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Historia 24978 — capítulo 5

CAPÍTULO 5: UN COMIENZO SOLITARIO

La situación con su padre no mejoro del todo el resto de las vacaciones. De hecho, iba de mal en peor. Severus tenía varios moretones en los brazos, por la fuerza con que Roderick lo tomaba, y otros cuantos en la espalda. En realidad el pequeño chico de casi doce años estaba sufriendo mucho, lo pasaba bastante mal, varias noches seguidas había estado llorando, se sentía angustiado... solo, además los dolores de los múltiples azotes diarios no eran nada agradables, su padre estaba completamente loco y se había convertido en un verdadero violento y asesino. Sólo en sus ojos se reflejaba todo el odio que sentía hacia su propio hijo. Claro que, el día de su cumpleaños estuvo un poco más pasable. Lucius le mandó una caja de dulces más un pequeño libro de bolsillo sobre Artes Tenebrosas, Federic le envió una bolsa de Grageas Bertie Bott de todos los sabores y un exótico reloj de África, mientras tanto Polly le regaló una sabrosa torta, pero Roderick, ni rastro de obsequio. No se inmutó por el cumpleaños número doce de Severus. No le preparaba almuerzo y salía sin siquiera avisar, pero menos mal que tenía a Polly, quien le preparaba comida, y pasaba la mayoría de las tristezas con él. Lo más probable es que, incluso, se le hubiese olvidado por completo en vez de ignorarlo.

Pero no todo era negro, estaba ansioso por entrar a Hogwarts, faltaban solo tres semanas, y una de las tantas noches en que recordaba el retorno a su colegio, llegó la carta que decía:

Estimado Señor Snape:

Le reiteramos que el 9 de septiembre es la fecha de entrada a Hogwarts, a las 11 en punto partirá el tren de la estación de King's Cross, del andén 9 ¾. Como de costumbre, se adjunta la lista de materiales del nuevo año escolar.

Atentamente

Profesora McGonagall

Subdirectora

Sólo se le adjuntaban dos libros nuevos: Guía de transformaciones nivel medio, por Gracielle Selette, y Guía de autoprotección segundo nivel por Félix Borage.

También se anunciaba que los alumnos ya podían tener sus escobas propias, ya que los alumnos de segundo año tenían permitido entrar a los equipos de Quidditch del colegio. Pero, de algo estaba cien por ciento seguro: su padre no le compraría jamás una escoba, así que no le alegró mucho la noticia de la permisión de éstas.

Las semanas restantes aprovechó de hacer los deberes que le habían dado los profesores, y un par de veces salió con Polly a la playa, para sentarse en la arena bajo el sol que pocoa poco perdía el calor que tenía a principio del verano.

Tampoco había vuelvo a ver a Anna Konnda, pero en el fondo no le interesaba verla, solo era una muchacha de Ravenclaw... sangre sucia, como la mayoría.

Dos días antes le llegó una carta de Lucius dándole una despedida, ya que no se volverían a ver en un buen tiempo.

Sev:

Espero que te encuentres bien, solo te escribo para desearte un feliz año escolar, y que nos volveremos a ver. Yo en el transcurso del año escolar te seguiré escribiendo. Acá no ha pasado nada interesante, espero con ansias entrar a Dumstrang, será emocionante. Cuídate, un abrazo.

Lucius.

Severus tomó rápidamente un trozo de pergamino y le escribió con su pluma favorita:

Lucius:

Estoy bastante mal, ya sabes, mi padre, pero al igual que tú espero emocionado Hogwarts, habrá nuevas materias y eso será fantástico. Me mantendré en contacto contigo, buena suerte en Bulgaria.

Severus

Terminando la concisa nota, se la entregó a su lechuza Darken, quien salió por la ventana y se perdió rápidamente en la oscura noche salpicada de estrellas.

— ¡Amo Severus, apresúrese que va a perder el tren! —chillaba Polly desesperada.

Eran las 10:30 y Severus estaba recién tomando desayuno, atragantándose con las tostadas y manchando la mesa con leche. Polly por mientras le peinaba el cabello negro y grasoso, aunque recién limpio.

— Ya, ya Polly, basta, así está bien — dijo malhumorado por que la elfina insistía en apegarle el pelo a la cabeza, para que se viera más ordenado. Echo un rayo fue al baño, se lavó los dientes, se dejó el pelo como a él le gustaba, y fue a buscar su equipaje. Polly le ayudó con éste, y aullaba como loca:

— Si, sí amo Severus, perderá el Expreso, lo perderá...

Bajaron a la sala apenas por el peso del baúl, Roderick fumaba un puro sentado en un sillón, mirándolos con concentración.

— ¿Quieres que te lleve a King's Cross? —preguntó Rod mirando su reloj de oro, que era casi lo único de valor que le quedaba, ya que en trabajo le estaba yendo mal y había vendido muchas joyas de sus ex mujeres, sobre todo de Monic, que era una fanática de los brillantes, diamantes, zafiros, etc.

Severus creyó no haber oído bien, miró a su padre con sus taladrantes ojos negros, y levantó ambas cejas.

— ¿Y por qué me ofreces aquello ahora? —preguntó sin escrúpulos, alzando la voz.

— Por la simple razón de que estás atrasado... y no quiero ni ver tu horrible imagen ni escuchar tu horrible voz — dijo con tono de total sinceridad, pero gélidamente.

Severus sintió un nudo en la garganta. Por un instante había sentido un leve aprecio por su padre, pero se esfumó en segundos. Además, no perdonaría los tres asesinatos que hizo, a su madre, a Joahnne y a Monic. Y era obvio que Roderick no quería verlo. El hombre se puso de pié y salió de la mansión que cada día se desvencijaba más, para abrir la maletera del auto y echar a andar el motor.

Con las últimas fuerzas, Polly y Severus sacaron el baúl y la jaula de Darken, quien ululaba alegre por el regreso a Hogwarts. El baúl lo dejaron dentro de la maletera del carro, y a la negra lechuza la pusieron en el asiento trasero. Severus se despidió de Polly que sacaba un roñoso pañuelo y con estruendo se sonaba la nariz con forma de papa. En cinco minutos más se encontraban en plena carretera de Londres, faltaban solo diez minutos para que el tren partiera... y si lo perdía sería un fastidio mutuo, para Sev y Rod... Roderick estaba consciente de eso y por lo mismo iba a toda velocidad a la estación, esquivando carros, camiones, motocicletas y bicicletas, había una tremenda confusión de bocinazos.

"Siete minutos" pensaba Severus, mirando el reloj del coche, temiendo no alcanzar el tren.

Cuando llegaron las once menos cinco, Roderick se estacionó violentamente ya en King's Cross, bajó rápidamentedel auto y sacó un carrito de una hilera de estos, que eran para poner los equipajes. Severus abrió la puerta trasera y sacó a Darken. Cuando estuvo el baúl y la lechuza en el carrito, Roderick sin mirar a su hijo, subió nuevamente al automóvily se fue, sin despedirse, sin hacerle señas, absolutamente nada.

Severus dio un vistazo a su reloj: dos minutos y treinta segundos. Con el carro, velozmente, fue hacia el andén 9 y 10, se puso al frente de esta sólida pared que mostraba ambos números, y sin rodeos, se impulsó y atravesó aquel pilar de ladrillos. Por fin se hallaba ahí, delante de la majestuosa locomotora escarlata, que humeaba y era alabada con voces entusiasmadas. Muchas familias despedían a los niños y jóvenes. Se sintió algo angustiado. Faltaba un minuto para que el tren se marchara, así que como pudo sacó su baúl y la jaula, y las arrastró hasta que subió a la pisadera del tren. Antes de entrar, dio una última mirada al lugar, pero no había ni rastro de Lucius, de Federic, de Stuart y Michael, así que resignado fue a buscar un vagón libre. No tardó en encontrar uno. Los del medio eran los menos habitados, así que el baúl lo dejó en el portaequipajes y la jaula la dejó en el asiento, porque liberaría a Darken cuando el tren se marchara de allí. Sonó el silbato que daba anuncio al entrecortado movimiento del tren. Miró por la ventana y miles de manos se alzaban para decir adiós a sus hijos. El expreso fue doblando en curva y toda la muchedumbre se perdió de vista.

Abrió la ventanilla, y luego la jaula de Darken, la lechuza dio un cariñoso picotón el la mano de Severus y salió volando. Cerró la ventanilla y se acomodó en el asiento. Sintió unas voces extrañas que procedían del vagón continuo, pero cayó en la cuenta que eran los búlgaros con los que sus cuatro amigos se habían intercambiado. Logró notar en ellos que pronunciaban mucho la "r".

Después de media hora de viaje, el paisaje se empezó a hacer verde, una casa que otra se veía, con grandes hectáreas de terreno, plantados, o corrales con vacas, cerdos o caballos; peladeros, prados y bosques. Distrajo su vista del paisaje y sacó su libro de bolsillo de Artes Obscuras que le había mandado Lucius, y lo leyó, y a pesar de que era delgadoy de no más de cien hojas, proporcionaba mucha información interesante.

"... el Arte Oscura es una rama muy difícil y con sutileza se debe estudiar y practicar..." leía, pero su lectura fue interrumpida por voces conocidas que se acercaban por el pasillo:

—... entonces pienso postular para buscador por que Robert Orland salió de Hogwarts. Mi padre dice que tengo mucho talento y... ¡vaya, vaya! Si no es nuestro queridísimo amigo Snape "la lombriz solitaria".

Quién más que el engreído y fastidioso Potter, que lucía más fanfarrón que nunca. Severus alzó la mirada y observó a los cuatro, Black sonreía mostrando su perfecta dentadura, Peter parecía más nervioso que nunca y Lupin miraba la situación con desgano.

— ¿Y por qué te quedas callado? ¿O acaso estás tan deprimido porque tu amado Lucius no está, y no te atreves a articular palabra? —se burló nuevamente el muchacho.

— Qué apuesto a que si no estuvieras con tus escoltas no te atreverías ni a mirarme, Potter. En realidad de esos ridículos lentes que llevas se esconde tu verdadera careta de cobardía — pronunció con rapidez, claridad y frialdad.

— Y detrás de esa ganchuda y gran nariz que tienes se esconde el niño llorón, sin amigos y sin madre... — dijo Black respondiendo por su amigo.

— Mejor no incluyas a mi difunta madre, Black, por que yo podría decir que la tuya está loca, —murmuró Severus por la comisura de la boca — he oído que ella te considera la vergüenza de la familia por no haber quedado en Slytherin ¿no es así? — sonrió triunfante al ver que la sonrisa de Black se distorsionaba.

— Ya sabes que esto no se queda así, Snape, y de todas maneras habría sido repugnante para mí haber quedado en Slytherin —dio media vuelta al igual que los otros tres y desaparecieron, cerrando la puerta de un portazo. Severus se sintió halagado por su propia hazaña, en realidad no necesitaba ni de Lucius ni de nadie para defenderse, tenía una capacidad tremenda de calar a quien lo atacara. Saldría ganando siempre, era muy audaz.

Cerca de las 12:30 pasó la joven regordeta con el carrito de la comida, y con el poco dinero que le restaba se compró unas meigas fritas, un pastel con forma de caldero y un jugo de calabaza. En ningún otro momento se apareció el grupito a molestar, por aquella vez ya habían aprendido su lección

Severus siguió leyendo el libro hasta que una prefecta de Hufflepuff de cabello rubio y ojos caídos le dijo que se cambiara porque faltaba muy poco para llegar a Hogsmeade, el pueblo mágico, vecino a la escuela; entonces rápidamente se puso el uniforme, la máquina perdió su velocidad lentamente. Severus miró por la ventana y se veía solo el cielo nublado y oscuro. Salió al pasillo para hacer la cola y bajar del vagón; los niños bajaron uno por uno, siendo ayudados por los prefectos.

Los de segundo en adelante se debían ir aparte al castillo, en unos carruajes tirados por... ¿caballos? Bueno, exactamente aquellos animales no eran caballos, se asimilaban pero estos eran mucho más sádicos, esqueléticos y con la piel apegada a los huesos, eran negros y su piel se asemejaba al terciopelo, tenían unas alas como las de los murciélagos ytenían los ojos blancos inexpresivos, eso le asustó un poco, eran bastante feos como para que estuvieran en un colegio. Fuea uno de los carruajes y cuando pisó la pisadera de éste escuchó su nombre.

— ¡Hey, tú, Snape! — el chico sintió que alguien lo jalaba de la túnica cuando avanzó un paso, volteó su cabeza y ahí estaba nuevamente, Anna Konnda, conuna amplia sonrisa que le daba una leve expresión de maniaca. Severus se sentó y le dio la pasada para que se sentara.

— ¿Cómo estás?— interrogó la niña aún sonriendo. Severus se encogió de hombros y le hizo un gesto con la cara como de "¿y tú?"

—Yo he estado bien — dijo en tono soñador — lo he pasado de maravillas, además estoy feliz de haber vuelto a Hogwarts. No quería seguir viendo a mi fastidiosa hermana — la carroza cerró las puertas y se puso en anda hacia las enormes puertas de roble del castillo —. Se llama Elizabeth, tiene diecinueve años, y es muggle.

Severus casi no ponía atención, parecía una caturra piando y piando. Era molesto estar escuchándola, pero de pronto se acordó de los caballos alados de los carros.

— Oye, ¿qué opinas de los caballos?

— ¿Cuáles? — preguntó ella mirándolo con el entrecejo fruncido.

— Los que jalan las carrozas — replicó él.

— No vi ningún caballo — dijo ella — puede ser que esté mal de la vista.

— Pero cómo no los ibas a ve... — se detuvieron de golpe y las puertas se abrieron nuevamente, bajó después de ella — Bueno, Konnda, Adiós.

— ¡Adiós! Buena suerte, Severus, ¡y dime Anna! — exclamó la niña moviendo la mano.

Las Puertas del palacio de piedra se abrieron de par en par, dejando al descubierto el vestíbulo repleto de candelabros, velones y arañas de velas en el techo; y armaduras ruidosas que parecían tener vida. El lugar fue llenado por los alumnos que luego fueron conducidos al Gran Comedor. Severus se sentó en la larga mesa de Slytherin, entre medio de Bellatrix que hablaba animadamente con su hermana Narcisa, y de uno de los búlgaros, que conversaba con los otros tres con su extravagante acento. En seguida entraron los de primer año, con expresiones de nerviosismo mirando el techo raso, encantado, y avanzando en fila torpemente. El diminuto profesor Flitwick, joven, pero aun así con pelo entrecano, llegó al medio del gran comedor, en frente de la mesa de profesores con un taburete de tres patas y el raído Sombrero Seleccionador.

La profesora McGonagall, una joven maestra de no más de veinticinco años, pero con un rostro tremendamente severo se aclaró la garganta y tomó firmemente un pergamino que tenía sujeto con ambas manos.

— Al que yo nombre, debe venir acá adelante y ponerse el sombrero, el cuál le dirá a que casa pertenece.

—Entonces la ceremonia dio por comenzado.

— ¡ChristinaAncloff! —una muchacha delgaducha y de pelo púrpura se sentó y se puso el sombrero que le cubrió toda la cara por su delgada cabeza.

— ¡HUFFLEPUFF! — gritó el sombrero.

— ¡Katrina Avon! — una niña menuda de mejillas sonrosadas salió adelante con una amplia sonrisa de decisión.

— ¡GRYFFINDOR! — gritó con ganas el ralo sombrero.

Y así fueron saliendo por orden alfabético los pequeños, unos con un miedo que los carcomía y otros con felicidad extrema.

Joe Blerchly, Ludwig Favianicc, Hillary Grice, Jema Kilahuey, Kyu Minami, Christobal Pölé, Juliana Renehez, Diana Steray, Maurice Wolfen y Constanza Walter fueron seleccionados para las serpientes, pero en realidad el numeroso grupo que quedó en Slytherin no llamó la atención de Severus, para ser franco, estuvo muy poco preocupado por la ceremonia, ya que lo corrompía el hambre.

— Oye, lo sien-to —dijo una voz ronca y entrecortada, y alguien le había tocado el hombro, era el búlgaro que estaba sentado a su lado — ¿cuál es tu "nombrre"?

— Severus Snape — respondió de mala gana por que le había interrumpido su pensamiento sobre el banquete. El búlgaro le estrechó la mano, la cual Severus, por ser educado aceptó el saludo.

— Yo soy "Álvarro Krruss".

— ¡Qué esperamos! — dijo en seguida una potente voz radiada de alegría — ¡Que comience la comilona!

Todos al segundo después dirigieron la vista a los platos, fuentes y jarras que estaban con unas delicias inimaginables, únicas en Hogwarts; pollo asado, chuletas, cerdo, vacuno, cordero; papas fritas, asadas y al horno, diferentes salsas e infinidades de ensaladas, jugos de calabaza refrescantes y algunas cosas extrañas, como caramelos de menta.

Hubo una exclamación general de asombro cuando los búlgaros y los de primer año vieron lo que pasaba en las mesas, y susurraron algo como: "Marravilloso" o "Esto es como el 'parraíso'". Severus se sirvió de todo un poco, y se lo comió con frenesí, ya que las tripas le rugían, protestantes. Luego llegaron los postres, que también fueron recibidos con los brazos abiertos; leche nevada, helados, dulces, bombones, cremas, frutas... etc., hasta que todos terminaron, y el director de pelo y barbas blancas con tonos rojizos, se puso de pie para dar su discurso, todos se silenciaron.

— ¡Bienvenidos a los nuevos, y por su puesto, a los antiguos! — exclamó el hombre — Espero que este año sea bueno tanto para ustedes como para nosotros.

"Antes de que los prefectos de cada casa los lleven a sus respectivas salas comunes, les informo, como cada año, y aunque muchos están aburridos de escuchar, pero que no está demás en reiterarlo: la entrada al Bosque Prohibido, como su nombre lo indica, está prohibido ir, por la sencilla razón de el que entra, no saldría vivo. También el señor Apollyon Pringle, celador de esta escuela, me ha pedido que les diga que hacer magia en los pasillos no está permitida, y que por favor, si salen a dar vuelta por los terrenos, se limpien bien los pies antes de entrar al castillo. Y por último ¡Buenas noches a todos, felices sueños, y descansen que mañana será un día agotador!

Y Dumbledore no se equivocó, el día siguiente fue extremadamente cansador, era el primer día y ya tenían montañas de deberes para toda la semana, y sobre todo la profesora McGonagall, había sido la menos apiadada con ellos. Tenían que hacer cuarenta centímetros de pergamino, sobre las distintas ramas de la Transformación Metamórfica Humana. Después de clases para que no se le acumularan los trabajos, Severus, fue directo a la biblioteca, que estaba poco habitada, porque a la mayoría le daba flojera hacer las cosas. Se sentó en su mesa favorita, muy alejada del resto, en un rincón solitario, dejó los pergaminos, plumas y tintas, y fue al pasillo de "TRANSFORMACIÓN". Por suerte había bastante información, así que sobrepasaría esos cuarenta centímetros. Volvió a la mesa, se sentó encorvado, miró a su alrededor para ver bien quien estaba allí, cuando seencontró con los ojos de Anna, que le sonrieron. Se arrepintió de por vida haberla mirado, estaba segurísimo que iría a hablarle. Pero erró: ella se limitó a hacerle su típico gesto con la mano y se sumergió nuevamente en un enorme libro. Fue un gran alivio porque no quería ser interrumpido, pero ella siguió haciendo las tareas igual que él, reclamándole a quien se le acercara a molestarla.

Cuando dieron las siete, fue a cenar velozmente, y regresó a la biblioteca a terminar la tarea de la profesora McGonagall. Cansado fue a las mazmorras y buscó el muro descubierto, donde parecía una pared común y corriente, pero era el pasadizo que comunicaba a la sala común.

— ¡Basilisco venenoso! — y la solidez dejó un hueco para que pasara; fue directo a la cama.

Las semanas siguientes fueron igual y peor, el profesor Mason, de pociones y jefe de Slytherin, a pesar de que era muy simpático, llenaba a todos de tareas dificultosas, pero Snape se demoraba poco tiempo en hacer los trabajos (pociones le fascinaba), y siempre obtenía E (de Extraordinario).

Las semanas, en verdad, se le hacían días. Era alarmante como el tiempo pasaba y cambiaba, los días se ponían grises y gélidos cuando se adentraba noviembre. También se aproximaba el primer partido de Quidditch del año: Slytherin v/s Gryffindor, ambas casas estaban en guerra mutua y constantemente. La relación entre Severus - grupo de Potter estaba que ardía, se fulminaban con insultosen los pasillos, y en las clases, igual (solo que movían los labios con disimulo), las veces que pudieron se atacaron con hechizos, pero a Severus lo salvaban los profesores que pasaban por ahí casualmente y que con gesto ceñudo preguntaban: "¿Pasa algo, muchachos?".

La vida en Hogwarts era relativamente normal, pero aún así se sentía extraño sin sus amigos, pero... no los extrañaba del todo.