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Historia 24675 — capítulo 6
La mañana del día 1 de septiembre, el ajetreo comenzó temprano en el número de 12 de Grimmauld Place. Harry, Ron, Hermione y Ginny desayunaron y bajaron sus cosas, mientras esperaban a los coches del Ministerio que traería el señor Weasley. Llegaron a las diez menos cuarto. Harry, Ron, Hermione y Ginny se despidieron de Lupin y de Tonks, los únicos miembros de la Orden que estaban en la casa, aparte de Ojoloco Moody. Este último les acompañaría a la estación, junto con los señores Weasley, Dedalus Diggle y Mundungus Fletcher.
Fuera contemplaron un día soleado, de verano. Hacía calor. Los cuatro amigos acomodaron los baúles y se montaron en los coches.
—Buena suerte, muchachos —se despidió Lupin—. Y tú cuídate, Harry. Y no te olvides de practicar la Oclumancia.
Harry asintió. Los coches se pusieron en marcha, y en menos de media hora habían llegado a la estación. El señor Weasley despidió a los chóferes del Ministerio dándoles las gracias, y los cuatro chicos, escoltados por Moody y los Weasley, se dirigieron al andén Nueve y Tres Cuartos. Atravesaron la barrera mágica y se encontraron frente al Expreso de Hogwarts.
—Bueno hijos —dijo la señora Weasley—. Cuidaos.
Les dio un abrazo y un beso a cada uno. El señor Weasley también se despidió.
—No os metáis en líos —les advirtió. Y agregó, mirando a Harry y a Ron—: No os andéis escapando por ahí. Puede ser muy peligroso.
—Estaos alerta —añadió Moody—. Y si notas cualquier cosa extraña, Potter, no tardes en comunicárselo a Dumbledore ¿de acuerdo?
—Sí —respondió Harry—. Adiós profesor Moody, adiós señores Weasley. Señor Diggle, señor Fletcher...
—Cuidaos —les pidió la señora Weasley—. ¡No se os ocurra salir fuera del colegio a deshora ni nada así!
—Tranquila, mamá —dijo Ron, cansado de advertencias.
—Bueno, nos veremos en Hogsmeade —dijo Mundungus—. Estaremos vigilando por allí cuando tengáis salidas.
Los cuatro se despidieron y se dirigieron al tren. Al ir a entrar, Harry vio a una mujer rubia con cara de asco que les dirigió una mirada altiva y cargada de odio. Era Narcisa Malfoy. Habría venido a acompañar a Draco. Harry la miró con desafío, y subió al tren, siguiendo a Ron y a Hermione. Volvió la mirada y miró por última vez a la madre de Malfoy, cuyo rostro cambió para mostrar una ligera sonrisa cargada de maldad. Harry se volvió y siguió a sus compañeros.
Encontraron un compartimiento vacío y se sentaron en él.
—Bueno, aquí otra vez —dijo Ron.
—Sí... y estoy contento —confesó Harry—. Grimmauld Place se estaba volviendo muy aburrido. Sólo lamento tener que volver a ver a Malfoy... y a Snape. Y hablando de Malfoy... ¿Visteis a su madre? —preguntó.
Ron, Hermione y Ginny negaron con la cabeza.
—Yo sí, cuando subíamos al tren. No os imagináis el asco con el que nos miró.
—Bah, es mejor no hacerles caso —dijo Hermione, mirando por la ventana como la estación comenzaba a quedar atrás, mientras el tren cogía velocidad.
—Sí, pero el caso es que al final me sonrió...
—¿Te sonrió? —preguntó Ron, extrañado.
—Sí, pero te aseguro que no era una sonrisa simpática. Más bien creo que venía a decirme que Lucius ya vuelve a andar por ahí...
Ron frunció el ceño y puso mala cara.
—No me lo recuerdes. Sólo de pensar en la cara que tendrá Malfoy...
Mientras hablaba, se abrió la puerta del compartimiento y entró Neville Longbottom, acompañado de una chica rubia, de ojos saltones y mirada soñadora.
—¡Hola! —saludó Luna Lovegood, muy contenta de verlos, sentándose entre Hermione y Ron—. ¿Qué tal el verano? El mío estupendo. Suecia es un país magnífico —comentó. No parecía en absoluto preocupada por nada que pasara en el mundo.
—¿Conseguisteis atrapar un Snorckack de cuernos arrugados, Luna? —preguntó Ginny con una sonrisa, mientras se acercaba a Harry para dejarle a Neville un sitio.
—No... —respondió la chica un poco decepcionada— ¡Pero conseguimos montones de testimonios que afirman haberlos visto! Mi padre ha sacado un número especial.
El padre de Luna era director de la revista El Quisquilloso, que era un tanto inusual. En ella, Harry había logrado publicar por primera vez la historia del retorno del Voldemort, pues en El Profeta, presionado por Fudge, había sido imposible.
—Estupendo —dijo Ginny, ahogando una risita.
—Eh, bueno... —dijo de pronto Hermione, levantándose y agarrando a Ron—. Nosotros tenemos que ir al compartimiento de los prefectos, ya nos veremos más tarde ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondió Harry, mirándolos.
—Oye, Harry, cógeme comida del carrito ¿vale? Si no me moriré de hambre cuando volvamos —pidió Ron.
—No te preocupes —le dijo Harry, sonriéndole.
Ron y Hermione salieron del compartimiento y cerraron la puerta. Harry se acercó a la ventana y se pasó mucho tiempo mirando al exterior, mientras Ginny charlaba con Neville. Luna leía El Quisquilloso tranquilamente, sin atender a nada más. Era como aquel viaje, igual que hacía un año, como si nada hubiera cambiado... Y sin embargo, muchas cosas eran ahora distintas: nuevas pérdidas, nuevos peligros, nuevas revelaciones y un año más dejaban una huella visible en todos. Aunque parecieran tan normales como siempre, Harry podía notar, bajo esa apariencia, algo que se había forjado en ellos al final del año anterior, algo que había madurado en ellos durante el verano.
Ginny dejó de hablar con Neville, y se puso a acariciar a Crookshanks, mientras miraba a Harry con interés, quien tras notar un rato la mirada de la chica, se volvió hacia ella, aunque sin decir nada.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó la pelirroja, mirándole con gravedad.
—Sí —respondió Harry con firmeza—. ¿Por qué?
Ginny se encogió de hombros.
—No sé, parecías un poco ido... triste...
—Ginny, ya sabes... —se cortó, dándose cuenta de que no estaban solos—. Ya sabes que nada es igual.
—Ya lo sé —repuso Ginny—. Piensas que esta escena es parecida a la del año pasado ¿verdad? Y que ojalá hubieses sabido entonces lo que sabes ahora.
Harry la miró asombrado.
—No eres el único que lo piensa —terminó Ginny.
Harry le sonrió. Por lo menos no era el único que se sentía extraño, y esa idea lo reconfortaba. Neville asentía con la cabeza, con una mirada que Harry no le había visto nunca. Parecía... muy mayor... y bueno, al fin y al cabo, se había encontrado y enfrentado a los verdugos de sus padres, a los responsables de que estuvieran, locos, en una sala del Hospital San Mungo. Incluso había sufrido, durante un breve tiempo, la misma tortura que ellos habían padecido.
El viaje transcurrió lentamente hasta que llegó el carrito de la comida. Compraron de todos los tipos de golosinas, y Harry se aprovisionó de suficientes para que también tuviesen Ron y Hermione, los cuales regresaron media hora más tarde.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó Harry al verlos entrar, fijándose en la cara de disgusto que traían.
—No ha estado mal —respondió Ron evasivamente, sentándose junto a Harry y abriendo una caja de ranas de chocolate—. Ya te imaginarás como está Malfoy después de la fuga...
—Sí, me lo imagino —afirmó Harry con disgusto.
—Parecía que le hubiesen dado a él el Premio Anual —dijo Ron, con asco.
—De todas formas no fue tan grave —comentó Hermione—. Dado que sólo son dos de Slytherin, y todos los demás nos llevamos muy bien. Lo verdaderamente horrible fue tener que soportar su presencia. La verdad es que en eso Ron tiene razón, la expresión de Malfoy me daba ganas de vomitar.
Harry se lo imaginó. No le apetecía en absoluto tener delante a Malfoy, aunque él estuviera solo y Harry acompañado de los demás prefectos: Ernie Macmillan, Hannah Abbott, Anthony Goldstein y Padma Patil, todos amigos de Harry, por haber pertenecido al ED el año anterior.
Se pasaron un rato comiendo en silencio, o hablando de tonterías, hasta que, de pronto, se abrió la puerta de nuevo. Allí estaban Malfoy, Crabbe y Goyle, con una sonrisa de oreja a oreja y una expresión de prepotencia increíble.
—Vaya, una interesante reunión —dijo Malfoy con tono despectivo, mientras recorría con la mirada todo el compartimiento—. Seguramente dirigida por el gran héroe Potter, con la asistencia de los pobretones Weasley, el patoso Longbottom, la loca Lovegood y la sangre sucia. —Hizo un gesto de desagrado—. Podría montar un circo con lo que hay aquí —añadió, mientras Crabbe y Goyle se reían como idiotas.
Harry miró a Malfoy con odio.
—Largaos de aquí.
—¿Estás enfadado, Potter? —preguntó Malfoy sonriendo aún más—. Ya te lo dije en junio: nuestros padres no iban a estar encerrados mucho tiempo... —luego su sonrisa se esfumó y puso cara de asco—. Ya me enteré de que conseguiste librarte en el Caldero Chorreante, Pipipote, pero no te librarás por siempre... ¿Cómo te sienta el haber sido salvado por Weasley? —Volvió a sonreír un instante y luego su expresión se tornó dura—. Vas a acabar mal, Potter. Tú y estos amigos tuyos —terminó, señalando a los demás con un gesto.
—Cállate, Malfoy ¿q quieres acabar convertido otra vez en babosa? —le espetó Hermione.
Malfoy la miró con una mezcla de asco y de odio.
—Tú no me hables, sangre sucia sabelotodo. Sé que en junio te libraste por un pelo de morir. No te imaginas como lo lamenté... que sólo te faltara un pelo, claro.
Harry se levantó apuntándole con su varita, furioso. Aún se sentía culpable por aquello, y ver a Malfoy alegrarse le ponía enfermo. Ron también sacó su varita.
—Vaya —dijo Hermione muy tranquila—, es curioso que te muestres tan altivo conmigo, Malfoy, porque hay que ver como tu padre le lame las botas al sangre mestiza de su amo... ¿O no sabías que Voldemort era hijo de padre muggle?
Malfoy acentuó su expresión de odio e intentó decir algo, pero no encontró réplica alguna.
—Si no te largas, Malfoy, te echaré un maleficio del que no te vas a olvidar en tu vida. Tal vez seáis muy «sangre limpia», pero no nos llegáis ni a la suela de los zapatos —le dijo Harry. Hermione, Ginny y Neville sacaron también las varitas y apuntaron. Luna, mientras, siguió leyendo como si no pasara nada en el vagón.
—Vámonos —dijo Malfoy, viéndose en inferioridad—. Ya nos veremos, Potter.
—Sí, lárgate, Malfoy —dijo Ron—. Tendrías que haber visto la cara de tu padre cuando llegó Dumbledore al Departamento de Misterios. Temblaba como una niña frente al lobo. —Esta vez fueron Harry, Neville, Ginny y Hermione los que se rieron.
Malfoy se volvió e intentó sacar la varita. Ginny le apuntó a la cara.
—Inténtalo —dijo mirándole fijamente con una expresión de desafío—. Inténtalo y tal vez vuelvas a probar el maleficio de los mocomurciélagos.
Malfoy miró a Ginny con rencor, pero guardó la varita y se fueron.
—Creo que debí echarle el maleficio —opinó Ginny, guardando la varita y volviendo a sentarse.
—Déjalo —le dijo Hermione—. No es más que un imbécil que no tiene razón, y encima lo sabe.
—¿Dónde se esconderán? —preguntó Neville, de pronto—. Me refiero a los mortífagos fugados —aclaró, viendo las caras de incomprensión de los demás.
—Supongo que con Voldemort —dijo Harry—. El año en que regresó estuvo escondido en la casa de su padre, en Little Hangleton, y luego en casa de Crouch... Pero no sé, supongo que los aurores habrán buscado allí...
—A lo mejor Voldemort también ha ocultado su guarida mediante el encantamiento fidelio —aventuró Ron.
Siguieron conversando mientras comían todo lo que habían comprado del carrito, hasta que llegaron a la estación de Hogsmeade.
Allí se bajaron. Los prefectos llamaron a los de primer año para que siguieran a Hagrid en el viaje a través del lago. Harry, Hermione y Ron corrieron a saludarle antes de montar en los carruajes que les llevarían al Castillo.
—¡Hola Hagrid! —saludó Harry.
—Hola muchachos —dijo Hagrid, muy contento de verle—. ¿Qué tal el verano? Ya me enteré de lo que sucedió en el Caldero Chorreante —susurró, meneando la cabeza—. Un asunto de lo más desagradable.
—Bueno, podría haber sido peor —dijo Harry, encogiéndose de hombros—. Ya no es que nos pillen por sorpresa estas cosas...
—¿Qué tal está Grawp, Hagrid? —preguntó Hermione, en voz baja.
—¡Oh! ¡Ha progresado mucho con el idioma!, y se comporta muchísimo mejor. Y he tenido noticias de que algunos gigantes que no querían unirse a Quien vosotros sabéis podrían venir... No muchos, pero sí algunos... —se calló y miró a los alumnos de primer año, que se acercaban—. Bueno, tengo que dejaros, nos veremos en el Castillo. ¡Los de primer año! Vamos, seguidme a los botes.
Harry, Hermione, Ron, Ginny, Luna y Neville se dirigieron a los carruajes conducidos por Thestrals y se subieron a uno.
Cuando todo el mundo hubo subido, las carrozas emprendieron la marcha y se dirigieron al Castillo. Una vez allí, fueron al Gran Comedor, donde en breve comenzaría la Ceremonia de Selección, en la cual los nuevos alumnos serían asignados a alguna de las cuatro casas de Hogwarts: Slytherin, Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff.
Se sentaron a la mesa de Gryffindor, y esperaron la llegada de los nuevos, mientras saludaban a los demás compañeros de su casa.
—Espero que no tarden mucho —dijo Ron, mirando las fuentes vacías y los platos con avidez—. Me muero de hambre
—¡Pero si has estado comiendo todo el camino! —exclamó Hermione.
—¿Y qué? Es hora de cenar.
Hermione sacudió la cabeza. Harry miró a Dumbledore, que lo saludó con una pequeña inclinación de cabeza. Luego miró a Snape, que parecía tan malhumorado como siempre y le miró con la expresión de odio y desprecio que siempre usaba con Harry, aunque éste hubiera jurado que se había intensificado, si tal era posible. Luego contempló al resto de los alumnos. Vio que muchos miraban hacia él y cuchicheaban. Harry sabía que, a diferencia del año anterior, la gente no hablaba de lo chiflado que debía de estar, sino seguramente de los que había sucedido en el Departamento de Misterios y en el Caldero Chorreante, pero descubrió que, en realidad, no le importaba. Aún se sentía como si perteneciera a otro mundo distinto a los demás. Aunque la sensación había cedido un poco, se sentía lejano de lo que allí ocurría. Sólo sentía a Ron y a Hermione cerca de él... En ese momento, se abrió la puerta del comedor, interrumpiendo sus pensamientos, y la profesora McGonagall entró, seguida de los nuevos alumnos. Esperaron frente al sombrero seleccionador, y éste comenzó su canción:
Hace tiempo, cuatro brujos excepcionales,
se reunieron y hablaron largo tiempo.
Querían construir un lugar duradero
Donde enseñar magia a los jóvenes magos.
Tras deliberaciones y muchas discusiones,
Construyeron este inmenso castillo,
Y en él residieron, Hogwarts lo llamaron.
Y trajeron a él jóvenes aprendices de hechizos, encantamientos y maldiciones.
Cuatro eran los gloriosos fundadores:
Slytherin el grande y ambicioso,
Gryffindor, el valiente y temerario,
Raveclaw, la inteligente y perspicaz,
Y Hufflepuff, la tenaz y la más leal.
Slytherin era el más ambicioso de todos,
Deseaba el poder como ninguno.
Y dijo para sí: «En mi casa estarán
Los ambiciosos de sangre limpia, astutos
Y de mente despierta: los mejores de todos».
Gryffindor era el arriesgado y valiente,
Deseaba hacer grandes hazañas.
Y pensó: «En mi casa estarán los osados,
Los abiertos de mente, los valientes,
Los de corazón fuerte y espíritu ardiente.»
Ravenclaw era la sabia y la inteligente,
Deseaba los mayores conocimientos.
Y se dijo: «A mi casa invitaré a los despiertos,
A aquellos de mente clara, los perspicaces,
Los de cabeza despejada y sabiduría creciente.»
Hufflepuff era la más tenaz y obstinada,
Y deseaba una vida humilde y sencilla.
Y pensó: «En mi casa estarán todos,
Los más trabajadores, los leales,
La gente sencilla y de corazón porfiado.»
Durante años los cuatro vivieron en armonía,
Trabajando juntos por Hogwarts,
Pero al fin surgió la disidencia,
Hubo disputas y se terminó la paz que había.
Las casas se distanciaron, las tensiones surgieron.
Y la fuerza del colegio se vio mermada.
Por eso os digo a todos, en este día:
No batalléis por cosas que otros decidieron,
Manteneos juntos, unidos sois mejores,
Apoyaos unos a otros, unidos sois más fuertes.
Cuando terminó y los alumnos hubieron aplaudido, la profesora McGonagall comenzó a llamar a los de primer año para ser seleccionados, que esperaban nerviosos, en una fila. La primera fue Admuns, Iria, que fue enviada a Ravenclaw. Harry observó a los nuevos y se fijó en el último alumno de la fila, que miraba hacia la mesa de profesores y a la de Gryffindor con una expresión entre la indiferencia, la curiosidad y el desprecio. Era mucho más alto que los demás y a Harry le costaba pensar que tuviese once años. Nadie más parecía fijarse en él, atentos todos a la ceremonia de selección, que continuaba.
—Bolt, Alice
—¡HUFFLEPUF!
—Burning, Dyllus.
—¡RAVENCLAW!
Ron observaba la larga fila de alumnos que aún quedaba, esperando que terminara. Miraba los platos vacíos con expresión ávida, y se veía que tenía ganas de decir algo, pero, viendo a Nick Casi Decapitado, que observaba la selección entre él y Hermione, y mirando también a su amiga, no dijo nada.
—Dings, Shirtley.
—¡SLYTHERIN!
—Fommedon, Alexis.
—¡GRYFFINDOR!
—Funtil, Marva.
—¡HUFFLEPUFF!
—Grideon, Graham.
—¡GRYFFINDOR!
Harry, Ron y Hermione aplaudieron fuertemente a Graham Grideon, al igual que Nick Casi Decapitado y el resto de la mesa.
—Espero que este año nos vaya mejor que el año pasado —dijo Nick—. Slytherin ganó la Copa de la Casa por una diferencia abrumadora...
—Bueno, hicieron trampa, ¿no? —dijo Ron, mientras Lommedon, Alexis, era enviado a Hufflepuff.
Harry no comentó nada. No había estado en el banquete de fin de curso, y no había preguntado siquiera si se había entregado la Copa. Al fin y al cabo, en cuarto año no se había celebrado la tradicional entrega de la Copa de la Casa debido a los trágicos sucesos del final del Torneo de los Tres Magos.
La ceremonia continuó, y la fila de alumnos se hizo cada vez más corta, mientras iban pasando los últimos alumnos, «Tiggor, Ferminus» «¡Gryffindor!», «Verdon, Hillary», «¡Hufflepuff!», y, para terminar, «Dullymer, Henry», que resultó ser el chico de mirada desagradable. Se sentó en la silla, lentamente, y miró al comedor con expresión de tranquilidad. Era moreno, y muy alto para ser de primero. Era bien parecido, pero tenía una expresión extraña en la cara. Harry pensó que no le gustaba aquel chico, aunque ahora no parecía tener tan mala cara como antes. Él le miró un momento fijamente, mientras la profesora McGonagall le ponía el sombrero. Antes ya de tocar su cabeza, el sombrero gritó «¡Slytherin!». El chico echó una última mirada a la mesa de Gryffindor y se dirigió a la de Slytherin, con sonrisa de suficiencia, donde fue recibido con aplausos. Se sentó frente a Malfoy, y enseguida empezó a hablar con él.
—¿Os habéis fijado en ese chico, Dullymer? —preguntó Harry—. Pensaba que no podía haber mirada más desagradable que la de Malfoy.
—Sí —dijo Hermione—. No me gustó nada. Y al parecer, ya ha hecho buenas migas con él.
—Es de Slytherin, qué se le va a pedir —dijo Ron con tono de sabiduría—. Bueno, a ver si empieza el banquete...
—¿Por qué habrá sido el último de la lista si su apellido empieza por D? —preguntó Hermione—. Además parece muy alto para su edad ¿no creéis?
Nadie contestó, porque en ese momento, McGonagall pidió silencio. Dumbledore se levantó y pronunció su habitual discurso de principios de curso.
—Bienvenidos todos un año más a Hogwarts. Tengo muchas cosas interesantes que deciros, pero estoy seguro de que todos vosotros preferiréis llenar vuestras barrigas antes que vuestras cabezas, así que... ¡a comer!.
Dumbledore dio una palmada y las mesas se llenaron de comida. Durante un rato, incluso las animadas conversaciones sobre el verano y lo que había sucedido se calmaron mientras todo el mundo se dedicaba a llenarse la boca con los deliciosos platos que atiborraban las mesas. Cuando estaban casi terminando, la profesora McGonagall volvió a pedir atención. Dumbledore se levantó de nuevo y habló:
—Bueno, ahora, unas cuántas normas de principio de curso. Como bien sabréis la mayoría, el Bosque Oscuro está prohibido a los estudiantes, al igual que el pueblo de Hogsmeade para los que no tengan permiso. El señor Filch me ha pedido que os recuerde que no se puede hacer magia en los pasillos y que la lista de artículos prohibidos, que asciende a 489, puede consultarse en su despacho. —Dumbledore paseó la mirada por el comedor, mientras hacía una pausa—. Dicho esto, he de anunciar algunas novedades: como no he podido encontrar ningún profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras decente, tan necesario en estos momentos, he decidido darlas yo mismo.
Las mesas de Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff estallaron en un aplauso y en vítores, no así en la mesa de Slytherin, donde solamente algunos mostraron su conformidad. Harry vio a Malfoy poner cara de desagrado. Dullymer, a su lado, sonreía ligeramente, una imagen que no cuadraba con la mueca de desprecio que le había visto antes. Dumbledore continuó, pidiendo silencio.
—Gracias, gracias —dijo sonriente—. Aparte de eso, este año, además de la habitual temporada de quidditch, hemos decidido organizar un Torneo de Quidditch entre Colegios, que se celebrará en Diciembre y Enero, y en el que participarán Beauxbatons y Durmstrang, colegios que ya conocéis, y el Colegio Castelfidalio, de Italia. Cualquier jugador de los equipos de las casas podrá presentarse a las pruebas para el equipo del Colegio, que serán en la última semana de Octubre. En Halloween llegarán nuestros invitados. Los partidos de la semifinal se jugarán en Diciembre, y en Enero será la final. Los alumnos invitados pasarán las navidades con nosotros. Espero que todos seréis amables, y que estaréis unidos. —Su mirada se agravó y su tono se hizo más serio—. Todos hemos sido testigos el año pasado de lo que las mentiras y la división pueden provocar, y espero que permanezcáis todos juntos. Buenas noches.
Nada más terminar, empezaron los murmullos acerca del Torneo de Quidditch.
—«Hadi», ¿«gué» te «paece» lo del «tonneo»? —preguntó Ron, aún con la boca llena de pastel de chocolate.
—¡Estupendo! —afirmó Harry, contento. El quidditch era una de las cosas que más le gustaban de Hogwarts, y tener doble ración le parecía fabuloso—. Pienso presentarme a las pruebas de buscador. Más quidditch de lo habitual, es lo mejor que se le podría haber ocurrido a Dumbledore...
—Sí. ¿Te imaginas la cara de Malfoy si tú consigues el puesto de buscador en vez de él?
A Harry aún no se le había ocurrido, pero la idea de dejar fuera a Malfoy le añadió un fuerte atractivo al asunto que Harry no había considerado.
—Sería estupendo... —dijo, y preguntó—: ¿Tú te vas a presentar para guardián?
Pero Ron no le contestó, porque en ese momento se acercó Katie Bell, una de las cazadoras del equipo de Gryffindor.
—Hola Harry —saludó—. Hola, Ron. Ginny...
—Hola, Katie —dijo Harry.
—Harry, quería decirte que McGonagall iba a nombrarme a mí nueva capitana del equipo, por antigüedad y eso, ya sabes...
—¡Estupendo! —dijo Harry deprisa, aunque un poco decepcionado. Se había hecho ilusiones de ser él el capitán del equipo. Se había olvidado casi completamente de la chica—. Enhorabuena, Katie.
—Gracias, pero... no lo he aceptado.
—¿Que no lo has aceptado? ¿Y por qué? —preguntó Harry, sorprendido.
—Tú eres mejor jugador que yo. Tú debes de ser el capitán. Además, te lo mereces, por lo que te hizo Umbridge el año pasado...
—¿Cómo? ¿Has renunciado para que el capitán sea yo?
—Sí... Además, tú podrás ser el capitán el año que viene también, y yo, en cambio, termino este año. No sería bueno para el equipo cambiar de capitán cada año ¿verdad? Así que, si quieres el puesto, sólo tienes que ir a ver a McGonagall... Bueno, ya nos veremos. Hasta luego, Harry.
Y volvió a su sitio, sin dar a Harry tiempo de replicar.
—¡Genial, Harry! Es estupendo —le felicitó Hermione—. Capitán del equipo.
—No sé si aceptar... —Harry dudaba.
—¡No seas tonto! Katie tiene razón —dijo Ron—. Te lo mereces, has conseguido un montón de victorias para Gryffindor. Debes aceptarlo.
—Bueno, si tú lo dices... De todas formas, el año pasado ganasteis sin mí...
—Vamos, no te lo pienses tanto —le dijo Ginny—. Acepta. Y no es cierto que ganáramos sin ti. Tú ganaste el primer partido.
—Lo pensaré —dijo finalmente Harry.
Dumbledore despidió a los alumnos y Ron y Hermione se levantaron para guiar a los de primer año a la torre de Gryffindor. Harry les acompañó. Sin embargo, cuando iban hacia las puertas, se encontraron de frente con Cho Chang.
—Ho... hola Harry —dijo Cho, sonrojándose y mirando al suelo.
—Te esperaremos arriba, Harry —dijo Hermione. Harry hubiera preferido irse con ellos, pero la repentina acción de su amiga no le dio elección—. La contraseña es «lágrimas de fénix» —añadió, yéndose con Ron, ambos seguidos de los alumnos de primer año.
—Hola, Cho...
—¿Qué tal el verano? —preguntó ella con timidez—. Me enteré de lo del ataque...
—Bueno, pudo ser mucho peor... —le dijo Harry, sin saber qué más añadir.
—Me alegro de que estés bien, Harry, de verdad... —En ese momento, Michael Corner, el novio de Cho, se le acercó, pasándole un brazo por los hombros y mirando a Harry con desconfianza—. Bueno, ya nos veremos... Adiós.
—Adiós —musitó éste. Corner le hizo un gesto con la cabeza y se fueron. Harry los miró un momento y se dirigió a la torre de Gryffindor. Definitivamente, Cho era ya cosa del pasado. Ya ni siquiera había sentido la pequeña punzada de celos que había tenido cuando la había visto hablar con Roger Davies en el último partido de quidditch del curso anterior. Lo único que había notado era una desagradable sensación de incomodidad.
Fuera del Gran Comedor, para desgracia de Harry, se encontró con los de Slytherin. Algunos le miraron con curiosidad, y otros, como era costumbre, con verdadero desprecio, pero a Harry no le importaban ya. Iba a pasar de largo, cuando Dullymer, para sorpresa de todos, se le acercó.
—Harry Potter —le dijo, con una extraña sonrisa en la boca que a Harry le pareció entre agradable y misteriosa—. Encantado de conocerte —añadió, tendiéndole la mano.
Harry se quedó absorto, mirando alternativamente al chico y a su mano. Tras unos momentos de vacilación, se la estrechó.
—Lo... lo mismo digo... Henry Dullymer, ¿verdad?
—El mismo —afirmó él—. Es un placer conocerte, te lo digo en serio... —Miró en torno a sí, viendo cómo Malfoy y Pansy Parkinson llevaban a los alumnos a la sala común de Slytherin—. Pero ahora tengo que dejarte, no sé cómo se va a mi sala común... Sin embargo, estoy seguro de que ya nos veremos. Tenía muchísimas ganas de conocerte... he seguido con gran atención lo que hiciste este año. Creo que podremos ser amigos, a pesar de las rivalidades entre las casas, ¿verdad?
—Esto... sí, supongo que sí —contestó Harry, totalmente alucinado. ¿Amigo de un miembro de Slytherin? ¿Amigo del chico que había mirado con desprecio a Dumbledore y había hecho migas con Malfoy?
—Estupendo —dijo Dullymer con una sonrisa, aún estrechándole la mano—. Bueno, Harry, he de irme.
Se volvió hacia los de Slytherin, que le miraban como si estuviera loco, y se marchó con ellos, hablando con Malfoy, que, acompañado de Pansy, guiaba a los de primero. Por su expresión se diría que hubiera visto resucitar a un muerto. Harry se dirigió a la torre, pensando en lo sucedido. Mientras avanzaba por los pasillos, se dio cuenta del detalle más extraño: Dullymer había sido de los pocos, o el único, que en ningún momento le había mirado a la cicatriz, sólo a los ojos.
Cuando se encontró frente al cuadro de la señora gorda pronunció «lágrimas de fénix» y el cuadro se abrió para dejarle pasar. Entró y se encontró a Ron y a Hermione. Les contó el encuentro con Dullymer.
—¿Amigos? —preguntó Ron, escéptico—. ¿Amigo de un chico de Slytherin que además confraterniza con Malfoy? No me lo acabo de creer...
—A mí también me extraña —dijo Hermione—. No me gustó cuando lo vi la primera vez, esa expresión de saber más que los demás... tenía un deje de maldad en la cara. Aunque a lo mejor fue una mala impresión... sería estupendo que tuviéramos más amistad con Slytherin...
—Vamos, Hermione —le dijo Ron—. La mitad de los miembros de Slytherin están felices sabiendo que Vol-Voldemort anda por ahí.
—Por eso mismo, Ron. Tal vez si hubiera más amistad, comprenderían lo erróneo de sus ideas sobre los magos de sangre mestiza y demás estupideces...
—Seguramente —dijo Ron, con mirada de total incredulidad—. Díselo a Malfoy...
—No todos van a ser como Malfoy...
—No, claro —dijo Ron, sarcásticamente—. El resto son buenos, pero con malas influencias, ¿verdad?
—Eres imposible, Ron —le dijo Hermione, cansada, y se fue a la cama.
Harry y Ron también subieron a acostarse. Mientras se ponían los pijamas, apareció Neville, y luego Dean y Seamus. Harry y Ron se pusieron a mirar los horarios del día siguiente.
—¡Vaya, esto sí que es un buen comienzo de curso! Clase doble de pociones a las nueve... luego tenemos Transformaciones, Encantamientos y Herbología...
—Y no tenemos Defensa Contra las Artes Oscuras hasta el jueves... —terminó Harry.
—Yo, afortunadamente, ya no tengo Pociones —comentó Neville—. Y no me entristece nada librarme de ellas.
—Nosotros tampoco tenemos —dijeron Dean y Seamus a la vez.
—¡Qué suerte! —exclamó Ron, suspirando—. Bueno, será mejor que nos acostemos, si llegamos tarde a clase el primer día Snape es capaz de degollarnos.
Cuando entraron en la clase de Pociones al día siguiente, vieron que muy poca gente había pedido la asignatura, y la mayoría eran de Slytherin. Nada más entrar, Harry ya sufrió la mirada de odio de Malfoy, y luego una sonrisa de suficiencia. Harry supuso que Draco esperaba ver algún castigo o insulto para Harry por parte de Snape, y lo peor de todo era que él también lo esperaba.
Snape entró un instante después, hablando ya desde el mismo momento de atravesar el umbral de la mazmorra.
—¡Silencio! —exclamó, aunque no tenía ninguna necesidad de pedirlo—. Bien, esto es una clase de Pociones para el EXTASIS. No creáis que voy a tolerar la mínima estupidez. Creo firmemente que la mayoría de los que estáis aquí no merecíais estarlo —dijo suavemente, haciendo una pausa para mirar a Harry con desprecio—. Os advierto que si alguno de vosotros no alcanza el nivel mínimo exigido, me aseguraré de expulsarle de esta asignatura, eso podéis tenerlo por seguro.
Calló un momento, mirando a la clase, y luego continuó:
—Bien, hoy empezaremos por algo sencillo, aunque no espero que la mayoría de vosotros consiga hacerlo bien. —Y volvió a mirar a Harry despectivamente—. La poción que practicaremos hoy es una avanzada poción curativa llamada poción crecehuesos. Su efecto es regenerar el esqueleto de un ser vivo que lo haya perdido por cualquier circunstancia. Las instrucciones para hacerla están en la pizarra —mientras lo decía, golpeó la pizarra con la varita y aparecieron las instrucciones— y los ingredientes los tenéis en los armarios. Dos horas deberían bastaros.
Harry procuró concentrarse e intentar seguir las instrucciones al pie de la letra. No quería dar a Snape el mínimo motivo para castigarlo, ponerle deberes de más o incluso un cero... Fue a buscar los ingredientes y los preparó a conciencia, fijándose todo lo que podía en Hermione. Veía a Ron hacer lo mismo que él. También estaba nervioso.
—¿Qué tal vas, Harry? —le preguntó Ron
—Creo que bien... aunque seguro que Snape tiene algo que decir.
—Bueno, de momento, creo que nuestras pociones tienen el mismo color y aspecto que la de Hermione...
Mezclaron todos los ingredientes y se pusieron a cocerla durante los 25 minutos necesarios. Luego tendrían que echarle unas gotas de sangre de Cóndor, dejarla reposar durante 10 minutos y listo.
Cuando terminó, vio que se parecía mucho a la de Hermione. Probó una gota y comprobó que sabía prácticamente igual que la que una vez le había dado la señora Pomfrey para regenerarle el hueso del brazo derecho: horrible.
—¿Qué tal os ha quedado? —preguntó Hermione.
—Creo que está perfecta —dijo Harry animado. Esperaba ver la cara de decepción de Snape cuando no pudiese ponerle un suspenso.
—La mía creo que también está bien —dijo Ron—. A ver...
Llenaron las botellas, pusieron su nombre en ellas y se las entregaron a Snape, quien, por un instante puso una cara de furia al mirar la botella de Harry. Esto le bastó para suponer que la poción tenía el aspecto correcto.
Fueron hacia su mesa, recogieron sus cosas y se fueron, sin mirar a nadie. Se dirigieron al aula de Transformaciones. Esa clase la tenían con los de Ravenclaw. Con Slytherin tenían, como siempre, Pociones y Cuidado de Criaturas Mágicas, y con Hufflepuff Herbología.
Llegaron al aula de transformaciones, se sentaron, y fueron sacando los libros mientras llegaba la profesora McGonagall.
—Hola a todo el mundo —dijo la profesora al entrar—. Como algunos ya sabréis, este año empezaremos a ver la transformación humana, un arte complejo, que si se intenta sin dominarla bien, puede traer consecuencias funestas. En las primeras clases, estudiaremos los fundamentos básicos, y luego procederemos a comenzar con cambios sencillos, como cambiar el color del pelo, de ojos, etcétera. Tendréis que tener en cuenta que la transformación con varita es más difícil que la transformación con Pociones, que también veréis este año, y, así mismo, es más fácil transformar a otra persona que a uno mismo. ¿Queda claro?
La clase asintió.
—Bien, entonces, empezaremos a ver las diferencias entre transformación humana y la de animales grandes...
No resultó una clase muy entretenida, copiando casi continuamente las explicaciones de la profesora McGonagall, y aun les quedaban varias clases así antes de comenzar a hacer los primeros cambios.
En la clase de Encantamientos, el profesor Flitwick empezó a enseñarles los encantamientos de invisibilidad, que eran muy complejos. Tampoco fue una clase muy entretenida.
—Otra clase más de copiar y me da algo —dijo Ron mientras se dirigían a los invernaderos.
—¿Qué esperabas? —le dijo Hermione—. No vamos a ponernos a hacer encantamientos o transformaciones complejas sin antes saber bien cómo hacerlo... He estado leyendo un libro sobre transformaciones donde se dice que un mago intentó transformarse en un águila sin conocer bien los principios, y aunque lo consiguió, nunca más volvió a decir otra cosa que no fueran graznidos.
Entraron en los invernaderos, y para alivio de Harry y Ron, no tuvieron que copiar toda la clase, sino aprender a cuidar unas plantas llamadas «Flores de Fuego».
—¿Alguien sabe para qué sirven las Flores de Fuego? —preguntó la profesora Sprout
Hermione levantó la mano, como siempre.
—Los pétalos de las Flores de Fuego se usan, entre otras cosas, para fabricar los Polvos Flú y como ingrediente básico para pociones incendiarias.
—¡Muy bien! Diez puntos para Gryffindor —dijo la señora Sprout—. ¿Y alguien sabe por qué son complicadas de cuidar?
—Porque necesitan mucha agua —respondió de nuevo Hermione—. Si la planta no tiene el agua suficiente, arderá.
—Correcto. Otros diez puntos.
Pasaron la clase entre apuntes y regando a cada rato las Flores de Fuego. En la siguiente clase deberían pasarlas a unos tiestos especiales que regaban la planta correctamente cada poco rato.
Cuando acabó la clase, se dirigieron al Gran Comedor. Cuando se hubieron sentado, y la comida apareció delante de ellos, Hermione se quedó pensativa.
—¿«Gué» pasa, «Hegmione»? ¿No comes? —preguntó Ron.
—Es que... ¿Cómo seguirán haciendo aquí la comida? El año pasado hice muchísimos gorros para los elfos domésticos y se los llevaron todos... ¿Trabajarán ahora cobrando?
Harry miró hacia su plato, pensando en si debería decirle la verdad que le había estado ocultando durante todo el año anterior. Tras muchas dudas, finalmente decidió que era mejor.
—Verás, Hermione... —comenzó Harry, esperando que su amiga no se lo tomase demasiado mal—. En realidad no liberaste a ningún elfo doméstico...
—¡¿Qué?! ¿Cómo que no? ¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque Dobby me lo contó una noche en que me lo encontré en la sala común. Ningún elfo quería limpiar la torre de Gryffindor, porque consideraban que los gorros y las prendas escondidas eran una ofensa para ellos, así que siempre lo hacía Dobby. Fue él quien cogió todos los gorros y prendas que hiciste. Algunos se los dio a Winky...
Hermione parecía incapaz de hablar.
—¿Que Dobby los cogió todos? ¡¿Para eso me pasé todo el curso haciendo punto?! ¡¿Y por qué no me lo dijiste antes?! —gritó, mirando a Harry con furia.
Harry bajó la mirada, sin saber qué contestar.
—Vamos, Hermione ¿qué esperabas? —le dijo Ron, tragando—. Ya te dije que los elfos domésticos no quieren ser libres... Dobby era un caso raro, nada más. Deberías dejar eso del PEDDO...
—¡No! —gritó, y sin decir una palabra más, se levantó y se fue.
No la vieron en toda la tarde. Tenía clase de Runas Antiguas hasta las cuatro, pero tampoco la vieron después. Harry y Ron pasaron la tarde jugando al ajedrez en la torre de Gryffindor, hasta que Harry decidió ir a hablar con la profesora McGonagall.
Se dirigió hacia su despacho, y, para desgracia suya, se encontró con Snape.
—¡Potter! ¿Adónde vas?
—Voy a hablar con la profesora McGonagall... señor —respondió, reprimiéndose las ganas de escupirle si aquello iba contra las normas del Colegio.
—Pues bien, ve y no molestes. —Snape hizo ademán de irse, cuando se volvió y le dijo—: Tu poción crecehuesos no estaba del todo mal... Has conseguido un aprobado raspado... Supongo que hay que agradecérselo a la señorita Granger, como el de Weasley... Pero si te soy sincero, ni aún con su ayuda creo que se repita —terminó, y en su cara se formó una sonrisa de desprecio.
Harry hizo un esfuerzo por contenerse y se fue. ¿Un aprobado raspado? ¡Si era una de las mejores pociones que había hecho nunca! Continuó hacia el despacho de McGonagall, sintiendo que ya le habían amargado la tarde.
Llegó a la puerta y llamó
—Adelante —dijo McGonagall.
—Eh... buenas tardes, profesora.
—Buenas tardes, Potter. Siéntate —Harry se sentó—. ¿Qué querías?
—Bueno, verá... Katie Bell habló conmigo y...
—¡Ah!, ya... —entendió la profesora—. Has venido por lo del puesto de capitán.
—Sí... Dado que ella lo rechazó en mi favor, he decidido aceptarlo...
—Bien, Potter. Si lo quieres, el puesto es tuyo —se levantó, abrió un cajón y le entregó unas llaves de color dorado y escarlata, una más grande y otra algo más pequeña—. Ésta es la llave de los vestuarios de Gryffindor, y esa pequeña, la del despacho del capitán. Allí encontrarás el equipo de Gryffindor: Los uniformes y el baúl del juego asignado para vuestros entrenamientos. Recuerda que, como capitán, eres responsable del material que haya allí. Nadie que no pertenezca al equipo debe poder entrar ¿de acuerdo?
—Sí.
—La semana próxima serán las pruebas para el equipo. Necesitaremos dos cazadoras nuevas, dado que se fueron Alicia y Angelina. Espero que encontréis unos buenos sustitutos —la profesora suspiró. Sólo quedaban él y Katie del legendario equipo de Gryffindor que había dirigido Oliver Wood—. Bueno, si no quieres nada más, ya puedes irte.
—Hasta luego, profesora —se despidió Harry. Se levantó y se dirigió a la puerta, pero antes de abrirla, la profesora le habló:
—Espero que este año mantengamos la copa, señor Potter —dijo con una leve sonrisa, mirando desde Harry a la copa de Quidditch que habían conseguido el año anterior.
Harry también le sonrió.
—Lo intentaremos.
Harry salió y se dirigió a la torre de Gryffindor. Buscó a todos los miembros del equipo: Ron, Katie, Sloper, Kirke y Ginny y les comunicó que las pruebas para los nuevos miembros serían el viernes de la semana siguiente.
—Ginny, ¿vas a presentarte a Cazadora o seguirás sólo como buscadora suplente?
—Por supuesto que me voy a presentar. Ron y yo hemos estado entrenando antes de...
—Vale, vale —la cortó Harry antes de que hablara de Grimmauld Place—. Entonces el viernes a las siete.
Luego, él y Ron subieron a su habitación y empezaron a pensar en tácticas de quidditch hasta la hora de la cena.
Cuando bajaron al Gran Comedor, Hermione aún no había aparecido.
—¿Dónde estará? —se preguntó Harry, mirando a todos lados.
—Está en la biblioteca —respondió Parvati Patil dos puestos más allá—. Se pasó allí toda la tarde. Parecía furiosa.
—Seguro que está con algo del PEDDO —dijo Ron, sacudiendo la cabeza—. A lo mejor ahora se declara en huelga de hambre...
Harry siguió comiendo. Levantó la cabeza y miró al Gran Comedor. Se fijó en la mesa de Slytherin, donde vio a Dullymer de frente a él, sentado entre Malfoy y Crabbe. También él levantó la cabeza, miró a Harry y le saludó levantando la mano, con una sonrisa en la cara. Harry le devolvió el saludo, viendo con regocijo como Malfoy miraba a Dullymer con cara de enfado y le decía algo, pero, al parecer, a Dullymer no pareció importarle mucho.
—Qué chico tan raro, ese Dullymer... —le dijo a Ron— La primera vez que le vi me cayó mal, pero ahora no sé que pensar... es amigo de Malfoy, y, sin embargo, le enfada y le provoca cada vez que me saluda...
—A lo mejor está loco —aventuró Ron, mientras se metía en la boca un gran trozo de carne.
Harry no dijo nada, pero no creía, en absoluto, que Dullymer estuviese loco.
Cuando terminaron la cena, salieron del Gran Comedor, topándose, para su desgracia, con Malfoy, Crabbe, Goyle y otros de Slytherin.
—¡Vaya, Rey Weasley! —saludó Malfoy, haciendo una reverencia que provocó carcajadas de los de Slytherin. El resto de alumnos que pasaban por allí hicieron muecas de desprecio—. ¿Vas a presentarte a las pruebas para el equipo del Colegio? ¿Buscarás un poco de gloria en ese palo que el perdedor de tu padre te compró con tanto esfuerzo?
Ron le miró con furia, con evidentes deseos de romperle la cabeza, pero luego pareció pensárselo mejor, sonrió y respondió:
—¡Oh! Claro, ya ves... Es que no todos tenemos un padre que se relaciona con lo más selecto del Ministerio, Malfoy... Los carceleros, no sé si me entiendes...
Harry estalló en una carcajada, al igual que Dean, Seamus y Neville, que se habían acercado. Malfoy se puso pálido y borró la sonrisa de su cara.
—No te atrevas a meterte con mi padre, Weasley —le advirtió.
—Pues cállate entonces —le espetó Harry, y se dirigieron a la escalinata.
Subieron a la torre de Gryffindor, y allí, para su sorpresa, se encontraba Hermione.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Ron—. Le acabo de echar una buena a Malfoy...
—Estaba en la biblioteca, investigando —soltó Hermione, sin escucharle—. Tengo que cambiar mis planes, ¿no? Ya he perdido casi un año...
—Vamos, Hermione, los elfos de aquí no son como Dobby —dijo Harry—. Dobby estaba con los Malfoy, y le maltrataban a diario. Dumbledore trata muy bien a los elfos de Hogwarts...
Hermione le miró con dureza. Aún no le había perdonado que hubiera estado tanto tiempo ocultándole la verdad acerca de las prendas que hacía para los elfos.
—Sí, pero a ti no te gustaría estar en una prisión aunque te trataran bien ¿verdad?
—No... pero...
—Déjalo, Harry. Ya has dicho bastante.
—¡Lo siento! ¿de acuerdo? —exclamó Harry, algo mosqueado también—. ¡Tenía otras cosas en las que pensar!
Hermione no dijo nada, pero suavizó la mirada.
—¿Por qué no vamos a las cocinas y comes algo, Hermione? —le sugirió Ron—. Te vas a morir de hambre. Si tú te mueres ¿quién defenderá los derechos de los elfos?
Hermione miró a Ron con furia, como diciéndolo que no se bromeaba con ese tema, pero al final aceptó bajar. Estaba hambrienta.
Cuando entraron en las cocinas, Dobby salió a recibirlos contentísimo.
—¡Harry Potter! ¡Y sus amigos, el señor Weasley y la señorita Granger! ¡Me alegro mucho de verlos!
—Hola Dobby —saludó Harry.
—Oye, Dobby ¿Podríais traernos algo de comer? Es que Hermione no ha cenado —pidió Ron.
—¡Por supuesto, señor!
Pronto se acercaron varios elfos, cargados con bandejas llenas de deliciosos pasteles. Hermione se puso a comer y Ron la acompañó.
—¿Tú no habías cenado ya?
—Sí, pero es que me da pena que comas tú sola...
—Ya —dijo Hermione, que no se creía nada—. Oye, Dobby, ¿qué tal está Winky?
—Bueno... está durmiendo, señorita. Otra vez ha bebido demasiada cerveza de mantequilla...
—¿Aún sigue apenada por Crouch? —preguntó Harry.
—No, señor, pero se ha acostumbrado a la cerveza...
—Dobby —interrumpió Hermione, desviando la conversación hacia donde le interesaba—. ¿Por qué cogiste tú todos los gorros que hice el año pasado y que fui dejando por la torre de Gryffindor?
Dobby abrió mucho los ojos.
—¿Fue usted? —preguntó—. ¡Muy mal hecho, señorita! Ningún elfo quería ir a la torre de Gryffindor, señorita. ¡Les ofendía mucho! Dobby tenía que quitar todos los gorros y limpiar él solo...
—Pero ¿por qué se ofenden? A ti te dieron la prenda y no te ofendió, ¿verdad?
—Los demás consideran a Dobby un elfo extraño, señorita. Y aquí nos tratan bien, no como en casa de mis antiguos amos. El profesor Dumbledore es un amo excelente. Dobby es feliz trabajando para él.
—Vamos, Hermione, déjalo —aconsejó Ron, pasándole un brazo por los hombros—. Entra en el Ministerio, y cuando te conviertas en Directora del Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, o cuando seas Ministra, podrás crear una nueva ley de Defensa de los Elfos Domésticos y darles derechos...
Hermione no respondió, pero miró a Ron con una sonrisa, aunque la decepción se leía en su cara.
Se despidieron de Dobby y de los demás elfos, y subieron de nuevo a la Torre de Gryffindor. Al día siguiente, afortunadamente, no tenían Pociones, sino clase doble de Transformaciones y Encantamientos por la mañana, y Cuidado de Las Criaturas Mágicas y Astronomía por la tarde. Hermione, además, tenía clase de Runas Antiguas.
En la clase de Transformaciones siguieron con los principios básicos de la transformación humana y sus diferencias con las transformación animal. La clase de Encantamientos resultó algo más divertida, porque empezaron a hacer invisible una piedra pequeña. Hermione consiguió volverla invisible al tercer intento. Harry lo consiguió al final de la clase, aunque a través de la piedra se veían las cosas un poco raras, como si hubiera algo de humo. Ron, por su parte, logró hacer invisible la parte exterior de la piedra, pero seguía viéndose su núcleo, que parecía que flotaba.
Harry ya deseaba que llegara la tarde, para tener la primera clase de con Hagrid. Después de comer, se dirigieron al bosque para la clase. Hagrid ya los estaba esperando.
—Hola Hagrid —saludaron Harry, Ron y Hermione.
—Hola, muchachos...
—A ver qué monstruo vemos hoy —dijo Malfoy a Crabbe, Goyle y Pansy Parkinson, que se reían—. ¿Qué utilidad tendrá? ¿Podrá quemarnos? ¿Mordernos? ¿Arrancarnos los ojos?
Los de Slytherin se desternillaban de risa.
—Cállate, Malfoy —le soltó Hermione, con desagrado.
—A lo mejor estudiamos a los sangre sucia —continuó Malfoy, como hablando consigo mismo, pero con una mirada maliciosa dirigida a Hermione.
Harry y Ron lo miraron con odio y visible rabia. Harry hubiese dado lo que fuera por no seguir teniendo aquella clase con los de Slytherin. Varios de Gryffindor sacaron las varitas, pero en ese momento Hagrid, que no había oído a Malfoy, se acercó y empezó con la clase. Malfoy sonrió.
—Bueno, este año empezaremos a ver algunas de las criaturas más fascinantes que existen, en la medida en que podamos conseguirlas.
—A lo mejor estudiamos a los gigantes... —siguió diciendo Malfoy, y los de Slytherin volvieron a reírse.
Harry iba a decir algo, pero Hagrid se le adelantó.
—A lo mejor lo hacemos —dijo Hagrid—. Creo que tu padre pronto va a tratar con ellos, ¿verdad? No sé si estará muy contento si hablas mal de los nuevos amigos de su jefe...
Malfoy enrojeció y miró a Hagrid con odio, y los de Gryffindor se rieron, pero mirando a Malfoy con rabia.
—Y otra cosa, Malfoy —continuó Hagrid—. Si vuelves a hablar sin permiso le quitaré puntos a Slytherin y te castigaré ¿de acuerdo? —Pareció pensar algo y añadió—: Quizás obligándote a pasear hipogrifos, no he olvidado lo que te gustan...
Malfoy se aguantó y no dijo nada más, totalmente rojo de la humillación y la rabia que sentía, mientras los de Gryffindor volvían a reírse. Hermione, Ron y Harry le sonrieron a Hagrid.
—Bueno, para las primeras clases de este año, me he decidido por algo especial: Los fénix. Es muy difícil conseguirlos, así que sólo tenemos uno, que me lo ha prestado Dumbledore .—Hagrid miró hacia lo alto—. Ven, Fawkes.
El fénix apareció volando, y se posó cariñosamente en el brazo de Hagrid. Todos profirieron un «¡Ah!», al verlo.
—Los fénix son criaturas increíbles —explicó Hagrid—. Son excepcionalmente inteligentes. Si un fénix os entrega su amistad, os será leal para siempre, pero si desconfía, os será casi imposible acercaros a él. Como sabréis, son criaturas inmortales. Cuando les llega la hora, se consumen en fuego, y renacen de sus propias cenizas. Su ciclo vital dura alrededor de un año. Lo mismo les ocurrirá si alguien intenta matarles... Resultan útiles porque pueden llevar cargas muy pesadas, y también pueden aparecerse y desaparecerse llevando a alguien con ellos. ¿Alguien sabe algo más?
Harry levantó la mano. Hagrid le sonrió y le hizo una señal con la cabeza.
—Sus lágrimas tienen grandes propiedades curativas.
—Exacto. Son un remedio excelente contra las peores heridas. Diez puntos para Gryffindor.
Pasaron el resto de la clase acariciando a Fawkes, mirándole y aprendiendo a cuidarle. A la mayoría de los de Slytherin no les fue fácil. Fawkes no se fiaba de ellos. Cuando la clase terminó, Harry, Ron y Hermione se quedaron un rato con Hagrid.
—Bien hecho, Hagrid —le felicitó Ron—. Le has plantado cara a ese engreído de Malfoy.
Hagrid le sonrió a Ron. Malfoy había hecho todo lo posible por que despidieran a Hagrid durante los tres años que llevaba como profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.
—¿Por qué no venís el viernes a tomar el té conmigo? —sugirió Hagrid—. Podríamos ir a ver a Grawp... ¡Es broma! ¡Es broma! —dijo rápidamente al ver las caras de los tres amigos.
—Bueno, tenemos que irnos a clase de Astronomía, Hagrid —dijo Harry—. Nos veremos en la cena ¿vale?
—De acuerdo. Hasta luego —se despidió él—. ¡Ah!, ¿podéis llevar a Fawkes hasta el castillo?
—Claro —respondió Harry, cogiendo al pájaro.
Se despidieron y se dirigieron al castillo. Harry llevaba a Fawkes sobre su brazo.
—Ha sido una clase estupenda —dijo Hermione—. Los fénix son fantásticos. Me gustaría tanto tener uno...
—Pero son muy difíciles de conseguir, ya has oído a Hagrid —repuso Ron—. Sólo nace uno nuevo cada mucho tiempo, y normalmente no se acercan a los humanos. No sé cómo haría Dumbledore para conseguir ése...
—Lástima —dijo Hermione, acariciando a Fawkes, mientras entraban en el vestíbulo del Castillo.
La mañana del día 1 de septiembre, el ajetreo comenzó temprano en el número de 12 de Grimmauld Place. Harry, Ron, Hermione y Ginny desayunaron y bajaron sus cosas, mientras esperaban a los coches del Ministerio que traería el señor Weasley. Llegaron a las diez menos cuarto. Harry, Ron, Hermione y Ginny se despidieron de Lupin y de Tonks, los únicos miembros de la Orden que estaban en la casa, aparte de Ojoloco Moody. Este último les acompañaría a la estación, junto con los señores Weasley, Dedalus Diggle y Mundungus Fletcher.
Fuera contemplaron un día soleado, de verano. Hacía calor. Los cuatro amigos acomodaron los baúles y se montaron en los coches.
—Buena suerte, muchachos —se despidió Lupin—. Y tú cuídate, Harry. Y no te olvides de practicar la Oclumancia.
Harry asintió. Los coches se pusieron en marcha, y en menos de media hora habían llegado a la estación. El señor Weasley despidió a los chóferes del Ministerio dándoles las gracias, y los cuatro chicos, escoltados por Moody y los Weasley, se dirigieron al andén Nueve y Tres Cuartos. Atravesaron la barrera mágica y se encontraron frente al Expreso de Hogwarts.
—Bueno hijos —dijo la señora Weasley—. Cuidaos.
Les dio un abrazo y un beso a cada uno. El señor Weasley también se despidió.
—No os metáis en líos —les advirtió. Y agregó, mirando a Harry y a Ron—: No os andéis escapando por ahí. Puede ser muy peligroso.
—Estaos alerta —añadió Moody—. Y si notas cualquier cosa extraña, Potter, no tardes en comunicárselo a Dumbledore ¿de acuerdo?
—Sí —respondió Harry—. Adiós profesor Moody, adiós señores Weasley. Señor Diggle, señor Fletcher...
—Cuidaos —les pidió la señora Weasley—. ¡No se os ocurra salir fuera del colegio a deshora ni nada así!
—Tranquila, mamá —dijo Ron, cansado de advertencias.
—Bueno, nos veremos en Hogsmeade —dijo Mundungus—. Estaremos vigilando por allí cuando tengáis salidas.
Los cuatro se despidieron y se dirigieron al tren. Al ir a entrar, Harry vio a una mujer rubia con cara de asco que les dirigió una mirada altiva y cargada de odio. Era Narcisa Malfoy. Habría venido a acompañar a Draco. Harry la miró con desafío, y subió al tren, siguiendo a Ron y a Hermione. Volvió la mirada y miró por última vez a la madre de Malfoy, cuyo rostro cambió para mostrar una ligera sonrisa cargada de maldad. Harry se volvió y siguió a sus compañeros.
Encontraron un compartimiento vacío y se sentaron en él.
—Bueno, aquí otra vez —dijo Ron.
—Sí... y estoy contento —confesó Harry—. Grimmauld Place se estaba volviendo muy aburrido. Sólo lamento tener que volver a ver a Malfoy... y a Snape. Y hablando de Malfoy... ¿Visteis a su madre? —preguntó.
Ron, Hermione y Ginny negaron con la cabeza.
—Yo sí, cuando subíamos al tren. No os imagináis el asco con el que nos miró.
—Bah, es mejor no hacerles caso —dijo Hermione, mirando por la ventana como la estación comenzaba a quedar atrás, mientras el tren cogía velocidad.
—Sí, pero el caso es que al final me sonrió...
—¿Te sonrió? —preguntó Ron, extrañado.
—Sí, pero te aseguro que no era una sonrisa simpática. Más bien creo que venía a decirme que Lucius ya vuelve a andar por ahí...
Ron frunció el ceño y puso mala cara.
—No me lo recuerdes. Sólo de pensar en la cara que tendrá Malfoy...
Mientras hablaba, se abrió la puerta del compartimiento y entró Neville Longbottom, acompañado de una chica rubia, de ojos saltones y mirada soñadora.
—¡Hola! —saludó Luna Lovegood, muy contenta de verlos, sentándose entre Hermione y Ron—. ¿Qué tal el verano? El mío estupendo. Suecia es un país magnífico —comentó. No parecía en absoluto preocupada por nada que pasara en el mundo.
—¿Conseguisteis atrapar un Snorckack de cuernos arrugados, Luna? —preguntó Ginny con una sonrisa, mientras se acercaba a Harry para dejarle a Neville un sitio.
—No... —respondió la chica un poco decepcionada— ¡Pero conseguimos montones de testimonios que afirman haberlos visto! Mi padre ha sacado un número especial.
El padre de Luna era director de la revista El Quisquilloso, que era un tanto inusual. En ella, Harry había logrado publicar por primera vez la historia del retorno del Voldemort, pues en El Profeta, presionado por Fudge, había sido imposible.
—Estupendo —dijo Ginny, ahogando una risita.
—Eh, bueno... —dijo de pronto Hermione, levantándose y agarrando a Ron—. Nosotros tenemos que ir al compartimiento de los prefectos, ya nos veremos más tarde ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondió Harry, mirándolos.
—Oye, Harry, cógeme comida del carrito ¿vale? Si no me moriré de hambre cuando volvamos —pidió Ron.
—No te preocupes —le dijo Harry, sonriéndole.
Ron y Hermione salieron del compartimiento y cerraron la puerta. Harry se acercó a la ventana y se pasó mucho tiempo mirando al exterior, mientras Ginny charlaba con Neville. Luna leía El Quisquilloso tranquilamente, sin atender a nada más. Era como aquel viaje, igual que hacía un año, como si nada hubiera cambiado... Y sin embargo, muchas cosas eran ahora distintas: nuevas pérdidas, nuevos peligros, nuevas revelaciones y un año más dejaban una huella visible en todos. Aunque parecieran tan normales como siempre, Harry podía notar, bajo esa apariencia, algo que se había forjado en ellos al final del año anterior, algo que había madurado en ellos durante el verano.
Ginny dejó de hablar con Neville, y se puso a acariciar a Crookshanks, mientras miraba a Harry con interés, quien tras notar un rato la mirada de la chica, se volvió hacia ella, aunque sin decir nada.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó la pelirroja, mirándole con gravedad.
—Sí —respondió Harry con firmeza—. ¿Por qué?
Ginny se encogió de hombros.
—No sé, parecías un poco ido... triste...
—Ginny, ya sabes... —se cortó, dándose cuenta de que no estaban solos—. Ya sabes que nada es igual.
—Ya lo sé —repuso Ginny—. Piensas que esta escena es parecida a la del año pasado ¿verdad? Y que ojalá hubieses sabido entonces lo que sabes ahora.
Harry la miró asombrado.
—No eres el único que lo piensa —terminó Ginny.
Harry le sonrió. Por lo menos no era el único que se sentía extraño, y esa idea lo reconfortaba. Neville asentía con la cabeza, con una mirada que Harry no le había visto nunca. Parecía... muy mayor... y bueno, al fin y al cabo, se había encontrado y enfrentado a los verdugos de sus padres, a los responsables de que estuvieran, locos, en una sala del Hospital San Mungo. Incluso había sufrido, durante un breve tiempo, la misma tortura que ellos habían padecido.
El viaje transcurrió lentamente hasta que llegó el carrito de la comida. Compraron de todos los tipos de golosinas, y Harry se aprovisionó de suficientes para que también tuviesen Ron y Hermione, los cuales regresaron media hora más tarde.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó Harry al verlos entrar, fijándose en la cara de disgusto que traían.
—No ha estado mal —respondió Ron evasivamente, sentándose junto a Harry y abriendo una caja de ranas de chocolate—. Ya te imaginarás como está Malfoy después de la fuga...
—Sí, me lo imagino —afirmó Harry con disgusto.
—Parecía que le hubiesen dado a él el Premio Anual —dijo Ron, con asco.
—De todas formas no fue tan grave —comentó Hermione—. Dado que sólo son dos de Slytherin, y todos los demás nos llevamos muy bien. Lo verdaderamente horrible fue tener que soportar su presencia. La verdad es que en eso Ron tiene razón, la expresión de Malfoy me daba ganas de vomitar.
Harry se lo imaginó. No le apetecía en absoluto tener delante a Malfoy, aunque él estuviera solo y Harry acompañado de los demás prefectos: Ernie Macmillan, Hannah Abbott, Anthony Goldstein y Padma Patil, todos amigos de Harry, por haber pertenecido al ED el año anterior.
Se pasaron un rato comiendo en silencio, o hablando de tonterías, hasta que, de pronto, se abrió la puerta de nuevo. Allí estaban Malfoy, Crabbe y Goyle, con una sonrisa de oreja a oreja y una expresión de prepotencia increíble.
—Vaya, una interesante reunión —dijo Malfoy con tono despectivo, mientras recorría con la mirada todo el compartimiento—. Seguramente dirigida por el gran héroe Potter, con la asistencia de los pobretones Weasley, el patoso Longbottom, la loca Lovegood y la sangre sucia. —Hizo un gesto de desagrado—. Podría montar un circo con lo que hay aquí —añadió, mientras Crabbe y Goyle se reían como idiotas.
Harry miró a Malfoy con odio.
—Largaos de aquí.
—¿Estás enfadado, Potter? —preguntó Malfoy sonriendo aún más—. Ya te lo dije en junio: nuestros padres no iban a estar encerrados mucho tiempo... —luego su sonrisa se esfumó y puso cara de asco—. Ya me enteré de que conseguiste librarte en el Caldero Chorreante, Pipipote, pero no te librarás por siempre... ¿Cómo te sienta el haber sido salvado por Weasley? —Volvió a sonreír un instante y luego su expresión se tornó dura—. Vas a acabar mal, Potter. Tú y estos amigos tuyos —terminó, señalando a los demás con un gesto.
—Cállate, Malfoy ¿q quieres acabar convertido otra vez en babosa? —le espetó Hermione.
Malfoy la miró con una mezcla de asco y de odio.
—Tú no me hables, sangre sucia sabelotodo. Sé que en junio te libraste por un pelo de morir. No te imaginas como lo lamenté... que sólo te faltara un pelo, claro.
Harry se levantó apuntándole con su varita, furioso. Aún se sentía culpable por aquello, y ver a Malfoy alegrarse le ponía enfermo. Ron también sacó su varita.
—Vaya —dijo Hermione muy tranquila—, es curioso que te muestres tan altivo conmigo, Malfoy, porque hay que ver como tu padre le lame las botas al sangre mestiza de su amo... ¿O no sabías que Voldemort era hijo de padre muggle?
Malfoy acentuó su expresión de odio e intentó decir algo, pero no encontró réplica alguna.
—Si no te largas, Malfoy, te echaré un maleficio del que no te vas a olvidar en tu vida. Tal vez seáis muy «sangre limpia», pero no nos llegáis ni a la suela de los zapatos —le dijo Harry. Hermione, Ginny y Neville sacaron también las varitas y apuntaron. Luna, mientras, siguió leyendo como si no pasara nada en el vagón.
—Vámonos —dijo Malfoy, viéndose en inferioridad—. Ya nos veremos, Potter.
—Sí, lárgate, Malfoy —dijo Ron—. Tendrías que haber visto la cara de tu padre cuando llegó Dumbledore al Departamento de Misterios. Temblaba como una niña frente al lobo. —Esta vez fueron Harry, Neville, Ginny y Hermione los que se rieron.
Malfoy se volvió e intentó sacar la varita. Ginny le apuntó a la cara.
—Inténtalo —dijo mirándole fijamente con una expresión de desafío—. Inténtalo y tal vez vuelvas a probar el maleficio de los mocomurciélagos.
Malfoy miró a Ginny con rencor, pero guardó la varita y se fueron.
—Creo que debí echarle el maleficio —opinó Ginny, guardando la varita y volviendo a sentarse.
—Déjalo —le dijo Hermione—. No es más que un imbécil que no tiene razón, y encima lo sabe.
—¿Dónde se esconderán? —preguntó Neville, de pronto—. Me refiero a los mortífagos fugados —aclaró, viendo las caras de incomprensión de los demás.
—Supongo que con Voldemort —dijo Harry—. El año en que regresó estuvo escondido en la casa de su padre, en Little Hangleton, y luego en casa de Crouch... Pero no sé, supongo que los aurores habrán buscado allí...
—A lo mejor Voldemort también ha ocultado su guarida mediante el encantamiento fidelio —aventuró Ron.
Siguieron conversando mientras comían todo lo que habían comprado del carrito, hasta que llegaron a la estación de Hogsmeade.
Allí se bajaron. Los prefectos llamaron a los de primer año para que siguieran a Hagrid en el viaje a través del lago. Harry, Hermione y Ron corrieron a saludarle antes de montar en los carruajes que les llevarían al Castillo.
—¡Hola Hagrid! —saludó Harry.
—Hola muchachos —dijo Hagrid, muy contento de verle—. ¿Qué tal el verano? Ya me enteré de lo que su