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Historia 27195 — capítulo 12
Harry regresó a Grimmauld Place usando la Red Flú, pero no estaba preparado para lo que encontró a su llegada. El salón de dibujo era un zafarrancho de combate. Ron, Ginny, la señora Weasley, Andrómeda y hasta Hermione se afanaban en tirar mueble viejos y en limpiar el polvo de las paredes.
– ¿Qué hacéis todos aquí? –preguntó incrédulo.
Fue entonces cuando los demás repararon en su presencia. Al parecer, estaban demasiado absortos en su trabajo.
–Pues limpiar –contestó Ginny como si fuera lo más obvio del mundo –. Hemos venido aquí para eso, ¿no?
–Ya bueno –Harry estaba un poco abrumado –. Pero, ¿por qué habéis venido todos? Sólo esperaba encontrarme aquí contigo y con Ron.
–Ya te dije que contaras conmigo, Harry –repuso la señora Weasley –. Ni loca te dejaría solo limpiando esta casa tan grande.
–Y yo no me iba a quedar sola en la Madriguera –añadió Andrómeda –. Me aburriría un montón.
–Pero, ¿y tú Hermione? –inquirió Harry –. Deberías estar con tus padres.
–Mis padres están trabajando – respondió Hermione –. Quieren reabrir la clínica cuanto antes. Y yo tampoco quería quedarme sola en casa. He quedado con ellos para cenar. Además, Harry, esta también va a ser mi casa. No sería justo que yo no colaborara en dejarla habitable, ¿no?
–Sí, supongo que tienes razón –contestó derrotado Harry –. ¿Y Kreacher?
–Está arriba guardando todos sus nuevos tesoros –respondió Ginny –. Ha descolgado el tapiz con el árbol genealógico en un abrir y cerrar de ojos.
–Y ha hecho lo mismo con el cuadro de mi querida tía –añadió Andrómeda –. La hemos escuchado gritar desde aquí.
Harry esbozó una sonrisa y se puso manos a la obra. Se quedó en mangas de camisa y empuñó con firmeza su varita. Apenas había empezado a limpiar cuando entraron en el salón Charlie y Fleur.
– ¿También han venido ellos? –preguntó extrañado a la señora Weasley, que era quien estaba más cerca.
–Sí, querido –contestó –. Charlie aún no trabaja y quiso acompañarme. Y a Fleur le han recomendado reposo. Parece ser que el embarazo no va todo lo bien que debería. No es nada grave, pero los sanadores prefieren curarse en salud. Se sentía sola en su casa y ha ido a verme. Nos ha encontrado saliendo para acá y ha decidido venir también.
–Pero si tiene que hacer reposo...
–No te preocupes, Harry. No la dejamos trabajar. Pero aquí, por lo menos, tiene compañía. Bill ya ha vuelto a su trabajo en Gringotts y no regresa a casa hasta la noche.
Harry se quedó más tranquilo y fue a saludar a Fleur y a Charlie.
Los siete junto con Kreacher se afanaron en dejar impecable el salón de dibujo. Se tomaron un descanso para comer y continuaron limpiando después del almuerzo. No mucho después, dieron por terminada la limpieza.
–Bueno –dijo Harry mientras se sentaba en el suelo, agotado por el trabajo –. Sólo falta cambiar el papel de las paredes y comprar muebles nuevos. Ya está bien por hoy, continuaremos mañana.
A ninguno se le ocurrió discutir. Habían trabajado mucho y estaban todos igual de cansados. Recogieron sus cosas y se dispusieron a usar la Red Flú para ir a la Madriguera, menos Hermione, que se fue a su casa usando la aparición.
A pesar de la invitación de la señora Weasley, Kreacher prefirió quedarse en Grimmauld Place. Los esperaría allí al día siguiente.
Una vez de vuelta, cayeron rendidos en los sillones del salón. Harry, que se sentía un poco culpable del cansancio de todos, se ofreció a preparar él la cena. La señora Weasley hizo el intento de protestar, pero él insistió y ella estaba muy cansada como para discutir. Fleur, a quien no habían dejado trabajar tanto como a los demás, fue a ayudarle.
Prepararon la cena y pusieron la mesa en el jardín. Cenaron todos juntos en cuanto el señor Weasley llegó de trabajar. Mientras cenaban, les contó que el Ministerio empezaba a ir de maravilla. Ya funcionaban por completo casi todos los departamentos y Kingsley creía que podrían estar todos listos en menos de un mes.
Así mismo, le dijo a Harry que el Ministro contaba con que se incorporara a la Oficina de Aurores en un par de semanas. Él contestó que no habría ningún problema y que estaría allí puntual.
Acabaron de cenar y tomaron té en el salón. Estaban tan cansados que se fueron a dormir temprano.
Los días posteriores transcurrieron igual que ese. Pasaban todo el día limpiando y tirando muebles viejos mientras Kreacher rapiñaba todas las reliquias de los Black que encontraba por la casa.
Dieron por terminada la limpieza una semana después. A partir de ese momento, Harry se dedicó a comprar muebles, alfombras, cortinas y todo lo necesario para que Grimmauld Place fuera un lugar totalmente habitable. Aunque la verdad era que las que elegían eran la señora Weasley, Andrómeda, Ginny, Hermione y, en ocasiones, Fleur, y que Harry se limitaba a pagar la cuenta.
Finalmente, justo dos semanas después de empezar a limpiar, declararon Grimmauld Place lugar habitable. Harry había decidido quedarse con el antiguo dormitorio de Sirius, del que sólo quedaba la antigua foto de los Merodeadores en la pared, y Hermione se mudó a la habitación de Regulus. En el salón de dibujo habían colocado un gran sofá, varios sillones, un bonito y elegante escritorio y una cálida alfombra. Y el comedor lo habían amueblado con una gran mesa, numerosas sillas y varias vitrinas donde habían colocado la vajilla y la cristalería.
A pesar de que su casa ya estaba lista, Harry había decidido no mudarse aún. Antes de poder hacerlo le quedaba una tarea no demasiado agradable: ayudar a Andrómeda a recoger las cosas de Dora, Ted y Remus, que estaban repartidas entre su casa y la de su hija.
Ese día en el desayuno, Harry notó que Andrómeda tenía profundas ojeras. Supuso que no había podido dormir bien ante la perspectiva de tener que recoger las cosas de su hija y su marido. A pesar de eso, decidió no interrogarla sobre su estado delante de todos y prefirió esperar a estar a solas en su casa.
Ginny, que sorpresivamente había preferido quedarse en la Madriguera, se ofreció a quedarse con el pequeño Teddy para que ellos pudieran limpiar tranquilos. Llegaron a casa de Andrómeda por la Red Flú. El salón tenía un aspecto muy triste. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo y tenía la clara apariencia de no haber sido habitado en bastante tiempo.
Andrómeda subió directamente a su dormitorio y se dedicó a sacar del armario las cosas de su esposo. Harry la acompañó y, en completo silencio, la ayudó en su tarea.
Tardaron varias horas en reunir en cajas todas las posesiones de Ted, durante las cuales Andrómeda solo había hablado para contar breves anécdotas sobre el objeto que se disponía a guardar.
Cuando Andrómeda dio por concluido el trabajo, Harry cerró mágicamente todas las cajas y le preparó un té fuerte. Era evidente que no estaba nada bien, aunque quisiera ocultarlo. Él la había escuchado sollozar más de una vez cuando creía que no la veía.
Harry se acercó con el té y se sentó a su lado en el sofá. Le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Ella enterró la cara en su pecho y se deshizo en lágrimas. Él la dejó llorar unos minutos. Hacía mucho que no se desahogaba y pensó que le vendría bien.
Cuando se recuperó dijo:
–Lo siento, Harry. Yo...
Pero él la silenció dulcemente.
–No digas eso, Andrómeda. No tienes que disculparte. Será mejor que vayamos a la Madriguera a almorzar. Esta tarde estarás más tranquila y podremos ir a casa de Dora y Remus.
–Sí. Creo que tienes razón.
Se alistaron para partir, pero apenas se habían levantado del sofá cuando Andrómeda habló de nuevo.
–Harry, ¿puedo pedirte otro favor?
–Todos los que quieras –sentenció Harry con solemnidad.
– ¿Podrías deshacerte tú de las cosas de Ted? Véndelas, regálalas o destrúyelas. Lo que sea. Yo no me veo con fuerzas.
–Si eso es lo que quieres desde luego que lo haré. No te preocupes por nada, Andrómeda. Yo me ocupo de todo.
Andrómeda le agradeció con un cálido abrazo tras el cual salieron de la casa. Almorzaron con los Weasley en la Madriguera y usaron la Red Flú para llegar a casa de Dora y Remus.
Si la casa de Andrómeda tenía un triste aspecto, no era nada comparado con el de esta. Sobre la chimenea reposaban marcos de fotos cubiertos de polvo y en el suelo se diseminaban algunos juguetes de bebé.
Sin cruzar una palabra, como si siguieran un plan establecido de antemano, Harry empezó a recoger los juguetes de Teddy mientras Andrómeda subía al dormitorio. Limpió el polvo de los cuadros y los guardó prolijamente en un gran baúl. Supuso que nada de eso entraría en el lote de lo que Andrómeda querría deshacerse.
Una hora después, terminó de recoger todo lo que había en la planta de abajo con cierto valor sentimental y decidió ayudar a Andrómeda. No había subido aún los últimos escalones cuando la escuchó llorar desconsoladamente. Corrió hacia donde estaba y la encontró sentada en la cama del dormitorio de Dora con la cara enterrada en las manos.
–Andrómeda –la llamó con dulzura –. ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
Pero ella, incapaz de pronunciar palabra, se limitó a señalar un trozo de pergamino que yacía en el suelo a sus pies. Estaba dirigido a ella y escrito con una caligrafía redonda y saneada, claramente femenina. Intuyó que quería que lo leyera y así lo hizo.
Querida Mamá
Sé que leer esta carta va a ser muy duro para ti, pero hay ciertas cosas que quiero decirte, y me voy tranquila a la batalla sabiendo que, si no regreso, podrás leerlas.
Ante todo quiero pedirte perdón, mamá, por dejarte sola con el pequeño Teddy. Después de la muerte de papá yo debí haber cuidado de ti, haberme quedado contigo. Pero sé que entiendes, mamá, que yo no podía quedarme refugiada en casa mientras mi marido y mis amigos luchaban contra Voldemort. También sé que en otro tiempo tú habrías actuado de la misma forma y que tú tampoco habrías dudado en arriesgar tu vida por aquello en lo que crees. Es por eso que me marcho tranquila, mamá, sabiendo que no me vas a guardar rencor.
También quiero darte las gracias por haberme criado como lo hiciste. Después de haber luchado con Bellatrix en varias ocasiones y de haber estado en la antigua casa de los Black muchas veces, me aterra pensar en cómo podría haber sido nuestra vida si tú no hubieras renunciado a tu familia por amor a papá. Gracias a esa renuncia y al amor que tú y papá me distéis he llegado a ser lo que soy. De verdad, mamá, que no tengo palabras para agradecértelo lo suficiente.
Lo último que quiero pedirte, mamá, es que cuides a mi hijo. Quiérelo como me quisiste a mí y edúcalo para que llegue ser una gran persona, como tú y como papá. Háblale de mí y de su padre y dile que, en el poco tiempo que compartimos juntos, lo quisimos más que a nuestra propia vida.
Y no puedo acabar esta carta sin decirte que te quiero, mamá. Nunca te lo dije lo suficiente y ahora me arrepiento de ello. Eres la mejor madre que podría haber deseado.
Te echaré de menos.
Te quiere
Tu Hija.
Harry tampoco pudo contener las lágrimas ante una carta tan emotiva. En un segundo se le pasaron por la cabeza imágenes de sus padres escribiéndole una carta parecida, o de él mismo haciendo lo mismo con sus propios hijos, y se le hizo un nudo en el estómago. Sabiendo que no había palabras que pudieran consolar el dolor de una madre que ha perdido a su hija, sólo pudo abrazar fuertemente a Andrómeda y dejarla llorar sobre su hombro.
Unos minutos después, Andrómeda se calmó lo suficiente como para recuperar el habla.
–Ahí hay tres cartas más – dijo señalando a la cómoda –. Una es para ti.
Intrigado, Harry se acercó adonde le señalaba y cogió las tres cartas que había sobre el tocador. Una de ellas estaba dirigida a Teddy y escrita con la letra de Dora. En las otras dos reconoció, sin lugar a dudas, la caligrafía de Remus. Efectivamente, una estaba destinada a él, y la otra de nuevo era para su ahijado.
Suponiendo que el contenido de la misiva lo emocionaría de nuevo, decidió no abrirla en ese momento y esperar a esa noche para leerla a solas en el salón de Grimmauld Place.
Guardó todas las cartas en el bolsillo de su túnica y dio por acabada la limpieza. Había sido un día demasiado duro para Andrómeda y pensó que no sería buena idea someterla a las preguntas inoportunas, aunque bienintencionadas, de los Weasley. Así que usaron la Red Flú para llegar a Grimmauld Place. Una vez allí, pidió a Kreacher que prepara una habitación para que ella pasara la noche.
Hecho eso, bajó con ella a la cocina y le preparó un té. Cuando estuvo lista la habitación, la acompañó hasta allí y la dejó para que pudiera acostarse a descansar. Luego bajó al salón de dibujo y usó la chimenea para avisar en la Madriguera de que no regresarían a dormir y que ya los verían por la mañana.
Como Kreacher se empeñó en que cenara algo, le indicó que tomaría unos sándwiches y un té en el mismo salón.
Comió los sándwiches con desgana y, sentándose en su sillón con su taza de té, se dispuso a leer la carta que Remus le había escrito.
Querido Harry
Si estás leyendo esta carta es que no he logrado sobrevivir a la batalla. No debes sentir pena por mí, Harry, porque morí como quise: luchando por aquello en lo que creía y por lograr un mundo mejor en el que mi hijo pueda crecer feliz y sin miedo.
Lo único que lamento es no poder compartir ese mundo nuevo con él y con mi esposa y no estar aquí para cuidar de ellos. Es por eso que quiero pedirte, Harry, que lo hagas tú por mí. Eres el padrino de Teddy y no se me ocurre nadie mejor para cuidar de él. Estoy seguro de que vas a ser un buen padrino.
Pero hay un pequeño escollo que tendrás que salvar. Ni Dora ni yo dejamos testamento, y tampoco pudimos inscribir a Teddy en el Ministerio como hijo nuestro ni a ti como su padrino. Sabes bien que Teddy nació en mitad de la guerra y con un Ministerio corrupto tomado por los seguidores de Voldemort. Es por eso por lo que, si Dora, hija de un nacido de muggles y una traidora a la sangre, y yo, un licántropo mestizo miembro de la Orden del Fénix, hubiéramos aparecido por allí para inscribir a nuestro hijo, lo más probable es que no hubiésemos salido jamás. Y quién sabe qué habría sido de Teddy.
Así que me veo en la obligación de pedirte que, cuando todo se calme, legalices la situación de mi hijo, y tomes las disposiciones legales necesarias para que tú seas su padrino y tutor legal.
No creas que te dejo la responsabilidad de cuidar de mi hijo con la idea de que cargues tú con todos sus gastos. Sabes que yo nunca he sido rico, que nunca me ha sobrado el dinero, pero tu padre y Sirius me dejaron al morir un pequeño trocito de su fortuna. Nunca usé más de lo estrictamente necesario para sobrevivir, así que, en la cámara 231 de Gringotts hay un puñado de galeones que podrás usar para criar a Teddy, y del cual serás el albacea hasta que él alcance la mayoría de edad.
Dejo también a tu cuidado mis escasas posesiones, sobre todo mis libros. Estoy seguro que sabrás hacer buen uso de ellos. Regálaselos a Teddy cuando sea más mayor, salvo todos mis libros sobre Artes Oscuras. Esos son tuyos.
Es el deseo de Dora que te quedes con sus libros de auror con la esperanza de que te sean útiles en la carrera que has elegido. Y, si en un futuro, nuestro hijo quiere seguir sus pasos y los tuyos, dáselos para que a él también le sean útiles.
Junto a esta carta, Dora y yo hemos dejado otra para Teddy. Puedes abrirlas y leerlas. Nos gustaría que se las leyeras para que nos conozca desde bebé. Dáselas cuando consideres que es lo bastante mayor como para entenderlas. Dile que su madre y yo lo quisimos con locura mientras estuvimos juntos, que luchamos y morimos por él, y que en la batalla él era en lo único en lo que podíamos pensar.
Antes de terminar me gustaría decirte, Harry, que fue un placer conocerte. Has llegado a ser la persona que Lily y James querían que fueras. Ellos estarían orgullosos de ti, al igual que Sirius. Los tres fueron mis mejores amigos, y en ti vi un fiel reflejo de lo que ellos fueron en vida. Espero que seas muy feliz con Ginny, tanto como lo fueron tu padre y tu madre. Estoy orgulloso de todo lo que has aprendido.
Un fuerte abrazo
Remus J. Lupin.
Terminó la carta con el corazón encogido y empezó a leer las otras dos. Cuando más de media hora después acabó la lectura, tenía los ojos bañados de lágrimas. De nuevo se le llenó la cabeza de imágenes de sus padres escribiendo cosas parecidas si hubieran sabido que iban a morir siendo él un bebé.
De pronto, se vio sobresaltado por un resplandor verde que procedía de la chimenea. De entre las llamas salió Ginny, con el rostro preocupado y una bata sobre el pijama.
–Ginny –exclamó Harry sorprendido mientras intentaba secarse las lágrimas –. ¿Qué haces aquí, cariño?
–No podía dormir –contestó ella sentándose a los pies del sillón, sobre la alfombra –. Tenía un mal presentimiento. No me preguntes por qué pero sentía que me necesitabas. ¿Por qué estabas llorando?
Harry esbozó una sonrisa y le dio un beso en la frente. No podía creerse lo afortunado que era de tener a Ginny con él.
–Eres estupenda –susurró mientras que le acariciaba el pelo –. Te quiero.
–Yo también. Pero no me has contestado.
Sin mediar palabra, le pasó las tres cartas para que las leyera. La reacción de Ginny fue muy parecida a la suya. Con lágrimas en los ojos lo abrazó y lo besó, dándole todo su apoyo.
– ¿Puedo hacerte una pregunta, Ginny? –preguntó al cabo de unos minutos. Ella asintió –. ¿Por qué no has querido venir hoy con nosotros?
–Me habría gustado ir, pero pensé que, si Andrómeda necesitaba llorar, se sentiría menos incómoda si estaba a solas contigo. Tú sabrías consolarla mejor.
Harry sonrió de nuevo y la abrazó con fuerza. Realmente era maravillosa.
Ginny se quedó con Harry hasta muy tarde, pero tenía que volver a casa antes de que notaran su ausencia. Harry se acostó con la firme intención de cumplir los deseos de Remus al día siguiente.