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Sober. — capítulo 33

Otra vez, en manos de la vida, tenía que cruzar el océano y reorganizar mis sueños. ¿Quién soy? ¿Cuál será mi futuro? ¿Quién me amara hasta la eternidad? Soy una Hulder.

Faltaban treinta minutos para terminar mi turno nocturno en el restaurante italiano, Rose se había tomado una semana de reposo por bronquitis, por lo que un camarero del turno diurno tuvo que reemplazar, y hacer horas extras. Las últimas mesas que nos quedaban para cercar estaban envueltas en charlas profundas, y copas de vino en su organismo. Teníamos que cerrar la caja en quince minutos, nos queda ordenar y limpiar el local antes de marcharnos.

-Ahora me tomaría un café irlandés, y caería muerto en mi hermosa cama.-me comento Rich recargado en la barra.

-Eso sería genial.-concorde con él.

-Sí, dormir diez horas seguidas cada día. Lástima que el trabajo existe, y la supervivencia no se mantiene sola.- continuo resoplando.

La mesa tres llamo a Rich, que tomo la cartera que estaba sobre el mostrador, dirigiéndose directamente hacia ella, me quede viendo tres mesas que seguían ocupadas.

-Oye, Laia.-me llamo Sally a mis espaldas, gire sobre mis talones, observando sus ojos cansados y su delineador corrido.- Tienes dos días libres en esta semana, ¿Cuál elijes?

-Mañana y el jueves.-le conteste con una sonrisa.

-Bien, te pagare cuando cerremos.-me menciono serena.

En veinte minutos, estábamos ordenando el restaurante y limpiando cada rincón del local. Mi encargada me dio mi pago, me despedí de todos saliendo a la calle oscura y ruidos provenientes de un departamento que estaban festejando una fiesta con la música a todo volumen. Camine hacia la esquina con mis pasos arrastrados, mi cuerpo tenso por las horas de estar parada atendiendo a los clientes, y los brazos me dolían al sostener la bandeja con los pedidos. Era agotador trabajar de esta forma, pero lo necesitaba. Estaba segura que no entraría a ninguna universidad, ya que nadie estaba dispuesto a darme su dinero para seguir estudiando y orientarme en alguna carrera. Si tuviera esa oportunidad estaría dentro de la profesión de psicología en Houston. La noche estaba para pasarla en un cuadro de Van Gogh como su famosa obra La noche estrellada. Mis ojos se detuvieron cuando vi a Mikael a unos metros de mí. Nuestras miradas se cruzaron, tenía una chaqueta de cuero marrón oscuro, unos jeans azul marino y unas zapatillas.

-Hola, Micky.-le salude extrañada.- ¿Qué haces por aquí?

-Vine con los chicos.-me dijo señalando a Ethan que estaba vomitando en el umbral de una tienda con sus persianas bajas.

-Oh..-dije comprendiendo la compañía. Los demás seguían pasando la botella de alcohol.

-¿Cómo estás?-me pregunto tranquilo, su voz me agradaba tanto.

-Mucho cansancio con el trabajo.-le conteste cohibida.

-¿Segura?-me dijo percibiendo mi tristeza.

-Sí, estoy bien. Nada que una taza de café pueda mejorar.-le dije sonriendo lo mejor que pude, verlo me dolía.

-Tengo que llevar a estos borrachos a sus casas.-me dijo en despedida, me beso mi mejilla, me sonroje tímidamente.

Mikael acudió a Ethan que estaba perdiendo el equilibrio, los otros iban saltando volcando algo de la bebida en el suelo, uno de ellos se tropezó cayéndose sobre un montón de bolsas de residuos. Compadecía la tolerancia de Mikael con ese grupo de adolescentes bajo efectos del vodka y la marihuana.

Dibuja una ventana en la cual pueda ver que tan lejos te tengo sin poder decirte que te amo demasiado, sólo mis sueños cumplen mis deseos de tenerte a mi lado. Y, cuando despierto todo es falso y entonces, lloro.