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Atada al Destino — capítulo 26

El ejército enemigo detuvo su avance a unos doscientos metros del campamento. Parecían estar esperando algo, un movimiento en el bando contrario para entrar en acción o una simple orden de su superior. Los soldados abrieron filas para dejar pasar a alguien hasta la primera fila. Desde su posición Selene dejó escapar un pequeño grito de sopresa que solo Braulio oyó. Él también se había sorprendido. El líder enemigo portaba una una armadura negra con ribetes azules. Unas botas altas de lustrosa piel le pretegían las musculosas piernas. El peto, de un bruñido negro azulado, reflejaba destellos oscuros. Su semblante quedaba completamente oculto tras la máscara del yelmo. Unas piezas, del mismo acero negro y pesado del peto, le cubrían los hombros y acentuaban su soberbia constitución. Era el asesino de su sueño, el asesino de Febo.

Braulio dio una orden y el jinete que estaba a su lado galopó hacia donde estaba Febo. Él se adelantó hasta quedar en frente del jinete de azul. Ambos se miraron unos segundos, evaluándose. Luego escuchó a su primo hablar.

-¿Qué quereis?

-Creí que eso ya lo sabrías.

-Estais rompiendo el pacto. Marchaos de aquí si no quereis tener problemas.

-¿Problemas? Eso es lo último que deseamos. No, he venido a buscar otra cosa.

Fijo su vista en un punto detrás de Febo y este comprendió. Un escalofrío lo recorrió. Tenía un mal presentimiento.

-¿Para qué has venido?

-He venido a por ella. Entrégamela y os dejaremos en paz.

El chico sintió que hervía de ira. Contuvo el impulso de sacar su espada y atravesar a su oponente, habría sido un acto suicida.

-Tendrás que matarme antes de ponerle un solo dedo encima.

-Lo haré, no sufras por ello, pero esperaba que entrases en razón.

-Nunca dejaré que te acerques a ella.

-No necesito tu permiso. Si así lo quieres lucharemos, pero teneis todas las de perder.

Se dio la vuelta y volvio con su ejército. Dijo algo a uno de sus oficiales y miró de nuevo hacia donde estaba Selene. Ella, aun desde tan lejos, sintió una oleada de miedo. Por ella, por sus amigos, pero sobre todo por Febo.

Los dos ejércitos se pusieron en formación con una sincronización casi perfecta. Ninguno daba el primer paso, aun con la esperanza de que el oponente se rindiera. Pero aquello no sucedió. En un visto y no visto la batalla comenzó. Los primeros cuerpos yacían en el suelo, pisoteados por los demás soldados. Ninguno de los dos bandos sacaba ventaja al otro.

Selene, impotente, veía como sus primos luchaban. Más de una vez Braulio tuvo que sujetarla del brazo para que no entrase en batalla.

-Déjame ir.

-No Selene, allí eres un blanco fácil.

-Sé defenderme. Además, ya lo escuchaste..

-Te quiere viva, pero no sabemos para que. No voy a ponerte en peligro.

-No puedes obligarme a que me quede aquí mirando como todos mueren por mi culpa.

-Estás equivocada en ambas cosas. Esto no es culpa tuya y sí, puedo obligarte a quedarte aquí. Hasta que tomes el mando total y absoluto, tienes la obligación de cumplir mis órdenes.

La chica se quedó perpleja. Jamás había oído a su tio hablarle así, por lo que decidió hacerle caso.

Mientras ellos discutían las cosas no iban bien para los suyos. Les estaban ganando terreno. Su líder era un hábil estratega y gracias a él estaban venciendo.

Pero sus primos tenían un as en la manga. Cuando todo parecía perdido consiguieron acortar distancias. Selene no supo como, pero de un momento a otro le habían dado la vuelta a la batalla.

Durante horas combatieron sin cesar, sin que la balanza se inclinase a favor de ningún bando.

Hasta que su líder entró en combate. Avanzaba por el campo de batalla dejándo un regero de cadáveres a su paso. La hoja de su espada atravesaba los cuerpos como si fuesen mantequilla. Se iba abriendo paso con una facilidad insultante. En su mente tenía fijado su objetivo: Febo.

No sabía exactamente porque, pero lo odiaba y deseaba con todo su ser acabar con su vida.

Selene veía desde su posición como el guerrero avanzaba decidido hacia Febo y supo que tenía que hacer algo, pero su tio la retuvo de nuevo.

-No irás.

-Tengo que detenerlo.

-¡No!

Iba a añadir algo más, pero vió, para su sorpresa, que el enemigo también avanzaba hacia ellos. Dio algunas órdenes y varios soldados rodearon a Selene. Estaba atrapada.

En medio de la batalla, a apenas unos metros, estaba su presa. Lo tanteó durante unos minutos. Era hábil con la espada, fuerte y seguro, pero no tanto como él. Estudió sus movimientos y sus puntos debiles, hasta que Febo advirtió su presencia. Entonces todo lo demás pareció desaparecer. Se evaluaron mutuamente, considerando las opciones que tenían. Luchar o morir. No había más. Las espadas de los dos jóvenes se encontraron y todo pareció temblar. Era tanto el odio acumulado durante años, que tenían que hacer grandes esfuerzos por mantener la cabeza fría. Se movían con movimientos rápidos y certeros. Varias veces sus espadas llegaron al cuerpo del otro, pero sin infligir un daño considerable. Los golpes de Febo eran seguros y quizás más fuertes, pero el otro se movía con una rapidez y agilidad sorprendentes. Le iba ganando terreno y Selene sabía lo que eso significaba: el fin estaba cerca.

Braulio estaba pendiente de los soldados que se acercaban, al igual que los que proteguían a Selene. Entonces aprobecho el momento. Bajó del caballo, desenvainó la espada y empezó a abrirse camino hacia los dos luchadores. Su tio la vió correr colina abajo y salió detrás de ella, pero no le resultaba tan fácil como a ella. Se vio interceptado por varios cabecillas. Lo tenían todo planeado y él se dio cuenta demasiado tarde.

La chica se abría paso con una facilidad asombrosa, algo que debería haberle resultado extraño, pero no tenía tiempo para pensar en eso. Debía llegar junto a su primo, tenía que ayudarlo. Le faltaban solo unos metros para llegar cuando vio, horrorizada, como Febo iba perdiendo terreno. Estaba cansado y no aguantaría mucho más. Él también lo notó y supo que moriría, pero no le pondría las cosas fáciles. Dio lo mejor de si mismo. Luchó con las fuerzas que le quedaban, poniendo en cada golpe una parte de su furia, su odia y su cólera. Cada vez que las espadas chocaban algo temblaba en el aire.

Pero no aguantó mucho más. Febo cayó al suelo y su yelmo se abrió mostrando el gesto sorprendido del muchacho. El otro soltó una fría risa y se preparó para asestar el golpe final, pero algo lo retuvo.

-¡¡NO!!

Selene corrió como alma que lleva el diablo y logró interponer su espada entre su primo y su asesino.

-Tendrás que matarme para acabar con él.

Entonces empezó una nueva batalla entre los dos. Con un grito salvaje y los ojos llenos de ira, Selene se lanzó contra él. Descargó su espada con todas sus fuerzas contra su oponente. El muchacho saltó a un lado con ligereza y detuvo el golpe con su espada. Saltaton chispas cuando ambas armas chocaron. Selene golpeó otra vez, y otra más. El muchacho se movía a su alrededor, silencioso y ágil, manejando su espada con precisión y habilidad. Y aunque la chica atacaba con todas sus fuerzas pronto comprendió que él tan solo la estaba poniendo a prueba, que podía terminar con aquello en el momento que quisiese. Solo se defendía, nunca la atacaba.

Selene estaba empezando a cansarse, pero no por ello dejó de luchar.

-Estás agotada. Si sigues luchando con tanta rabia acabarás por hacerte daño.

-Antes de que eso suceda te mataré. No dejaré que le hagas daño a Febo.

-No puedes impedirlo. Es su destino.

-Entonces cambiaré su destino.

El soltó una carcajada, lo que puso furiosa a la chica. Se estaba riendo de ella. Lo atacó de nuevo con renovada fuerza, pero no sirvió de nada. Él, con un solo movimiento la desarmó y Selene notó la punta de la espada en su cuello. Retrocedió un paso, pero tropezó y cayó al suelo y lo vió, erguido ante ella, imponente, apuntándola con su arma, pero sin intención de hacerle daño. Eso la desconcertó bastante. Se agachó a su lado, mirándola con curiosidad.

-Tú no tienes porque sufrir daño.

-No dejaré que toques a ninguno de mis amigos. Antes tendrás que matarme.

-Quizás haya una solución. Ven conmigo y te prometo que dejaré vivir a tu primo. Podemos cambiar su destino. Está en tus manos.

La chica lo miró asombrada por lo que le estaba diciendo. Jamás pensó en que eso podía suceder. Incluso pensó que era una broma pesada, pero vio que hablaba en serio cuando lo miró a los ojos. Entonces miró a su alrededor, vió los cuerpos en el suelo, vio rostros conocidos y desconocidos. Lo miró de nuevo y comprendió que, por muy fácil que fuese ir con él para salvarlos a todos, jamás se perdonaría el haberlos traicionado después de todo lo que hacían por ella.

-¡¡Jamás!!

Sacó de su bota la daga de Héctor e intentó clavarsela, pero él, rápido y con unos reflejos que la sorprendieron, le agarró la mano y tiró el piñal lejos de ella. Selene se levantó ágil como un felino y, aún desarmada, se puso en guardia dispuesta a defenderse, pero alguien se interpuso entre ella y el muchacho. Febo se había recuperado y estaba dispuesto a luchar de nuevo.

-Selene vete. Esto es cosa mía.

-¡No pienso moverme de aquí!- la chica recuperó su espada y se puso al lado de su primo- Pienso luchar a tu lado.

-Interesante, veamos de que sois capaces.

Esta vez fue él quien atacó primero. Luchaba con los dos a la vez sin esfuerzo, repeliendo sus ataques y debilitándolos poco a poco. No tenía intención de herir a la muchacha, así que lo primero que tenía que hacer era deshacerse de ella, dejarla fuera de combate el tiempo suficiente para acabar con el otro.

Su oportunidad se presentó pronto. Febo había retrodecido para coger aire y él peleaba con Selene. Fue fácil. La desarmó y le pegó un puñetazo que la dejó desorientada. Cayó al suelo de nuevo y vió horrorizada, como su sueño se hacía realidad.

Febo atacó con toda su rabia, con la espada en alto, pero él ya estaba preparado. Esquivó el golpe, se volvió, hizo caer a Febo y, esta vez, sin dudar, le atravesó el corazón con su espada.

-¡¡NO!!- Selene se levantó y corrió hacia ellos. Se agachó junto a su primo, desesperada y notó los ojos llenos de lágrimas.

-Has tenido la oportunidad de cambiar su destino.

-Te mataré, juro que te mataré.

-No dudo que lo intentarás, pero te faltan muchas cosas por aprender.

Ella iba a replicar algo más, pero un soldado puso sobre aviso a su líder de que estaban en desventaja.

-Ordena la retirada. Ya hemos terminado aquí.

El soldado obedeció y corrió de nuevo hacia el grueso del ejército. Pero él se quedó allí observando la escena, viendo como su enemigo agonizaba.

Y se sintió liberado. Él ya no volvería a ponerle una mano encima a la chica, jamás volvería a besarla. Porque ella era suya y nadie tenía derecho a tocarla.

Fue un día triste, el más triste de sus vidas. Recogieron todos los cuerpos del campo de batalla, tanto amigos como enemigos y los amontonaron en una improvisada pira funeraria. Algunos familiares recuperaron los cuerpos de sus seres queridos para darle una mejor sepultura, los demás ardieron bajo la luz de la luna.

Habían llevado el cadáver de Febo a una sala al lado del despacho de Braulio. Todos estaban allí reunidos, contemplándolo en silencio, como si lo que veían no fuese cierto.

-¿Cuándo celebraremos el funeral papá?

-En cuanto llegen los monjes para llevárselo. Soray ya los ha avisado.

-No podremos ir al mausoleo ¿verdad?

-Lo mejor será que no. Hay demasiado que hacer después de lo que ha pasado.

-Y deberíamos empezar ya Braulio. Tenemos que averiguar algunas cosas.

Todos lo miraron interrogantes, sin saber que significaban aquellas palabras, pero Braulio simplemente asintió en silencio y los mandó a cada uno a hacer una cosa. Sin embargo hubo alguien que no se movió.

-Selene, vete a descansar. Ha sido un día demasiado largo, sobre todo para ti.

-Pude evitarlo. Él me dio esa oportunidad. Si hubiese aceptado...

-Si lo hubieses hecho habrías cometido la mayor tontería del mundo. ¿De verdad crees que se habría marchado? ¿Así sin más?

-Parecía sincero.

-Eres nuestra única esperanza Selene. ¿Cómo imaginas que nos habríamos sentido al verte ir con él?

-No lo sé. En ese momento parecía algo fácil, la mejor opción.

-Pero la luz entró en esa cabezota que tienes. No puedes cambiar el destino de la gente Selene, aunque lo intentes.

-Lo hice con Savitri.

-Su caso era muy diferente. Ella no tenía porque morir.

-Febo tampoco. Es increible que precisamente tú estés dicíendome esto.

-Parece mentira, sí, pero yo comprendo las cosas mucho mejor que tú pequeña. Si Febo...Si mi hijo no hubiese muerto esta noche, lo habrías hecho tú en su lugar.

Selene se quedó impactada tras esa declaración. Miró a su tio con nuevos ojos. ¿Qué más le estaba ocultando? Agachó la cabeza, cansada, harta de todo aquello.

-¿Cómo puedes saber eso?

-Poco a poco niña. Cuando tenga todas las piezas te las revelaré, pero no ahora.

-¿Qué hay de la profecía? La que hablaba de Febo y de mí ¿no se cumplirá?

-Las cosas pueden malinterpretarse.

-¿Qué quieres decir?

-No lo sé Selene. Eso es lo que intento averiguar.

-¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?

-Eso tampoco lo sé, pero haré todo lo que esté en mi mano para darte respuestas. Y ahora vete a descansar.

-No quiero dejarlo solo.

Miró el cuerpo sin vida de su primo y reprimió el llanto, pero las lágrimas no acudieron a sus ojos. Había llorado demasiado. Se acercó y le acarició el rostro con delicadeza. Sabía que su primo habría dado cualquier cosa por esa caricia en vida. Se prometió a si misma que vengaría la muerte de Febo, aunque fuese a costa de su propia vida. Cuando se volvió, descubrió que Braulio se había marchado, dejándola sola. Ella salió también. Antes de cerrar la puerta se giró y le dedicó unas últimas palabras a su primo.

-Adiós Sol. Siento no haber podido darte aquello que tú querías, aunque me hubiese gustado hacerlo. Al menos no sufriría tanto. Te echaré de menos.

Cerró la puerta y se fue a su cuarto. Soñó de nuevo con la muerte de su primo, una y otra vez. Veía a su asesino, escuchaba su voz, pero había algo más, algo importante que se le escapaba.

Cuando despertó a la mañana siguiente no recordaba nada, pero una extraña sensación de vacío se había instalado en su interior. Solo entonces se dió cuenta de lo que había perdido. Febo había muerto, había perdido a su primo, a su mejor amigo. Entonces lloró, lloró hasta quedarse sin lágrimas, hasta que su mente le dijo que parase, hasta que su corazón creyó estar preparado para soportar el dolor. Aunque se equivocaba.


Espero que les haya gustado ^^ Pido disculpas por el retraso!

Un beso a todos!