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Historia 25384 — capítulo 2
El señor y la señora Dursaley, del número 4 de Pubert Drive, estaban orgullosos de ser las personas más normales de su calle. Exceptuando por practicar un extraño hobby llamado "karate" (una especie de lucha marcial en kimonos blancos, en donde la gente se da patadas mientras se profieren gritos sumamente agudos), eran lo que podría llamarse un matrimonio normal (en comparación al resto de la gente de la calle, quienes realizaban cosas tan estrafalarias como practicar golf, jugar cartas Mitos, o andar en skate). Pero sin embargo ambos tenían un pasado oscuro y oculto, algo que no sabían ni los agentes del FBI, ni los cobradores de impuestos, ni siquiera los hackers contratados por las multinacionales para espiar a la gente. Algo que los avergonzaba a tal punto que por decencia no será contado en estas páginas... bueno, tal vez sólo no será contado en este párrafo.
Bien, ya estamos en el párrafo siguiente, pero dejemos los secretos familiares de los Dursaley para más tarde y preocupémonos de ese día. Aquel en que el señor Dursaley se levantó y luego de despedirse de su esposa y de su hijo, el pequeño Burp, se dirigió a su empresa. El señor Dursaley era un visionario y su empresa así lo demostraba; vendía hielo por Internet. Pero al salir de su casa vio algo que lo sobresaltó, un gato negro. No es que el señor Dursaley fuera supersticioso, pero resultaba que este gato estaba mirando el letrero donde decía "Pubert Drive".
- No seas ridículo - se dijo el señor Dursaley mientras agitaba su cabeza - los gatos no saben leer.
Cuando volvió a mirar el gato, este ya no parecía estar leyendo, sino que ahora se encontraba maullándole a una lechuga que había aparecido de la nada.
- Esto es demasiado - volvió a pensar el señor Dursaley mientras se subía a su bicicleta - Definitivamente me hace falta sueño.
Pero las visiones extrañas no acabaron ahí. Unas calles más abajo el señor Dursaley se vio obligado a detenerse cuando un numeroso grupo de gente vestida con capas, túnicas y gorros puntiagudos cruzo la calle lentamente.
- Malditos fanáticos del rol -gruñó- o tal vez gente que van a ver "El Señor de los Anillos". Me da igual, los odio a ambos.
El señor Dursaley pasó todo el día en su oficina, y tuvo un día normal, y como cualquier otro. Gritó a 5 personas distintas. Hizo unas cuantas llamadas por teléfono, y gritó un poco más. Después de gritarle a su secretaria que no lo molestaran, y de haber despedido a las telefonistas por pasarse todo el día hablando por teléfono, terminó cerrando algunas ventas a compradores de países con gran potencial económico, como Islas Canarias o Mattelandia. Cuando finalmente se dirigió a su bicicleta para volver a su casa, encontró que la salida del estacionamiento de bicicletas estaba obstruida por un tipo con capa que parecía estar durmiendo. Llevaba en su mano una botella. El señor Dursaley se dispuso a gritarle que se corriera, pero en ese momento el hombre se despertó, y le puso la botella en la boca a el señor Dursaley.
- ¡Alegría, alegría! - exclamó mientras le ponía la botella en la boca al estupefacto señor Dursaley - Celebra tu también muggre, que El-que-tu-sabes-que-todos-saben-que-el vecino-de-tu-tía-sabe-que... - se detuvo algo confundido - en fin, Ese, ha caído por fin.
Y diciendo esto el hombre se alejó. Cuando logró reaccionar el Señor Dursaley se sacó la botella de la boca, y se dirigió a su lujoso vehículo rumiando lo que le haría a la próxima persona que lo tratara de mugre.
Se subió a la bicicleta, se sentó en su asiento y dio un salto, se había sentado sobre algo. En el asiento había aparecido una lechuga. El señor Dursaley la agarró y la lanzó lejos, ahora realmente exaltado. Puso en marcha su bicicleta y se dispuso a volver a su hogar.
Al llegar a su casa el gato se encontraba en el mismo lugar en que lo había dejado, sólo que esta vez no le estaba maullando a una lechuga, sino que estaba mirando fijamente su casa. El señor Dursaley intentó echarlo a gritos, pero lo único que obtuvo fue que el gato le levantara cierto dedo de su pata haciendo un gesto, que si no hubiera venido de un gato, habría sido considerado grosero.
El señor Dursaley entró en su casa aún preguntándose cual ingrediente del desayuno le habría caído mal. Finalmente luego de mojarse la cara, se sentó a ver televisión.
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Buenas tardes a todos - saludó el tipo de las noticias - hoy tenemos una noticia bastante extraña. Nuestros corresponsales nos anuncian que durante todo el día ¡ha habido una epidemia de lechugas! Como lo oyen amigos, alrededor de toda la región han brotado lechugas en los lugares más inimaginables que pudieran imaginar. Es extraño, pues las lechugas no deberían brotar en esta época del año y menos si es que nadie las ha plantado. Expertos botánicos del país están realizando arduos estudios sobre el caso. Pasando a otras noticias, se detectó una fuga de gas hoy en la pieza de la herma...
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Gente vestida con túnicas y capas, lechugas brotando por todos lados, gatos extravagantes - empezó a murmurar el señor Dursaley a medida que un presentimiento se apoderaba de su ser, hasta que de pronto gritó - ¡¡Paz Gloria, querida!! ¿Has sabido últimamente algo sobre los...?
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¿Sobre los...? - dijo la señora Dursaley rápidamente, no por nada era la mejor fuente de noticias de todo Pubert Drive. Su enorme cogote de jirafa, le era muy útil para sapear a los vecinos cuando pasaban por la calle, cuando mataban a sus respectivos hijos, cuando escupían a las suegras, e incluso cuando iban al baño - los Illanes tendrán que vender su casa por problemas económicos, el hijo de los González, ese tal Pablo, es travesti, y el padre de la profe Mireya es heroinómano.
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No querida, yo me refería a los... - el Señor Dursaley se detuvo como si temiera al efecto que fueran a producir sus palabras - Potto.
El rostro de Paz Gloria se tornó en una mueca de indignación suprema. No es que ella fuera una mujer muy conversadora, ni que le escandalizara la palabra "poto", no. Potto era el apellido del marido de su hermana, quien era un... no podía siquiera imaginárselo de la vergüenza que le daba.
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¿Los Potto? - preguntó en un tono tan frío que habría podido enfriar hasta una película de "Cine Premium" -Happy, sabes que no he sabido más de ellos desde que papá echó a mi hermana de mi casa por querer casarse con ese... con ese...
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Está bien - la detuvo Happy Dursaley, como si a él también le costara mantener esa conversación.
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¿Y por qué me lo preguntas? - preguntó la señora Paz Gloria.
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No lo sé, solo que han sucedido cosas tan raras hoy día que pensé... bueno, tu sabes que ellos siempre están metidos en las cosas raras.
No se habló más del tema durante esa tarde y menos en la noche. Pero más tarde, mientras se fumaba un cigarro, el señor Dursaley pensó -milagro- , que aunque los Potto estuvieran detrás de aquellos sucesos extraños, eso no los afectaría a ellos, nadie relacionaría a los Dursaley con los Potto. Lógicamente el autor no dejaría que un tipo tan desagradable como aquel estuviera en lo correcto.
Afuera de la casa, el gato seguía en la misma posición, parecía que estuviese esperando a alguien. De pronto un hombre apareció en la esquina de Pubert Drive. Era alto, delgado y poseía una larga barba blanca. Tenía un ligero parecido a Gandalf, el Gris y podría haber sido Gandalf el Gris, de no ser porque iba vestido con ropa azul y una capa supura, y porque no llevaba un montón de enanos detrás de él y ¡¡porque esto es "Harry Potto" y no el "Señor de los Anillos" por la grandísima…!!
En fin, este hombre (¡que no era Gandalf el Gris, les he dicho!), se llamaba Albert Dumbeldore. Observó la calle tras sus anteojos de media luna, y al divisar al gato murmuró para sí.
- Debí haberlo sabido.
Albert Dumbeldore sacó algo del bolsillo de su capa, era un pequeño encendedor. Lo abrió y sacó una piedra, la cual lanzó al primer farol de la calle, destrozándolo completamente. Repitió esto doce veces, hasta que las únicas luces de la calle sólo fueron las provenientes de un letrero de neón que decía "Lucas bar", el cual resistió a los embates de las piedras. Terminada su tarea, Albert Dumbeldore se dirigió al gato.
- Que gusto verla aquí, profesora Mandonagald.
Pero el gato ya no estaba, en su lugar se encontraba una mujer de aspecto rígido, anteojos y pelo negro recogido.
-
¿Cómo supo que era yo? - preguntó Mandonagald
-
Mí querida profesora, nunca antes vi a un gato hermafrodita... – Dumbledore se detuvo de pronto viendo la severa mirada de la profesora - es decir, un gato hermoso.
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El punto no es ese - exclamó Mandonagald- los muggres han comenzado a sospechar. Los nuestros paseándose y celebrando por ahí como si nada, y centenas de lechugas saliendo de la nada.
-
Tiene que entender, han tenido poco que celebrar en 11 años.
-
Lo sé, pero sería irónico que el día en que por fin nos hemos librado de Usted-sabe-su-nombre-aunque-todos-lo-sepan-y-yo-también, los muggres descubrieran todo sobre nosotros. Porque supongo que se ha ido ¿no? El-que-todos-saben-y-que-yo-también-y-que-obviamente-usted-sabe-que-yo-y-los-demás-sabemos...
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Profesora, por favor - la detuvo Albert - supongo que alguien como usted puede llamarlo por su nombre, Lord Gallina. Siempre encontré innecesario eso de El-que-todos-saben-que-sabes-y-todo-el-resto, la verdad es que nunca lograba entender a quien se referían.
La profesora Mandonagald dio un respingo al oír el nombre que pronuncio Dumbledore, y luego exclamó:
-
Se que usted no tiene ese problema, todos saben que al único a quien temía...Gallina, era usted. Y a Fidel Castro también, hasta que murió cuando los muggres cubanos le sacaron la…
-
Gallina tuvo poderes que yo nunca tuve - señaló Dumbledore mientras chupaba un Koala (el helado, no el animal) - pero supongo que usted no me esperó aquí sólo para adularme ¿no?
-
Bueno, a decir verdad, ha oído los rumores ¿no? - dijo la profesora - sobre como desapareció el Ése. Dicen que apareció hace una noche en el valle de Alvaro, dicen que los Potto se fueron cortaos.
Albert asintió con la cabeza.
- ¡No puede ser! - exclamó Mandonagald- pero no es eso lo más sorprendente. Dicen también que quien por fin lo derrotó fue... fue... el hijo de ellos, Harry.
Albert asintió con la cabeza.
- Pero... ¿cómo? ¿Cómo pudo un simple niño derrotar al mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos?
Albert asintió con la cabeza.
-¿Profesor? - la profesora le dio unos golpecitos en el hombro a Albert - profesor, despierte, que le estoy hablando.
-
¿Ah? ¿Qué me preguntaba? - preguntó Albert Dumbledore, con aire somnoliento- lo siento, pero el viagra no me ha hecho mucho efecto.
-
¿Qué como pudo un simple niño derrotar a… lo-Lord Gallina?
-
Verá, dicen que cuando Lord Gallina ya había asesinado a los Potto, intentó asesinar al pequeño Harry. Pero en ese momento sucedió algo inesperado - Albert aspiró profundo mientras la profesora Mandonagald lo miraba atentamente - Harry se cagó y el hechizo que Lord Gallina le lanzó, rebotó en la pestilencia que se produjo, dándole de lleno al rebotar, y… tan-tan.
Albert sacó un reloj de bolsillo y lo abrió, sólo que en vez de manecillas, el reloj tenía una mujer desnuda que se contorneaba.
-¿Está bien profesor? - preguntó entonces Mandonagald- le está sangrando la nariz. ¿Por qué mira tan interesado ese reloj?
-Coagulus - exclamó Dumbledore, mientras guardaba apresuradamente el reloj y buscaba una forma de cambiar el tema - eh... Chiquitín debe estar retrasado.
-
¿Chiquitín?- la profesora parecía confundida - ¿Y por qué viene él para acá?
-
Traerá al niño - luego agregó al mirar la cara de perplejidad de Mandonagald- pensé en enviarlo a la selva para que fuera criado por animales salvajes, pero después de ver "George de la jungla", ya no me atrevo.
-
¿Y vivirá aquí? ¿Con estos muggres? Son unos seres extrañísimos. Practican una extravagante lucha marcial vestidos de blanco, y además cuando se van a la cama - la profesora contuvo el aliento, como si estuviera a punto de hacer una revelación - ¡se quedan dormidos! ¿Puede creerlo?
Dumbeldore meditó unos segundos, como si esta última noticia le obligara a tomar una decisión apresurada, hasta que por fin dijo:
- Será mejor que se quede aquí. Si lo dejamos en la calle los de Servicios Sociales podrían apoderarse de ellos, y es bien sabido que poseen más poder que yo, Lord Gallina, y Don Francisco juntos.-el burro por delante, pensó Mandonagald- Además me he esforzado mucho escribiendo esta carta para sus tíos, nunca me había inspirado tanto al escribir.
Albert le tendió un papel doblado a la profesora. Esta lo desdobló y leyó;
”Aquí les va su sobrino Harry, si lo abandonan se mueren”.
Albert Dumbeldore
-
Así no nos arriesgamos a que lo dejen a su suerte - Albert sonreía - tengo entendido que son unos muggres muy temerosos.
-
Pero... ¿una carta? ¿Piensa que puede explicarlo con una carta? ¿Y además una como esta? - Mandonagald aún mantenía el papel entre las manos - Harry será una leyenda, lo conocerá todo el mundo, será famoso, más famoso que cualquier invitado de "de PE a PA", o que cualquier hijo de la Bolocco y Menem. Nadie podría aguantar tanta sobre exposición, aparte de Pinochet, claro.
-
Lo sé, es por eso que quiero dejarlo aquí. He averiguado que esta calle, junto con la calle matemática, tiene la peor reputación de la ciudad. Nadie vendría acá por gusto propio, tal vez algún fotógrafo de “TV y Novelas”, pero usted sabe que a esa revista nadie le cree nada.
-
Entiendo su posición - agregó la profesora Mandonagald aún desconfiada - pero ¿encargárselo a Chiquitín? ¿No cree que él es un poco... ya sabe... brusco?
-
Para nada, tengo toda mi confianza puesta en él. Se cree la madre del niño, esta mañana intentó amamantarlo, y…
Albert no pudo continuar, en ese momento se escuchó el motor de un PCG 600, y una luz iluminó toda la calle. La luz provenía de una motocicleta negra que descendía del cielo, pero no era esto lo sorprendente del asunto, sino más bien el hombre sobre ella. Era un tipo por lo menos dos veces más alto que un palote, y cinco veces más ancho. Llevaba un pañuelo en la cabeza, anteojos oscuros y una chaqueta de cuero, y entre sus brazos, había un bulto mas grande que el. Cuando pisó tierra, se bajó, y luego de saludar a una multitud imaginaria, se dirigió a Albert:
-
Señor Dumbledore, Alá, Alá.- dijo, haciendo reverencias.
-
Chiquitín, por fin - exclamó Albert Dumbeldore- ¿no ha habido ningún problema?
-
Ni uno solo - contestó el recién llegado - cuando llegue a la casa destruida, había un par de muggres ahí, pero un par de PileDrivers acabaron con ellos.
-
Y el niño ¿cómo está? - quiso saber la profesora.
-
En excelente estado - contestó Chiquitín- no dejaba de llorar, así que le hice a él también un PileDriver y quedó noqueado, que diga, dormido.
Dumbledore y Mandonagald se acercaron al bulto, y corrieron las mantas para ver a Harry, quien parecía estar aturdido. Bajo una mata de pelo azabache, se veía una cicatriz en forma de código de barras que adornaba su frente.
-
¿Eso le quedó debido al hechizo de Lord Gallina? - preguntó la profesora.
-
No, eso fue cuando su madre lo olvidó en una bolsa de supermercado, y la etiquetadora le puso código de barras - respondió Dumbeldore- La cicatriz del hechizo “muere, flaite, muere”, la tiene ahí- dijo apuntando a una cicatriz con forma de mariposa- bueno ya no podemos hacer mucho más, será mejor que dejemos a Harry con los suyos.
-
Podría... podría... - balbuceó Chiquitín- ¿podría practicar una nueva técnica de lucha que inventé la semana pasada, usando ha Harry como víctima?
-
¡Claro que no! - la profesora Mandonagald se horrorizó - ya puedes irte Chiquitín.
Chiquitín miró a la profesora, meditando si merecía que le hicieran un PileDriver, pero decidió dejarlo para otra ocasión. Subió a su motocicleta y sin mirar hacia atrás, se elevó y se alejó del lugar. Albert y Mandonagald lo observaron volar, hasta perderlo de vista, para luego verlo regresar y aterrizar de nuevo.
- Me parece que me he olvidado de algo - dijo Chiquitín, mientras le entregaba el bulto a Dumbeldore- ahora si puedo irme.
Albert y la profesora Mandonagald observaron desconcertados, como Chiquitín se iba de nuevo.
- Bueno - señaló Mandonagald- creo que ya no tengo mucho más que hacer aquí. Lo dejo en sus manos Dumbledore. ¡Y ni se atreva a practicar el PileDriver con el chico!
Albert, quien nuevamente se encontraba mirando su reloj que no daba la hora, observó a la profesora, pero en su lugar solo había un gato negro, que se escabulló por un callejón cercano. Luego de esto, Dumbeldore se acercó a la puerta de la casa de los Dursaley, y dejó el bulto y la carta en el suelo.
- ¿Cuál era el hechizo que necesito? - se dijo a si mismo - ah, ya se: Rin Rin Raja.
Albert tocó el timbre de la casa, y en ese instante desapareció. Harry no podía imaginarse, posiblemente el hecho de estar aturdido influía algo en ello, que despertaría en una casa extraña, luego de que la señora Dursaley casi lo aplastara al salir a ver quien tocaba el timbre. Menos podía saber que en ese mismo momento, se realizaban numerosas orgías por todo el país, en las cuales, además de gemidos varios, resonaba un grito: "¡Por Harry Potto, el niño que cagó!"