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HHP: Primera Guerra Mundial Mágica — capítulo 29
A Luigi, fan de Harry Potter tanto como yo. Disfruta esto desde el más allá, angelito.
Veintinueve: Declaración, decisión, elección y defunción.
1 de junio de 2020.
Londres, Inglaterra.
Departamento de Cooperación Mágica Internacional, Ministerio de Magia.
A primera hora de la mañana, Neville Longbottom se había despedido de su esposa en el Atrio del Ministerio. Ella haría algunas diligencias antes de reunirse con sus cuñadas Alicia y Angelina en la Asociación Británica de Quidditch, pero acordaron almorzar juntos.
—Que tengas buen día —había dicho la señora Longbottom antes de desaparecerse.
Su marido, que desde hacía días había estado ajetreado en su departamento, hizo una extraña mueca antes de ir a uno de los ascensores. Se sumió enseguida en sus pensamientos, apenas oyendo los saludos que le dedicaban.
—Quinta planta, Departamento de Cooperación Mágica Internacional, que incluye el Organismo Internacional de Normas de Instrucción Mágica, la Oficina Internacional de la Ley Mágica y la Confederación Internacional de Magos, Sede Británica.
El señor Longbottom dio un leve respingo y bajó del ascensor, junto con un mago muy alto de túnica azul y una bruja diminuta de túnica violeta. Esos dos magos tomaron pronto un pasillo a la izquierda, en tanto el señor Longbottom, sacudiéndose de manera inconsciente una manga de su túnica verde oscuro, se desviaba hacia la derecha, llegando en un santiamén a su escritorio.
La mayoría de los funcionarios de ese departamento disponía de escritorios amplios y un archivero, además de dos sillas para los visitantes y los que contaban con más jerarquía (o más influencias, como se viera) conseguían un estante de madera pulida para sus libros y documentos importantes. No era el caso del señor Longbottom, quien con un par de trucos, había adaptado la pared tras su escritorio con algunas repisas. Justo fue a buscar un libro cuando lo llamaron.
—¡Longbottom, hay junta!
El hombre se giró y se halló con una bruja joven, de cabello oscuro y túnica amarilla.
—Enseguida voy —tomó apresuradamente un rollo de pergamino sin usar y una larga pluma esponjosa color rojo antes de encaminarse a la sala de reuniones del departamento.
En cuanto entró a la sala, supo que el asunto sería de gravedad. Hacía mucho que la estancia, alargada y con una mesa de madera rectangular al centro, no se llenaba. A la mesa ya estaban sentados los funcionarios más importantes del departamento, pero quedaban sillas disponibles, así que le preguntó a una bruja de cabello rubio si podía ocupar la de su izquierda.
—Falta gente y no sé quiénes son —contestó la bruja, altiva.
Apenas en ese instante el señor Longbottom reconoció a la mujer como Abigail Fisher, de la Oficina Internacional de la Ley Mágica. Esa mujer, pese a su competencia, solía tratar a los demás como si supieran menos que ella. Por fortuna, no tenía que tratarla mucho, ya que se encontraba en la Comisión para la Denominación de Artículos Comerciables y No Comerciables. Su talento con las plantas lo hacían experto en distinguir las benéficas de las peligrosas.
—¡Hey, señor Longbottom, aquí hay un lugar! —llamó un joven de unos veinte años, de tez bronceada y cabello oscuro —No le haga caso a la señora Fisher —comentó, despreocupado —Según he visto, trata así a todo el mundo. Incluso a mí, que no tengo ni seis meses en el país.
El señor Longbottom, sentándose a su izquierda, iba a preguntar dónde vivía antes cuando la puerta de la sala se abrió, dando paso, seguramente, a las personas que faltaban. Increíblemente, la última era Edmund McGill, el Ministro de Magia.
—Tomen asiento, por favor —pidió el señor McGill al ocupar una de las cabeceras de la mesa rectangular y los pocos que seguían de pie conjuraron sillas y las acomodaron donde pudieron —Intentaré ser breve y cualquier idea será bienvenida. Sackville, ¿todos están al corriente?
Un mago pelirrojo de rostro ceñudo, vistiendo una túnica negra con botones plateados y sentado a la otra cabecera de la mesa, negó con la cabeza y se aclaró la garganta para hablar. El ministro asintió, dándole la palabra.
—Debido a los acontecimientos recientes en la Europa continental, he contactado a varios de mis homólogos en espera de firmar alianzas —comenzó el hombre, que de inmediato se granjeó murmullos de confusión —Y les informé, claro está, de los refugiados que tenemos aquí.
Al señor Longbottom no le agradaba a dónde iba a llegar su jefe y todo porque había escuchado rumores no muy agradables al respecto.
—… Pedimos su cooperación a cambio de extender las licencias indefinidamente y…
—Espere, ¿habla de las licencias de residencia de los refugiados? —interrumpió una delgada bruja de túnica corta color salmón oscuro, con voz escandalizada.
Por las expresiones de varios presentes, no era la única que se imaginaba lo que implicaban esas palabras. El señor Sackville, contrariado, hizo una ligera mueca y volvió a aclararse la garganta.
—Esto no es más que una relación diplomática —aclaró, aunque no apaciguó los ánimos al proseguir —Nosotros ayudamos a sus compatriotas y ellos nos ayudan. Es simple.
Sí, quizá era simple, pero dicho de forma tan directa no resultaba agradable.
—Por ese motivo, necesito que el Departamento de Seguridad Mágica tenga las direcciones de los magos y brujas con licencias de residencia. Ellos se encargarán de vigilarlos en tanto nosotros seguimos negociando las alianzas con sus respectivas naciones.
—Un segundo —intervino el joven bronceado junto al señor Longbottom —¿Le parece que es el mejor trato para esos refugiados? Salieron de sus países para no caer ante el Terror Rubio y nos dice que hay que vigilarlos. ¿No es prueba suficiente de su inocencia no haberse quedado donde el Terror Rubio pudiera ponerlos bajo su control?
El muchacho obtuvo asentimientos y susurros de aprobación. El señor Longbottom tomó nota mental de hablar con él más tarde.
—Debería, pero por experiencias pasadas, hay que tomar nuestras precauciones —refutó el señor Sackville y nadie pudo contradecirlo —Eso se hará respecto a las licencias de residencia. Nos permitirá llevar un control sobre los países a quienes solicitaremos alianza. Por otra parte, el señor ministro tiene un anuncio, así que le concedo la palabra.
El ministro alzó un poco la cara, dado que hasta el momento la había mantenido inclinada en actitud meditabunda, y asintió lentamente.
—La decisión es radical, pero creo que es la adecuada —el hombre decidió, en el último minuto, ponerse de pie para dar mayor énfasis a sus siguientes palabras —En cuanto sepamos con qué países podemos contar, declararemos la guerra a Alemania.
Eso pocos se lo esperaban. El señor Longbottom, fingiendo indiferencia, extendió su rollo de pergamino en su regazo, apoyó en el inicio la pluma que llevaba y ésta se balanceó sobre su eje antes de comenzar a escribir.
— ¿Declarar la guerra? —repitió despacio la señora Fisher, incrédula.
—No permitiremos que el Terror Rubio piense que podrá atacarnos sin oponer resistencia —el ministro, según algunos, trataba a duras penas de contener su malestar ante la alternativa que él mismo había elegido —Si no nos preparamos para dar el primer golpe, que no nos sorprenda que el día de mañana ese mago mande a sus secuaces a hacer de las suyas.
—¿Cómo el año pasado, quizá? —intervino un mago joven, de cabello castaño y hombros anchos, haciendo una mueca de desaprobación.
—Lo del año pasado fue un caso aislado y…
—Con todo respeto, señor ministro, pero no es eso lo que opinamos varios en el Departamento de Seguridad Mágica.
Vaya, el señor Longbottom se había preguntado hasta cuándo mencionarían ese asunto. El mago debía ser el enlace con los aurores, a juzgar por el símbolo de la Triple A que exhibía a modo de escudo en la manga derecha de su túnica color vino. El joven bronceado contuvo una risita.
—Lo del año pasado no tiene injerencia en este asunto —apuntó el ministro, lo que produjo que el joven junto al señor Longbottom susurrara algo como ¿en serio? —Los dementores hace mucho que no están bajo el control del Ministerio.
—Pero por lo visto, apoyarán a cualquiera que les ofrezca un buen trato —masculló el mago al otro lado del señor Longbottom, muy alto y de cabello crespo, al que reconoció como Cormac McLaggen, el enlace de su departamento con el de Regulación y Control de Criaturas Mágicas.
—En ese caso, ¿por qué acudieron los aurores? —quiso saber el mago de hombros anchos.
—Estaban en el Londres muggle con seguidores del Terror Rubio, según los reportes.
—Y entonces, ¿por qué se retardó la alarma en el departamento?
—¿A qué quiere llegar? —el señor Sackville se volvió hacia el mago, quien cruzado de brazos, se recargaba en el respaldo de su silla con cierto desparpajo —¿Y quién es usted, por cierto? ¿Otro Aspirante entrometido?
El aludido, sin perder la compostura, no contestó. Se limitó a encogerse de hombros, dejando que el señor Sackville, como el resto de los presentes, pensara lo que quisieran.
—El incidente del año pasado no se consideraba prioritario, hasta que se conoció la presencia de seguidores del Terror Rubio en el lugar —se decidió a aclarar el ministro, con gesto de no estar cómodo con el tema —Ése y no otro, fue el motivo para retrasar el envío de aurores. Y desde entonces hemos buscado maneras para no repetir el error.
—O la actuación de su pariente, mejor dicho —masculló McLaggen de forma burlona.
A su pesar, el señor Longbottom le dio mentalmente la razón.
—Como sea, hay que preparar la firma de las alianzas. ¿De qué países esperamos respuesta?
Ante la pregunta del ministro, el señor Sackville revisó en sus pergaminos y arrugando la frente, contestó con voz neutra.
—España, Portugal, Grecia, Dinamarca y los Países Bajos. Aunque también enviamos mensajes a Francia, Polonia e Italia.
—¿Son todos? —se extrañó la bruja de la túnica salmón oscuro —Si no entendí mal, harían contacto con los países de los refugiados y según la lista —alzó un pergamino, sujeto por sus delgados dedos —faltarían Turquía, Israel, Macedonia, Suecia, Rumania, Hungría…
—Hungría se rindió ante el Terror Rubio —recordó el ministro con severidad —Rumania estuvo a punto de caer en lo mismo, Macedonia e Israel tiene sus propios problemas y Turquía no quiere saber de alianzas con este lado del continente.
—¿Y Suecia?
—Ha decidido permanecer neutral, aún con el ataque que sufrió en su frontera con Noruega.
—¿Y Noruega? ¿No querrá firmar con nosotros?
—Tampoco. Adoptó la misma postura que Suecia.
Se hizo el silencio, únicamente roto por el suave rasgueo de algunas plumas. La del señor Longbottom, un regalo de sus cuñados Fred y George, escribía con silenciosa diligencia, cosa que llamó la atención del joven bronceado a su derecha.
—Mi padre tiene una pluma así —apuntó, sonriente —Pero es marrón. Se la regalaron unos amigos. A mí me dieron una amarilla, cuando me gradué, pero la dejé en mi escritorio.
—¿Algún problema, señor Jordan?
La pregunta de la señora Fisher, que se había torcido un poco en su silla para hablar, hizo que el joven mago bronceado le dedicara un gesto de disculpa y cuando la mujer dejó de mirarlo, dio un resoplido de fastidio, con el cual se quitó un mechón de cabello de los ojos. Observándolo bien y habiendo escuchado su apellido, el señor Longbottom le halló parecido con el mejor amigo de sus cuñados gemelos, Lee Jordan, que según sabía, vivía en Estados Unidos ejerciendo como sanador.
—Si no hay nada más qué decir…
Las palabras del ministro fueron recibidas por algunas quejas. El hombre, ya de pie, contempló los rostros a su alrededor, en espera de una explicación.
—Señor, ¿no deberíamos pedirle a más países una alianza? —inquirió una bruja pequeña de túnica azul y cabello rojizo —Podríamos preguntarles a los que, como nosotros, quieren tomar medidas de seguridad en caso de que el Terror Rubio quiera atacarlos.
—Señora Radcliffe, no creo que eso sea conveniente —aseguró el señor Sacville.
—¿Por qué?
—Nada nos garantiza que esos países sigan de nuestro lado si el Terror Rubio los ataca o les hace una… mejor oferta.
—Señor, ¿no valdría intentarlo de todas formas? Porque creo que sitios como Austria…
—Austria está fuera de discusión.
La señora Radcliffe no fue la única desconcertada con semejante afirmación. Por el tono de voz del ministro, era como si Austria hubiera ofendido gravemente a todo Reino Unido.
—Bien, le encargo el resto, Sackville, para que las alianzas estén listas este mes. Tengo que hacer el anuncio a los demás departamentos.
Acto seguido, el ministro se retiró, seguido por unas tres personas. El señor Sackville no tardó en imitarlo, llamando a su oficina a varios con los que se topaba, con la excusa de afinar detalles.
El señor Longbottom aprovechó ese momento para revisar las notas que había tomado, hacer que la pluma dejara de funcionar y guardarse el pergamino. Iría a su escritorio a pulir un poco lo que enviaría a través de una lechuza urgente.
Esto era material a discutir en la primera reunión de la nueva Orden del Fénix.
—No creí que ser Aspirante en prácticas fuera tan entretenido —se burló el joven castaño de hombros anchos, conteniendo una risita.
—¡Más respeto! —espetó McLaggen, que como el señor Longbottom pudo comprobar, iba hacia los ascensores: seguramente iría a esparcir la noticia con sus conocidos del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas —Estos jóvenes…
—Ese hombre se cree tanto o más que la señora Fisher —comentó Jordan con una risita similar a la del Aspirante delante de él, quien enseguida lo miró y trabó conversación.
—¿Eso crees? Mi padre no lo soportaba, estuvo una temporada en su departamento. Casi hace una fiesta en casa cuando el tipo pidió el cambio. A propósito —tendió una mano —soy Ken Wood.
—Reese Jordan.
—¿Jordan? Mi padre a veces habla de un Lee Jordan que conoció en el colegio, ¿Son parientes?
—Es mi padre. Vive en Estados Unidos, mi madre es de allá, lo mismo que mis hermanos y yo. Terminé el colegio el curso pasado y me tomé un año sabático para viajar alrededor del mundo. No me decidía por un empleo y mi padre me dio el permiso.
—¿Y qué haces en el Ministerio inglés?
—Un poco de esto, un poco de aquello…
Ken Wood no pudo evitar soltar una carcajada. El señor Longbottom, esbozando una ligera sonrisa, fue a su escritorio a revisar sus asuntos pendientes antes de almorzar con su esposa.
Ese día tendrían una sobremesa interesante.
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—¿Seguro? ¿Un hijo de Lee aquí?
Tal como esperaba, Ginny Longbottom arqueó una ceja ante la noticia.
—No lo entiendo —musitó la pelirroja mujer, apoyando las manos en la mesa, en espera de que les sirvieran el almuerzo a ella y a su marido —Fred y George sabrían si uno de los hijos de Lee estuviera aquí. ¿Cómo dices que se llama?
—Reese.
—¡Con mayor razón! Reese es ahijado de Fred.
El señor Longbottom, encogiendo ligeramente los hombros, retiró sus brazos de la mesa, pues un elfo doméstico estaba a punto de dejar su almuerzo allí.
Estaban en la cafetería del Ministerio. La señora Longbottom dijo que le quedaba más cerca que su hogar en Ottery St. Catchpole, además que le evitaba a su marido una vuelta en balde.
—Puedo preguntarle a Angelina, tengo que pasar a la Asociación de nuevo en estos días. Pero no me explico cómo pudo llegar Reese al país sin avisarnos. Le encanta visitar a los gemelos.
—A Frida pudo verla antes de venir, trabajando ella en el NYMSC…
La señora Longbottom, asintiendo con la cabeza, no se veía muy convencida. Así pues, se pusieron a almorzar en relativo silencio. Al poco rato, pasaron a saludarlos.
—¡Neville, Ginny! —el señor Ron, seguido de cerca por el señor Potter y Jim Black, venía entrando a la cafetería —Qué coincidencia. ¿Qué haces por acá, hermanita?
—Fui a la Asociación a ver lo de la revisión que le harán a mi equipo.
—¿Ya es la época? —se interesó el señor Potter, sonriendo vagamente —Tu sobrino Ángel ha de estar ansioso por tener la suya.
—¡No digas tonterías, Harry!
—Harry, ¿ya tienen Aspirantes en prácticas, verdad?
—Sí, Neville, ¿por qué preguntas?
—Hoy tuvimos reunión en el departamento, con el Ministro de Magia presente y…
—Ni sigas —el señor Ron, haciéndole un gesto a un elfo doméstico que pasaba cerca de allí, tomó asiento a la izquierda de su hermana —Mandamos a Wood como enlace con tu departamento porque Williamson está enfermo. Rindió su reporte a Holmes y justo después, nos avisaron de la junta con el ministro. Es una idiotez querer declararle la guerra a Alemania.
—¡Ron! No deberías expresarte así —soltó la señora Longbottom.
—Vamos, Ginny, por favor, ¿después de cómo se ha comportado McGill quieres que lo respete?
Los demás presentes, con diversos gestos, dieron a entender que no podían refutar eso. Jim, por cierto, había tomado asiento entre el señor Longbottom y el señor Potter, invitado por el segundo.
El elfo doméstico llamado por el señor Ron tomó las órdenes de los aurores en un santiamén, antes de desaparecerse con un chasquido. Luego de eso, el silencio prosiguió.
—No será el mejor ministro del mundo, ¿pero qué haríamos nosotros en su lugar? —se atrevió a preguntar Jim, meditabundo.
—Cualquier cosa menos una declaración de guerra, tenlo por seguro —farfulló el señor Ron.
—Es fácil decirlo. En la comunidad mágica, Alemania es enemiga ahora. Lo que me recuerda… Voy a pedir un cambio en el departamento.
—¿Un cambio, Neville? —inquirió el señor Potter, curioso.
—Sí, ahora mismo no sirve de mucho preocuparse por la correcta clasificación de artículos comerciables y no comerciables. Y algo me dice que si dejamos que Fisher haga su voluntad en la Oficina Internacional de la Ley Mágica, no saldrá nada bueno.
—¿Cree que se pasaría al otro bando? —Jim sonaba incrédulo.
—No precisamente. Lo que yo creo es que intentaría por todos los medios dejar bien parado al Ministerio cada vez que haga falta.
—Ese tipo de posturas nunca salen bien —refunfuñó la señora Longbottom por lo bajo.
—Sí, pero mejor hablar de ello en territorio amigo —pidió el señor Potter, ojeando su entorno.
Gracias a eso, pudo darse cuenta que un elfo doméstico llevaba sus órdenes y la conversación, hasta el momento un poco tensa, derivó a temas más ligeros, incluso hilarantes.
Eso no significaba que ninguno se olvidara del peligro, en absoluto.
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5 de junio de 2020.
Cercanías de Ottery St. Catchpole.
La Madriguera.
—Muy bien, ¿cómo vamos?
Hacía unos días que los patriarcas Weasley habían dejado la comodidad de su casa en Brighton para instalarse temporalmente en su antiguo hogar, enfrascados en una tarea quizá tediosa, pero en verdad necesaria: se les había encomendado la revisión de las lechuzas que llegaran respecto a la próxima reunión de la Orden del Fénix. Ambos, usando la mesa de la cocina (en aquel momento tapizada de pergaminos), alzaron la vista y observaron el rostro sonriente de su nieta mayor.
—Belle, querida, ¿no llegabas hasta la semana entrante?
—Eso tenía previsto, abuela, pero el asunto del banco se solucionó antes de lo previsto. Me dieron estos días libres, así que vine a ayudarles.
Molly Weasley asintió, sonriendo alegremente, haciendo un espacio entre la montaña de pergaminos para que Belle tomara asiento frente a ella y su marido.
Así, lo que pudo llevarles más de medio día estuvo listo para la hora del almuerzo, cuando Belle estiró los brazos por encima de su cabeza y se levantó, anunciando que prepararía algo. Su abuela quiso oponerse, pero la joven le dedicó un gesto, pidiéndole que permaneciera en su sitio.
—Me sirve de práctica; mis compañeros de viaje insisten en que mi sazón no es normal —la chica sacó la varita, hizo una floritura con ella y un par de ollas se colocaron en la estufa —Les he explicado hasta el cansancio que mi madre me enseñó al estilo francés, pero no entienden.
—De todas formas, viviendo en el país desde que naciste, querida, ¿no podrías…?
—No es mucho problema, abuela. Además, no suelo cocinar en luna llena. Eso sí que sería un peligro para ellos. Deberían agradecerlo.
El abuelo Weasley esbozó una sonrisa a escondidas de su esposa. Aquella escena le recordaba bastante a los comentarios que recibía su hijo Bill respecto a su corte de cabello.
En poco más de media hora, los tres almorzaban sin preocupaciones, entretenidos con las anécdotas de Belle acerca de su último encargo, concerniente a unas maldiciones incas en extremo astutas. Por fortuna, los magos suramericanos con los que había trabajado habían resultado de lo más cordiales, brindándoles todas las facilidades a sus similares europeos.
—¡Incluso algunos van a venir a la reunión! —concluyó Belle, risueña —Sus confirmaciones no deben tardar, porque no las vi.
—¿Te refieres a las provenientes de Argentina? —el abuelo Weasley apuntó a un pequeño fajo de pergaminos con su diestra, en tanto con la zurda sujetaba su vaso lleno de jugo de calabaza —Remus nos proporcionó algunas.
—Ah, ¿el profesor Lupin trajo confirmaciones?
—Sí, por lo visto, se las entregaron personalmente, para evitar interferencias.
Belle no se imaginaba quién querría espiar lechuzas cuyo objetivo, al menos en apariencia, era comunicar asuntos triviales, pero negó imperceptiblemente con la cabeza. En tiempos oscuros, cualquier cosa era posible. Al menos eso habían comentado sus padres las pocas veces que habían accedido a contarles, a ella y a Frank, cómo habían vivido la segunda guerra.
Y hablando de su hermano…
—¿Cómo está Sally? —decidió preguntar tras unos minutos de silencio.
—En San Mungo le dijeron que el bebé no tarda en nacer —comentó la abuela Weasley en tono alegre —¿Cuándo te vas a casar tú, Belle?
—¿Eso a qué viene, abuela? Si pregunté por Sally era para saber de mi sobrino o sobrina.
La chica soltó una carcajada que procuró terminar en pocos segundos, pues su abuela le dirigía una mirada severa, casi retadora. Su abuelo, seguramente acostumbrado a esa clase de escenas, las dejó por la paz y retirando su plato del almuerzo, se levantó de su asiento.
—Arthur, ¿a dónde vas? —quiso saber su esposa.
—Voy a ver a algunos de los muchachos, Molly, para avisarles que terminamos.
—¿No puedes esperar? No sabemos si llegarán más confirmaciones.
Acababa de decirlo cuando una lechuza entró por la ventana, yendo a posarse en la mesa, frente a Belle, quien le dirigió una mirada confusa.
—¿Quién me habrá mandado algo aquí? Pedí que no me molestaran —se quejó la chica.
Desató la carta, le dio las sobras de su almuerzo a la lechuza y se puso a leer. A los pocos segundos, estando el abuelo Weasley a punto de desaparecerse, Belle soltó una carcajada.
—¡Ese hombre es increíble! —exclamó, divertida —¿Les importa si me voy? —preguntó, en tanto se guardaba la carta recién llegada —Voy a tener que hacerla de guía de turistas.
Antes que sus abuelos pudieran decir palabra, la joven se puso de pie y se desapareció.
—¿A quién habrá ido a ver esa niña? —se preguntó la abuela Weasley, haciendo un mohín de desaprobación —Con los tiempos que corren…
Su marido se encogió de hombros, ya que tampoco sabía, antes de desaparecerse también.
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5 de junio de 2020.
Londres, Inglaterra.
London Eye, Jubilee Gardens, South Bank.
Los terrenos conocidos por celebrar el Jubileo de Plata de la reina Isabel II no eran nada despreciables, o eso creían la mayoría de los londinenses. La Ribera Sur del Támesis, en aquel punto, albergaba varios edificios culturales y atractivos turísticos, entre los cuales se encontraba la increíble rueda de la fortuna conocida como London Eye, al oeste de los Jubilee Gardens. Allí era a donde Belle iba, aunque tuvo mucho cuidado de no aparecerse en una calle concurrida. Lo bueno es que había visitado la ciudad muggle las suficientes veces como para grabarse sus rincones más interesantes y con ello, el sitio adecuado para llegar por métodos mágicos.
Tuvo que pasar junto al County Hall para arribar a su destino, lo que le acarreó una ligera demora, pues el edificio albergaba negocios y atracciones demasiado tentadoras para los muggles. Al dejar atrás unos chicos particularmente alegres (que daban la impresión de haberse saltado las clases), divisó la majestuosa rueda de la fortuna más cerca. Sonrió un poco y siguió andando.
—¡Qué onda! —saludó una jovial voz en español minutos después, a pocos metros del acceso al London Eye —Muchas gracias por haber venido, Bella, creí que me ignorarías.
La pelirroja, entrecerrando sus brillantes ojos azules, sonrió de lado con cierta resignación. La persona que la había citado era, con mucho, una de las más simpáticas y originales que había conocido en sus viajes como rompedora de maldiciones. Casi en cuanto entablaron conversación, había transformado la forma corta de su nombre en un halago y no se cansaba de repetírselo.
Por mucho que ella afirmara que no le agradaba.
—Vamos, Lycaon, ¿cuántas veces me dirás así antes que te eche una maldición?
El aludido dejó escapar una risotada que llamó la atención de algunas personas que circulaban por allí. Belle, exasperada, notó que un par de adolescentes que no pasarían de los dieciséis años se quedaban embobadas con su amigo y si ella fuera medianamente normal, tal vez las imitaría.
Ese moreno hombre que medía alrededor de un metro ochenta y respondía al nombre de Lycaon Woolf era todo un caso. Hijo de un inmigrante inglés y una argentina, levantaba rumores por doquier: ya fuera porque en el fleco castaño oscuro ostentaba un mechón azul eléctrico gracias a su condición de metamorfomago, o por poseer gran fuerza física pese a su delgada complexión, o porque con una desenfadada personalidad había obtenido los más altos honores al graduarse de Orixá o simplemente, por tener una madre metamorfomaga y un padre licántropo a los que el Ministerio de Magia argentino tenía en inexplicable estima.
El último dato sí que le daba curiosidad a Belle, pero nunca se atrevió a preguntar por él en las tres semanas que trabajó junto a su amigo y otros magos argentinos y chilenos en descifrar varias maldiciones incas en ruinas similares a Machu Picchu. Las bromas de los suramericanos, casi todas en español, no le resultaron complicadas, puesto que de Penny había aprendido algo de ese idioma. Por eso la hartaba que Lycaon la llamara Bella, que traducido al inglés, era sinónimo de hermosa. Había oído lo mismo millones de veces antes y todas con el mismo objetivo…
—No te mortifiques por cosas sin importancia, Bella, y mejor aprovechemos mi día libre.
—¿Tu día libre?
—Sí, sí. Mi padre fue a revisar nuestro alojamiento y Pili estará ocupada mudándose, así que hasta mañana, no tengo nada qué hacer.
—¿Y los demás, cuándo llegan?
—En dos días. Les buscaré un hotel mañana, porque no caben en mi casa ni en la de Pili.
—Bien, bien —se resignó la chica, encogiéndose de hombros —Si no hay remedio…
—¡Muchísimas gracias!
Lycaon no esperó más, no fuera que Belle se arrepintiera. La tomó de la mano y prácticamente la arrastró hasta el London Eye, sacando unos papeles con su mano libre. Belle entonces supo que su amigo confiaba demasiado en su respuesta, porque había comprado las entradas por adelantado. A todo esto, ¿cómo se las había arreglado para conseguirlas? En un día como ése, cuando había muggles en donde quiera que miraba…
—Mira nada más, ¿quieres que las asuste? —comentó el hombre entonces, señalando a unas cuantas quinceañeras que tras ellos, no dejaban de observarlo.
—Por favor, ¡ni se te ocurra!
—Anda, déjame hacerlo.
Acto seguido, hizo una mueca, como si de repente algo le doliera muchísimo, para al segundo siguiente metamorfosear su rostro y fingiendo una actitud inocente, girarse un poco.
Tuvieron que contener la risa al contemplar las caras anonadas de las chicas, pues quien habían supuesto un galán les había enseñado un rostro flácido, lleno de acné y con una nariz tan curveada que semejaba el pico de algún ave de presa.
—No puedo creer que te atrevieras —comentó Belle cinco minutos después, estando en una de las canastillas de la London Eye.
Él simplemente se encogió de hombros, riendo como antes no había podido hacerlo. En cuanto entraron a la canastilla, Lycaon le había dado la espalda a todo el mundo para regresar a la normalidad, teniendo la suerte de que las quinceañeras no iban con ellos.
—Mira, me parece una tontería juzgar a alguien por cómo se ve, así que me divierte. Y hubiera querido venir a este lugar de noche, Bella, he visto algunas fotos. A Pili y a mí nos hacía ilusión.
—Te llevas muy bien con la tal Pili, ¿no es así?
—Me la presentó una amiga, hermana de su novio. ¿Supiste del Torneo de las Tres Partes, no? —Belle asintió, por lo que Lycaon siguió con una sonrisa —Pues el novio de Pili era el campeón de Orixá. Y después mi padre también me la presentó, pero como compañera del Pastoreo, ¡no me la creía! Aunque claro, adoptando semejantes padres…
—¿Adoptando?
Lycaon asintió, asomándose a una de las ventanillas para sacar una fotografía con una cámara digital muggle, tras lo cual miró a su alrededor, asegurándose que nadie les prestara atención.
—En mi país, hay un procedimiento para que ciertos huérfanos adopten padres —procedió a explicar —Lo llaman adopción inversa. No se usa con frecuencia hoy en día, es muy complicado, pero Pili lo tramitó el año pasado. Mi padre conoce al nuevo padre de Pili desde hace años y dice que es profesor en tu escuela de magia…
—¿En Hogwarts? —eso a Belle le llamó poderosamente la atención, ¿acaso a ella le había dado clases un licántropo?
—Ajá. Ahora Pili se apellida Lupin.
Belle arqueó una ceja de manera que muchos varones considerarían elegante, pese a que ella no se diera cuenta. ¿Con que el profesor Lupin era un hombre lobo? Como no solía inmiscuirse en la vida privada de las personas, no lo había notado. Pero supuso que otro en su lugar, observando su rutina, habría descubierto los huecos que dejaba en luna llena. Además, ¿no había adoptado el profesor a la pequeña licántropa convertida en el ataque del verano pasado? Hasta ahora caía en la cuenta de que no cualquiera lo habría hecho, por muy buen corazón que tuviera.
No le importó. Quizá era porque a su padre lo agredió un hombre lobo o porque siempre había visto a Remus Lupin como un excelente docente y una persona sensata. En resumen, que si alguien llegaba a revelar ese dato ante ella, daría a entender que estaba de parte del actual subdirector de Hogwarts. No hacerlo sería un insulto a su familia, que tan bien se llevaba con él, y a sí misma.
—¿Por qué pones esa cara? —quiso saber Lycaon, preocupado por haberla ofendido.
—No sabía que el profesor Lupin fuera licántropo —comentó Belle como si nada, desviando la vista hacia el exterior de la canastilla, donde el río Támesis le ofrecía una imagen digna de una postal —Mis padres es probable que lo sepan, pero no me lo habían comentado.
—Bueno, a mi padre no le queda más remedio que decir su condición, estando en la Secretaría y sin acatar la regla del Asís… ¿Ya te lo había contado, no? Es del Departamento para la Aplicación de la Ley Mágica, División de Derechos Humanos y Semihumanos. Allí conoció a mi madre, ¡pero no voy a agobiarte con esa historia! Es demasiado cursi.
—Pues si te contara la de mis padres, también te agobiaría. Así que dejémoslo para otro día.
Lycaon volvió a reír, lo que a Belle le creó una radiante sonrisa en el rostro.
Estar con ese hombre era una odisea, pero de las buenas. La mayor parte de su vida se había distinguido porque, a semejanza de su hermano Frank, era de las primas Weasley más tranquilas y juiciosas. Luego, al elegir trabajar en Gringotts como sus padres, en la familia no hubo tantos comentarios. Sus padres también trabajaban allí, ¿qué tenía de extraño? La abuela Weasley fue la primera en asombrarse cuando, tras unos meses en el banco mágico, aceptó el cargo de rompedora de maldiciones, pues los duendes habían revisado su desempeño y su expediente académico, sabiendo enseguida que debían tenerla en ese equipo. A Belle, que le encantaba viajar y conocer nuevos ambientes, no le supuso problema.
Sin embargo, eso le había traído una que otra experiencia amarga. Tres veces, con mucha cautela, había entregado su corazón, creyendo haber encontrado al compañero de su vida, un hombre que la hacía sentir la mujer más especial y querida del mundo, pero cada uno le había fallado cuando dio a entender que no la amaban a ella, sino a la idea de tenerla como una linda muñeca de aparador para mostrar. La tercera vez que ocurrió (y la que más le había dolido, pues la relación con el susodicho había durado casi un año), regresó a casa y rabiando de dolor, maldijo la hora en que su bisabuela fue una veela. Fleur Weasley, oyendo junto con su esposo y su hijo el alboroto que Belle armaba en su habitación, tuvo que esperar dos horas para poder hablar con ella, pues la pelirroja había encantado la puerta para que nadie la molestara. ¡Y para colmo tuvo que esperar porque nadie sabía el contrahechizo! Se notaba que Belle, en muy poco tiempo como rompedora de maldiciones, había aprendido varios trucos útiles.
Aquella vez, la joven pelirroja se descargó a gusto, pero comprendió que quizá sin ese encanto heredado de la bisabuela, su abuela y su madre (y quizá ella misma y Frank) no estarían en el mundo. Su familia comprendió su pesar e incluso su hermano, entre bromista e indignado, propuso ir a maldecir al imbécil que la había puesto de peor humor que la luna llena. Eso consiguió arrancarle una sonrisa a la chica, que se convirtió en carcajada general cuando les contó que al enterarse de lo que el tipo pensaba realmente de ella, lo había maldecido de tal forma que en San Mungo tardarían mínimo un mes en componerlo. Eso le granjeó que Gingotts le impusiera dos semanas de suspensión en sus labores sin goce de sueldo (que casualmente, coincidió con el periodo en el cual nacieron los hijos de sus primas Frida y Gina), pero le importó muy poco, porque en ese lapso, había tomado la determinación de no volver a creer en un hombre tan fácilmente.
Cosa que no estaba segura de querer cumplir en el caso de Lycaon.
Pero era demasiado pronto para imaginar cosas. Como amigos estaban bien y al menos hasta estar segura de los sentimientos de él, Belle no estaba dispuesta a dar un paso en falso.
Ésa era su decisión más firme en ese luminoso día que daba una probada del próximo verano.
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13 de junio de 2020
Versalles, Francia.
Cámara del Ministro, Ministerio de Magia.
La ciudad de Versalles, localizada en el departamento de Yvelines y a pocos kilómetros al oeste del centro de París, es mundialmente conocida por el palacio del mismo nombre que hizo construir Luis XIV y fue posteriormente residencia real, hogar de cortesanos y actualmente, un conjunto de museos abiertos al público. Una de las funciones que aún cumple, además de ser donde reciben oficialmente a jefes de estado extranjeros, es ser sede del Ministerio de Magia francés.
La historia mágica francesa describe que, cuando Pierre Bonaccord fue elegido como el primer Jefe Supremo de la Confederación Internacional de Magos, se le concedió el privilegio de escoger el lugar donde se celebraría la importante reunión. Así pues, el mago se decidió por Fontainebleau, población que había visto nacer al entonces rey Felipe IV El Hermoso. Conforme pasaron los siglos y ante las crecientes necesidades de los magos franceses, al nacer el Ministerio de Magia no podía instalarse allí, pues Fontainebleau y su palacio eran hogar de la familia real y rebosaba de actividad muggle (lo que era un gran inconveniente con el Estatuto Internacional del Secreto en vigor). Así pues, el Ministerio tuvo varias instalaciones, hasta que algunos magos y brujas audaces propusieron infiltrarse entre los trabajadores que servían a los arquitectos de Luis XIII y montar el centro del gobierno mágico francés en la nueva residencia real que se construía en los territorios que, con el correr de los años, serían conocidos como la ciudad de Versalles.
Así las cosas, lo que los muggles consideraron como "sellado de cámaras y departamentos" en las diferentes etapas de construcción del palacio y sus alrededores, en realidad fueron obra del Ministerio, que a la par mandó edificar una de las sedes gubernamentales mágicas más exquisitas de Europa. Si los reyes muggles habitaron el sitio en el mayor esplendor, los afortunados en ser Ministros disfrutaron de aposentos soberbios, atendidos por los elfos domésticos más serviciales que pudieran encontrarse en el continente, además de poder instalar allí a sus empleados de más alta alcurnia y confianza.
Pero la Revolución Francesa y batallas posteriores pusieron en riesgo los rincones mágicos del Palacio de Versalles, que se defendieron a capa y espada. Algunos muggles consideraron inaudito que ciertas áreas no sufrieran daños, pero era a causa de poderosos hechizos defensivos que por desgracia, no habían sido lanzados en el Palacio de las Tullerías: poco después de ser el escenario del aniversario de la Creación de la Confederación Internacional de Magos, un terrible incendio lo destruyó casi por completo. En eso la historia mágica no era muy clara.
En el tiempo actual, una de las maneras en que se accedía a las oficinas era a través de la Gran Galería, donde hechizos ocultos en los espejos opuestos a los ventanales permitían reconocer el emblema del Ministerio francés (una flor de lis azul, cuya parte central en realidad era una varita mágica dorada) engarzado en anillos de oro exclusivos de los directores de departamento, personal de confianza y el mismo Ministro de Magia.
Claro, el usar la galería requería una destreza sobresaliente, puesto que era visitada por cientos de muggles a diario y era celosamente vigilada. La mayoría de los funcionarios tenían conexión directa desde la chimenea de su casa a una en su respectivo departamento y unos cuantos llegaban usando alguna de las otras entradas encubiertas; solamente unos cuantos contaban con licencias de aparición directa (que eran casi tan especiales como los anillos con la flor de lis). Más en la época que vivían, pues como en varios países europeos, Francia había endurecido su seguridad.
Era uno de los precios a pagar por ser del bando contrario a Hagen, o al menos eso declaraba una y otra vez el Ministro de Magia actual, René Lafontaine. Sin embargo, ya se vería si las cosas seguían iguales después de las elecciones del día siguiente.
—Bonjour, Monsieur Lumière.
Un mago de cabello castaño claro y fino bigote saludó amablemente a un hombre joven, de traje azul marino y camisa blanca. Sus palabras fueron correspondidas con una cabezada, con lo que su ondulado cabello, rubio rojizo, lanzó unos cuantos destellos al sol.
—Bonjour, Pierre.
Un hombre también joven, pero pelirrojo, pecoso y sonriente, se acercó cuando el rubio rojizo estaba por mezclarse con un grupo de turistas muggles.
—¿Cómo has estado? Mucho trabajo en el cuartel, me han dicho —siguió el pelirrojo.
—Cierto, ha sido una pesadilla. Si al menos valiera la pena hacer tantas rondas…
—Espero que pronto eso mejore. Aquí entre nos, Monsieur Saint-Honoré recibió un mensaje de Reino Unido para firmar una alianza.
—Creí que Reino Unido ya era aliado.
—Pues Monsieur McGill quiere hacerlo oficial.
Lumière arqueó una ceja, lo que su acompañante interpretó correctamente como incredulidad.
—Sólo comento lo que sé —afirmó el pelirrojo, tras lo cual llegaron a una desviación.
—Bien, te veré adentro, usaré aquella entrada.
Y señalando con la cabeza el Gran Trianón, Lumière dejó atrás al pelirrojo.
El pelirrojo lo despidió con un gesto de mano y se mezcló con unos turistas muggles que a juzgar por su acento, venían de algún país americano. Sin darle mayor importancia, pudo colarse tranquilamente hasta la Galería de los Espejos y tras echar un encantamiento a las cámaras de seguridad con discreción, mostró a uno de los espejos su anillo con la flor de lis, colocado en su anular derecho. El objeto, que reflejaba a un pelirrojo con sus azules ojos atentos a cualquier cosa, mostró a continuación una escritura alargada y con florituras, que brilló un instante antes que dieran paso a la imagen del inicio de una escalera de caracol de madera oscura y reluciente.
Mirando a ambos lados en actitud vigilante, el pelirrojo dio un paso al frente y atravesó el espejo como si no existiera.
La escalera de caracol no era larga, pero sí muy estrecha, por lo que el hombre no era muy adepto a usarla. Sin embargo, el uso de anillos en la galería era estrechamente monitoreado y un privilegio que no tenía la menor intención de desperdiciar. No solamente porque ahora tenía más razones para seguir las medidas de seguridad, sino también porque le había sido concedido por Monsieur Antoine Saint-Honoré, jefe del Departamento de Cooperación Mágica Internacional y candidato a Ministro de Magia de Francia.
Al llegar a la cumbre de la escalera, se halló con una puerta de madera con picaporte de cristal y oro, al que acercó el anillo del Ministerio. El picaporte se iluminó con un destello azul, semejante a una bombilla muggle, para acto seguido girar solo y abrir la puerta con lentitud. El pelirrojo, respirando profundamente, atravesó el umbral.
La nueva galería a la que había llegado no era tan grande ni tan espléndida como la de los Espejos, pero aún así era un deleite pasar por ella. El techo, abovedado y altísimo, guardaba pinturas y grabados que relataban la historia mágica de la antigua Francia con un ritmo que la hacía atractiva incluso al más remilgado estudiante de Beauxbatons, a la vez que finos candelabros de cristal proporcionaban luz suficiente con llamas azuladas y amarillentas en sus velas. A ambos lados, columnas de cobre idénticas a las de la Gran Galería guardaban alternativamente puertas con picaportes de cristal y chimeneas de mármol negro (el pelirrojo había salido, precisamente, de una de esas puertas), por las cuales iban llegando otros magos; las columnas eran rematadas, también de manera alternada, por duplicados vivientes de gallos galos que cantaban a deshoras y leones que lanzaban rugidos que a más de un novato habían asustado. El piso era de mosaicos de mármol pulido en blanco y negro, combinados con mosaicos de lapislázuli esparcidos aquí y allá y mostrando la flor de lis dorada del Ministerio. Pero lo que sin duda era una verdadera joya era el Invernadero de la Fraternidad, que marcaba la separación entre las distintas Galerías de Igualdad (aquellas por las que arribaban los trabajadores) y las galerías del Ministerio.
Para llegar a ese sitio, el ojiazul había torcido a la derecha al salir a una de las Galerías de Igualdad y tras un recorrido de dos minutos, había llegado a una especie de palco circular que rodeaba un jardín al más puro estilo francés. Como la estación ameritaba, los macizos de flores mostraban colores vivos y diversos, en tanto que un estanque al centro del lugar mostraba un majestuoso árbol, de tronco liso y blanquecino, el cual proyectaba una amplia sombra sobre las fuentes doradas en torno al estanque. Ese sitio, cuya bóveda celeste era circular y conformada por ventanas talladas con la flor de lis del Ministerio al centro de un rombo, era uno de los orgullos de Francia y las leyendas decían que mientras el agua sea clara, el árbol retoñara, las flores emergieran y el pueblo mantuviera la cabeza en alto, nada podría acabar con la nación mágica francesa, aunque la historia también era vaga en el sentido de atribuir a algún mago una frase semejante.
—Bonjour, Monsieur Weasley.
Una bruja castaña de túnica azul cobalto cerrada por una tela multicolor atada a la cintura, le dedicó una sonrisa al pasar a su lado.
—Bonjour —Frank Weasley correspondió al saludo, acercándose a una de las escaleras.
Para descender al Invernadero de Fraternidad, un conjunto de escaleras curveadas descendían desde el palco circular, lo que visto desde arriba, creaba la visión de un remolino de madera y mármol rosa espectacular. Acto seguido, cada quien tomaba el camino de piedra que le convenía, cruzaba el invernadero y llegaba a uno de los arcos de piedra que conducía a las oficinas.
Las galerías de los departamentos ministeriales, llamadas Galerías de Libertad, no variaban gran cosa respecto a las de Igualdad, si acaso porque allí había pocas chimeneas y la mayoría de las puertas ostentaban placas anunciando que daban a oficinas de ciertos funcionarios. Ah, y las columnas eran rematadas por duplicados en miniatura de diversos personajes, que a semejanza de las pinturas mágicas, actuaban y hablaban como su original de carne y hueso.
—Bonjour, Monsieur Weasley, espero que haya tenido buen viaje —saludó una de las figurillas de cobre, una bruja de túnica y cabellos largos, que sostenía en sus manos la varita y un conejo —Monsieur de La Vallière me notificó hace unos minutos que Monsieur Saint-Honoré lo espera en el despacho de Monsieur Ministro.
—Merci, Mademoiselle de Lapin.
La bruja de cobre le dedicó una sonrisa y se puso a jugar con su conejo, en tanto Frank entraba a su oficina, dejaba apresuradamente la bolsa que cargaba sobre el escritorio y cerraba tras sí.
La puerta del pelirrojo mostraba una placa dorada con una consigna que muchos, debido a recientes acontecimientos, hallaban provechosa y sospechosa.
M. François Weasley.
Asistente Personal del Director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional.
A buena hora Bill Weasley (y por lo tanto, también sus hijos) eran oficialmente ingleses.
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Por si alguien dudaba del esplendor del Ministerio de Magia francés, después de contemplar las Galerías de Igualdad, el Invernadero de Fraternidad y las Galerías de Libertad, debía hacerle una visita a las oficinas del Ministro y su personal adjunto, que se hallaba por encima de la galería correspondiente al Departamento de Seguridad Mágica. Para llegar allí, había que ascender por una escalera que nada tenía que envidiarle a las que había en la parte muggle del palacio y se podía girar tanto a derecha como a izquierda, dependiendo la puerta a la que se fuera. Las puertas dobles frente al final de la escalera, de madera pulida, aplicaciones doradas y manijas de cristal, eran las de la habitación conocida como Cámara del Ministro. Tras llamar un par de veces, una voz grave le dio el paso al pelirrojo, quien abrió la puerta a su derecha.
Si algún muggle lograra poner un pie en ese lugar, declararía más tarde que se sentía como en la Cámara del Rey, sólo que en el sitio del lecho real, estaba un largo escritorio de roble sobre el que había distintos utensilios de escritura, pergaminos, libros y una estatuilla de mármol rosa de una mujer acompañada de un ciervo y vestida a la usanza griega. Tras el escritorio, sentado a una ornamentada butaca de tapiz azul con diminutas flores de lis doradas estampadas en color amarillo oro, se encontraba un mago de cara alargada, cabello entrecano y ojos azules de tonalidad grisácea y opaca. Su túnica, negra con botones plateados, cubría un traje muggle gris oscuro. Sentado frente a ese mago, con una túnica azul marino sencilla y que estaba sobre un traje negro también modesto, se hallaba un hombre de facciones suaves, tez clara y cabellos castaños, cuyos ojos eran de un tono indefinido entre verde y azul. Ambos portaban en la mano derecha el anillo con la flor de lis del Ministerio.
—Bonjour, Monsieur Ministro, Monsieur Saint-Honoré —Frank incline la cabeza en señal de respeto —Mademoiselle de Lapin me avisó que…
—Le habíamos encomendado el recado a Monsieur La Vallière —intervino el mago de túnica negra, arqueando una ceja y apoyando un codo en el apoyabrazos de su butaca, con gesto altivo.
—No lo vi en su columna, Monsieur Ministro, quizá estaba ocupado. Mademoiselle de Lapin no especificó el motivo, pero…
—Bien, ahora vayamos al grano. Siéntese, Weasley.
El recién nombrado obedeció, ocupando la silla vacía que se hallaba a la derecha de Monsieur Saint-Honoré, alisándose una manga del traje inconscientemente.
—Según me dijo Saint-Honoré, Weasley, está tramitando su mudanza a Reino Unido.
El pelirrojo, captando de reojo que su jefe lucía incómodo, asintió.
—¿No se casó aquí, acaso?
—Disculpe, Monsieur Ministro, pero me casé en la embajada de Reino Unido.
El Ministro de Magia, tratando de contener una desagradable mueca, se enderezó.
—Ahora no podemos prescindir de nadie —explicó con fingida paciencia —Menos cuando estamos a punto de denegar alianzas.
—Monsieur Lafontaine, si me permite…
—No le permito nada, Saint-Honoré. No se firmará ningún tipo de convenio hasta que hayamos analizado concienzudamente la situación con el resto de las naciones.
—¿Situación? —Monsieur Saint-Honoré, para fascinación de Frank, comenzaba a sacar el carácter férreo que lo había convertido en director de departamento —Monsieur Ministro, ¡hay países que nos piden ayuda a gritos y los estamos despreciando! República Checa, por ejemplo, pidió aurores para contener a Hagen, ¡y no se los concedió! Si así tratamos a quienes han sido aliados tácitos desde hace siglos, ¿eso en qué nos convierte? Pero no se preocupe, que quizá no tenga qué ocuparse de las alianzas a partir de mañana.
Se produjo un silencio tenso, incómodo, durante el cual Frank observó las caras de ambos hombres, sabios y patriotas, pero con visiones muy distintas respecto a lo que debía hacerse en las proximidades de una guerra. Decidido a no intervenir, esperó alguna reacción, la cual salió primero del Ministro, quien se inclinó y apoyó ambos brazos en su escritorio.
—Saint-Honoré, no creerá que ganará las elecciones de mañana, ¿verdad?
La pregunta estaba hecha con tal cinismo que Frank estuvo tentado a saltar de su butaca y decirle unas cuantas cosas al mago. Sin embargo, tomó ejemplo de su jefe, que se quedó quieto y tranquilo, al menos hasta esbozar una sonrisa serena.
—Monsieur Lafontaine, nada más alejado de la verdad. Antes me cuelgo del Concorde (1).
Frank contuvo una carcajada, porque creyó saber qué había querido decir. Era leyenda entre los franceses que, cuando los muggles comenzaron a guillotinar a sus reyes y traidores a la nación, un mago que no tenía cómo probar sus lealtad para con Francia prefirió suicidarse a dejarse capturar (no tenía cómo defenderse al haber perdido su varita en batalla), por lo que se ocultó en un bosque cercano a París y se colgó de un haya. ¿Qué tenía que ver eso con la charla? Sencillo: el árbol plantado al centro del Invernadero de Fraternidad era un haya, bautizado como Concorde, debido a que era un símbolo de amistad obsequiado por el Ministro de Magia de Liechtenstein al ingresar su país, finalmente, a la Confederación Internacional de Magos. Aunque lo irónico era el nombre otorgado al árbol y el uso que le daba Monsieur Saint-Honoré en su frase.
El Ministro de Magia, en verdad frustrado, despachó a los dos magos frente a él con un gesto de mano, no sin antes reafirmar su postura de cero alianzas. Saint-Honoré, meneando la cabeza, le dio a entender a Frank que por ese día había sido suficiente, cosa en lo que el pelirrojo coincidió.
No valía la pena intentar explicar que en realidad, a Monsieur Saint-Honoré le darían ganas de colgarse del Concorde si Lafontaine era reelecto.
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16 de junio de 2020.
París, Francia.
Habitación del matrimonio Weasley-Wood, Hotel Crillon.
Al norte de la Plaza de la Concordia, al inicio de la Avenida de los Campos Elíseos, se puede contemplar la fachada de dos edificios idénticos mandados construir por Luis XV y uno el del oeste (favorito de la reina María Antonieta y frente al cual fue guillotinada) se convirtió en el Hotel Crillon, un sitio con más de cien habitaciones y cuarenta y cuatro suites de lujo. Los turistas, a sabiendas de la historia de la Plaza de la Concordia (que fue donde estalló la Revolución Francesa), tienen suerte de conseguir habitación allí y más de conservarla a largo plazo.
Por fortuna, los magos se adueñaron de una parte del edificio desconocida para los muggles y ahí alquilaban espacios para quienes debían vivir en la ciudad por un largo periodo de tiempo.
Ése era el caso del matrimonio Weasley-Wood, pues Frank había vendido su departamento al casarse con Sally para mudarse definitivamente a Reino Unido, pero en el Ministerio de Magia francés no habían querido aceptarle su renuncia. Y cuando Sally obtuvo la licencia por maternidad de parte del Puddlemere United, se trasladó con su marido, en espera del nacimiento de su primer hijo. Los sanadores en San Mungo le habían recomendado a la joven madre que no hiciera el viaje, pero ella los había ignorado olímpicamente.
—¿Y bien? —quiso saber Sally ese soleado día de junio, pues su esposo había llegado del trabajo demasiado temprano para su gusto —¿Te aceptó la renuncia?
—No sé si esto es mejor o peor que aceptarme la renuncia —Frank, desde hacía rato, paseaba por la habitación con las manos a la espalda y revolviéndose de vez en cuando el rojo cabello —Monsieur Saint-Honoré me hizo su asistente y me envió a Reino Unido a firmar la alianza.
—¿Y por qué a ti? ¿No pudo enviar a alguien más?
—No. Porque además… Destituyó a Monsieur de Anjou y me dio su puesto.
—¿Bromeas?
Sally no pudo evitar sorprenderse y se habría levantado de un salto de no ser por su físico actual. Si no mal recordaba, el cargo que había tenido Monsieur André de Anjou hasta antes de la decisión de Monsieur Saint-Honoré era el de Régent (2), dado a quien representaba al Ministro de Magia francés en el extranjero. Era convertirse, prácticamente, en el segundo al mando de Francia.
—Quisiera, pero no —Frank, pese a ser un hombre ecuánime, ahora se veía dominado por los nervios —Monsieur Saint-Honoré lo hará oficial mañana, al menos al público, porque en el Ministerio ya se sabe. Tuvo una reunión ayer con los directores de departamento y muchos no estaban de acuerdo con el nombramiento porque para empezar, no soy francés.
—¡Pero has trabajado para ellos por años!
—En realidad, fue la mención de mi madre lo que convenció a los directores al final. Ella fue campeona de Beauxbatons y mi tío es Monsieur Louis Lorris. Creo que eso les recordó sutilmente que tengo ascendencia francesa.
—¿Quién es exactamente tu tío para que reaccionaran así?
—Es el actual Jefe Supremo de la Confederación Europea de Magos.
Sally por poco se queda con la boca abierta, del asombro que sentía.
—De hecho, la Confederación Internacional de Magos está convocando una reunión urgente y Monsieur Saint-Honoré me ha pedido que lo comunique a Reino Unido. Solamente se llamarán a los Jefes Supremos de las Confederaciones continentales.
—¿En serio? Pues será complicado encontrar dónde alojar a semejantes personajes.
—Eso es lo de menos. Lo complicado será que se lleve a cabo sin sufrir atentados.
—¿Te refieres a…?
— Exacto. La reunión será en Reino Unido porque Monsieur Saint-Honoré teme que si Hagen se entera de ella, intente sabotearla.
La Confederación Internacional de Magos, por tradición y disposición oficial, solía reunirse en Francia, en un ala especial del Louvre (que antaño fue palacio real). Así que la seguridad estaba por encima de todo si el recién electo Ministro de Magia francés hacía a un lado.
—Así que en cierta forma, logré lo que quería —masculló el pelirrojo, sentándose finalmente en una silla cercana al ventanal de la habitación —Podemos mudarnos a Reino Unido, aunque siga trabajando para Francia.
—¿Crees que haya muchos problemas?
—No estoy seguro.
En ese momento, alguien llamó a la puerta. La pareja intercambió miradas de extrañeza antes que él se pusiera de pie y abriera. Resultó ser el casero, que venía a avisarles que se serviría la comida y también a prestarle el periódico del día. Frank lo agradeció en un apresurado francés antes de sentarse junto a Sally, en la cama, y desplegar el diario.
Lo que leyó no lo complacía mucho, pues en la primera plana de Le Dauphin (3) especulaban sobre si Hagen atacaría Mónaco como vía rápida para llegar a Francia. Los intentos de Rumania para no ceder daban escasos resultados y además…
—¡No puede ser! —exclamó por lo bajo, abriendo el diario de golpe.
A su izquierda, Sally se sobresaltó, sin comprender el extraño comportamiento de su marido hasta que se le ocurrió espiar la primera plana del periódico, donde quitando los grandes titulares sobre Mónaco y Rumania, en un recuadro inferior había una fotografía que le parecía familiar.
—Frankie, ¿me dejarías…?
No terminó la frase. Su marido cerró el diario igual que como lo abrió, arrugó con furia gran parte del mismo y lo arrojó frente a él, para después levantarse y volver a pasearse por el cuarto, cual león enjaulado. Al segundo siguiente sacó su varita y con amplios movimientos conjuró su equipaje, pero eso no lo dejó darse cuenta de nada más.
—¡No puede ser!
Hasta que oyó sollozos, Frank reaccionó ante su descuido y dejando las maletas a medio hacer, corrió a encerrar a Sally en un abrazo que pretendía brindarle todo el consuelo que le hiciera falta.
El recuadro que tanto les había llamado la atención a ambos, la fotografía familiar, era de una persona que a ambos les importaba lo suficiente como para deprimirse ante el titular.
OLIVER WOOD, FAMOSO JUGADOR DE QUIDDITCH INGLÉS, ES ASESINADO AL CUMPLIR CON SUS OBLIGACIONES EN EL DEPARTAMENTO DE DEPORTES Y JUEGOS MÁGICOS DE SU PAÍS. SE CREE QUE FUE OBRA DEL TERROR RUBIO.
(1) La palabraconcorde*, en francés, significaconcordia.*
(2) Régent*, en francés, quiere decir*regente.
(3) La traducción aproximada deLe DauphinseríaEl Delfín*.*
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10 de noviembre de 2010. 11:15 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Por las barbas de Merlín! Disculpen, pero este capi fue en especial agotador, aparte de largo (que un capítulo de PGMM tenga más de veinte cuartillas en Word es extenso para mí). Tenía que desahogarme con una exclamación antes de pasar a las curiosidades.
En primer lugar, si son observadores, verán que las fechas mencionadas en este capítulo son las mismas que salen en el pasado. ¿Por qué? Por la simple razón de que necesitaba espacio temporal para maniobrar y no quería alargar la presente entrega más de lo necesario. Y en el capi anterior describí casi todo en Hogwarts, así que poner lo ocurrido en el exterior no es tan descabellado.
Por otro lado, presento personajes que hasta ahora, solamente rondaban por mi cabeza o que nada más se habían mencionados de pasada. La insinuación que hice en la entrega pasada de que el sanador Jordan era en realidad Lee Jordan se confirma aquí, cuando su propio hijo se lo revela a Ken Wood. Me agrada ese chico y que vaya a estar trabajando con Neville, porque lo que es la idea del ministro McGill declarando la guerra a Alemania, aterra. Aunque como pregunta Jim, ¿qué haríamos nosotros en su lugar?
Por otro lado, Belle en convivencia con sus abuelos en una tarea para la renovada Orden del Fénix, concluyendo con el encuentro sostenido en el London Eye, una rueda de la fortuna gigantesca (tuve que leer bastante para decidirme por el escenario, créanme). Damas y caballeros, aquí está lo que llamaba en privado (y que ahora ustedes sabrán)mi versión de Teddy Lupin, pues como recordarán, comencé la saga antes de que saliera el sexto libro e ignoraba muchas cosas. Como sea, Lycaon Woolf estaba planeado desde hace meses, cuando me puse a hacer ciertos datos en borrador, así que espero que el muchacho les haya caído bien.
Y seguimos con los sucesos de Francia, que también me dieron mucha lata no por lo que ocurriría, sino porque estuve en labor dedocumentacióncasi tres días. Si iba a presentar el Ministerio de Magia francés, o al menos parte de él, necesitaba un buen escenario y al igual que con la parte de Belle, me puse a leer como loca, hasta finalmente decidirme por ubicarlo en el Palacio de Versalles. Lamento si mis descripciones no le hacen justicia a la imagen mental que tenía del lugar o a las fotografías existentes del citado palacio, pero espero que mi labor haya sido la suficiente como para dejarlos encantados, jajajaja. Igual pido disculpas si me puse aburrida con los intentos de datos históricos, pero había que darle un poco de fundamentación a que los magos galos tuvieran su Ministerio en semejante sitio.
Pero pasemos a lo importante. Frank sigue trabajando en Francia porque no lo dejaron ir, pero ahora vemos que la razón era que su jefe confiaba en él con creces. Varios de los nombres y conceptos franceses vienen de su historia: las galerías obtienen sus nombres del lema nacional; el árbol, del nombre actual de la Plaza de Luis XV (la Plaza de la Concordia, que terminó saliendo al final); el diario, del título que tenían los herederos a la Corona y algunos personajes tienen apellidos que se hallan en la historia real. Se nota que Historia era una de mis materias favoritas cuando iba a la escuela, jajajaja.
Y sé que muchos(as) querrán colgarme por el final del capítulo. Lo siento, pero eso también estaba planeado desde hace meses. Oliver Wood, no muy explotado en la saga original más que como un capitán de quidditch obsesivo (es lo que se ve, no lo que creo yo), en mi saga se había presentado como un digno director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, agradable y comprensivo. Sin embargo, ha muerto o mejor dicho, lo han asesinado. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Y lo más importante, ¿quién y por qué? Espero que eso se esclarezca en el transcurso de lo que queda de la saga. Por lo pronto, hay que darles el pésame a los hermanos Wood, a la madre de éstos y a todos los que conocían al hombre.
Bien, bien, me despido, no sin antes aclarar que quizá me tarde en presentar el siguiente capi porque tengo que acomodar ideas y descansar de este capi. En serio, tanto saturarme de cosas francesas me hizo daño, jajajaja. Como sea, sigo sin candidato paraEl Ermitaño*(Bell se pone triste) y además, ando con inspiración para Rilato, cosa que no dejaré pasar, jajajaja. Cuídense mucho, prevénganse contra el clima loco (en el hemisferio norte ya empieza a hacer frío, ¡me congelo!) y nos leemos pronto.*