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Historia 27195 — capítulo 13
Harry madrugó bastante el día siguiente. Aunque lo cierto es que no había dormido bien y prefirió despejarse dado un paseo al frío aire de la mañana londinense. Caminó unas cuantas manzanas pero volvió pronto. Quería estar en casa cuando Andrómeda despertara.
En el vestíbulo de Grimmauld Place lo esperaba Kreacher que le recogió el abrigo y le anunció que el desayuno le esperaba en el comedor.
–Gracias, Kreacher –le dijo –. Esperaré a que Andrómeda despierte y desayunaré con ella.
–De acuerdo, amo Harry.
Kreacher bajó a la cocina y él subió al salón de dibujo. Comprobó la hora y supuso que la señora Weasley ya estaría preparando el desayuno. Se acercó a la chimenea, arrojó al fuego un puñado de polvos Flú y dijo en voz alta y clara “la Madriguera”. Se arrodilló en el suelo y metió la cabeza entre las llamas verdes. Apareció en la chimenea de la cocina y, como había supuesto, Molly estaba allí.
–Buenos días, señora Weasley –dijo.
–Buenos días, querido –contestó algo sobresaltada –. ¿Cómo está Andrómeda?
–Esta mañana no lo sé. Aún no se ha despertado. Pero anoche estaba bastante mal. Fue un día muy duro para ella.
–Me lo imagino. ¿Vendreis hoy a almorzar?
–Aún no lo sé, pero es probable que no. Estoy seguro de que Andrómeda querrá acabar cuanto antes de limpiar la casa de Dora, así que supongo que sólo pararemos para tomar unos sándwiches.
–Claro, me parece normal. Si necesitais algo, lo que sea, ya sabes que puedes contar conmigo.
–Muchas gracias, señora Weasley. Lo sé. Pero por ahora lo único que necesito es hablar con Ginny. ¿Está despierta?
–Sí, creo que sí. Me parece que está en el baño. Dame un minuto y subo a buscarla.
Harry asintió con la cabeza y Molly desapareció de su vista. Un minuto después, apareció Ginny, envuelta en un albornoz y con el pelo mojado.
–Buenos díar, amor –saludó jovial.
–Buenos días, tesoro. ¿Cómo has dormido?
–No muy bien. Y a juzgar por tus ojeras tú tampoco.
–Lo cierto es que no. Pero no quiero hablar de eso ahora, me empiezan a doler las rodillas –Ginny esbozó un tímida sonrisa –. He venido porque quería pedirte un favor.
–Los que quieras.
–Verás, esta mañana quiero ir al Ministerio a cumplir la última voluntad de Remus. No quiero posponerlo más. Y me preguntaba si te quedarías con Andrómeda y con Teddy. No me parece buena idea dejarla sola en estos momentos.
–A mí tampoco. Déjame que me vista y que prepare a Teddy y estaré allí en media hora.
–Muchas gracias, amor. Ahora te veo.
Ella se despidió con un gesto de la mano y él sacó la cabeza de la chimenea. De vuelta en su casa, escuchó pasos por las escaleras y supuso que Andrómeda ya estaría despierta. Se disponía a salir a buscarla cuando ella entró en el salón de dibujo. No tenía demasiado buen aspecto. Estaba convencido de que ella tampoco habría dormido bien.
–Buenos días, Harry.
–Buenos días, Andrómeda. ¿Qué tal has dormido?
–Me temo que bastante mal. Me costó conciliar el sueño, a pesar de que estaba exhausta. Y cuando por fin lo hacía, tenía unas pesadillas terribles.
–Pues tengo una buena noticia para ti. Ginny va a venir dentro de un rato y va a traer a Teddy.
El rostro triste y taciturno de Andrómeda se iluminó con una sincera sonrisa. En esos momentos tan duros, su nieto era lo único que parecía alegrarla.
Bajaron juntos al comedor y se sentaron a desayunar. Kreacher se había esmerado esa mañana. Estaba todo delicioso.
Aún no habían terminado cuando entró Ginny con el pequeño Teddy. El bebé reconoció enseguida a su abuela y le lanzó los bracitos para que lo cogiera. Ella lo tomó con cariño y lo besó en la frente. Mientras, Ginny besó a su novio y se sentó a desayunar.
Cuando acabaron el desayuno, Harry se cambió de ropa y se fue hacia el Ministerio por la Red Flú. Como era de esperar, nadie le puso nigún inconveniente para llegar al despacho del Ministro. Percy lo hizo pasar enseguida.
Kingsley escuchó atentamente lo que Harry tenía que contarle y atendió raudo sus peticiones. Lo acompañó él mismo al Departamento de Aplicación de la Ley Mágica y se encargó de que se inscribiera a Teddy como hijo de Dora y Remus y a Harry como su padrino. Hizo que se tomaran todas las disposiciones legales necesarias para que todo quedara de acuerdo a los deseos de Remus.
–Muchísimas gracias por todo, Kingsley –dijo Harry una vez estuvo todo arreglado.
–No hay por qué, Harry. Dora y Remus también eran amigos míos. Esto es lo único que puedo hacer por ellos –Harry esbozó un intento de sonrisa –. Y hablando de otra cosa, ¿cuándo podrías empezar a trabajar?
–Me gustaría poder ayudar a Andrómeda a acabar de limpiar la casa de Dora. Pero seguramente habremos acabado en un par de días. Aunque podría empezar mañana mismo si fuera necesario.
–No, Harry. En un par de días estará bien. ¿Cómo está Andrómeda?
–Mejor, aunque desde ayer está muy triste. Pero Teddy la ayuda mucho. Estará bien.
Siguieron hablando de camino al vestíbulo, donde se despidieron con un apretón de manos y la promesa de Harry de empezar a trabajar pronto. De vuelta en Grimmauld Place se encontró con Andrómeda y con Ginny sentadas sobre la alfombra del salón haciendo levitar un montón de objetos para entretener a Teddy.
Harry quiso aprovechar que Andrómeda estaba relajada para contarle lo que había estado haciendo en el Ministerio, dejando claro que, aunque él fuera el padrino y tutor legal de Teddy, el bebé viviría con ella la mayor parte del tiempo. Él sólo quería pasar algunos fines de semana con su ahijado. Además, comería con ellos al menos una vez a la semana. Pensó que esa era la mejor solución. Una vez empezara a trabajar no tendría demasiado tiempo para cuidar de la criatura, y Teddy lo era todo para Andrómeda. Quitárselo habría sido cruel, y la habría hundido en la más profunda tristeza.
Ella estuvo de acuerdo en todo lo que propuso Harry. Le parecieron soluciones justas y le agradaba la idea de comer con Harry una vez en semana.
Siguieron charlando un rato más hasta que decidieron volver a casa de Dora y seguir limpiando. Ginny se quedó en Grimmauld Place con Teddy y con la promesa de ir a buscarlos al mediodía y llevarles el almuerzo.
A Andrómeda y Harry les llevó dos días más acabar de recoger los objetos personales de Dora y Remus. Cuando estuvieron todos guardados en cajas, ella le pidió que se los quedara en su casa hasta que estuviera preparada para verlos de nuevo.
Como ya había cumplido con su promesa de ayudar a Andrómeda y empezaría a trabajar al día siguiente, Harry decidió que ya era hora de mudarse definitivamente a Grimmauld Place. Suponía que el trabajo de auror acarrearía algunos inconvenientes, como misiones urgentes a altas horas de la madrugada o trabajar hasta muy tarde, y no quería trasmitir esas molestias a la familia Weasley.
Todos entendieron su postura, pero la señora Weasley estaba algo triste, como si se le fuera otro hijo. Antes de irse, le dio un fuerte abrazo y le prometió que iría a tomar el té siempre que pudiera y, por supuesto, a comer todos los domingos. Ella pareció quedar satisfecha con la promesa y lo dejó ir, no sin antes recordale que se alimentara bien y que tuviera cuidado.
Cuando llegó definitivamente a Grimmauld Place, lo embargó una sensación extraña. Hasta ese momento no se había detenido a pensarlo, pero estaba tomando posesión de su casa. Todo lo que albergaban esas paredes era suyo. Nunca antes en su vida se había sentido tan dueño de algo.
Intentó acomodar toda su ropa en los muebles de su dormitorio pero Kreacher se lo impidió. Lo obligó a que saliera del cuarto y que dejara que él se encargara de eso. Incapaz de hacerlo cambiar de opinión, bajó derrotado las escaleras y se sentó en el salón de dibujo. Arrellanado en su sillón empezó a divagar sobre lo que ocurriría al día siguiente. Él y Hermione comenzaban a trabajar en el Ministerio, y Ron se incorporaba a Sortilegios Weasley. Parecían estar tan lejos esos duros meses que pasaron huyeron juntos, intentando sobrevivir, y ahora los tres empezaban nuevas vidas. Distintas, pero no separadas. Todo volvía a la normalidad.
Perdido en sus pensamientos se hallaba cuando un resplandor verde inundó la habitación. Era Hermione que también se mudaba esa tarde. La ayudó a instalarse y cenaron juntos. Acabada la cena se tomaron un té en el salón de dibujo. Los dos estaban muy nerviosos ante la perspectiva de empezar a trabajar en pocas horas.
Ante la perspectiva de tener que madrugar al día siguiente, decidieron irse a dormir temprano. Ya en la puerta de su dormitorio, Hermione llamó a Harry y le pidió que entrara en su habitación. Intrigado, Harry obedeció.
–Toma –le dijo la chica sacando una botella con un líquido color púpura de uno de los cajones–. Bebe un trago de esta poción. Es para dormir sin soñar. Te irá bien para los nervios.
– ¿Tienes poción para dormir sin soñar guardada en tu mesilla de noche? –preguntó él extrañado.
–Sí. Tengo una buena colección de pociones. Tengo Veritaserum, Poción Multijugos, Esencia de Díctamo, entre otras muchas.
Él la miro alzando una ceja, en un claro gesto escéptico.
–Hermione, la guerra ya acabó.
–Ya lo sé. Pero nunca se sabe. Más vale tenerlas y no necesitarlas que necesitarlas y no tenerlas. Anda, bebe.
–¿No hará que mañana me quede dormido? No quiero llegar tarde mi primer día.
–Podrías llegar un año tarde y seguirías siendo el fichaje estrella del Ministerio, pero no. No pasará nada si sólo bebes un trago. Yo también beberé un poco.
–Está bien. Tú mandas.
Bebió un sorbo de la poción y Hermione lo imitó. Se despidió de ella con un beso en la mejilla y se fue a su dormitorio. Apenas había entrado en su cama cuando empezó a notar los efectos. Se durmió en menos que se dice Quidditch.
Lo primero que hizo Harry al día siguiente fue mirar el reloj. A pesar de lo que le dijo Hermione, él seguía preocupado por quedarse dormido. Por suerte eso no ocurrió. Cuando se despertó, apenas eran las siete.
Salió de la cama y se dio una ducha. Al volver al dormitorio se encontró con Kreacher que estaba haciendo su cama y recogiendo su ropa.
–Buenos días, amo Harry –saludó –. Le he preparado un buen desayuno para afrontar su primer día de trabajo.
–Buenos días, Kreacher. Muchas gracias. ¿Sabes si Hermione está despierta?
–La señorita Granger lo espera en el comedor.
–Gracias, Kreacher.
Se vistió y bajó a desayunar con Hermione. Kreacher tenía razón, esa mañana el desayuno era insuperable. Los dos seguían un poco nerviosos, pero les había venido muy bien dormir de un tirón. Tomaron café y desayunaron fuerte. Poco antes de las ocho se prepararon para ir al Ministerio.
Harry y Hermione entraron juntos en el ascensor y se despidieron en la cuarta planta donde se bajó ella. Él siguió bajando hasta la segunda.
En el Cuartel General de Aurores todos lo esperaban ansiosos. Allí también estaba el Ministro que le dio la bienvenida calurosamente.
–Queridos amigos –dijo con su atronadora y melodiosa voz –. Es un gran honor y un placer presentaros al nuevo miembro de nuestro equipo. Aunque creo que él no necesita presentación –se escucharon algunas tímidas carcajadas –. Me complace anunciar la incorporación de Harry Potter al Departamentos de Aurores.
Todos los allí reunidos se levantaron y le dieron una cordial bienvenida. Le estrechaban la mano y le daban palmaditas en la espalda. Harry se sentía un poco abrumado pero agradeció todas esas muestras de afecto con una cordial sonrisa.
Kingsley le presentó al nuevo director del Departamento, una mago canoso y robusto llamado Michael Thompson, quien, a su vez, le fue presentando a sus nuevos compañeros mientras le enseñaba el Cuartel General. Como era natural, él ya lo conocía, pero no quería ser descortés y lo siguió dócilmente. Finalmente, tras lo que a Harry le pareció una infinidad de vueltas y presentaciones, llegaron a un cubículo vacío con vista a una de las ventanas.
–Esta es tu mesa, Harry –le dijo Michael haciendo un gesto teatral a modo de presentación –. Te hemos dado una cerca de una ventana. Espero que te guste. Ahora está un poco vacía, pero podrás decorarla a tu gusto con fotos y recortes. Así estará más acogedora.
Harry dibujó en su rostro una gran sonrisa.
–Muchas gracias, señor Thompson. Claro que me gusta. Mañana me traeré algunas fotos.
–Llámame Michael, Harry. Nada de formalismos. Y ahora a trabajar. Ya se ha hecho tarde. Tenemos reunión en la sala de juntas todos los días a las ocho y media. Ahí asignamos las tareas del día. Hoy, obviamente, se ha retrasado un poco. Pero la haremos en dos minutos. Enseguida te veo, Harry.
–Buena suerte en tu primer día, Harry –dijo afectuosamente Kingsley –. Si necesitas algo no tienes más que pedírmelo. Ya sabes dónde estoy.
–Muchas gracias, señor Ministro.
Se despidieron con un apretón de manos y se separaron. Harry se sintió repentinamente solo, como si lo hubiera abandonado su último amigo en medio del océano. Desterró esos pensamientos agitando con fuerza la cabeza y se dedicó a decidir qué fotos traería al día siguiente para decorar su mesa.
Dos minutos después, advirtió que todo el mundo se levantaba y se dirigía a un único punto. Desconcertado, al principio no sabía a qué se debía esa actitud hasta que recordó la reciente conversación que había mantenido con su jefe. Se levantó él también y caminó hacia la sala de juntas.
El resto del día transcurrió tranquilo. Como Harry era nuevo, lo habían asignado a un auror veterano para que fuera aprendiendo la dinámica del Departamento. Él parecía aprender deprisa, y eso complacía a todo el mundo.
Al mediodía había quedado con Hermione para almorzar en una cafetería cercana al Ministerio. Estaba impaciente por preguntarle cómo le había ido su primer día. Se encontraron en el vestíbulo y salieron juntos al Londres muggle.
A su amiga parecía haberle ido, al menos, tan bien como a él. Kingsley había ido a darle la bienvenida y a desearle suerte a ella también. Su jefa, una bruja de mediana edad llamada Claire Wilson, había sido muy amable con ella y estaba muy interesada por sus ideas sobre mejorar las condiciones de los elfos domésticos. La puso a trabajar en eso enseguida.
– ¿Sabes algo de Ron? –preguntó Harry cuando estaban comiendo el postre –. ¿Cómo le va en su primer día?
–Hablé con él un momento esta mañana, antes de que bajaras. Pero se tuvo que ir enseguida, George lo estaba esperando. También estaba bastante nervioso.
–Sólo espero que no meta la pata –Hermione lo miró con cara de pocos amigos, entrecerrando los ojos –. ¿Qué? No me mires así –se defendió Harry –. Es tu novio y mi mejor amigo, casi mi hermano. Pero sabes que no actúa bien bajo presión.
El rostro de Hermione se relajó un poco.
–Sí, tienes razón. Pero parece que últimamente está más tranquilo.
–Ojalá.
Tras el almuerzo, los dos amigos volvieron al trabajo y quedaron de nuevo en el vestíbulo a la hora de salir para volver juntos a casa.
Su jornada laboral acababa a las cuatro en punto. Recogió sus cosas y unos informes y se dirigió al vestíbulo. Hermione ya estaba esperándole.
– ¿Vas a ir a ver a Ron?
–Me encantaría, pero no. Me ha escrito para decirme que tiene trabajo y que ya nos veríamos mañana. Es viernes y es su día libre, así que le he dicho que venga a comer con nosotros. ¿Tú vas a ir a ver a Ginny?
–No puedo. Tengo un montón de informes que leer. Mañana iré a tomar el té a la Madriguera.
– ¿Por qué no la invitas a comer?
–Porque no vendrá. No quiere dejar sola a su madre. Como Charlie ya ha encontrado trabajo ella es la única compañía que tiene por las mañanas. No importa. Ya la veré por la tarde.
Al llegar a casa, Kreacher les tenía preparado un delicioso té con pastas y sandwiches. Se lo tomaron en el salón mientras ambos se sumergían en sus respectivos trabajos. Harry empezó a leer todos los expedientes que le había encargado Michael, y Hermione siguió redactando su informe sobre la mejora de las condiciones laborales de los elfos domésticos.
–Hermione –dijo Harry cuando Kreacher les hubo dejado solos –, ¿podrías hacer algo por mí?
–Dime –contestó ella sin levantar la vista del pergamino.
–Cuando no estés trabajando en ese informe, guárdalo bien. No quiero que Kreacher lo lea y se subleve. Estoy convencido de que no estará nada de acuerdo con tus ideas revolucionarias.
Hermione estalló en carcajadas y Harry la imitó.
–Está bien, no te preocupes –dijo entre risas –. Lo guardaré en mi dormitorio bajo siete llaves.
A la hora de la cena, Kreacher les anunció que la comida estaba servida en el comedor. Fue una cena realmente exquisita, con los platos favoritos de ambos. Volvieron al salón a tomar un té y se acostaron temprano.
El día siguiente transcurrió más o menos igual. Harry llegó puntual a la reunión donde le asignaron sus tareas del día, que no fueron muy diferentes a las del día anterior. Como era evidente, aún estaba en fase de aprendizaje.
A mediodía fue a encontrarse con Hermione en el vestíbulo y se dirigieron juntos a la cafetería donde almorzaron el día anterior. Allí habían quedado con Ron, pero se sorprendieron al no verlo solo. Sentada en su misma mesa estaba Ginny.
–Amor –saludó Harry jovial –. ¿Qué haces aquí? ¿Y tu madre?
–Fleur está con ella. Se aburría en su casa y ha ido a comer a la mía. Y yo tenía ganas de verte –concluyó dándole un beso en los labios.
Harry le correspondió y Ron y Hermione los imitaron. Los cuatro se sentaron a la mesa y pidieron la comida.
Les trajeron el primer plato cuando Hermione recondujo la conversación.
–Harry, hay una duda que nos corroe a los tres desde hace unas semanas.
–Dime.
– ¿Qué es lo que quería Kingsley la mañana que empezamos a limpiar Grimmauld Place?
Harry los miró extrañado levantando una ceja.
– ¿No os lo he contado? –los tres negaron con la cabeza –. Se me ha debido de pasar. Estos días han sido un poco moviditos.
Les contó íntegro su encuentro con los Malfoy y la reacción de sus amigos fue muy parecida a como se había imaginado.
– ¿Estás loco? –exclamó Ron –. Te recuerdo que Malfoy intentó matarnos.
–Y yo casi lo mato a él. ¿O has olvidado aquel Sectusempra?
–Pero eso fue en defensa propia.
–Como sea. Lo importante es que si la señora Malfoy no me hubiera seguido el juego en el bosque a saber cómo habría acabado la cosa.
–Hiciste lo correcto, Harry –le apoyó Hermione.
–Gracias –dijo él con una sonrisa.
– ¿Y tú qué opinas? –preguntó Ron a su hermana –. No has abierto la boca.
–Yo opino como Hermione. Harry hizo lo correcto. Fuera como fuese, de no haber sido por aquella mentira igual no lo habríamos contado. Además, la guerra ya acabó. No me parece nada sano guardar viejas rencillas.
Harry agradeció a su novia su apoyo incondicional con un dulce beso.
Los cuatro amigos acabaron de comer y Harry y Hermione volvieron a trabajar con la promesa de ir esa tarde a tomar el té a la Madriguera.
Por la tarde, los Weasley interrogaron interesados a ambos muchachos sobre sus nuevos trabajos. Ellos contestaron a todas sus preguntas y se mostraron entusiasmados con el curso que habían tomado sus vidas.
Como la señora Weasley insistió mucho, aceptaron quedarse a cenar en la Madriguera. Regresaron a casa después de la cena.
Los sábados era cuando Harry iba a comer a casa de Andrómeda. Pero ese en concreto Kingsley lo había citado temprano en el Ministerio para encomendarle una misión importante y urgente. Así que pidió a la señora Weasley que la invitara, a ella y al pequeño Teddy, al día familiar.
De esta forma, aquel domingo la Madriguera volvió a bullir de actividad. Molly estaba feliz por tener allí a sus hijos, a Harry, Hermione, Andrómeda y los Granger. Sólo faltaba Percy, que había tenido que salir de viaje con el Ministro.
–Tengo que contaros una cosa que seguro que os gusta –dijo Harry mientras la señora Weasley servía el primer plato.
– ¿Tiene algo que ver con esa misión súper urgente y ultra secreta que Kingsley te encargó ayer? –preguntó Ginny, tan perspicaz como de costumbre –. ¿Esa por la que ayer no fuiste a comer a casa de Andrómeda?
–Tan astuta como siempre, cariño –admitió él con un ligero rastro de orgullo –. Pues sí. Resulta que ayer se celebró un juicio por crímenes cometidos durante la guerra.
–Y supongo que tu labor era trasladar a Azkaban al acusado si era declarado culpable, ¿me equivoco? –inquirió el señor Weasley.
–Justo esa. Y nunca adivinareis quién fue –todos lo miraban expectantes e intrigados. Mantuvo el suspense unos segundos, pero enseguida desveló el misterio –. El juicio de ayer fue contra Dolores Jane Umbridge. ¿Os suena? –preguntó divertido.
La mesa se lleno de expresiones de sorpresa y asombro.
– ¿Qué?
– ¡No!
–No es posible.
– ¿Dolores Umbridge? –preguntó el señor Granger –. ¿No es esa bruja horrible que os dió clase hace unos años y que odia a los muggles y a los mestizos?
–La misma que viste y calza –respondió George –. La mismísima bruja sapo en persona.
Se escucharon algunas risas que corearon la gracia de George.
–Pero, ¿de qué se le acusó? –interrogó tímidamente Hermione.
–Se le acusó y se le condenó –remarcó esta última palabra – por crímenes contra los nacidos de muggles.
Otra ola de exclamaciones recorrió la mesa.
–Entonces –empezó Ron –, ¿está en Azkaban?
–Yo mismo la encerré en una celda, de la que creo que no saldrá en muchísimo tiempo, si es que sale.
– ¿Y cómo fue el juicio, hijo? –inquirió el señor Weasley.
–Bueno, primero se leyeron las acusaciones que pesaban contra ella. Luego declararon los testigos. Allí estaba la señora Cattermole, entre otros nacidos de muggles que liberamos nosotros. Kingsley te habría llamado a ti, Hermione. Pero ni tú, ni Ron, ni yo estábamos allí de manera muy legal, que digamos, y prefirió dejarlo estar. De todas formas, había suficientes testimonios como para condenarla. Y por último, se le dio la palabra a la defensa.
– ¿Tenía defensa? –preguntó extrañada Ginny.
–Sí. Kingsley decidió reproducir una figura legal de los muggles. El abogado de oficio. Es un abogado al que el estado obliga a defender a los acusados por aquello de preservar los derechos. Pero la que le tocó a Umbridge parecía tan encantada con el trabajo como Filch de limpiar los pasillos de Hogwarts. Era un muchacha, no mucho mayor que nosotros, en la que la experiencia en este tipo de casos brillaba por su ausencia. Eso, unido a la poca convicción que puso en su defensa y a la aplastante cantidad de testimonios en su contra, hizo que el resultado fuera bastante claro.
–Vaya –dijo Fleur con una leve nota de asco en su voz –. No debió habeg sido muy aggadable.
–Para ella desde luego que no. Fue un espectáculo bastante lamentable, la verdad. Cuando la declararon culpable se tiró al suelo y suplicó piedad. Lo mejor fue cuando se volvió hacia mí y me pidió que intercediera por ella, que les dijera que ella no lo hizo con mala intención.
– ¿Y tú que le dijiste? –preguntó la señora Weasley.
–No debo decir mentiras.