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Niña mimada — capítulo 51

Los unicornios bebés no tienen problemas en acercarse a cualquiera, pero los adultos no le apetece estar cerca de hombres, solo de mujeres, por eso Scorpius se encuentra a una distancia prudente mientras acaricia la coronilla de Dowly. La madre del pequeño semental los mira fijamente, dispuesta en causarle daño al niño rubio si lastima a su hijo.  Scorpius mira sobre su hombro como Albus ayuda a Hagrid a buscar lo necesario para sus clases de Cuidado de Criaturas Mágicas. Suspira una vez más y trata de regalarle una sonrisa a unicornio cuando éste lo mira, Rose se fue a su casa hace dos días y sigue extrañandola. Se siente egoísta al quererla de vuelta al castillo cuando su familia la necesita allá. Aunque no puede evitar sentirse un poco feliz al saber que Rose Weasley regresará mañana a primera hora. Habló mucho con ella por el espejo doble y se ha quedado hasta tarde haciéndola reír para que deje de llorar. Scorpius en serio no soporta verla llorar. Y de tantas horas despierto a la noche, ojeras negras habitan bajo sus párpados y se mantiene a cada momento cansado. —Estoy bien, Dowly —le asegura al semental, quien lo mira con el ceño levemente fruncido, como si pudiera intuir la preocupación que él siente por su amiga—. Pero Rosie no está bien. Cuando ella venga, te la traeré para que la hagas feliz. El unicornio bebé hace un sonido parecido a una risa. —¡Scorp! —lo llama Albus, sin elevar tanto la voz para no asustar a la manada—. Ya vamos. —Adiós, Dowly. Le da una ultima caricia en su cabello y se levanta para ir hasta donde están Albus y Hagrid. El guardabosques les cuenta que a sus alumnos de quinto año les está enseñando sobre Thestrales mientras que con los de séptimo están viendo a los ashwinderes —Yo pienso tomar tus clases —afirma Albus, sonriendo. —Yo también, al igual que Estudios Muggles y Runas Antiguas —comenta Scorpius—. Por supuesto que primero tendré que pasar por un largo sermón de parte de mi padre. Hagrid ríe y le da golpesitos en su espalda, que por poco hace que se caiga al suelo, algo que le parece divertido a Albus. Los tres caminan conversando sobre las clases hasta llegar a la cabaña de Hagrid, donde se despiden de ellos y los dos amigos regresan al castillo. —Scorpius, ¿puedo decirte algo? —pregunta Albus con una sonrisa algo divertida. —Por supuesto, Al. —Pero promete que no te enojaras. —Lo prometo. —Bien —Albus se frota las manos—. ¿Te gusta Rose? Scorpius se detiene en seco y se atraganta con su propia saliva, consiguiendo que empiece a toser como loco y que Albus tenga que darle palmadas en la espalda. —¡No sé cuántas veces debo decirlo! —se queja—. ¡Yo no gusto de la niña mimada!