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Solo En Mis Recuerdos. — capítulo 4

Capítulo 3: Una mala ilusión.

A la última hora del día...

Lonney se despide de mí con la mano, dejándome frente a mi última clase del día: Física.

Me muerdo el labio antes de pasar. Estar sin Lonney me hace sentir rara, como si ya no supiera qué hacer a continuación. En la pizarra veo un montón de letras y números, los miro, esperando que se revuelvan y se vuelvan una ensalada incomprensible... pero no sucede nada.

Abro mucho los ojos, dándome cuenta de algo que solo vengo a notar ahora: todo el día he estado anotando lo que sale en las pizarras, sin darme cuenta que se supone que no debo entenderlo por mi dislexia. Oh, no. Si ya no poseo dislexia ¿significa que el THDA ha desaparecido? ¿Significa que ya no soy una semidiosa?

Eso explica porqué no puedo concentrarme y Lonney me toma por tonta.

¿Pero si ya no soy hija de Atenea quién es mi verdadera madre?

Ahora que lo pienso, en esa casa —la que se supone que es mía— solo vi a mi padre, nada de mis hermanastros o mi madrastra. Lo más probable es que sean ellos los demás residentes, pero ¿y si hay otra mujer que diga ser mi madre biológica?

Es algo que debo averiguar al llegar a casa.

Tomo asiento en una mesa aleatoria, distraída y pensativa en los confusos eventos de hoy. Aún sigo pensando que debe haber una razón perfectamente lógica para todo esto.

Solo que aún desconozco cual.

Y bien, probablemente es muy normal que después de unas horas aún no haya resuelto este gran misterio, pero eso no significa que no me irrite igual: debería ya tener al menos algunas pistas para entenderlo todo ¡Por los dioses, soy hija de Atenea! O, bueno, antes lo era.

La clase entera termina por llegar y de último llega el profesor. Una chica sonriente se sienta a mi lado. La he visto antes en el Campamento Mestizo pero me cuesta ubicarla, aunque es evidente que ella no me reconoce por lo que no le doy vueltas a ese asunto y decido prestar atención a la clase.

El profesor ya ha abierto el libro en busca de su siguiente clase cuándo un carraspeo llama la atención de todos, y en el umbral de la puerta lo veo: tan guapo y tan diferente, con su cabello en una cresta ladeada y rebelde y sus ropajes oscuros. Percy observa al profesor en busca de una respuesta a una pregunta silenciosa.

—Adelante, señor Jackson —dice el hombre volviendo la vista a su libro. Por otro lado, yo no puedo despegar los ojos de Percy. Su andar despreocupado y seguro, su forma de mirarnos a todos como si ninguno lo importara... Suelto un suspiro inaudible. Extraño a mi verdadero Percy.

Vuelvo la vista al frente cuándo él toma asiento junto a otro chico al final del aula. Procedo a prestar toda la atención posible a los ejercicios físicos que da el profesor: estoy dispuesta a demostrarle a Lonney que no soy una rubia hueca.

La clase pasa volando y en menos de lo que imagino la campana suena.

Levanto la vista de mi cuaderno, lleno de apuntes y notitas en los márgenes. Me sentí muy satisfecha al saber que todo lo pude comprender con suma facilidad, aunque es evidentemente algo complicado. No he perdido mi toque inteligente.

—Recuerden resolver estos últimos ejercicios con un compañero —el profesor señala la pizarra—. Quiero su trabajo en mi escritorio antes de finalizar la semana. Su compañero de trabajo lo conocerán por esta lista —agita una hoja llena de nombres y con cinta adhesiva la pega en la pared junto a la pizarra—. Pueden revisar con quién les ha tocado cuándo deseen. Buena suerte.

El profesor recoge sus cosas y se retira del aula. Yo me pongo de pie de un salto, ansiosa por saber quién me ha tocado para acabar con esto cuánto antes, pero al parecer media clase ha pensado lo mismo que yo y me cuesta llegar al frente. Cuándo diviso mi nombre deslizo mi dedo hacia la derecha para conocer a mi compañero y...

Oh.

Doy un paso atrás, sorprendida por la elección del profesor: me ha dado a mi novio —o lo que sea que es ahora— Percy Jackson. Me volteo para buscarlo con la mirada. Él está a unos pasos de mí y me observa, quizá ya sabiendo que soy su compañera. Le doy una sonrisa, de esas que infinidad de veces le he dado durante nuestra relación. Espero a que él me corresponda, como suele hacer, pero Percy solo frunce el ceño.

Oculto mi decepción aclarándome la garganta.

—Somos compañeros —señalo lo obvio. El ceño de Percy se profundiza.

—Ya lo sé —es la misma voz que me ha dicho siempre que me quiere, pero esta vez suena... más profunda, más ronca... Más fría.

—¿Y... cuándo hacemos ese trabajo?

Percy se coloca su chaqueta de cuero, pensando en una respuesta.

—Esta semana no tengo tiempo —me informa antes de dar media vuelta y salir casi corriendo del aula.

Me quedo ahí, perpleja y dolida de que me haya tratado así... tan feo y como una desconocida más.

Tal vez esperaba que al hablarle, me reconociera, supiera que soy su Listilla y me abrazara y me asegurara que resolveríamos todos nuestros problemas con este nuevo mundo paralelo.

Pero no ha sido así.

Supongo que fui demasiado tonta al permitirme tener esa ilusión.