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Historia 191773 — capítulo 4

Una luz cegadora me despertó, no sé a que hora de la mañana, pase la noche con sueños tranquilos, mi cuerpo ya no me dolía tanto, me sentía drogada.

Elevé mi vista hacia la mesita de noche en busca de un vaso de agua que refrescara mi garganta, bebí a sorbos grandes, una vez cuando mi sed cedió, recorrí con la vista la enfermería, Frank ya no estaba ¿Qué hora era? ¿Acaso dormí tanto que mi compañero de habitación ya fue dado de alta? suspire, otra vez estaba sola en este lugar.

Y así pasaban los días y las noches, sin visitas, sin contacto más que la señora Pomfrey que llegaba con la poción, algunos estudiantes entraban y salían con ligeros malestares, nadie se molestaba en querer hablar conmigo; mi comida aparecía siempre en la mesita de noche, al principio me sorprendía, pero luego se convirtió en costumbre. Quería saber que fecha era, cuanto días habían pasado desde mi llegada a este lugar, a veces en las noches caía en un largo sueño y al despertarme era casi el anochecer, llegaba la señora Pomfrey nuevamente con la poción que me tumbaba nuevamente en los brazos de Morfeo.

Esas largas horas de sueño me estaban cansando, me dolía la cabeza cuando me despertaba, tenía el cuerpo entumecido de tanto estar acostada, ni siquiera al baño me dejaban ir caminando, necesitaba movilidad, así que los pocos minutos que permanecía despierta antes de que la señora Pomfrey llegara, me levantaba y estiraba las extremidades lo más que podía, cosa que no era mucho.

Nuevamente me sentía abandonada, ahora por Frank, el había dicho que me ayudaría a escapar y no apareció en lo que me pareció una eternidad.

Una mañana, así lo supuse por la claridad de la habitación, la señora Pomfrey estaba muy animada, que no se dio cuenta del momento en que desperté, no me dio la poción, se limito a salir de la habitación con una gran sonrisa en la cara, tanto era el júbilo de la mujer, que si yo emitiera algún sonido, no me hubiera escuchado.

Tenía mucho en lo que pensar, mis sueños casi no eran sueños, a veces mi imaginación salía a flote, otras veces, cerraba los ojos, luego los abría, percatándome de que estaba inconsciente por el simple echo de que la luz en la habitación cambiaba constantemente.

Me levante lentamente, sin forzar a mi cuerpo, fui al baño, esta vez sin tener que sostenerme de las barandillas de las camas, estaba más ligera, me refresque el rostro, ¡Por Dios! ¿Cuántos días he pasado sin bañarme, o tal vez me aseaban con sus opus copus? Viéndome en el espejo estaba muy despeinada, el cabello me había crecido, mi cejas pobladas y labios partidos.

¡No esta aquí!- pronunció alguien en la habitación, era una voz fina y dulce.

Acerqué mi cabeza al filo de la puerta y me embargo una gran felicidad al ver a Alice nuevamente en la habitación.

¡Alice! Hola- se expandió una sonrisa en su rostro

  • Al fin despiertas, Frank y yo hemos venido todos lo días para ver si te ayudábamos a escapar o lo que sea, pero siempre estabas dormida- decía mientras con sus brazos me rodeaba.

Gracias, gracia, pensé que se olvidaron de mí, no fue mi intensión dormir tanto- una cara de repugnancia se asomo en mi rostro- esa poción, que me dan, me hace dormir.

Bueno, como ya te despertaste, tenemos que idear algún plan, que te parece en una semana.

¡NO! tiene que ser ya, en que fecha estamos.

  • Jueves 28, quieres saber el mes- estaba confundía y hasta su rostro mostro un poco de miedo.

No, no te preocupes, es enero cierto- asintió la cabeza brevemente- tengo que irme ya, mañana si es posible, por favor.

Está bien, hablare con Frank de esto, sí.

Gracias, y por cierto, porque no vino el.

Ah, es que tenía práctica de Quidditch, pero te mando saludos, por si a caso estabas despierta, me tengo que ir, nos vemos mañana.

Chao- balanceé mi mano a la altura de mi pecho, mientras ella se marchaba.

El estómago me tronaba de hambre, empecé a comer lo que me habían dejado en la mesita de noche, mientras saboreaba los trozos de pan, pensaba en que mi nueva vida ya llevaba 28 días de existencia, no se en realidad como me sentía, el dolor por la perdida y la nueva vida eran tan evidentes dentro de mi pecho, pero la sensación de odio y rabia, seguían aminorando con el tiempo. ¿Algún día me acostumbraría?

El resto de la mañana paso rápidamente, la señora Pomfrey llego en eso del meridiano para darme la poción, la cual me tumbo en la cama nuevamente, pero esta vez, desperté pronto, el sol todavía entraba por las ventas pero con la clara intención de ocultarse, dejando ante su partida un rastro naranja y rojizo, para luego sumirme en la parpadeante luz de la velas encendidas en el preciso momento en el que el sol desapareció por las colinas.

Veo que estas despierta, muy bien, toma bébelo otra vez- me entrego el vaso con la sustancia ocre- esta vez te hará sentir mejor y no te producirá sueño- lo tome de un solo trago, para no sentir el terrible sabor que  resbalaba por mi garganta- esta ya es la ultima que te doy, si no te produce sueño claro esta.

¿Que tiene que ver el sueño?- señale en voz baja

  • Así sabremos que los hechizos ya están completos, permiso- ella salió apresurada de la enfermería.    

El dolor en mi pecho ya no me derrumbo como las veces anteriores, la poción cicatrizaba pronto las heridas que eran producidas por maleficios, así que me la tomaba, además no tenía otra opción, ella siempre vigilaba que se terminara hasta la ultima gota del vaso, así que ahora era definitivamente una niña de 11 años, no sé si la enfermera estaba enterada de que tal vez la poción también iba a servir para poder reforzar el encantamiento que evitaba que yo revelara algún secreto de mi otra vida, no sabia si decir pasado o futuro, solo era mi otra vida.

Elizabeth, estas ahí- murmuraban al otro lado de la habitación

Si... ¿Eres Frank?- claro que era él, que pregunta para tonta.

Obvio ¿Quién más?- se mofo- oye, Alice vendrá en unos minutos, mañana saldrás de aquí.

Gracias.

Me quede a lado de la puerta esperando a que apareciera Alice, ya no estaba muy segura de querer escapar, no tenía a donde ir, ni siquiera sabía en que lugar exactamente estaba, no tenía dinero alguno en el bolsillo, ni siquiera tenía bolsillo, lo que vestía era de la enfermería, lo único útil que quedaba de mi ropa, eran aquellas converse que estaban resguardadas bajo la cama, pero no me quedaban, esas zapatilla me pertenecían cuando tenía 17 y ahora solo tenia 11, mis pies eran más pequeños de lo normal.

Los minutos trascurrieron y ningún sonido se escucho tras la puerta de roble, hasta que un golpe en esta interrumpió el silencio que reinaba.

Abre la puerta Elizabeth, tengo que darte algo- la abrí sigilosamente, intentando que ningún otro ruido interrumpiera en la noche.

Pasa.

Mira, esto cambiará el color de tu pelo, lo hice yo misma, nadie aparte de Frank y yo lo saben- me extendió un pequeño recipiente que contenía una sustancia color verde que olía mal, ¿Todas las pociones tenían que oler mal?- tienes que ponertela en el cabello, y enseguida, cambiara de color.

¿Alice?- pregunta consternada- mi color rojo llama la atención, ¿Qué crees que hará un verde fosforescente?

Hay, tu color de pelo no quedara verde, ese es simplemente el color de la poción, recuerda que dura el efecto por dos horas, tiempo suficiente para que logres escapar ¿verdad?- asentí- ¿Estás segura de querer hacer esto?- me miro tiernamente- si te arrepientes, no dudes en volver, en mí tienes una amiga, buenas noches.

Salió con la misma prisa que entró, pero con un recipiente menos en sus manos, ahora estaba en las mías, fui a la camilla y la guarde en el cajón de la mesita de noche, junto con la carta de Dumbledore.

La poción que me dio la señora Pomfrey ya no causaba adormecimiento, pero mi cuerpo cansado me lo pedía, soñé con llamas por todos lados, el dolor regresó de la misma forma en la que se fue, instantáneamente.

Unos rayos directos a la cara me despertaron esta vez, parpadee unas cuantas veces hasta que mis ojos se acostumbraron a la luz, hoy era viernes 29, de eso estaba segura.

Unos minutos después de que terminara el desayuno, Alice entró en la enfermería.

Hola, vine a ver como estabas- su mirada era de preocupación- ¿Has cambiado de opinión?- negué con la cabeza- bueno, en todo caso, sabes que cuentas con nosotros, me caes bien, pese al poco trato que hemos tenido.

Gracias- respondí en un susurro.

Me sentía tan mal, no quería encariñarme con las persona, se lo que se siente perderlas.

Te traje esto- me extendió una mochila de cuero color negra- te hará falta, tiene algo de ropa, no es ropa fina, pero creo que preferirás eso a la ropa de la enfermería, también tiene unas tartas de calabaza, ya sabe para el hambre.

Eres muy amable Alice, no debiste molestarte.

No hay problema, oye, la señora Pomfrey salió muy temprano con la profesora Sprout, parece que van a ver unas mandrágoras, según Frank- sonrió de oreja a oreja al pronunciar el  nombre de mi nuevo amigo. Otra vez, no tenía que tener amigos, estar relacionada con alguien causa mucho dolor- y lo mejor es que hoy llegaron unas familias de magos poderosos y con sus hijos para recorrer el castillo, Dumbledore estará ocupado todo el día,

Eso es… es estupendo gracias, otra vez.

Bueno te ayudare a salir sigilosamente, ahora todos están en clases, así que no será tan difícil.

Y tu porque no estas.

Bueno es que… es que me gusta más la acción a estar ahorita con el profesor Binns, es tan aburrido.

Si claro, yo soy una gran diversión- ella rió por lo bajo, y yo esboce una pequeña sonrisa, pequeña pero sincera.

Deprisa, cámbiate de ropa y ponte la poción en el cabello.   

Sin decir nada me apresure al baño, agarre la ropa de Alice y me la puse, el vaquero azul y la camiseta negra me quedaban un poco flojos, siempre fui una chica doble, ahora parecía solo huesos ¿Qué diría mi padre si me viera así? el dolor volvió, dándome una gran punzada en el pecho y a la vez aumentando el deseo de marcharme ¿A dónde? Eso lo vería luego.

Intenté peinarme un poco, a la falta de un cepillo utilice los dedos, los cuales no me ayudaron tanto, una vez que deje a mi cabello tranquilo coloque la pasta verde maloliente, pasaron unos minutos y un vapor rojo salió de mi cabeza, dejando a su paso aquel color negro que siempre quise, pero jamás puede tenerlo.

Con la misma prisa que entre al baño salí directo hacia mi cama, me agaché con un poco de dolor, aún no estaba del todo curada, cogí mis converse violetas, junto con los restos de ropa que me habían quedado, todo lo guarde en el bolso de Alice, al levantarme observe la mesita de noche, abrí su cajón, y retire la carta que me había dejado Dumbledore.

Se te ve muy bien, me das miedo- sonrió tímidamente- prefiero el rojo, ya sabes, es más colorido- se rió de su propio chiste

Si eso me decían antes- cambié mi rostro a uno más serio- ¿Por dónde saldremos?

Sígueme, trata de no llamar la atención.

Una vez que cruzamos la puerta de la enfermería, empezamos a correr lo más discretamente posible, de vez en cuando se escuchaban pequeñas voces de estudiantes que al igual que Alice, no querían entrar a clase, pero salvo un chico de cabello negro y gafas que estaba sin uniforme, nos vio, mi mirada se posó en la de él, era verdaderamente guapo, sonrió de al verme pasar y casi tropiezo por aquella distracción.

No me di cuenta de cómo o cuándo llegamos a al vestíbulo principal y pasamos por la gran puerta de roble.

Señorita Doucet ¡¿Pero que se supone que está haciendo fuera de clase a esta hora?!- la cara de Alice se volvió blanca en un momento, se recompuso para decirme "huye, es McGonagall" entendí por su mirada que el plan no estaba resultando como lo planeó.

Apúrate- susurro suplicante.

Salí a toda carrera del lugar, los jardines era muy amplios, pero ahora no tenía tiempo de maravillarme con el paisaje, una vez que creí estar lejos de la visión de la profesora, empecé a sentir pánico por no saber en donde estaba, me senté en la hierba fresca intentando calmarme, intentando recordar algo de los libros que pudieran ayudarme pero no supe qué hacer, hasta que un viento me pegó directo en el rostro y unas hojas caían desde algún árbol cercano, me recordó: ¡El sauce Boxeador! podía encontrarlo y salir por la casa de los gritos.

Recorrí todo lo que pude pero la debilidad me ganó, estaba tan lejos de encontrar el árbol, como de salir de aquí, después de tanto esfuerzo por encontrar el sauce, recordé que según los libros este no había sido plantado hasta la llegada del profesor Lupin, es decir, hasta la llegada del estudiante Lupin, que sería el próximo año escolar.

Me sentí derrotada, caí en mis rodillas temblando, este era mi destino e intentar cambiarlo no funcionaría, ni siquiera estaba en mi continente, no tenía a nadie, estaba completamente sola, debía volver y asumir todo lo que se me avecinaba. Debía aceptar que iba a morir.

Huyes ¿verdad?- la voz sonó tan cerca de mi que no fui capaz de voltearme por el miedo que me embriagaba- la puerta está del otro lado ¿Te perdiste?- su aliento cálido me rozaba el cuello.

Sí- susurré, segura de que me podría escuchar, debido a la proximidad que se encontraba.

Gire el rostro lentamente, con el labio inferior temblando, me miró y nuevamente vi esa sonrisa de lado en su rostro, era el chico de pelo negro y gafas que me observo en el castillo.