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Harry Potter y la Heredera del Destino — capítulo 6

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Capítulo VI / Los Merodeadores

*Time is a valuable thing

Watch it fly by as the pendulum swings

Watch it count down to the end of the day

The clock ticks life away

It's so unreal.*

(sistem of a down, in the end)


La campana chirrió con su ding-dong monótono, anunciando la hora de levantarse en el orfanato La Salle. Las camas húmedas crujieron con el peso de los cuerpos adormilados de cientos de huerfanitos que luchaban por vencer la tentación de envolverse nuevamente entre las frazadas y entregarse cobardemente al sueño, en vez de enfrentar el frío de enero, que calaba hasta los huesos. Dos mujeres envueltas en sotanas oscuras entraron en una habitación gigantesca, que albergaba a la mitad de la población del edificio municipalizado, y abrieron las pesadas y polvorientas cortinas, dando ocasionales varillazos a los rezagados que habían decidido esperar unos momentos mas dentro de las camas, mientras el resto de sus compañeros se congelaban esperando los turnos para entrar al baño.

Isis era una de ellos. Había decidido que era una estupidez salir de la cama al frío mientras no fuera estrictamente necesario. Lamentablemente, las monjas no parecían pensar así.

La chica sintió como una sombra oscura traspasaba sus párpados y la sacaba a tirones del camastro. Abrió los ojos, repentinamente despierta, mientras la madre superiora, una monja arrugada y severa le propinaba un golpe bien dado en el antebrazo, y la instaba en su media lengua ininteligible a que esperara en las colas de las duchas como todos los demás.

Isis bostezó somnolienta y se puso al final de la fila de la chicas.

Otro día de trabajo, comenzaba en el orfanato La Salle.


Remus caminó desanimado por el sendero. Pateó una piedra que llegó rodando hasta el otro lado del camino. Tenía que respirar muy hondo, para que las lágrimas que pugnaban por salir no ganaran la partida. Después de todo, los hombres no lloraban, por mas terrible que fuera la situación.

Y, como se lo había dicho repetidamente esa fastidiosa vocecilla dentro de su cabeza, era sólo culpa suya.

Si no hubiera sido tan...estúpido. Pero, era tan injusto ¿Porque tenía que gastar toda su vida expiando una tonta travesura infantil?

Dio media vuelta, y se dirigió a su casa. Ya comenzaba a anochecer. Era el cumpleaños mas triste que recordaba. Tenía un dolor permanente en el pecho, insistente, exasperante.

Probablemente sus padres ya tendrían un pastel listo, y varios regalos sobre la mesa. El sonreiría y aparentaría felicidad. No quería que supieran cuan desgraciado se sentía. Sabiendo que su sueño jamás se haría realidad.

De pronto se llenó de ira contra sus padres. Por no haberle advertido lo que iba a pasar, por no haberle obligado a quedarse en casa ese día. Por...no sabía por que. No tenía ningún sentido culparlos a ellos. Era sólo culpa suya. Sin embargo, una lagrima tibia le refrescó la mejilla antes de abrir la puerta de entrada.


-¡Lily! ¡El desayuno está servido!- La voz de su madre le llegó lejana. La pelirroja quitó los cobertores con decisión y se dispuso a bajar las escaleras.

Su hermana Petunia ya estaba sentada en la cocina y llevaba puesto el brillante uniforme de porrista. Comía delicadamente su plato de cereales y frutas y Lily le dirigió una mirada afectada. No había nada que odiara mas en el mundo que a su hermana. La odiaba por ser mas bonita. Por sus bucles rubios y suaves. Por ser popular. Por que sus padres la prefirieran.

Cuando se sentó en su lugar en la mesa, su hermana ni siquiera se dignó a mirarla. Su padre había desplegado el periódico en toda su extensión, de modo que la única señal de vida que había tras este, eran las ocasionales bocanadas de humo que emanaban de la pipa encendida.

Se llevó desganada una tostada a la boca.

Sería probablemente otro día igual a los demás en la escuela. Un día de rechazo, burlas y de estar sutilmente apagada por la fuerte luz que irradiaba su hermana.

Terminó la tostada en silencio y se dirigió a la puerta de calle pensativa, a coger el autobús.

-¡Lily!- Se escuchó nuevamente la voz de su madre desde adentro.- ¡Aún llevas puesto tu pijama!


-¿Donde demonios estaba la tabla suelta?-

James caminó con pasitos cortos por el corredor de la vieja mansión. Si su padres se enteraban que había estado nuevamente merodeando cerca del cementerio con los chicos vecinos, se llevaría una buena reprimenda.

James se heló. Un pequeño crujido le informó que la tabla suelta se encontraba cercana a su punto de referencia.

Quizá si pasaba muy cerca de la pared podría...

Valía la pena intentarlo. James se puso en punta de pie e intentó pararse en el borde de la pared.

-¡BAM!- Con un estruendo digno de la ira de Zeus, James cayó estrepitosamente al suelo, y no hubo necesidad de caer sobre la tabla suelta para que la casa temblara con un ruido de mil demonios, ahogados casi por el grito de dolor y rabia que lanzó james.

A su caída acudieron una multitud de elfos domésticos, y por supuesto, su padre.

-Su padre lo miró severamente mientras se ataba la bata de seda.

-¿Y bien...?- dijo apuntándolo con una pantufla. James no contestó. Se imitó a mirar el suelo. Con un gesto de la mano, su padre hizo que los elfos retiraran a sus aposentos.

-Merodeando por ahí con el chico Black, otra vez, ¿No james?

-Pero Papá, no hay nada de malo con Sirius.-

-¡Es un Muggle, James!- Replicó su padre, frunciendo el entrecejo severamente.

Miles de argumentos cruzaron la mente de james, sin embargo, decidió que era mejor no discutir. Aún no entendía que problema tenía su padre con los Muggles, pero decididamente no le gustaba.

Se dirigió a su habitación arrastrando los pies, y cuando ya llegaba al final del corredor, oyó la voz severa de su padre tras el:

-James, no quiero que vuelvas a ver a ese chico Black.-

El muchacho tomó aire con dificultad y respondió con voz temblorosa.

-No, papá, no puedo hacer eso.-


-No llega, no llega, no llega- La chica se apartó un mechón de cabello dorado de la frente y continuó comiéndose las uñas con ansiedad.- Estoy segura de que soy una squib

-Cálmate Bellita, ya llegará y estoy completamente segura de que no eres una squib cariño.-

La voz afectuosa de su nana la reconfortó un poco.

-¡Pero mi cumpleaños ya pasó hace semanas!

-Tranquila Bellita, eso no influye en nada. El director tiene su propia fecha para enviar las cartas. El sabe lo que hace.

-Y cuando será esa fecha?- insistió Arabella, balanceando los pies en la silla en que se encontraba sentada.

-Paciencia cariño, paciencia...-

Pero la chica no parecía poder estarse tranquila un segundo más. Sin poder contenerse se puso de pie y abrió la puerta de la cocina de par.

-¡Vuelvo en una hora, nana!- Gritó antes de desparecer por el camino.

El viento helado le congelaba las orejas, y se subió el cuello de chaqueta hasta que solo sus ojos quedaron a la vista.

Hacía semanas que no hacía nada mas que esperar esa estúpida carta. Que no llegaba. Sabía cuanto se despcionarían sus padres si resultaba una squib.

No que estuvieran muy actualizados en cuanto se trtaba de ella...

Su padre se la pasaba en el ministerio. Le resultaba extraño cuando estaba en casa. Le costaba comportarse con naturalidad en su presencia. Era como estar frente a un extraño, alguien ajeno completamente a su hogar.

Y en cuanto a su madre...

Se detuvo un momento y examino con detención su respiración helada. Emanaba de su boca, formando pequeñas nubecitas etéreas de vapor. Arabella detestaba el frío, pero le agradaba observar su respiración tibia materializarse cuando chocaba con el frio.

Su madre era tan extraña. Le costaba tanto comprenderla. Siempre estaba en casa, pero Arabella jamás la veía. Su nana siempre le explicaba que su madre sufría de fuertes dolores de cabeza, y no le hacía bien sair al exterior. Pero le era difícil entender eso. Cuando ella sentía elgún malestar, se ponía bien enseguida tomando aire puro.

Miró su reloj y calculó que ya era hora de regresar. Silbó su canción favorita mientras caminaba de regreso arrastrando los pies. Entró a la casa por la puerta de servicio y olvidó limpiarse los pies en el felpudo.

Se encontraba en el rellano de la escalera cuando la campanilla de la puerta tintineó. Escucho como su nana iba a entender y alcanzó a captar las palabras:

-Buenos días , señor Figg, no esperábamos su visita. Creo que Arabella está en la cocina-

Arabella subió los escalones lo más silenciosamente que pudo, y echó el cerrojo en su habitación.


Ese chico Potter era tan extraño.

Recordaba cierta ocasión en que había vuelto el cabello de una chica de color verde, con solo murmurar unas palabras extrañas. O la vez en que había hecho levitar a un gato callejero.

Sirius jamás hacia preguntas, ni pedía ninguna explicación lógica ante las extrañas manifestaciones sobrenaturales de su amigo. Sólo lo aceptaba, y disfrutaba de ellos, cuando la ocasión lo permitía. Lo acptaba como un misterio mas en su amigo. Como lo era su casa, la gran mansión tétrica, en que habitaba, en la que niguno de los chicos del pueblo habia puesto un pie jamás. Como lo eran sus padres, a quienes todos aseguraban haber visto mas de una vez desaparecer con un solo movimiento de las túnicas que vestían.

Los Potter eran un misterio para todo el pueblo. Un velo de misterio y aventura se extendía sobre su único hijo: James Potter.

Sirius se quitó los zapatos embadurnados y los dejo en silencio junto a la puerta lateral. Contuvo la respiración mientras daba vuelta la manija.

Si su padrastro descubría que había salido nuevamente le daría la paliza de su vida. Oyó un crujido en la escalera.

-Mierda - murmuró , mientras intentaba no hacer el mas mínimo sonido que lo delatara. Le parció que los pasos trastabillaban. Borracho, como siempre, pensó.

-¿Quien esta ahí? ¡No te escondas! Estoy armado.- Sirius vislumbró como, entre las sombras, su padrastro lo apuntaba con una lata vacía de cerveza. Parecía inevitable, que aún en el estado en que se encontraba que lo viera de un momento a otro.

Sirius decidió que mientras mas rápido lo viera, mas pronto terminaria todo el asunto. Salió de entre la oscuridad y enfrentó al hombre. Sintió su aliento brutal dándole de lleno en la cara, y Sirius sintió repugnancia de el olor a alcohol que desprendía.

Lo miró fijamente con los ojos inyectados de sangre y escupió con satisfacción en el suelo. Lentamente se quitó el cinturón.