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Sober. — capítulo 8
Thobias era como mi hermano, hijo de un tío segundo que era quien apoyo a mi papá con su tratamiento, muy agradecida con ellos. Son diferentes a todo el resto de la familia. Me acompaño a mi casa con su Audi del dos mil diez, era hermoso. En cuento, llegó a New York se sintió mal y tuvieron que llevarlo a urgencias. Tenían un apartamento y un auto en Brooklyn como herencia de su madre. Lo invite a subir para jugar a la consola y ver maratones de películas de Bruce Willis, me rechazo diciéndome que tenía que regresar para comprobar que sus inquilinos no hagan fiestas (que usualmente hacen) no dañaran la casa, que luego no se hacían cargo, y él tenía que arreglarlo. Subí a mi piso recorriendo el pasillo jugando con las llaves, me tropecé con un paquete de color caqui, mire a todos lados extrañada. Lo recogí entrando al departamento, deje la caja sobre la mesa de la cocina, me quite el abrigo. Comencé a romper el papel, no me fije el remitente. Comprobé que era un nuevo celular que siempre quise tener, al momento de abrirlo, golpearon la puerta. Fui a recibir a mi vecino, Malcolm tenía un periódico en una mano y en la otra un vaso de agua.
-¿Qué?- le dije tajante.
-Te llego un paquete del extranjero. Sé confundieron de departamento, falsifique tus datos.-me contesto relajado.
-¿Por qué hiciste eso, Johnson?-le reprendí.-Siempre te metes en mis cosas. Eres un puto vecino.
Tomé el vaso de agua arrojándose en la cara. Era un atrevido. Cerré la puerta de un golpe, enfadad y volví a inspeccionar mi nuevo celular. El remitente era Cassandra Evans, mi madre que ahora vivía en Los Ángeles, ¿Ahora quería hacer las paces, luego de tanto tiempo? Era una idiota, pero me quedaría con el móvil.
El abandono de persona es un delito. Cassandra ahora estaba arrepentida sabiendo que su primer esposo estaba muerto. Yo necesitaba el sustento para continuar mi vida. No lo haría, no buscaría en las pesadillas que da la vida, porque estaría en un laberinto de emociones.
Los débiles rayos de sol me obligaron a levantarme a las ocho de la mañana, no quería prepararme el desayuno. Había soñado con mi papá estando sano y disfrutando unas vacaciones en Orlando. Me quite el pijama que constaba de una remera de Pink Floyd y unos joggings grises. Tome ropa limpia para irme a bañar, la herida habia sanado y cicatrizado, me quite el resto de los hilos antes de meterme en la ducha. Disfrute que el agua caliente golpeara con fuerza mi cuerpo tenso, pensar en mi madre me había puesto nerviosa, recordándola en su partida, y en los momentos que jugábamos en el central park.
Había gran fila en Starbucks, allí estaba Mikael atendiendo a todos ellos con paciencia y amabilidad con una dulce sonrisa deseando una buena mañana a los trabajadores. Cuando llego mi turno, me sonroje al mirarlo directamente. Se puso serio al verme, estaba rígido ante mí.
-¿Estás bien, Mikael?-le pregunte preocupada. -¿Te pasa algo conmigo?
el chico giro su cabeza hacia uno de sus compañeros, vi que tenía la marca de un beso en su cuello, apreté la mandíbula. A continuación, ordene despidiéndome, me fui a unos sillones que estaban libres, Había unas revistas y periódicos del día, me distraje con las noticias y eventos para no pensar en Mikael.