y de color gris, estaba apenado y decepcionado de si mismo.- Muchacha, ¿Quiere que la alcance al hospital? Su pierna está sangrando. Déjeme ayudarla.

Se acerco para tomarme de la mano, me solté de su agarre con el ceño fruncido.

-No debería tener una licencia de conducir. ¿Usando el teléfono, en vez de mirar hacia adelante? ¿Usted es estúpido?-le espete cruzándome de brazos.- Le hare una denuncia por ser tan irresponsable al volante, ¡Usted no tiene vergüenza!

El hombre se ruborizo enfadado, ¿A qué venía eso? Me sujeto del cuello de la campera de algodón gris, jalándome con fuerza, lo examine fijamente. Media alrededor de un metro con setenta, era un poco gordo, tal vez noventa kilos, tez mate, barba a medio crecer. ¿Edad? ¡Bah, que importa eso! Golpe su brazo, tomando su muñeca, girándola hacia el codo. Las bocinas de los demás vehículos sonaban apurados, y los insultos venían por igual. El taxista se resistía a mi defensa. Le di un rodillazo en su entrepierna, grito de dolor, doblándose hacia adelante, vi unas lagrimas en sus ojos. ¡Me pase! Mordí mi labio avergonzada ante las miradas de los demás peatones que se quedaron viendo el show que monte. El taxista se puso de pie para darme un puñetazo, una mano me empujo deteniendo el golpe, y lanzándole otro al estomago, continuamente al rostro.

-¿Estás bien?-me pregunto Ethan.- Ven,. apúrate.

Obedecí, salimos corriendo entre toda la multitud que nos daba paso, la pierna había dejado de sangrar. No me molestaba para correr. Nos detuvimos a dos calles, Ethan me tomo del rostro.

-Estoy bien. Puedo defenderme.-le mencione.

-De acuerdo. Te acompaño para quedarme seguro.-me dijo agitado.

Asentí. Nos pusimos a caminar, mientras hablamos de los comic de X -men. El bochorno del trafico me agobiaba, acostumbrada a todo esto de New York.

Al llegar al restaurante italiano, nos despedimos y entre al lugar, que estaba casi completo. Sally estaba en el mostrador hablando con Michigan, un hombre de treinta y cinco años, que estaba consultado las ganancias del negocio, era el contador. Los salude interrumpiendo su charla, mi encargada me sonrió alegre, y me indico que fuera al vestidor, le correspondí, dirigiéndome directamente al final del salón, donde las voces de los comensales me tranquilizaban, esto no era como Rowney Night, nada se le acercaba. Y, eso me hacía sentirme integrada.

-Hola, Lai.-me saludo Rose mientras se ponía unas botas de plataforma, Su cabello sedoso, castaño y sus ojos verdes como limas delineados de azul, sus labios delgados con labial rojo y sus aretes redondos, le hacía parecer a una chica de quince años, en vez, de veintitrés.-¿Como va el colegio? ¿Pudiste dar Economía?

-Supongo que me fue bien. Es complicada y estresante.-le conteste quitándome la campera y la mochila.

-Te ves cansada.-me objeto tomando sus zapatillas de lona y metiéndolas en su locker. ¿Otra vez es ese chico?

Ella se había ganado mi confianza, era muy atenta y simpática, a diferencia de las otras camareras que eran egocéntricas y altaneras. Me sonrió delicadamente, me quite la ropa para cambiarme, estaba pensando en los ojos rojos de Mikael, su alma vendida por su hermano. Pensé en mi plan, en las consecuencias, no iba a ser fácil convencer al rey del inframundo.

-Un poco. Pudimos hablar, al fin.-le conteste abrochándome la camisa.

-¿Entonces, está todo bien? O, ¿Él sigue raro contigo?-me inquirió con una mueca confundida.

-Algo así, no estoy segura.-le comente encogiéndome de hombros. - Los hombres son lo más orgullosos que las mujeres, ¿cierto? No me sorprende.

-Sí, creo que sí. En verdad, nosotras también somos orgullosas, demasiado. De eso estoy segura.-me dijo sonriendo con sus dientes blancos perfectos.

Salimos del vestidor, firmamos la planilla de asistencia en la sala de descanso. Seguidamente, fuimos a recibir los pedidos de los clientes.